Solo una fan #20 ¿Qué coño me pasa?
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#20 ¿Qué coño me pasa?

¿QUÉ COÑO ME PASA?

Estiro mis músculos y aguardo a que el último sándwich caiga a la bandeja. Estoy destrozado.

Cuando lo recojo, aún tardo un momento en decidir qué hacer con él. El plan era fácil: llevárselo a Nora, que, como de costumbre, no está en la cafetería con su equipo. Dejárselo en la mesa y disfrutar de su cara de fastidio mientras espero a que se lo coma y me suelte alguna bordería.

Luego, recuerdo la visita de ayer: a Nora atrapada en mi abrazo, girándose sobre sí misma, tan cerca de mí que podía contar cada una de las pecas en su rostro.

No sé ni cómo pude recordar el tema de la comida, porque lo único que veía eran sus ojos marrones esperando, no sé muy bien a qué. Me miraba de una forma que parecía colarse en mi interior, escuchando cada uno de mis pensamientos.

Cuando mis dedos apretaron levemente su cintura, sabía que tenía que apartarme. En lugar de eso, se me ocurrió acariciar su labio. Ni siquiera había una miga en él que limpiar.

Todavía lo siento, suave y rosado, bajo mi dedo.

Y, de pronto, me vi agachándome sobre ella, capturando su boca con la mía.

Un deseo apenas refrenable de descubrir su sabor me inundó en un momento.

Quería saber cómo sería besarla. Joder, no sabía que tenía tantas ganas de hacerlo.

De esconder mi mano en los mechones que siempre se escapan de su recogido.

De rodear su cuello y comprobar si desprende tanto calor como recuerdo de la noche del casino.

¿Qué coño me pasa?

En teoría solo me acerqué a comprobar que sus ojeras no estaban tan oscuras como otros días y a hacerla rabiar. No a acabar enganchado a ella, suspirando por que se quedase un rato más junto a mí.

Llego a la conclusión de que no debería volver, porque en cuanto su perfume me alcanza, empiezo a perder la cordura y mi cabeza vaga con imágenes que no se asemejan a la realidad.

Sin embargo, mis pies ya están moviéndose en dirección a su departamento. Es como si algo en mí me gritara que necesito verla. Un rugido silencioso que se conformaría con verla de lejos, enrollando su pelo alrededor del dedo índice mientras se pierde en su trabajo.

Según me acerco, puedo verla a través de las paredes de cristal. De nuevo se ha quedado sola, y me pregunto si evita ir con sus compañeros a comer para darme la oportunidad de visitarla, o si es que de verdad se olvida de la comida cuando se concentra en su trabajo, que me parece lo más probable.

—Eh, Kelscot, ¿qué haces aquí fuera? —El videógrafo del equipo, Chris, surge a mi lado y me da una palmada en la espalda. Otros tres chicos que no conozco esperan a su lado.

Joder. Me he quedado embobado mirándola y no me he dado cuenta de que sus compañeros se acercaban por el pasillo.

—¿Qué pasa? —lo saludo torpemente devolviéndole la palmada—. Venía a traerle esto a la jefa, pero ya que estáis aquí… —Le paso los sándwiches acobardado.

—¿La estrella del equipo de repartidor?

—Es difícil ganarse su favor, y mi agente me está quemando la cabeza con que necesito una buena campaña. Sobre todo, tras la última liada.

Chris se ríe frente a mí.

—Sí, aquí no nos aburrimos. Venga, pasa y dáselos tú.

—Déjalo —lo detengo cuando echa a andar—, me vuelvo al entrenamiento. Aún me faltan unas cuatrocientas dominadas que pagar.

Me despido rápidamente, antes de que mi mirada se pueda cruzar con la de Nora, y salgo de allí.

No sé qué me ha dado para huir de esta manera.

No es que me dé vergüenza hablar con ella delante de gente.

Ayer casi la beso en frente de su mejor amiga, y no tengo muy claro qué fue lo que me frenó, porque desde luego que no fue Susan.

Desapareció de mi cabeza en cuanto Nora entró en ella.

Solo era capaz de sentir su cuerpo junto al mío, y nada más.

Sigo avanzando por el pasillo y me dirijo al gimnasio, donde ya hay unos cuantos dándose caña.

A pesar de que el entrenador no ha llegado todavía, no tardo en ponerme a trabajar. Lo que sea con tal de frenar el torbellino que tengo en la cabeza y que amenaza con noquearme. Me arrepentiré en cuanto lleguen los entrenadores físicos.

Dos horas más tarde, como esperaba, lamento haber empezado con tanta fuerza cuando nadie me lo pedía. Mis músculos están ardiendo, y, aun así, no pienso en parar. De este modo el dolor es lo único que me ronda la cabeza. O casi lo único.

—¿Esperas a alguien? —me pregunta Trainor desde la silla de al lado.

Su comentario hace que me dé cuenta de que llevo toda la sesión pendiente de la puerta del gimnasio.

—Sí. A tu madre —respondo de mala gana mientras vuelvo a tirar de la polea, haciendo que mi bíceps derecho se estremezca de dolor. Suelto y vuelvo a tirar, con tal de no pensar en lo estúpido que soy mirando a la entrada, esperando que ella aparezca.

—Que te jodan —me responde antes de levantarse y buscar otra máquina, y otro compañero más agradable.

Johnson, frente a mí, se ríe, pero no hace ningún comentario. Sigue destrozándose los deltoides en su máquina.

No sé si el cabreo me viene porque me vean desesperado, o porque realmente me siento así. Soy incapaz de quitarme la imagen de Nora de la cabeza. Y eso me molesta. Mucho.

—Creo que ya ha llegado la madre de Trainor —dice Johnson pasado un rato, antes de alejarse en busca de otra máquina.

En un instante, mi atención está en la puerta del gimnasio.

Frente a ella, Nora escanea la sala, y mi corazón da un pequeño vuelco pensando que puede ser a mí a quien busca. El vuelco se repite cuando sus ojos capturan los míos y, por un momento, se quedan congelados.

Me encanta la camiseta que lleva hoy. Es de las más feas que han tenido los Stallions en sus sesenta y cinco años de historia, y también es de las primeras que tuve cuando era niño.

Mi abuelo Harlan me la regaló con seis años, después de que los Stallions se clasificaran para la Super Bowl aquella temporada.

Mi madre le tenía prohibido regalarme nada, y él se las apañó diciendo que se la había encontrado en el parque, sin dueño.

La etiqueta colgando de mi espalda lo delató, pero al final pude quedarme con ella.

Es de un terrorífico morado, que nunca ha sido un color de los Stallions. A los diseñadores se les debió ir la olla esa temporada.

Y, sin embargo, viéndola sobre Nora, no me resulta para nada horrible.

Me pregunto si podrá hacer eso con las peores camisetas de los equipos, y corto el hilo de mis pensamientos antes de que empiece a imaginar distintas camisetas sobre ella.

Vuelvo a observarla según se mueve por el gimnasio. Se para a hablar con algunos jugadores que la saludan, incluido Kylen Blaze. De pronto, olvido el ardor de mis bíceps cuando tiro de la polea con más fuerza de la necesaria, haciendo tambalear la máquina frente a mí.

Trato de consolarme pensando que son cosas de trabajo, al igual que si viniera a hablar conmigo.

Finalmente, se acerca hasta donde estoy y yo hago lo imposible por mantenerme templado.

—¡Hola! —me saluda, posicionándose a mi lado. Su voz dulce, con un toque de timidez, me envuelve en un segundo.

—Jefa —digo mientras continúo tirando. ¿Por qué no paro? Debe pensar que soy un presuntuoso. Aunque, en realidad, es lo que siempre ha pensado de mí.

Por el rabillo del ojo veo cómo titubea y en sus manos mueve una bolsa de papel.

—¿Qué llevas ahí? —Suelto la polea haciendo que dé un golpe al volver a su sitio, y Nora pega un salto. Me giro hacia ella, y estoy a punto de cruzar los brazos hasta que el dolor me hace ver que no es muy buena idea ahora mismo.

—Bueno, como… Como hoy no has venido… —Está nerviosa. No consigue decir una frase completa, y todavía no me ha mirado a la cara. No sé qué es lo que la inquieta.

Lo único que me viene a la cabeza es que lo de ayer en su departamento no fuera solo fruto de mi imaginación.

—Me echabas de menos —digo sin contener mis palabras.

¿Qué pasa conmigo? ¿Así es cómo voy a tranquilizarla?

Tengo la costumbre de atacar cuando me siento acorralado.

Aun así, por muy nervioso que esté yo mismo, no puedo ponérselo peor a ella.

No, si quiero descubrir qué ocurrió en realidad antes de que saliera huyendo el día anterior.

—¿Qué? —dice, casi atragantándose. Sus pecas han alcanzado un tono rojizo imposible. Echa un rápido vistazo a su alrededor, y me alegro de que Johnson decidiera darnos un poco de intimidad.

—Que hoy no te he llevado el sándwich y me echabas de menos —le explico con una sonrisa demasiado cabrona. En serio, debería cerrar la boca, pero no puedo evitarlo. Me encanta el rubor de sus mejillas cuando me meto con ella.

—De eso nada —me dice tan indignada y ofendida como es capaz. Sus cejas se unen ligeramente en un intento absurdo de mostrarse enfadada.

Doy un paso hacia ella, que está demasiado molesta como para mostrar debilidad, y se queda plantada en el sitio, por lo que estamos más cerca de lo que deberíamos.

Especialmente en un espacio tan concurrido como lo es el gimnasio.

Sin embargo, no veo nada a nuestro alrededor.

Todos mis compañeros de equipo han desaparecido para mí.

—Admítelo —le ordeno, sabiendo que eso va a encenderla aún más. Aprendí hace tiempo que no es el mejor camino para conseguir algo de ella.

—No pienso admitir nada —me dice, y aprieta sus labios con fuerza.

Su mirada recorre mi cuello por un momento antes de volverse con brusquedad hasta mis ojos, y mantenerse firme sobre ellos.

—¿Qué haces aquí entonces? —pregunto divertido. Siempre tiene respuesta para todo, por más que la presione.

—Te traía los dos sándwiches que me han sobrado, como cada día —me explica, tendiéndome la bolsa de papel.

La observo antes de volver a concentrarme en ella.

—Serás orgullosa…

—Y tú un idiota —me responde al segundo y, de pronto, me inunda el deseo de hacerla callar con mis labios sobre los suyos.

Mi silencio es suficiente para que la conversación se quede en el aire durante un momento en el que nos miramos intensamente.