Solo una fan #25 A eso se le llama secuestro
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#25 A eso se le llama secuestro

A ESO SE LE LLAMA SECUESTRO

Nora sale del coche y yo me lanzo contra el respaldo de mi asiento, liberando un largo y agónico suspiro.

Cuanto más juega conmigo, más me gusta. Llevo toda la noche buscándola, acercándome a ella, intentando saber si de verdad huye de mí, o si estoy tan desesperado como para imaginar otras cosas.

Pero no ha movido su mano cuando la he sostenido.

Tampoco se ha alejado cuando estaba tan cerca de ella que mis pensamientos han desaparecido y únicamente podía escuchar su respiración entrecortada.

Joder, y me encanta.

—¿Piensas pasar el resto de la noche lamentándote, o vas a salir a buscarla? —La voz de Eddie desde el asiento del conductor me devuelve a la oscuridad del coche.

Sin responder, miro a Nora través de la ventanilla, que continúa frente a su puerta.

Abro el coche de un tirón, antes de pensármelo dos veces. Lo rodeo con velocidad y subo los escalones.

No se ha percatado de que estoy detrás de ella mientras murmura palabras que no soy capaz de discernir. Aún siento el zumbido en mis oídos tras la fiesta.

—¿Todo bien? —Le hago saber de mi presencia.

La pregunta sigue en el aire cuando se gira con tanta velocidad que casi tropieza con sus pies Se apoya en la puerta que todavía no ha abierto, y su belleza vuelve a golpearme al dirigir esos ojos marrones hacia mí.

—¡Hola! —me saluda sobresaltada. Me echaría a reír si no fuera por el gesto asustado que no desaparece de su rostro.

—¿No es tu casa? —pregunto confuso, pues ha pasado un rato y sigue en la calle.

—Sí, sí. Claro que lo es —me confirma.

—¿Y por qué no entras?

Nora echa un vistazo a su alrededor encogiendo los hombros.

—Quería… tomar un poco el aire. Ya sabes.

No. Lo cierto es que no sé nada, ni entiendo nada. Me quedo observándola por un momento y cruzo mis brazos frente a mí.

—¿Qué pasa, Nora?

Tan solo decir su nombre me despierta un cosquilleo extraño en la tripa, tal y como me ha ocurrido en los últimos días. Quizás es por cómo me mira cuando lo hago. Busca mis ojos con intensidad y yo quiero perderme en ellos.

Ni siquiera soy consciente de cómo me acerco a ella lentamente, hipnotizado.

—Me pones nerviosa cuando me llamas Nora —dice en un susurro, confirmándome que no son imaginaciones mías. Siente algo distinto cuando uso su nombre, exactamente igual que me ocurre a mí. Algo que no quiero dejar de sentir.

Su mirada baila sobre mi boca durante una fracción de segundo lo suficientemente largo para aterrarme, porque cada vez me cuesta más mantenerme alejado de ella, contenerme de hacer cualquier locura como besarla. Porque sería una locura hacerlo, ¿no?

Sonrío, escondiendo el batiburrillo que me baila en la cabeza, en el estómago y en cada extremo de mi cuerpo.

—Pensaba que no te gustaba que te llamase jefa —respondo, también en un susurro. De algún modo me he acercado más a ella, cayendo en su hipnótica atracción, incapaz de contener mi movimiento.

Nunca me ha dicho que le molestara; bastaba con ver cómo torcía el gesto cuando lo hacía. Adora su trabajo, pero no el reconocimiento que viene con él. Eso, en cambio, le incomoda.

—Y no me gusta. No soy tu jefa.

Mueve sus manos, y enseguida las vuelve a aplastar contra la puerta. Parece empeñada en aguantar, y yo, en conseguir que se rinda.

Elevo una comisura.

—¿Entonces cómo debería llamarte?

—No lo sé —dice exhalando su respuesta.

Finalmente, veo sus manos moverse a sus lados, y, antes de que me alcancen, las esconde detrás de su espalda. Sin embargo, en esta ocasión no me molesta, porque, al hacerlo, su cuerpo se acerca un poco más al mío, aunque no lo suficiente.

Me agacho sobre ella, apoyando un brazo en el marco de la entrada, a la altura de su cabeza.

—Avísame cuando lo decidas. —Lanzo las palabras directas sobre su boca. Sus ojos, en cambio, han descendido hasta la mía, ignorante de cómo me afecta verla mirándome. Aún peor cuando se humedece los labios sin ninguna compasión.

Entonces, fija la vista en mis ojos, que siguen cada uno de sus movimientos.

—¿Más fans de los que esconderme? —me pregunta con un hilo de voz. Si no estuviera volviéndome loco, diría que se deshace contra la puerta, y me pregunto si mis brazos alrededor de ella la ayudarían a recomponerse, o a perderse un poco más.

—No. Esta vez no —le confirmo mientras me agacho para recorrer el poco espacio que nos separa. Sigo concentrado en su mirada, hasta que sus manos por fin deciden abandonar la madera azul a sus espaldas y recorrer mi abdomen, despertando un impulso salvaje que sacude cada recoveco de mi ser.

Mis ojos descienden hasta su boca y estoy bastante seguro de que voy a besarla. Lo deseo demasiado. Tanto, que está mal.

Me acerco lentamente a ella, como si el tiempo no fuera problema. Su respiración roza la mía, cálida, entrecortada.

Tan solo unos milímetros nos separan. Y entonces, escucho su grito ahogado rompiendo la tensión, el momento y mi cordura.

—¡Me he dejado las llaves en la fiesta!

—¿Qué? —me alejo confuso. Estábamos a punto de besarnos, y no sé ni lo que ha dicho. Desde luego que no lo que esperaba. Mi estómago se retuerce arrepentido por haber sido tan lento.

Resoplo, apartándome de la ella y dándole el espacio que me ha pedido con otras palabras. Me paso la mano por la cabeza, intentando olvidar el calentón que tengo. No hay duda de que me está volviendo loco, de todas las maneras posibles.

—Por eso no puedo entrar en casa. Me he dejado las llaves. —Sigue hablando con rapidez, como si necesitara llenar el aire con sus palabras.

Continúa apoyada en la puerta, recuperando la postura.

Me acerco y tiro del picaporte que, por supuesto, no se mueve.

¿Por eso estaba fuera? ¿No es porque estuviera esperándome? ¿Y por qué no me lo ha dicho antes?

Estoy seguro de que todas esas preguntas tienen respuestas que no quiero oír y que tirarían por tierra las fantasías que llevo días teniendo con Nora. Así que opto por ignorarlas.

—¿No tienes una llave fuera? —digo removiendo las macetas que adornan su pequeño porche.

Escucho una pequeña risa detrás de mí y, al girarme, veo a Nora divertirse con mi desesperación. Si no estuviera tan guapa se lo haría pagar de algún modo. En lugar de eso, sonrío. No estoy acostumbrado a hacerlo tanto, ni tan a menudo. De nuevo, Nora poniendo mi mundo del revés sin esforzarse.

—¿Quieres ir a mi casa? —pregunto de golpe, antes de que mi cabeza y el calor asfixiante que siento sigan torturándome. Necesito que salgamos de este porche—. Tengo una casa de invitados donde puedes quedarte hasta mañana.

No es la opción que me gustaría proponerle, pero sí la más sensata. Especialmente después de que casi me golpeara en su intento de librarse de mi fallido beso.

Trato de acallar mi cabeza, con Nora mirándome extrañada.

—No sé si es buena idea —dice más tarde. Seguramente esté pensando en qué opciones tendría aquello de volverse en su contra, y a mí se me ocurren demasiadas.

—Es mejor que quedarse en la calle de noche, borracha —le digo encogiéndome de hombros, con una seguridad bien aparentada.

—No estoy… —intenta corregirme, y yo la corto antes de que consiga convencerme.

—Nora. No voy a dejarte aquí con ese vestido y unos chupitos de más. O vienes conmigo o te llevo a rastras —le explico tan serio como puedo.

—A eso se le llama secuestro —contesta ella. Su tentativa por sonar molesta se ve frustrada por sus labios apretados, apenas conteniendo una sonrisa que me muero por ver.

Siento el fuego que me consume por dentro, desde el centro de mi cuerpo hasta cada una de mis extremidades, volviéndose más ardiente con sus palabras.

—Considérame tu secuestrador esta noche —le digo pretendiendo ponerla nerviosa, y consiguiéndolo.

Desvía su mirada hasta sus manos, que se estruja de forma incesante.

—No quiero que malinterpretes… —deja la frase inacabada, y casi puedo sentir el calor que cubre su cara, sumiéndola en un rosa demasiado dulce.

El problema es que quiero hacerlo. Quiero malinterpretar todo. Quiero que me mire, que vuelva a tocarme, que me deje besarla. Quiero rozar sus mejillas con mis dedos y descubrir si están tan calientes como mi pecho.

Pero no quiero ser un capullo. Así que escondo todo bajo unas palabras secas.

—No lo haré —le aseguro, apartándome más de ella. Tanto como este diminuto porche y mis ganas frustradas de abrazarla me permiten.

La observo mientras piensa sobre ello.

—¿Es una casa aparte? —pregunta, y me cuesta mantenerme templado. Me basta con imaginar volver al coche con ella para que esta noche se convierta en una gran noche.

—Sí. Es una casa aparte.

Creo que se le acaban las ideas para rechazar mi propuesta, o puede que ya no tenga ganas de seguir inventando excusas. Se muerde el labio inferior, quizás pensando en una última opción que evite mi avisado secuestro, y una nueva descarga me recorre.

Cuando su sonrisa emerge iluminando su cara, y toda la calle, sé que estoy en apuros.

—Muy bien —accede.

Soy incapaz de contener mi satisfacción transformando mi rostro. No me importa que lo sepa, que vea cuánto me alegra que venga conmigo, que me deje pasar unos minutos más a su lado.

—Ibas a secuestrarme de todos modos, ¿no? —sacude su cabeza con suavidad.

Me acerco por fin a ella, mirándola como si fuera a quedarme ciego de un momento a otro y necesitara recordar cada centímetro de su cara.

Luego, alargo la mano en busca de la suya, con la confianza de que, una vez más, me dejará rodearla con mis dedos.

Y tiro de ella para llevarla de vuelta al coche.

Mi corazón me martillea el pecho cuando la veo entrar en él, aunque en esta ocasión no hace ningún comentario de mis caballerosos modales abriéndole la puerta.

Nos ponemos en movimiento en cuanto Eddie avisa a Maly y da la bienvenida de nuevo a Nora. Ella se encoge en su asiento, posiblemente por la vergüenza de regresar con nosotros. Busco su mano, y sus hombros se relajan al mismo tiempo que mi pecho se hincha.