#23 Déjate llevar
DÉJATE LLEVAR
Tardo al menos un minuto en volver a respirar con normalidad una vez que Tyler sale de la habitación. Lo de mantener las distancias con él no está funcionando, y le ha bastado un momento a mi lado para hacerme olvidar todo.
Pero, al desaparecer, todas las dudas vuelven.
Porque yo sí recuerdo el nombre de su acompañante.
La guapísima chica con un vestido más corto de lo que cualquier etiqueta aprobaría, melena larga, brillante y rubia, y una cara preciosa.
Verla del brazo de Tyler fue el recordatorio que necesitaba de que no debería seguir engañándome. De que todo es una ilusión cruel.
En especial, después de seguirme hasta aquí, haciendo tambalear la barrera que a duras penas estaba construyendo entre nosotros.
Mi móvil vibra en mi mano, despertándome de mis lamentaciones.
Abro la notificación.
Susan:
Este es tu recuerdo de noche de sexo desenfrenado!!! Déjate llevar.
Tapo la pantalla como si alguien pudiera verla, a pesar de que estoy sola en la habitación. Aun así, el mensaje se sigue reproduciendo en mi cabeza. «Déjate llevar».
Me río incrédula, porque eso es exactamente lo que hago cuando estoy con él, por más que quiera frenarlo.
Dejo el teléfono sobre la mesa, junto a mis zapatos fallidos y el resto de mis cosas, para dirigirme al salón, dispuesta a terminar lo que no ha ocurrido en la habitación, con una determinación que no sé de dónde sale.
Sin embargo, según llego a la puerta, retrocedo en mis pasos.
Draven, la persona más temible de Redmont, se encuentra frente a mí, acercándose con una sonrisa tan brillante como espeluznante.
Mi cuerpo recuerda sus dedos alrededor de mi cuello, incapaz de olvidar la sensación de asfixia.
—Hola, Nora —me saluda como si fuera su amiga de toda la vida—. Esperaba interrumpir algo, pero he visto a Kelscot saliendo con bastante prisa de aquí.
Me quedo en silencio, porque no sé qué responder a su comentario, o si quiere que conteste.
Escondo el temblor de mis manos cerrándolas en puños.
Cuando miro a la entrada, veo dos hombres allí aposentados, de espaldas, haciendo imposible mi huida.
Draven se da cuenta de lo que debo estar pensando cuando sigue mi mirada.
—No te preocupes por ellos. No están aquí por ti. Solo se aseguran de que nadie nos interrumpa.
Sus palabras, lejos de tranquilizarme, me dejan más nerviosa. Mi cabeza, por otro lado, se devana los sesos para encontrar una forma de salir ilesa de allí.
Mis pies continúan retrocediendo a medida que él se acerca, hasta que la mesa detrás de mí me hace imposible seguir poniendo espacio entre los dos.
Se coloca junto a mí y echa un vistazo a mi carpeta, que abre interesado mientras yo me alejo disimuladamente.
—Dime, ¿trabajas fuera de los Stallions? Me gusta lo que has montado aquí. Y, por lo que veo, con buenos números. —Alza la vista para dedicarme otra de sus terroríficas sonrisas—. ¿Podría contratarte para organizar alguno de mis eventos?
La pregunta me pilla desprevenida.
—No… No sé si tendría tiempo… —Logro que varias palabras crucen mi garganta, por la que apenas consigo hacer que pase el aire.
Draven deja escapar una suave risa y cierra la carpeta concentrándose de nuevo en mí.
—Piensas que soy peligroso, ¿verdad?
Me mantengo callada, pues prefiero no mentir, y él no se muestra ofendido por mi silencio, sino lo contrario. Sus labios siguen curvados cuando se me acerca un poco más.
—Haces bien, pajarito. Pero tú no debes temerme. —Alcanza un mechón de pelo que me cosquillea la cara y lo aparta, tal y como hizo Tyler unos minutos antes—. Sé que amas a los Stallions tanto como yo. Vengo a ofrecerte mi ayuda.
—Ya nos ayudaste a salir del casino —le recuerdo, esperando zanjar esta conversación. Quiero largarme de allí, aunque no sé si mis piernas responderían ahora mismo.
—Y vosotros me avisasteis de la redada, ¿no? Aquella noche quedamos en paz.
Después de un momento en el que Draven me mira de forma intensa y yo estoy tan quieta que no estoy segura de si continúo respirando, se aleja para apoyarse en la mesa.
Se quita alguna pelusa invisible del traje y se pasa su enorme mano, decorada con grandes anillos dorados, por su pelo grasiento. Un escalofrío recorre mi cuerpo, y otra vez la sensación de ahogo me bloquea.
—Mis hombres dicen que alguien te está poniendo problemas en el trabajo. Verás, soy un gran fan de los Stallions, Nora. Es mi pequeño placer culpable. Y haría lo que fuera por este equipo. Lo que fuera.
Entrecierra los ojos, y no sé si pretende darme más miedo o conseguir que crea sus palabras al repetirlas. Se abstrae con sus relucientes anillos, a los que saca todavía más brillo.
—Incluso acabar con los problemas. Solo tienes que darme un nombre —me propone.
—No tengo ninguno —respondo aterrada.
Él ladea la cabeza, estudiándome con sus ojos entrecerrados.
—¿No lo tienes aún?
—Y si lo tuviera… —El miedo deja mi frase inacabada, especialmente cuando el mafioso vuelve a reírse.
—Tampoco me lo dirías, claro. Eres muy noble, Nora. Por eso me gustas. La gente habla maravillas de ti —me asegura, y yo me pregunto con quién de los Stallions tiene relación—. Muy bien. Seré yo quien te lo dé. Un gesto de buena voluntad. Quiero ver cómo te encargas de él.
—No voy a… hacer daño a nadie —digo, incapaz de pronunciar la palabra «matar», o de acusarlo a la cara de sus prácticas, pese a que todo el mundo en Redmont conoce su forma de hacer negocios.
Él se ríe con mi respuesta.
—Claro que no, pajarito. —Me sujeta por las mejillas y me mira como si estudiara mi cara—. No quiero que lo mates. Ese es mi trabajo. Quiero ver de qué eres capaz.
—¿Qué nombre? —pregunto al fin.
—Nate Hunter.
—¿Hunter? ¿Qué…? ¿Qué ha hecho? —No tengo ni idea de qué es lo que pretende que haga con él. Que sea un idiota con Tyler no significa que vaya a arruinarle la vida. Draven, por el contrario, no me da más pistas.
—No puedo hacer todo yo, pajarito.
Su risa resuena en la pequeña habitación mientras se acerca a la puerta. En ese momento, sus dos acompañantes la dejan libre, y, sin decir nada más ni volverse a mirarme, se marcha.
Una vez sola, mis piernas se permiten desfallecer y me dejo caer contra la mesa. Mi respiración se desboca y me cuesta un minuto entero recuperar el ritmo.
Mi primer instinto es correr, salir del hotel y encerrarme en mi casa. Pero pensar en la oscuridad de mi hogar ahora mismo me aterra. En cambio, la música del salón llega hasta mí, prometiéndome una distracción.
Respiro hondo y salgo del cuartucho, que se me antoja más pequeño por momentos.
Llego al salón y según cruzo la puerta, mi corazón comienza a latir frenéticamente, impidiéndome escuchar el ritmo que trona contra mis oídos. Y no tiene que ver con ningún mafioso de pelo grasiento, sino con la realidad, que vuelve a golpearme con fuerza.
Tyler está con Amber, y parece que lo que no ha terminado conmigo, pretende hacerlo con ella.
Veo cómo ella se muerde el labio inferior mientras recorre cada uno de los músculos de su cuerpo, no solo con la mirada.
Él se gira hacia mí, pero sus manos siguen deslizándose sobre los brazos de Amber.
Me doy la vuelta rápidamente, agradecida de que mis piernas no me fallen esta vez, y me alejo de allí.
Mi pulso ha decidido golpear con furia mi garganta, ahogándome a medida que me cruzo con la multitud disfrutando de la fiesta en el centro de la sala.
Apenas he avanzado unos metros cuando alguien, ensimismado en su baile, me empuja. Choco contra una columna que no sabía que tenía a mis espaldas y, cuando me giro, descubro que no es la arquitectura del salón. Kylen Blaze me saluda desde lo alto.
—¡Perdona! —me disculpo por el empujón.
—¡Nora! No te preocupes. —Se restriega el pecho como si se estuviera limpiando la bebida que falta en su vaso.
—Ay, ¡perdona! —vuelvo a decir y, como no tengo ninguna servilleta o pañuelo que ofrecerle, intento limpiar su camisa del mismo modo que lo hacía él. Enseguida me detiene riéndose y agarrándome por la muñeca.
—Tranquila, de verdad. A esta hora es lo mínimo que puede pasar.
—¿No tendrás problemas con el traje? —Normalmente los que traen a estos eventos son prestados, y estropearlos podría dejarlos en mal lugar con la marca.
Antes de que pueda responderme, otra persona me empuja, lanzándome hacia el tight end novato del equipo. Me separo avergonzada en cuanto sus grandes brazos me lo permiten. Estoy segura de que mi rostro debe hacer perfecto juego con mi vestido.
Cuando miro hacia arriba, la cara de Kylen me recibe con su persistente buen humor. Siempre se muestra feliz, con cada pequeña cosa que ocurre a su alrededor y, por un momento, noto el pinchazo de la envidia en mi estómago. Debe ser maravilloso poder disfrutar de cada cosa como si fuera un regalo.
De pronto, el mensaje de Susan regresa a mi cabeza. «Déjate llevar». Sé que esas palabras no iban por el jugador que tengo enfrente, pero tampoco especificó con quién debía hacerlo. Y está claro que con Tyler no va a ocurrir, pues él ya está ocupado con su preciosa modelo.
En cambio, Kylen está junto a mí, sin prestar atención a nadie más, sin ningún maniquí perfecto agarrado a su brazo; y decido que quiero divertirme.
En cuanto pasa un camarero con una bandeja llena de chupitos, me lanzo a por uno sin pensármelo dos veces. Un poco de valentía líquida me vendrá bien.
Kylen, a mi lado, empieza a mover sus hombros con algo de vergüenza y me extiende su mano, invitándome a bailar. Decido unirme, y sus dedos se cierran alrededor de los míos mientras nos movemos en el centro de la sala, donde la mayoría de los invitados disfrutan de los temas que el DJ va pinchando.
No tengo ni idea de qué suena. La música que escucho normalmente tiene poco que ver con este sonido metálico y estridente, pero soy capaz de seguir el ritmo.
Que mis movimientos sean certeros o no, es otra historia.
Al menos, no parece que llame demasiado la atención.
O puede que mi acompañante sea muy educado.