Solo una fan #20 ¿Qué coño me pasa? #2
43%

#20 ¿Qué coño me pasa? #2

Luego, resoplo y me paso la mano por el rostro, cerrando mis ojos antes de que se desvíen hasta su boca. El recuerdo de su labio bajo mi dedo me asalta mientras hace que la piel se me ponga de gallina a medida que una extraña corriente se pasea por mi cuerpo.

La agarro de la muñeca y tiro de ella.

—Ven conmigo —digo, aunque no le doy opción a decidir hacerlo, porque la arrastro junto a mí hasta quedar escondidos detrás de las pesas de la máquina.

Estamos en un gimnasio con más espejos que paredes y es difícil esconderse, pero, al menos, voy a intentar no meter la pata delante de todo el mundo.

—¿A dónde… a dónde vamos? —me pregunta en un susurro que ahoga cuando entiende cuál es mi intención.

Echa un vistazo a su alrededor para comprobar que estamos ocultos, y cuando se gira hacia mí, sus mejillas delatan su nerviosismo.

Me acerco a ella un poco más, apoyando mi brazo en la máquina que tiene detrás, por encima de su cabeza, como ya hice hace un tiempo, cuando quería intimidarla. No es lo que quiero ahora.

—Tyler… —dice mi nombre como una súplica, y su perfume floral vuelva a alcanzarme.

—Quiero evitarme más dominadas. Todavía tengo unas cuantas pendientes por lo de Hunter —le aseguro, escondiendo el verdadero motivo—. ¿Has comido el tercer sándwich? —pregunto. Sé que lo ha hecho, y no termino de entender por qué. No estaba allí para obligarla.

—No quería interrumpir tu entrenamiento. Iba a dejarte la bolsa y ver que estaba… —Sus palabras se apagan cuando sus ojos alcanzan los míos.

—¿Ver que estaba todo bien? —termino su frase. No sé cómo ni por qué, mi mano ha subido hasta su cintura y el recuerdo de mi brazo rodeándola se lanza contra mi cabeza, dejándome fuera de juego—. Hoy tenía lío de entrenamiento, nada más —miento.

Esa debería haber sido la razón real de no llevarle los sándwiches, y no el intentar poner distancia entre nosotros después de lo que pasó ayer.

Una distancia que, ahora me doy cuenta, no quiero crear entre nosotros.

De hecho, quiero que haya menos espacio, que nuestros cuerpos se encuentren más allá de mis dedos en su cintura.

Y estaría dispuesto a pagar mil dominadas más si me encontraran con ella ahora.

La boca de Nora se abre, y no debería estar mirándola, y menos fantaseando con su suave tacto bajo mi dedo.

Aun así, lo hago. Me imagino alcanzando su cuello blanco, ya sin marcas, acariciándolo suavemente antes de recorrer su mentón y descansar sobre sus labios.

¿Se alejaría de mí si lo hago? ¿O ha venido en busca de lo que dejamos ayer a medias?

—¿Qué tal va la fiesta? —pregunto, esperando darle la oportunidad de reaccionar, de poner un poco de cordura en lo que sea que está pasando entre nosotros, porque yo no puedo creer que me lo esté imaginando.

Ella pestañea varias veces para centrarse y toma aire.

—Bien. Ya… Ya está todo preparado —consigue decir.

—¿Sabes? Suelo odiar este tipo de fiestas, aunque tengo ganas de esta —le digo recuperando mi sonrisa y la picardía que tanto le molesta.

—¿En serio? —pregunta extrañada—. Tenía entendido que te encantaban las fiestas.

—Las fiestas sí, los paripés no.

—Bueno, puede que te sorprenda. Nunca has ido a un paripé organizado por mí —dice, recalcando la palabra que tanto la ha ofendido, pero segura de sí misma. Empiezo a ver lo fuerte que se muestra en el trabajo. No hay intimidación que valga con ella en ese ámbito.

—¿Por qué no llevas a Susan a la fiesta? —quiero saber, y sé que la he pillado desprevenida cuando abre la boca y no dice nada.

—Em… Voy… —titubea—. Voy a estar ocupada.

—¿La fiesta no era para todos? —recuerdo sus palabras cuando le pregunté si asistiría.

—Sí.

—Menos para ti.

—Para mí es trabajo. Fue mi idea para solucionar todo lo de la filtración de tu contrato.

La rabia me recorre lentamente mientras recuerdo el causante de todo el lío: Nate Hunter. Sin él no habría fiesta, y Nora tampoco estaría cada día al borde del colapso por tener que solucionar el problema que se creó.

Aún no he decidido el momento en el que voy a contárselo y, a pesar de que le prometí que investigaríamos juntos, no dijimos cuándo. Podemos hacerlo más tarde, cuando las aguas estén más calmadas.

Me quito esa historia de la cabeza y procuro centrarme en la chica que tengo delante.

—¿Al menos tendrás tiempo para cenar? ¿O sigue en pie lo del sándwich? —pregunto, haciendo brillar mi mejor sonrisa, que veo que no pasa desapercibida para ella.

—Creo que sacaré tiempo para cenar. —Me sonríe con sus labios apretados, consiguiendo que el pequeño hoyuelo de su mejilla derecha aparezca suavemente.

—¿Y para bailar? —digo, acercándome un poco más a ella. No sé si de forma intencionada o no, mi mano se mueve sobre su cintura, de donde no se ha despegado en el rato que llevamos hablando.

Los ojos de Nora se abren un poco más, pese a su esfuerzo por mantenerse serena. Si alcanzase su cuello, podría notar su pulso acelerándose. Pero, por el momento, solo puedo imaginarlo al escucharla respirar profundamente.

—Susan parecía preocupada —le digo en un susurro. No sé cuándo me he acercado tanto a ella que no necesito alzar la voz.

—Bueno, no… No creo que… —apenas murmura mirando mi boca.

Joder. No debería estar haciendo eso. Y yo no debería estar agachándome hacia ella, mirando la suya, moviendo mi mano hacia su espalda, recorriéndola lentamente a medida que su olor perfumado termina de embriagarme.

La calidez de su cuerpo llega hasta mi brazo, donde se apoya, calmando el dolor de mis bíceps con su tacto, convirtiéndolo en algo más desesperante.

—Yo creo que deberías hacerlo. Por tu amiga —suspiro contra sus labios.

Entonces, un grito me detiene antes de que pueda presionarlos con los míos.

—¡Vamos, cabrón! —alguien vocifera y, un segundo más tarde, vítores y aplausos inundan el gimnasio, rompiendo la burbuja que Nora y yo habíamos creado a nuestro alrededor.

Se escucha un golpe de unas pesas lanzadas contra el suelo, y la sala estalla en gritos animando a Blaze, que está siendo palmeado por todos. Debe haber conseguido alguna marca.

Cuando vuelvo a fijarme en Nora, la encuentro más alejada de mí, apoyada todavía sobre mi brazo. Su mirada, en cambio, está fija en el novato, al que todos felicitan.

Una furia desmedida se lanza contra mi pecho, prendiendo mis venas en llamas, como si me hubiera convertido en un puto dragón a punto de escupir fuego.

La sostengo por la barbilla y la obligo a girarse hacia mí.

—Antes le parto las piernas. —Lanzo mi amenaza sin medir mis palabras. No sé qué estoy diciendo, pero si se le pasa por la cabeza bailar con él, lo lleva claro.

—¿Qué? —pregunta, recuperando el color que tanto me gusta en sus mejillas moteadas.

—Creo que me has entendido —digo entre dientes, con la mandíbula demasiado apretada como para vocalizar bien.

Sin embargo, lejos de convencerla, lo que hago es alejarla de mí. Su mano abandona mi brazo y la dureza regresa a sus facciones.

—¿Recuerdas que está en tu equipo? —me dice, y no sé si es una pregunta retórica, porque ahora mismo no soy capaz de recordar nada, salvo el momento que el puto novato acaba de joderme, como suele ser habitual.

—Vagamente —respondo, mi aliento acariciando su piel a medida que me acerco a ella.

—Eres un idiota —me repite por segunda vez hoy, y no puedo discutírselo.

—Dime algo que no sepa, jefa.

Mi sonrisa se ladea, y ella aprieta los labios para esconder la suya, pero empiezo a conocer cada uno de sus gestos como para que pueda engañarme.

No dice nada más, ni yo tampoco, y nos quedamos mirándonos, pensando nuestro siguiente movimiento, la siguiente frase que nos haga avanzar en el juego.

Finalmente, es el entrenador físico McCain el que termina nuestra partida.

—¡Kelscot! ¿Qué haces, chico? —pregunta a voces. Cuando me giro a buscarlo a través del reflejo en algún espejo, lo veo de pie, con los brazos cruzados y el ceño tan fruncido que apenas distingo sus ojos bajo sus pobladas cejas.

—Ay, por Dios —escucho a Nora susurrar bajo mi cuerpo cuando se encoge contra la máquina a sus espaldas, sin apenas conseguir espacio entre nosotros.

Soy yo el que se aleja, liberándola de la prisión que había creado con mi cuerpo a su alrededor.

—Te veo en la fiesta, jefa —murmuro mientras me agacho a por la bolsa de sándwiches que en algún momento hemos dejado caer al suelo. Luego, me alejo de ella sin echar la vista atrás, por más ganas que tenga.

Me acerco al entrenador físico y le lanzo la bolsa con los sándwiches. No tiene pinta de que me vaya a librar de algunas dominadas extra, pero no está de más probar. De todas formas, las pagaré con gusto.

—¿Me explicas otra vez por qué no voy contigo a la fiesta? Ya me he comprado el traje —me dice Riley molesto, refiriéndose a la abominación granate estampada con la que viene vestido. Debería cambiar de asesor de imagen, porque siempre que intenta ponerse elegante, termina haciendo el ridículo.

Me alegro de tener a Maly de mi lado, salvándome de la ropa que me trae por puro marketing.

—Joder, mira que eres pesado —le digo desde el baño de mi dormitorio antes de reírme—. Quiero pasármelo bien, no tener que andar escabulléndome de mi niñera.

Termino de lavarme la cara y de mojarme el pelo, y me dirijo al vestidor, donde mi agente continúa mirándose en el espejo. Debe ser que aún no le sangran los ojos.

Me acerco a uno de los armarios, de donde cuelga la bolsa con el traje que me ha pedido mi asistenta. Lo abro y suspiro al confirmar que no tiene que ver con la elección chillona de Riley.

—Esto es por Nora, ¿no? ¿Qué te ha dicho? —me pregunta. Con la primera frase ya había conseguido que dejara mi camisa a medio abrochar. Lo que dice después, termina de preocuparme, porque conozco a Riley desde hace bastante, y sé que no es muy honesto con sus formas.

—¿Qué? —pregunto calmado, pese a que no me siento así por dentro. En absoluto.

—Fijo que ha sido ella —murmura él molesto, lo suficientemente alto para que pueda escucharlo; no sé si adrede o no.

—¿Qué se supone que tiene que decirme? —vuelvo a preguntar, esta vez alzando la voz, sin intención de parecer indiferente.

Mi agente se gira al escuchar mi tono, y veo cómo se le dibuja una sonrisa en la cara. Una de suficiencia que siempre he odiado y que ahora aborrezco más, sobre todo si es por haber hecho algo a Nora.

—Dime, ¿es por ella? ¿Te ha dicho que no quiere que vaya? —pregunta el muy imbécil. Si la conociera un poco, sabría que nunca me pediría algo así.

Y todavía sigue sin decirme qué ha ocurrido para que ella no lo quiera tener cerca.

Me abalanzo hacia él y lo estrello contra la pared del vestidor a sus espaldas sujetándolo por los hombros, poniendo mi brazo bajo su cuello.

—¡Dime qué has hecho! —le grito. Se me está yendo de las manos, pero he desistido de tratar de entender qué coño me pasa cuando Nora está cerca o, simplemente, en mi cabeza.

Riley se revuelve bajo mi agarre, y yo no dejo que se mueva ni un centímetro. No hasta que me confirme si tengo que partirle la boca.

—¡Joder! ¿Qué haces? —Nervioso, trata de alejarme.

—¡Eh! ¿Qué está ocurriendo aquí? ¡Te vas a arrugar la camisa! —El brazo de Maly tira de mí para que suelte a Riley y, después de un momento, lo hago.

Sale disparado en dirección contraria, cubriendo su cuello y tosiendo nervioso.

—¡Qué has hecho, Riley! —inquiero una vez más.

Maly se ha puesto a terminar de abrocharme la camisa y los puños de las mangas, y es el único motivo por el que no he salido detrás de mi agente para darle una buena tunda. Ella lo sabe, y por eso se toma su tiempo en hacerlo.

—¡Nada! ¡Joder! ¿Estás loco? —me mira desquiciado. Esa respuesta no me vale, y por eso continúa hablando—. Le dije que no me gustó lo de la denuncia de Hunter.

—¿Solo eso? —pregunto mientras veo cómo se frota el cuello. ¡Será quejica! No le he hecho una mierda.

—¿Qué coño te pasa? —dice, y veo el miedo en su mirada—. ¿Te has enamorado de la puta esa?

Necesitaba poco para terminar lo que he empezado, y Riley sigue empujándome contra las cuerdas con su pobre elección de palabras. Doy dos zancadas hacia él, que retrocede acojonado, y únicamente freno cuando Maly tira de mi brazo.

—La fiesta va a empezar, Tyler. Deberías irte ya. Eddie te espera en el coche.

Miro a mi asistenta, varias cabezas más baja que yo, que me sujeta con determinación. Luego, echo un vistazo al gilipollas de mi agente, y finalmente termino de vestirme para salir de allí cuanto antes.

Ambos se mantienen en silencio. Únicamente Maly se me acerca cuando ya estoy vestido para terminar de colocarme el traje y la pajarita. «Qué poco me gusta», pienso con amargura. El buen humor que tenía por la fiesta de esta noche se ha esfumado.

Salgo de mi dormitorio sin decir nada, y me alegro de que Riley haya estado callado, porque sigo con ganas de darle.

Cuando llego al garaje, Eddie está apoyado sobre el capó de uno de los coches. Ha escogido el BMW i8 plateado, acertando, como siempre, cuál quiero llevar. No sé cómo lo hace.

—¡Vámonos! —le digo de mala gana, sin siquiera saludarlo. Estoy de un humor de perros y necesito salir de allí antes de liarla más.

Pillo a Eddie con la mano en alto a punto de tirarme las llaves, pero se lo piensa mejor cuando me ve hecho una furia.

—Ya lo llevo yo —anuncia, abriendo el coche. Se dirige a la puerta del piloto y no se lo discuto, porque me gustaría llegar a la fiesta de una pieza.

Me siento en mi asiento y no tardamos en dejar atrás el garaje. Solo entonces respiro profundamente.

Me he ido sin saber qué le ha dicho el imbécil de mi agente a Nora y no creo que ella me cuente mucho más. Su orgullo es mayor. O su esfuerzo porque no haya problemas a su alrededor.

—Hay que buscar a Louis —informo a mi chófer según nos alejamos de la casa.

—¿Todo bien? —pregunta cuando llevamos un rato en silencio.

—Sí. Riley siendo gilipollas.

—Entonces, lo de siempre —responde entre risas.

Que ni Eddie ni Maly tragan a mi agente, no es una novedad. En general nadie lo traga. Siempre supuse que era por ser bueno en su trabajo. La gente que presiona no es muy cómoda de tratar.

Imagino que a Nora tampoco le caerá bien, y menos tras el encontronazo que hayan tenido. En mi cabeza no dejan de sucederse preguntas para las que no tengo respuesta. ¿Cuándo ha hablado con ella? ¿Por qué ella no me ha contado nada? ¿Y qué coño le ha dicho en realidad?

Regresan mis ganas de matarlo, y parece que no es el único al que voy a querer matar esta noche.

Según llegamos a casa de Louis, lo veo esperando en la puerta, con su habitual gesto vacilón que detesto y lo que estoy seguro de que va a ser un problema para esta noche, porque no era así como la había planeado.

—Joder Louis, ¿de qué va esto? —pregunto saliendo del coche con mi cabreo recargado.