#24 Será un momento
SERÁ UN MOMENTO
Tan solo el sonido de su voz basta para que mis pies se rebelen contra mí.
No puedo volverme, no puedo verlo, tengo que continuar.
—Nora, ¿qué pasa? ¡Espera!
Apenas doy tres pasos antes de que Tyler me retenga sosteniendo mi mano. Y ese escalofrío que la temperatura de la noche no consiguió llevar a mi cuerpo, aparece con el tacto de sus dedos envolviéndome.
—Tyler, no… —Intento mentir, pero ni siquiera hago por apartarme.
No quiero huir. Quiero que gane, que luego me abandone si es necesario, que me deje recomponiéndome.
Sabré hacerlo, supongo—. Tengo que irme —digo en contra de mi voluntad.
La parte racional de mi cabeza sigue funcionando sin mi consentimiento.
—Dime qué ha pasado —pregunta.
Pone su mano bajo mi barbilla para alzar mi cabeza; yo con las mías retengo su movimiento.
—Nada —digo, reconociendo lo que más me está doliendo. Que no ha pasado nada; que no pasará—. Estoy cansada.
—¿De repente?
Me quedo en silencio, dándole tantas respuestas en mi cabeza como se me ocurren, sin que ninguna se aventure más allá de mi boca.
—Te veré mañana en el Complejo —respondo abatida. Quiero perder de una vez, terminar este juego. Sin embargo, es el tira y afloja lo que lo mantiene enganchado a mí, lo que sustenta esta jugada infinita de tortura que ha creado entre nosotros.
—¿Y a dónde vas a ir? —pregunta entonces, dejándome confundida.
—Tengo un Uber. Estará al llegar.
—Muy bien —dice, deslizando mi mano dentro de la suya. Acto seguido, comienza a caminar hacia la puerta del recinto del hotel, llevándome a su lado.
—¿Qué…? —Lo sigo a duras penas mientras trato de entender qué está ocurriendo.
—Que lo espero contigo —responde como si nada. Y ahí está otra vez, el Tyler Kelscot amable al que no estoy acostumbrada. El que me desarma de la forma más natural posible.
—No es necesario, de verdad —trato de convencerlo, pese a que me resisto a liberarme.
—No voy a dejarte sola aquí.
Miro a nuestro alrededor. No hay nadie por la calle y seguimos dentro del aparcamiento. No hay ningún peligro posible. Aun así, él ya ha decidido que no va a moverse de mi lado.
Dejamos atrás el hotel y nos dirigimos a un lateral para esperar a que llegue el coche que me debería recoger.
—Oye, de verdad que… —Trato de persuadirlo para que siga disfrutando de la fiesta, cuando, en un rápido movimiento, se abalanza sobre mí.
Me sujeta contra la pared y apoya su brazo derecho en el muro a mis espaldas, creando con su cuerpo una prisión de la que no puedo escapar.
Apenas hay dos centímetros de distancia entre nosotros, y su olor es como un veneno que me paraliza.
Encuentro mis manos sobre su abdomen, tan duro como siempre lo he imaginado.
Quieto, inmóvil, al contrario que mi pecho, que no deja de subir y bajar a pesar de mi esfuerzo por mantener mi respiración a raya.
—Espera. —Susurra sus palabras sobre mi boca, que se mezclan con mi aliento entrecortado.
Pero cuando alzo mis ojos, no es a mí a quien mira. Parece preocupado por algo que ocurre detrás de él.
—¿Qué… qué pasa? —Consigo que las palabras abandonen mi garganta, directas hacia sus labios.
—Me escondo de unos fans —dice distraído—. Será un momento.
«Un momento» que se me hace demasiado largo cuando vuelve sus ojos hacia mí. De nuevo me siento pequeña bajo su mirada, y me cuesta escapar de ella.
—Pensaba que eras todo un famoso mediático, y resulta que vas escondiéndote de tus fans, 89.
Su sonrisa se extiende al instante, hasta que unos pasos cercanos la borran.
—En realidad te escondo a ti —susurra, moviéndose para taparme un poco más.
La decepción me taladra. No sé cuántos golpes más debo recibir esta noche, ni cuántos más podré soportar.
A pesar de que no contesto nada, Tyler ve algo en mi cara, porque abandona mi cintura para sostener mi barbilla y obligarme a mirarlo.
—No es lo que piensas —dice antes de que pueda soltar cualquier tontería para quitarle hierro al asunto—. Intento evitarte salir mañana en las portadas de todos los periódicos y revistas del país. Pero si no te importa, me aparto rápidamente —me amenaza moviéndose ligeramente.
Alargo mis brazos y me sujeto a su chaqueta con fuerza. Prefiero mil veces su rechazo al del país. ¿Qué pensaría todo el mundo si creyeran que alguien como yo sale con Tyler Kelscot? Incluso las chicas más espectaculares han recibido el odio del público.
Lo acerco a mí de un empujón, como si mi vida dependiera de ello. Puede que en parte lo haga.
Entonces, abandona mi barbilla para rodear mi cuello.
La música de fondo que llega de la fiesta queda amortiguada con nuestras respiraciones, que se van acompasando poco a poco.
Mi cabeza empieza a dar vueltas, y estoy segura de que no se debe al poco alcohol que he bebido, sino a los nervios que atraviesan mi cuerpo. Y su mano acariciando mi cuello no ayuda a relajarme. No sé si lo hace porque me nota tensa, o porque está cómodo conmigo.
Tampoco sé qué opción preferiría.
Su caricia cesa, y sus dedos se deslizan por mi cuello, llegando hasta la unión de este con el hombro. Su pulgar recorre mi piel lentamente, como si temiera perderse algún centímetro. Va en dirección a mi brazo, y choca con el tirante de mi vestido.
Permanezco quieta esperando a que siga transitando mi cuerpo con la misma delicadeza. En cambio, no pasa de mi tirante. En lugar de eso, se da la vuelta para comprobar que no hay nadie, todavía sin apartarse de mí.
—¿Cuándo dices que llega tu Uber? —me pregunta de pronto.
Tengo que hacer memoria para recordar que eso es lo que hacíamos aquí fuera: esperar a mi coche.
Respiro hondo y suelto las solapas de su chaqueta, arrugadas entre mis dedos.
—Tengo que pedirlo —digo avergonzada. En realidad, huía del hotel, de él. Ni siquiera había planeado marcharme. Quería aire; ahora quiero algo muy distinto.
—Déjame llevarte a casa.
Pestañeo unas cuantas veces intentando centrar mi cabeza, porque no es posible que lo haya escuchado bien.
—Tengo chófer. Está esperando en el aparcamiento —continúa él, tratando de convencerme. Yo permanezco congelada, sin entender lo que está ocurriendo.
Su sonrisa regresa, y me doy cuenta de que le diría cualquier cosa con tal de que no la borrase.
—Es más barato que el Uber. —Sigue intentándolo, ignorante al barullo que tengo en mi cabeza—. Esta noche tiene tarifa especial. —Coge un mechón de mi pelo y lo aparta de mi cara—. Me vale con una de tus sonrisas.
Fuera cual fuera la respuesta que esperaba, no era esa. Quizás algo vergonzoso con lo que reírse de mí. Pero mi corazón se estrella contra mi pecho, como si buscara lanzarse hacia el hombre que tengo enfrente.
El Tyler Kelscot dulce es aún más nocivo para mí que cualquiera de sus otras versiones.
Hago lo posible por esconder la sonrisa que se rebela contra mis labios, apretándolos tanto como puedo.
—Una buena —dice insatisfecho.
Y no puedo evitarlo. Sin quererlo, le pago el viaje en coche que me ha ofrecido.
—Esa me gusta más —dice, acariciando mi barbilla suavemente.
Luego, abandona la pared tirando de mí. Es la segunda vez que lo hace desde que hemos salido del hotel, y es la segunda vez que no lo evito. Estoy perdiendo la cabeza.
Volvemos al recinto y nos dirigimos hacia un lateral, donde hileras de coches de lujo esperan a ser recogidos por sus dueños.
Caminamos en la oscuridad, en silencio, y me concentro en la mano que rodea la mía.
También aprovecho a mirar al jugador de la NFL que ha decidido abandonar una fiesta con sus compañeros de equipo por llevarme a casa en su coche.
El cosquilleo que baila en mi tripa cuando ese pensamiento cruza mi mente me da miedo.
Debería mitigarlo, y no lo hago. En su lugar, aprieto la mano que me arrastra por el aparcamiento, y Tyler se gira para mirarme con la satisfacción iluminando su cara.
Nada de esto me parece real. No puede serlo.
Cuando quiero darme cuenta, nos aproximamos a un coche plateado con un señor apoyado en su capó concentrado en la pantalla de su móvil hasta que Tyler lo saluda.
—Eddie, llevamos a Nora a su casa.
El señor junto al coche apaga su teléfono y me mira por un momento.
—A su casa, claro —confirma con un tono que seguramente diga más a Tyler que a mí—. Buenas noches, señorita —me saluda después.
Levanto mi mano libre para ondearla frente a él. Es todo lo que mi vergüenza repentina me permite hacer y, en silencio, agradezco que la poca iluminación del exterior apenas deja vernos las caras, y mucho menos el tono rojizo que debe estar tiñendo la mía.
Tyler me lleva hasta el coche y abre una de las puertas traseras para mí.
Su versión dulce vuelve a atacarme sin compasión.
—Voy a tener que pensar un poco mejor de ti, 89 —le digo, feliz de poder sacar algún comentario irónico entre tanto nerviosismo.
Sus labios se curvan y sus ojos me miran con intensidad. Apoya sus brazos sobre la puerta sin dejar de observarme.
—Entra, antes de que me arrepienta —me avisa con una mirada desafiante, haciéndome una seña con la cabeza para que comience a moverme.
—¿Arrepentirte de qué? —pregunto perdida.
—No quieres saberlo.
Su gesto habla más que sus palabras y, efectivamente, me dice que me metería en algún problema si insisto.
Derrotada en este intercambio, finalmente me meto en el coche y, cuando Tyler cierra la puerta detrás de mí, libero un sonoro suspiro. Hasta las zapatillas me están matando ya.
Tyler no tarda en sentarse a mi lado. El conductor pone en marcha el coche, aunque no se mueve hasta que le doy mi dirección.
Enseguida nos desplazamos bajo la luz de las farolas de la ciudad, que pintan el interior del coche en distintos tonos anaranjados.
Cuando me giro hacia Tyler, encuentro que él ya me estaba observando. Aun así, no decimos nada. Me recuesto en el asiento, mucho más cómodo de lo que cualquier coche debería ser.
—¿Ha sido una buena fiesta? —pregunta Eddie, rompiendo el hielo.
—El mejor paripé en el que he estado —afirma Tyler satisfecho, a pesar de cómo se refiere a la fiesta que con tanto trabajo he sacado adelante.
—Y lo sigues llamando paripé —le digo dolida—. Siento que te hayas quedado fuera, Eddie. La próxima vez deberías entrar.
—Él los odia más que yo. —Tyler le ahorra el mal trago a su amigo.
—Vale, pues no he dicho nada. —¿Por qué me molesta tanto lo que Tyler piense de esta fiesta? Ya sabía que no era lo suyo. No ha dejado de repetírmelo.
Y, de pronto, dice algo que vuelve a sorprenderme. Tercer down para el Tyler Kelscot dulce.
—Te habría gustado el de hoy. Ha estado muy bien.
—¿De verdad? —pregunto tan feliz que casi salto en mi asiento.
—Sí.
Vuelvo a mirarlo, confundida por lo que está confesando.
Entonces, noto su mano avanzando sobre la mía.
Primero un dedo, después otro, y así hasta que todos quedan entrelazados con los míos.
Desciendo la vista hasta ellos y me atrevo a moverlos lentamente, entregándome a su tacto.
Desearía que hubiera alguna forma de detener el tiempo ahora mismo, y mis pensamientos.
Siento que están a punto de boicotearme una vez más.
Pero es otra voz la que lo hace.
—Ya hemos llegado —anuncia Eddie, haciendo que mi mano se asuste y se aleje de lo que tanto estaba disfrutando.
Miro por la ventana para reconocer la fachada de ladrillo viejo de mi casa.
—Sí, aquí es. Muchas gracias.
—No hay de qué —contestan Eddie y Tyler al unísono.
Me río suavemente y veo cómo Eddie saca su móvil, dando a entender que hasta ahí ha llegado su conversación conmigo. Me giro hacia Tyler y le dedico su saludo militar que tantas veces me ha molestado.
—Buenas noches —digo, y, esta vez, Eddie no responde.
—Buenas noches, Nora.
A pesar de habernos despedido ya, tardo un momento en ponerme en marcha, teniendo claro que escuchar mi nombre de su boca no es algo a lo que vaya a acostumbrarme fácilmente.
Al final abandono el coche satisfecha por no haberme tropezado con mi propio vestido, incluso a pesar del vaivén de mi cabeza, recordándome que el alcohol no es para mí.
Subo los seis escalones hasta mi puerta y me quedo petrificada frente a ella.
Después de respirar hondo, muevo el picaporte, que, obviamente, no cede. No esperaba que lo hiciera.
«Mierda, mierda, mierda».
Busco mi móvil para llamar a Susan, y recuerdo que lo dejé junto a mi bolso y el resto de mis cosas en el Royale.
Abatida, apoyo mi cabeza contra la vieja puerta azul de mi casa. Está claro que esta no es mi noche.
—¿Todo bien? —la voz de Tyler detrás de mí ahoga mis lamentos.