#21 Tenemos un problema
TENEMOS UN PROBLEMA
El día de la fiesta llega demasiado rápido, y siento que los últimos días no he estado tan centrada como debería, lo que hace que mi agobio con respecto a esta noche sea peor.
Reviso mentalmente mi lista de tareas al volver a casa tras pasar la mañana en el Nuevo Redmont Royale.
Todo estaba en orden. Incluso los problemas imprevistos han sido de fácil solución.
Intento obviar los nervios extra que me suponen pensar en que Tyler estará allí, con su sonrisa iluminando su cara y quizás con su mano posándose en mi cintura una vez más, acercándose tanto a mí que me hace perder el sentido.
No, debo centrarme. Esta fiesta es importante. Supone un gran gasto para el equipo, a pesar de todos los patrocinios y colaboraciones que he conseguido cerrar en tan poco tiempo, y necesito que Matthew esté contento con mi trabajo. Que vea que puedo estar a la altura de mi puesto.
No he llegado a poner un pie dentro de mi casa cuando la voz histérica de mi amiga me pega un susto de muerte.
—¡Por fin! ¡Pensaba que no vendrías! —grita, mientras abre del todo la puerta y tira de mi brazo para hacerme entrar.
—¿Susan? —pregunto confusa, porque no recuerdo que hayamos quedado. Aunque estoy tan agobiada con los preparativos, que no me sorprendería haberlo olvidado—. ¿Qué haces aquí?
Dejo mi bolso y mi carpeta sobre la mesilla de la entrada antes de que mi amiga me arrastre hasta el salón.
—La pregunta es ¿por qué no estabas tú aquí? —Se muestra enfadada, lo que hace que me entre la risa.
—Estaba viendo algunas cosas para esta noche —le explico según me dejo caer rendida en el sofá.
Pero ella no me sigue, sino que se queda de pie frente a mí, lo que activa mis alarmas. Mi descanso tiene pinta de durar poco.
—Pues yo vengo a ponerte pibón para Tyler —dice, y tardo menos de un segundo en reaccionar a ese nombre—. Digo, para la fiesta, claro —se corrige con una sonrisa que deja bien claro que no se ha equivocado en absoluto.
Aun así, guardo silencio, esforzándome por mantenerme serena ante los recuerdos que se transforman en una corriente eléctrica tensando mi cuerpo.
No he visto a mi amiga desde el jueves pasado, en nuestra tarde de compras y posterior noche de chicas, y tampoco la he escrito para contarle lo que pasó el día siguiente con Tyler.
Sé que se habría vuelto loca y no habría dejado el tema.
Y yo necesitaba centrarme en la fiesta y en terminar los preparativos.
O eso es lo que me he estado diciendo desde entonces.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta de pronto y, cuando la miro, veo cómo una de sus cejas se eleva más que la otra.
—¿El qué?
—Eso —dice señalándome.
Mierda.
—No he dicho nada —respondo sin mucha esperanza.
—Exacto. ¿Qué me he perdido?
—¿Eh? Nada. —Me hago la despistada, sabiendo que no va a funcionar, y a cada segundo me agobio más.
—¿Cómo que nada? Algo ha pasado. Dime. ¿Es por lo del tío ese de la tienda? Su agente, ¿no? —sigue insistiendo, sin tener idea de lo que en realidad me impide respirar.
—No, no tiene nada que ver.
Susan se sienta a mi lado y yo sigo mirando al frente, a nada en particular, rezando porque, por una vez, no pueda leerme la mente, pues en mi cabeza permanece cierto jugador prepotente, rubio y de ojos verdes que se las ha apañado para molestarme incluso cuando no está a mi lado.
—¿Entonces qué es? ¿Tengo que matar a alguien?
Echo un rápido vistazo a mi amiga, que no solo muestra la inquietud en su tono de voz y sus palabras, sino en su gesto también. No quiero preocuparla.
Finalmente, suspiro.
—Mátame a mí, por favor —sugiero tapándome la cara.
Noto el calor que llega hasta ellas, e imagino el rubor que debe estar cubriendo mi rostro. Maldito Tyler. No me lo puedo creer, y, sin embargo, no hay otra explicación.
Apenas logro respirar cuando estoy junto a él.
Y cuando no lo estoy, no sale de mi cabeza.
Con su sonrisa arrogante y perfecta. Y sus ojos que me atrapan.
El viernes descubrí que no son completamente verdes, sino que tienen tonos marrones escondidos en ellos, y no hago más que imaginarlos una y otra vez.
Susan pone sus manos sobre las mías, y yo me resisto a moverlas. Separo un poco los dedos para confirmar que todavía no sabe lo que me pasa.
—Es solo que… Que… —Vuelvo a taparme—. Ay, por Dios —digo agotada.
Mi amiga se queda paralizada de pronto. Me pregunto si es posible que se haya esfumado hasta que escucho su voz, unos tonos más agudos de lo normal.
—¡Ay, sí! —exclama.
—No —gimo.
—¡Sí! —grita ella sin importarle la tranquilidad de mis vecinos.
Yo respondo con un resoplido, porque no hay vuelta atrás. No me ha hecho falta decir ni una palabra para confirmarlo: estoy pillada por Tyler Kelscot. Por el jugador más problemático, egocéntrico y guapo del equipo. Por el único al que odio, u odiaba. Ya no lo sé.
Mi amiga, en cambio, está lejos de ver el problema en todo ello.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —grita feliz, recorriendo el salón de un lado a otro.
—Pero si no te he dicho nada —replico molesta, consciente de que me he metido en un lío del que no podré salir.
—¡Olvidas que te conozco demasiado bien! —No entiendo cómo ha llegado a un nivel de felicidad en el que sus palabras suenan a canto de celebración—. Ahora dime qué ha pasado para que estés así, porque no te vas de aquí hasta que me hayas contado todo .
Hace hincapié en la última palabra, aunque en realidad tengo poco que contar, más allá de mis alucinaciones cada vez que Tyler se acerca a mí.
Únicamente tengo pendiente lo que pasó en el gimnasio de los Stallions y, a medida que se lo cuento, el nerviosismo crece en mí como si fuera una fan adolescente hablando de su jugador favorito.
Trato de contenerlo tanto como puedo. Susan, por el contrario, se encarga de aumentar el aura de emoción con cualquier movimiento que describo.
Según termino, se pone de rodillas en el sofá, zarandeándome.
—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Hoy te lo tiras! —suelta al final emocionada, provocando que mi corazón se estrelle contra mi garganta en un movimiento brusco e inesperado.
—¡Susan! —la reprendo al momento. Si su plan es acelerarme más, va por buen camino.
—¿Qué? ¿No es lo que los dos queréis? —dice pletórica. Necesito que se baje de la nube y, sobre todo, que no me suba a mí.
Ni siquiera había pensado en eso. Bastante tengo con intentar actuar con normalidad a su lado, como para tener esas ideas en la cabeza.
—¡Claro que no! —digo nerviosa.
—Ya, pues me da a mí que sí —me responde segura. Demasiado. Y eso no me tranquiliza.
—Ay, por favor. —Me levanto del sofá, sin saber a dónde ir para frenar esta conversación. Finalmente, me dirijo a mi dormitorio.
Cuando noto a mi amiga detrás de mí, anuncio rápidamente que me voy a duchar y desaparezco por la puerta del baño sin darle opción a responder.
Pero en lugar de encontrar la calma que buscaba, mi cabeza recibe una avalancha de pensamientos y recuerdos que quedan lejos de la paz que ansío.
Y todos tienen al mismo protagonista. No ha salido de mi cabeza en los últimos días, y puede que al aceptar que he sido tan idiota como para pillarme de él, me haya dado rienda suelta a mí misma para volcarme en ello sin freno.
Necesito una ducha. Y bien fría. Porque si no, me veo capaz de derretirme, como casi me ocurrió contra la máquina del gimnasio.
Me suelto la goma del pelo y me miro en el espejo. No es posible que se me note, ¿no? No puedo dejar que vea que ha ganado en este estúpido juego de engatusarme como a otra fan.
Sin embargo, mis mejillas están más sonrosadas y mi boca no deja de curvarse en una sonrisa. Por más que intente borrarla, sigue allí. Me rodeo con mis brazos, y el recuerdo de su mano sobre mi cintura hace que mis ojos brillen más.
Estoy perdida.
Abandono mi reflejo por una dolorosa ducha. Tan fría, que podría considerarse un castigo por ser una necia. Es Tyler Kelscot. El jugador estrella de los Stallions. No, el jugador estrella de la NFL.
Podría tener a cualquier chica que quisiera. De hecho, tiene a cualquier chica que quiere. Es imposible que me prefiera a mí antes que a las modelos que revolotean a su alrededor. Eso únicamente ocurre en las películas que Susan y yo vemos los jueves.
Trabajo entre jugadores y conozco a sus parejas, con sus piernas infinitas, melenas brillantes y zapatos caros. No paso el corte. No hay que darle más vueltas.
Solo debo esperar a que se canse de molestarme y encuentre a su modelo ideal.
Escondo mi cara bajo el agua y aguanto cada gota helada como una cuchilla cortando mi piel.
Una vez pienso que he tenido suficiente tortura, abandono la ducha tiritando. Me envuelvo en una toalla y salgo del baño.
Encuentro a mi amiga en el escritorio junto a mi cama, sacando un muestrario completo de maquillaje. Mi triste colección de máscara, colorete y pintalabios nude no debe ser suficiente para sus planes.
Sin decir nada, me acerco a los armarios que enmarcan la puerta del baño y me pongo rápidamente mi ropa interior.
Susan me ha visto desnuda más veces que mi madre, y, aun así, me cuesta exhibirme como si nada.
Escojo una camiseta de los Stallions y me aproximo a ella.
Me encuentro entonces con su ceño fruncido y sus brazos cruzados.
—¿Qué es eso? —pregunta enfadada.
Me miro la ropa que llevo y confirmo que no tiene nada de raro. Me la habré puesto un millón de veces.
—¿El qué?
—¡Lo que te has puesto! ¿No tienes nada mejor? ¿Algo de encaje?
Me pongo roja y no soy capaz de responder nada. Solo me bajo todavía más la camiseta para que no pueda ver el conjunto que he escogido. No es nada especial, pero tampoco es tan horrible.
Antes de que pueda frenarla, se acerca para levantarme la ropa y terminamos luchando mientras trata de obligarme a ponerme un conjunto más sexy para Tyler; cosa que no pienso hacer.
—¡Susan, para! —grito agitada.
—Vete a ponértelo ya —me insta implacable. Al menos, ha desistido en su intento de desnudarme.