#22 Mi paciencia ya se ha agotado #2
—¿Podré verte? —pregunto, acercándome un poco más a ella y dejando claro qué es lo que haría que la parte de dentro fuera mejor para mí.
Alza la mirada con velocidad y, a pesar de abrir su boca, no me da ninguna respuesta. No sé qué es lo que se lo impide.
De pronto, su gesto cambia y sus cejas se unen.
—¡¿Qué?! —pregunta molesta. La miro confuso, hasta que gira la cabeza y sube su dedo índice a su oído—.
Vale, sí, sí —continúa hablando con quien sea que la reclama a través del auricular.
Luego, vuelve a fijarse en mí, que todavía espero una respuesta que no me va a dar—.
Perdona, tengo que irme. ¡Hazte con ellos!
—me dice antes de regalarme una última sonrisa y desaparecer entre la gente.
El reportero con quien hablaba antes me llama, y hago lo posible por mejorar la penosa entrevista que le estaba dando. Al menos ahora conozco el objetivo de todo esto, y quiero ser capaz de lograr el resultado que Nora espera.
Tras unas cuantas entrevistas idénticas, y más fotos de las que me gustaría, pasamos al salón.
Distintas pantallas a lo largo y ancho del espacio muestran las mejores jugadas de los Stallions. Reconozco varias, porque yo mismo las he visto una y otra vez antes de llegar al equipo.
Hay un pequeño escenario al fondo con otra gran pantalla sobre él, y multitud de mesas dispuestas como si se tratase de una boda, todas decoradas con centros de flores y vajilla elegante.
Encuentro a Louis y sus dos amigas, si es que pueden llamarse así, en el photocall que hay en un lateral de la sala. No son los únicos que están con bebidas en la mano haciéndose fotos.
Me muevo echando un vistazo alrededor y quedándome embobado con algunos vídeos que se van reproduciendo a lo largo del salón.
Entonces, hay una jugada que me deja paralizado, porque no es de ningún partido, sino de un entrenamiento.
Y soy yo el que hace la recepción. Fue de los primeros días del campamento de novatos.
Estaba destrozado por los nervios, y en cuanto vi la pelota volar, todo mi estrés desapareció.
Es la primera vez que me veo como un Stallion.
Un grupo frente a esa pantalla se pone a aplaudir cuando recepciono la pelota sin esfuerzo al borde de la línea, justo antes de que Johnson me derribe lanzándome contra el césped. Esa parte no se proyecta. Mis costillas, sin embargo, siguen recordándolo a la perfección.
El grupo que estaba aplaudiendo me saluda. Deben ser trabajadores y, por su forma de vestir, diría que pertenecen a algún departamento aburrido, como contabilidad o similar. Les devuelvo el saludo con mi mejor cara y continúo mi camino hacia la barra de bar.
Más tarde, Nora aparece de nuevo y, como si de un faro se tratara, mis ojos no pueden abandonarla. Corre de un lado a otro con sus pequeños pasos.
Cuando todos estamos en el salón, las luces empiezan a disminuir, y se nota la agitación en el ambiente. Hasta yo estoy nervioso.
Los focos no tardan en dirigirse hacia la mujer que hay en el escenario.
Va vestida con un traje de chaqueta rojo, a juego con su pelo asalvajado, lleno de parches de cristales reluciendo y brillando bajo los focos.
No es hasta que su nombre aparece en la pantalla a su espalda que creo lo que veo.
Aven Arlow, una de las cantantes más famosas del país, si no la que más, empieza a saludar a los asistentes.
No faltan los gritos de emoción alrededor del salón.
Cuando me fijo, todo el mundo se ha movido para acercarse al escenario y, después de desear al equipo una buena temporada, empieza a cantar uno de los temas que no dejan de repetir en la radio estos días.
Incluso si no te gustara esta chica, conocerías su música.
Pese a que no es mi estilo, es indudable que tiene una buena voz.
Yo me quedo apoyado en la barra, apurando mi botellín.
Aven canta sus primeras estrofas, y mis ojos buscan otra vez a Nora. Está al fondo, disfrutando del concierto igual que los demás, echando un vistazo alrededor cada pocos minutos, controlando que todo va como debería.
Tiene poco de qué preocuparse. El público está entusiasmado, y se vuelve más loco cuando la cantante cambia algunas palabras de la letra para hacer guiños a los Stallions.
A esa canción le sigue otra. No es tan conocida, aunque nadie lo diría por cómo la cantan todos. Incluido aquel aburrido equipo de contabilidad.
—¿Qué pasa con esta canción? —pregunto al camarero que limpia vagamente la barra sin perder ojo de la cantante.
—Es la canción que se ponen antes de los partidos. Es como un himno para el vestuario.
Me giro a mirar a todos cantando al mismo ritmo.
—Te cansarás de ella —me dice.
Cuando termina la música, la cantante se despide entre los vítores de la gente, y la sucede en el escenario el presidente Radford.
Desconecto en cuanto empieza con la misma charla de siempre.
Supongo que en un paripé de este calibre es necesario dar un poco de bombo al que paga nuestros abultados sueldos.
Al acabar, la sala se queda a oscuras y todo el mundo aguarda expectante la próxima sorpresa de la noche.
Entonces, la pantalla del fondo se ilumina, y el público se pone a vitorear cuando se reproducen algunas de las jugadas que se estaban proyectando antes.
Poco después cambia, y son los fans los que ocupan las imágenes.
Todo junto a una música épica, digna de cualquier película de superhéroes, que va subiendo de volumen a la vez que de revoluciones.
Solo baja un poco cuando los aficionados hablan a la cámara, con gritos de ánimo al equipo.
Joder, mis ganas de saltar al campo se han multiplicado por mil con este vídeo.
Vuelvo a buscar a la artífice de todo esto, y la encuentro junto a sus compañeros de departamento.
Uno de ellos la zarandea por los hombros, pagado de ella, y Nora se gira, dejándome ver su enorme sonrisa.
Diría que se va a echar a llorar, y no sería la única.
He pillado a alguno limpiándose las mejillas con disimulo.
Yo también debería estar mirando la pantalla, pero es La Chica del Móvil la que me tiene ensimismado.
Cuando el vídeo termina, todo el público responde con aplausos, gritos y silbidos. Mis compañeros se abrazan unos a otros, seguramente sintiendo las mismas ganas de salir al césped que yo he experimentado hace unos minutos.
Matthew, el jefe de Nora, se acerca a ella.
Por la cara que tiene, debe estar satisfecho con su trabajo.
Todos lo están. Cuando la felicita, se mueve algo dentro de mí.
Algo parecido al orgullo, cosa que es improbable.
Si acaso, será que me alegro de que todo lo de la filtración se haya solucionado y podamos pasar página.
Doy el último trago a mi cerveza y la dejo en la barra. Un segundo más tarde, el botellín desaparece y otro ocupa su lugar.
—Eh, tío. ¿Cómo lo llevas? —McKillen se apoya a mi lado—. Menuda fiesta se ha montado Nora-Bora.
—De los paripés a los que he asistido, es de los mejores.
—¿Paripés? —pregunta entre risas.
Yo me encojo de hombros.
—Tanta falsedad —digo lo que he estado repitiendo durante todo el día en mi cabeza.
—Supongo que no hay drogas ni putas.
—Ya. Creo que mi amigo se va a sentir decepcionado.
—¿Y tú?
—No estoy interesado en eso.
—Pero en algo sí se te ve interesado. —Choca su botellín con el mío y se ríe.
Yo lo miro frunciendo el ceño.
—No te pases con las cervezas —me dice antes de alejarse—. Apuesto a que el entrenador lleva la cuenta de todos.
No consigo ver a Nora durante el resto de la noche, salvo en algún momento en que cruza la sala con paso veloz.
Para cuando la cena termina, mi paciencia ya se ha agotado. He hecho lo posible por ignorar a Louis y sus amigas, y por aguantar que mi jefa de comunicación me esté evitando constantemente. Pero incluso todo el buen rollo a mi alrededor no ha hecho más que empeorar mi humor.
Después de varios de sus paseos, la veo salir con prisa del salón, y el pánico tira de mi estómago, creyendo que va a largarse sin más. No quiso confirmarme si nos veríamos más tarde, y no pienso tomar su evasiva como un «no».
Salgo en su busca, caminando tan rápido como me dan las piernas.
Cuando alcanzo el hall, no hay rastro de ella. Me dirijo a la puerta y echo un vistazo al exterior; tampoco diviso su figura por ningún lado. Es imposible que se haya esfumado tan rápido. Solo me llevaba unos segundos de ventaja.
Uno de los recepcionistas me ve perdido y me pregunta si puede ayudarme. En cuanto le describo a una chica preciosa vestida de rojo, me indica el pasillo por el que Nora se ha escaqueado.
Según llego, la encuentro tambaleándose.
—¿Nora? —la llamo, confuso por lo que acabo de ver.
—¡Tyler! —Se yergue tanto como puede con la pared a sus espaldas sosteniéndola. La sorpresa enmarca su rostro al verme.
Yo me quedo frente a ella, sin saber qué hacer o cómo ayudarla.
—¿Estás bien? —pregunto, a pesar de que, le ocurra lo que le ocurra, no va a contármelo.
—Sí, sí. Todo genial. —Se estira un poco más junto a la pared y me muestra una sonrisa que tiene poco de sincera—. ¿Necesitas algo?
Suelto un bufido infinito en mi cabeza mientras respondo un «A ti» mentalmente. No dejo de imaginarme probando esos labios rosados que me tientan cada vez que me acerco a ella.
Me obligo a dejar de mirarlos para centrarme en sus ojos, brillantes, grandes y que esperan mi respuesta.
—¿Qué te pasa? Parecías… —No estoy seguro de qué parecía, salvo que no era capaz de sostenerse en pie por sí sola.
Dejo la frase sin terminar, y la forma en que Nora baja la vista, avergonzada, me dice que no voy muy desencaminado en mi suposición.
—No, es… —Respira hondo antes de ponerse una mano en la frente—. Los pies. Después del parón de la cena, creo que no soy capaz de dar dos pasos seguidos.
Se ríe sin ganas, todavía sin mirarme y estoy harto de que me rehúya más.