#21 Tenemos un problema #2
—No pienso hacerlo.
—¿Por qué no?
—¡Porque no va a pasar nada! —digo exasperada. Necesito metérmelo en la cabeza y, de paso, a mi amiga.
Aprovecho su silencio para explicarme y, con suerte, convencerla.
—Mira, no… No sé si ha pasado algo entre nosotros o si simplemente le gusta molestarme y soy tan tonta como para pillarme por él. Lo más seguro es que pronto conozca a una modelo rubia más de su estilo, y me deje tranquila.
—¿Eso es lo que quieres? —Susan habla de forma serena de repente.
Y aunque quiero contestar que sí, no lo hago. No sé lo que quiero. Simplemente sé lo que no soy. No soy como las chicas con las que sale en las revistas. No soy tan divertida, ni tan guapa, ni sexy… Ni siquiera sé maquillarme sin la ayuda de mi amiga.
No soy la chica que gusta a los chicos, y mucho menos a las estrellas de fútbol. Y eso debería ser suficiente como respuesta.
—Mira, es divertido fangirlear por un jugador, pero no puedo dejar que se me vaya de las manos, ¿vale? —digo, consciente de que ya es tarde para eso.
No me veo con fuerza de voluntad para alejarme de él hasta que la modelo rubia con la que sé que terminará aparezca.
Sin contestar nada, Susan se acerca y me envuelve en un abrazo fuerte. Respira hondo, y yo hago lo mismo. No quería que nos diera el bajón. Supongo que es otra de las muchas cualidades que le encantarían a Tyler de mí: lo aguafiestas que soy.
Susan se separa. Luego, alza una mano y planta su dedo índice sobre mi frente.
—Sé lo que te pasa aquí —me dice—. Entiendo el miedo; a ver, es una estrella. Pero nena, también te he visto a su lado. Todas las dudas se te olvidan. Es más, juraría que te olvidas de todo lo que hay a tu alrededor.
Mantengo la respiración esperando que mi amiga no se haya percatado, porque esa última frase es más cierta de lo que quiero admitir.
—Nos has visto juntos dos veces, y en una casi nos matamos.
—Con una basta. —Curva sus labios esperando que la rebata.
Por suerte, cuando no lo hago, deja de presionarme. Sé que sigue dándole vueltas al tema, y me pregunto si estará pensando en otras formas de convencerme, pues su sonrisa ya no está presente, e incluso veo cómo una pequeña línea se forma entre sus cejas.
Después de un rato trabajando en mi pelo, deja la plancha y se coloca delante de mí, en cuclillas, mirándome fijamente.
—Solo quiero que, si hay algo, no salgas huyendo. Te mereces creer un poco en ti. Sé lo mucho que te cuesta, pero eres más que suficiente para gustar a cualquiera.
Se me encoge el corazón al escucharla. No debería extrañarme que conozca mi discurso interior mejor que yo. Aunque no evita el dolor de enfrentarse a él y saber que no soy capaz de hacer nada contra estos pensamientos. Nunca lo he sido.
—No es cualquiera —le recuerdo—, es Tyler Keslcot.
Ella eleva una de las comisuras de su boca.
—Es un tío.
Suspiro y me levanto de la silla. Necesito espacio. O encontrar la forma de hacer frenar mi cabeza.
Me acerco hasta el armario y miro mi ropa sin ver realmente nada, perdida en mis pensamientos contradictorios.
—No sé por qué me hago esto —murmuro, y luego me río incrédula—. ¿Qué iba a pasar entre nosotros? —Lanzo la pregunta en voz alta, y me giro en busca de una respuesta de mi amiga, que no me da—. Solo le gusta molestarme, tiene que ser eso. Ni siquiera nos aguantamos.
Continúo a la espera de que Susan responda. Ella, en cambio, se encoge de hombros, dejando que sea yo misma quien me conteste.
En realidad, no recuerdo el último día en que no aguanté a Tyler. Al revés. Cada vez que intenta molestarme, me gusta un poco más. Incluso deseo que lo haga. He llegado a encontrarlo divertido, por más que trate de ocultarlo.
Seguramente porque me gusta que me preste atención. La estrella del equipo haciendo caso a la chica invisible. No hay duda de que todas las películas que veo con Susan me afectan.
—¿Sabes? Que no digas nada, no me tranquiliza en absoluto —digo al fin, cuando no puedo más con mi monólogo interior.
—Espero a que termines ahí arriba. —Da unos toquecitos sobre su sien, haciendo referencia a la mía.
Me dirijo de vuelta a la cama después de dar un largo y agonizante suspiro, y me dejo caer sobre ella de espaldas, tapándome los ojos.
—Está muy bueno —digo al fin.
Noto la cama cediendo bajo el peso de mi amiga, que se sienta a mi lado.
—Es muy guapo —dice.
—E insoportable.
Ella se ríe y, sin pretenderlo, me contagia su buen humor. Es mucho más fácil hablar de lo mucho que me gusta Tyler que de por qué no debería hacerme ilusiones con él.
—¿Has visto su culo? —pregunta Susan de pronto, haciendo que vuelva a taparme la cara tanto como puedo. Estoy segura de que se ha vuelto del color de mi vestido para esta noche.
—Sí —digo, y es todo lo que necesita mi amiga para estallar en carcajadas.
—¡Nora! —me llama la atención dándome un manotazo amistoso en el brazo—. No me esperaba eso de ti.
Yo resoplo antes de sincerarme. Total, ya no hay vuelta atrás.
—Calla. No es lo peor —digo.
—¿Cómo que no es lo peor? ¿Qué más has visto? —me dice casi chillando.
—¡No seas bruta! Es solo que cada vez que se acerca a mí…
Cuando se acerca mucho… Y últimamente lo hace…
¡Ay! ¡Estoy fatal! Parezco una adolescente.
—Me cubro de nuevo la cara, incapaz de seguir hablando cuando los recuerdos de los últimos días vuelven a colarse en mi cabeza: el olor de Tyler envolviéndome a medida que sus ojos me atrapan, dejándome totalmente inútil e inmovilizada; sus manos sobre mi cintura, como si necesitase sentirme, saber que soy real, al igual que me ocurre a mí con él.
—Nena, ¿qué pasa cuando se acerca mucho? —Susan tira de mis brazos para descubrirme la cara.
—Pues que… ¡Que me imagino besándolo! —suelto de sopetón. Si voy a hacerlo, mejor hacerlo de golpe y pasar todo el bochorno de una. No seré la primera fan que se pilla de Tyler Kelscot e imagina cosas de ese tipo.
—¡¿Y por qué no lo haces?! —me grita mi amiga dándome un golpe en la cabeza. Un golpe que, estoy segura, debería haber sido más suave.
—¿Porque no debería?
Susan se levanta de la cama y se pone en jarras, con una pose y gesto de enfado extremo.
—Vale, ¡ya está! ¡Hoy voy a la fiesta! Me meto de camarera si hace falta. ¡Alguien tiene que empujarte!
—Al paso que voy… Ayer estuvo a punto de ocurrir —confieso, dejando que el color vuelva a subir a mis mejillas, que no han dejado de ensañarse conmigo durante toda la tarde.
¿Cómo es posible que con solo pensar en cómo casi lo beso, mi cuerpo se sumerja en este calor asfixiante? No puedo imaginar cómo sería si de verdad mis labios chocasen contra los suyos, mientras sus manos me empujan más hacia él y las mías se pierden detrás de su cabeza.
La risa de mi amiga me despierta de mi inesperada fantasía. Después, tira de mí para levantarme.
—Ay, madre. Vamos a vestirte, nena.
Yo la sigo en silencio, sabiendo que en realidad lo que quiere decir es «Voy a ponerte pibón para que esta noche te tires a Tyler»; cosa que agradezco que no diga en voz alta.
Llego a la fiesta antes de lo esperado. Había programado más tiempo para arreglarme, pero Susan cuenta con más práctica que yo en esto del maquillaje y los eventos.
Incluso me ha dejado traer un par de zapatillas, aunque me ha prohibido ponérmelas antes de que empiece la fiesta final. Sin embargo, tras dos idas y venidas por el hotel, me da que no voy a tardar en rendirme y bajarme a las cómodas deportivas de mi día a día.
Pese a que no es la opción más elegante, sé, por experiencia, que muchos jugadores vendrán con peores pintas.
—¡Joder, Nora! —Una voz me despierta a mis espaldas, devolviéndome a la fiesta y al ruido de mi alrededor.
Cuando me giro, encuentro a Chris, mi videógrafo, más guapo que nunca, con un traje de corbata en color oscuro. Su pelo, por una vez, está bien peinado. Parece que estamos en una versión más elegante de la comida de Navidad.
En cambio, Ronald, a su lado, no llama tanto la atención, porque siempre va de punta en blanco, como buen estilista que es. Aun así, se puede reconocer el esfuerzo en su colorido traje.
—¡¿Qué dices, Nora-Bora?! ¿Quién te ha hecho la transformación y por qué no he sido yo? —me grita entusiasmado, haciéndome girar sobre mí misma para verme al completo.
Cuando paro sobre mis zapatos de infarto, me encojo de hombros. Quería un vestido sencillo para pasar desapercibida, pero veo que no ha funcionado. Debe ser solamente la novedad de verme con ropa distinta a los vaqueros.
—Mi amiga Susan —le doy el nombre de quien ha conseguido sacar a una princesa de la chica de la habitación de al lado.
Ha hecho un gran trabajo, y me gusta haber podido añadir un toque personal con el broche clásico de los Stallions que llevo en el pelo.
—Estás pibón total —me dice Ronald sin cortarse, cosa que tampoco me escandaliza, porque suelo escucharlo diciéndoselo a la gente a menudo. Si bien es cierto que conmigo ha ocurrido pocas veces.
—Gracias —respondo tímida, escondiendo mi rubor tras mi carpeta.
—¿Cómo va todo? ¿Necesitas algo? Puedes decirnos —se ofrece Chris.
Enseguida declino su oferta.
—No, no, todo controlado. Andrew me está ayudando. Vosotros hoy estáis aquí para disfrutar —les recuerdo, y me hago una nota mental para liberar a Andrew cuanto antes.
—¡A eso vengo! —dice Chris animado, frotándose las manos y echando un vistazo a su alrededor. Luego, se despide con un gesto de la cabeza y se aleja de nosotros.
Cuando me vuelvo hacia Ronald, continúa estudiándome de arriba abajo.
—¿Y tú qué? —me pregunta con una sonrisa que podría tildarse de maliciosa. Sé que está a punto de decirme alguna cosa que me haga saltar.
—¿Qué de qué?
—Que quiero un baile con ese culo que tenías tan bien escondido —me dice fingiendo que está molesto, y señalándome con su dedo índice de la cabeza a los pies.
Tiro de él, obligándolo a bajarlo mientras trato de frenar el ritmo al que se ha acelerado mi corazón.
—¡Eres idiota! —mascullo entre dientes, esperando que nadie haya escuchado lo que ha dicho.
Él se ríe.
—Ya, ya. Pero ese baile me lo guardas —me dice dándome un pequeño abrazo y alejándose luego para mezclarse con la multitud.
Me tomo un momento para intentar olvidar todo lo que el estilista me ha dicho, porque es exactamente lo que Susan esperaba que me dijeran, y tengo claro que voy a pasarme el resto de la velada con la espalda pegada a la pared.
Escogí este vestido porque no tenía escote delantero, y no solo por lo que Riley me echó en cara en la tienda.
Me siento más cómoda sin ser provocativa, pues enseguida me siento una farsante.
Ojalá tuviera la confianza de mi amiga y poder enseñar mi cuerpo con orgullo.
Y no es porque yo tenga peor figura; pero sí tengo peor mente.
Antes de que pueda recrearme en todas mis inseguridades, mi pinganillo me devuelve a mi estresante realidad.
—Nora, tenemos un problema. —La voz de Andrew suena preocupada en mi oído.
—¿Qué pasa? —pregunto al tiempo que giro sobre mis talones, en busca de cualquier contratiempo que haya pasado por alto.
—Un jugador ha venido con dos personas no confirmadas. Los dejo pasar, pero tendremos que reorganizar las mesas.
—¿En serio? —pregunto exasperada dándome la vuelta para que nadie pueda ver mi repentino mal humor—. Mira que puse bien claro la confirmación. ¡Parecen niños pequeños! Dime quien es, voy a apuntar sus nombres y vemos cómo arreglamos las mesas.
—Tyler Kelscot.
Me quedo paralizada en el sitio por un segundo.
—¿Tyler? —murmuro, y no estoy segura de que Andrew me haya oído. Tampoco necesito que me lo ratifique. He escuchado el nombre a la perfección.
Recuerdo que me confirmó un acompañante, y luego Susan le sonsacó que vendría con su amigo Louis.
—Están llegando al photocall, por si quieres hablarlo con él.
Me doy la vuelta y no tardo en encontrarlo. Alto, más guapo que nunca, impecablemente vestido con un esmoquin negro. Juraría que alguien le ha puesto un foco, porque me parece que brilla en medio de la multitud que cruza mientras me mira.
Casi puedo ver el verde de sus ojos relucir, como si se alegrase de verme. Como si me hubiera estado buscando entre toda esa gente.
Todas las ilusiones que se han aposentado en mi cabeza estos últimos días bailan victoriosas a medida que se acerca a mí.
Me fijo en que ha conseguido peinarse un poco su indómito pelo, y ha recortado su barba, aunque no la ha afeitado del todo.
Está demasiado guapo, y mi corazón, desbocado en mi interior, me lo recuerda con cada golpe. Entonces, este se frena de pronto, con una embestida contra mi pecho que me deja sin respiración.
—Sí, ya lo veo —confirmo a mi compañero. Sin embargo, no es a Tyler a quien estoy mirando, sino la mano que rodea su brazo lentamente, como una serpiente inmovilizando a su presa; y la rubia despampanante que lo acompaña.