#18 Para eso estamos las amigas #3
Me giro hacia ella, olvidando los vestidos y mis nervios. Que no haya salido en los medios no significa que haya dejado de ver a chicas. La noche del casino estaba con Tanya, y se lo veía muy cómodo con ella sobándole todo el cuerpo. No pienso dejar que Susan me convenza.
—¿Qué puedo hacer para que dejes el tema? —pregunto desesperada.
Sé que ha sido una mala pregunta cuando veo la cara de mi amiga se ilumina.
—Podrías admitir que a ti también te gusta, por ejemplo.
Contengo mi sonrisa apretando los labios.
—Eso no te haría callar.
Susan se ríe frente a mí.
—Vale, no. Pero al menos podríamos hablarlo juntas. Estoy un poco cansada de este monólogo —se queja poniendo morritos.
Yo me vuelvo hacia los vestidos, dándome cuenta de que llevo diez minutos delante de ellos y aún no he mirado ninguno.
—Siempre puedes callarte —le ofrezco.
Mi amiga parece hacerme caso durante un breve momento. Más tarde, suelta un profundo suspiro que no me augura nada bueno.
—Y yo que pensaba que éramos amigas y nos lo contábamos todo… —empieza a sollozar—. Hasta he pedido cita aquí para encontrarte el mejor look para la fiesta. Supongo que ninguna relación es cincuenta cincuenta. A pesar de la ilusión con la que…
—¡Vale, bien! —accedo con tal de hacerla callar—. Puede que... me parezca guapo. Tampoco es que sea ciega.
Supongo que no pasa nada por reconocerlo. Es lo que piensan todos, al fin y al cabo. Es el soltero de oro del país, y lo es por algún motivo. Si así mi amiga me deja tranquila, puedo admitirlo.
Pero compruebo, demasiado tarde, que estoy muy equivocada, pues le he dado el motivo perfecto para seguir mareando con el tema.
—¡Ja! ¡Lo sabía! —grita de pronto.
Se hace el silencio en la tienda, y todas las personas que están a nuestro alrededor se giran hacia nosotras.
Yo me escondo tras el perchero una vez más.
—Creía que no ibas a decir «te lo dije».
—Y no lo he dicho —responde encogiéndose de hombros.
Me quedo sin saber qué más está a punto de decirme, pues llega Margot con algunos vestidos que ha ido a buscar, y empieza a enseñárnoslos.
Les echo un vistazo, notando cómo mi tripa se revuelve cuando me imagino a Tyler viéndome vestida con alguno de ellos.
Seguramente estaría más guapa que nunca, pero la fiesta no es para mí.
Yo voy a trabajar. Deberíamos estar buscando algo sencillo, que no destaque, y cómodo, para todos los paseos que intuyo que me voy a dar.
Mientras Margot y Susan están adorando uno en tul verde agua, con demasiadas lentejuelas en el escote y la cintura, me pregunto por qué se me ocurriría la idea desesperada de una fiesta.
Es cierto que ha funcionado con los medios, desviando la atención de las filtraciones de contratos.
Sin embargo, me ha metido en un lío en el que no quiero estar.
Cuando regreso a la conversación, escucho a mi amiga desechando los vestidos, pese a lo bonitos que son, y le pide a Margot otros sin escote. Al menos, no tendré que preocuparme de eso.
—¿Por dónde íbamos? Ah. que era el hombre más guapo con el que habías trabajado, ¿no? —Susan se cruza de brazos a mi lado, y yo salgo huyendo en busca de otro perchero. Aun así, no consigo escapar de ella; me persigue como si fuera mi sombra.
—Íbamos por: «Eso no cambia nada». Él sigue siendo Tyler Kelscot, y yo… —No sé muy bien cómo seguir, así que simplemente me señalo a mí misma—, Nora. —No soy nadie al lado de Tyler. No tengo nada que ofrecer. Y tampoco es que quisiera hacerlo, ¿no?
Susan tira de mi hombro para que me enfrente no solo a ella, sino a mis palabras. Es bastante dura cada vez que yo lo soy conmigo.
—¿Cómo que «Nora»? —dice mi nombre exagerando mi tono de voz—. ¡Eres Nora! Nena, eres brillante, guapa, maravillosa y especial. Eres la maldita jefa de comunicación más joven que ha habido en un equipo de la NFL, ¡y encima lo estás haciendo genial! Eres un partidazo, ¿me oyes?
Me sujeta por las mejillas para que su perorata me entre en la cabeza, pero cada cosa que oigo, mi cerebro lo rebota con un «No» que no digo en voz alta. Aprendí a callar lo que pienso hace mucho; pero nunca aprendí a silenciarlo.
—Ya, pues yo prefiero no hacerme ilusiones. —Me escapo de su agarre y busco otro perchero.
—Pero es que… —Se mueve detrás de mí—. ¿Por qué ni siquiera estás abierta a la posibilidad?
—¿No es obvio? No quiero tener un enamoramiento platónico y luego sufrir con cada chica que vaya intercambiando.
—¿Y si no es platónico? ¿Y si le gustas de verdad? Y no solo para un rato. Venga, si hasta se preocupa porque comas.
—Susan. —La freno de nuevo antes de que coja carrerilla—. Eso no es así, ¿vale? Los jugadores hacen esas cosas, ya está. A los famosos les gusta caer bien.
—¿Pero y si fuera real? —me pregunta desesperada.
Me quedo en silencio pensando en su pregunta. Puedo responder zanjando el tema, o puedo dar rienda suelta a mi imaginación. Y de esta última me sobra, como he podido comprobar esta tarde.
—En un hipotético caso… —continúa Susan ante mi silencio.
Decido la peor de las opciones mientras aprieto los labios tratando de esconder mi sonrisa. En el fondo no quiero dejar de hablar de Tyler, por mucho que trate de negar lo que me hace sentir.
—En ese hipotético caso, puede que buscase un súper vestido para la fiesta.
En un instante, me encuentro sola frente al perchero.
Mi amiga ha dado un chillido que ha debido reducir mi nivel auditivo en un veinte por ciento por el resto de mi vida, y ha salido corriendo en busca de Margot.
La veo hablando con ella, sin parar de mover los brazos y darle indicaciones que no sé si quiero escuchar.
Yo sacudo la cabeza y me escondo tras los infinitos percheros llenos de ropa demasiado elegante para mí.
Al ver el negro con mangas de encaje que me enseñó hace un rato, me quedo observándolo.
Mi cabeza vaga imaginando qué traje escogerá Tyler para la fiesta.
Como se ponga un esmoquin, tal y como hizo para los Sideline, estoy perdida.
Ya me costó bastante no quedarme babeando cuando esperaba a que se subiera a mi coche aquella noche.
—Veo que vienes dispuesta a todo —escucho una voz masculina a mis espaldas.
Me giro rápidamente y encuentro a Riley, el agente de Tyler. Lleva varias bolsas en el brazo. Supongo que trajes para su jugador. Me dan ganas de abrirlas para ver qué ha escogido en esta ocasión y así salir de dudas, pero finalmente consigo poner mi atención en nuestra charla.
—¡Hola, Riley! Miraba algo para la fiesta —digo apresuradamente, soltando el vestido negro, que se queda tambaleándose en el perchero.
Él se acerca a la ropa y separa el vestido. Luego, es a mí a quien dirige sus ojos, y me pregunto si verá mis mejillas rosadas, fruto del calor que me sube a la cara.
—Sí, con este seguro que lo consigues.
—¿El qué? —pregunto confusa.
—Acostarte con Tyler —me dice de sopetón, dejándome congelada en mi sitio—. Le gustan los escotes —continúa, pasando una mano lentamente por la abertura del vestido que aún permanece colgado.
Ese único gesto me da el asco suficiente como para querer salir de allí. En cambio, me he quedado atascada con sus palabras, y con mi corazón desbocado en un torbellino que me ahoga.
—Eso no… Yo no…
El agente se acerca a mí, que sigo luchando por hablar y respirar al mismo tiempo.
—Escúchame, guapa. —Riley abandona su cordialidad cuando me mira y se aproxima un poco más—.
A Tyler lo dirijo yo, ¿me oyes? —dice con una dureza que nunca había usado conmigo—.
Soy yo quien lleva su carrera, no tú. Soy yo quien dice a dónde va, lo que hace, dónde juega y a quién demanda.
Y me importa una mierda que consigas meterte en su cama.
Serás una más. Pasará de ti y volveré a ser yo quien dirija el cotarro.
Así que no te confundas. Al final, gano yo.
Se aleja de mí para observarme y comprobar si he pillado el mensaje, cosa que sí he hecho.
Mis manos tiemblan a ambos lados de mi cuerpo y aprieto los puños en un intento de tranquilizarme. O, al menos, de disimularlo.
—Yo no…
Maldita sea, mi cerebro sigue retenido en aquella frase, y no puedo responder antes de que Riley me interrumpa de nuevo.
—Te lo dejé pasar la última vez. No habrá más. Solo tengo que chasquear los dedos para sacar a Tyler de aquí. Seguro que publicando sobre Hunter tienes el mismo éxito, con lo buena e inteligente que eres.
Llegados a ese punto, me arden los ojos, pero no pienso dejar que me vea llorar.
Por suerte, llega Susan para salvarme.
—¿Necesitas algo? —pregunta de forma seca al agente, posicionándose a mi lado.
Quizá haya podido esconder mi malestar a Riley, pero sé que no lo he conseguido con ella.
Él la mira de arriba a abajo, a lo que mi amiga responde cruzándose de brazos, y me pregunto qué clase de lucha silenciosa están teniendo.
Luego, Riley cambia el gesto y el tono.
—No, ya me iba. Un placer verte, como siempre, Nora.
Se despide de mí como si nada de lo que me ha dicho en los últimos dos minutos hubiera salido de su boca.
—¿Nora? —me llama mi amiga cuando el agente deportivo ya ha desaparecido por la puerta de la tienda.
Yo me quedo en silencio. Ahora mismo no puedo hablar sin llorar, y sé que si Susan empieza a tirarme de la lengua voy a terminar haciéndolo. Así que me quedo quieta, tanto como soy capaz, y parece que ella lo entiende. En momentos así, me encanta que podamos comunicarnos sin decir nada.
—Margot ya ha preparado la ropa. —Aprieta mi mano y nos lleva al segundo piso.
Según subimos, procuro no verme reflejada en los espejos que acompañan a las escaleras. De repente, probarme vestidos no me apetece en absoluto, pero todavía necesito algo para la fiesta y, sobre todo, no quiero echar a perder la tarde de mi amiga.
Después de un rato, soy capaz de fingir que no ha pasado nada, y ella finge que estoy bien. Incluso llego a reírme.
Únicamente le hace falta probarse tres opciones imposibles y ridículas para conseguir una carcajada mía. A partir de ahí, todo es más fácil.
No tardamos en escoger un vestido precioso en el que me veo guapa, cómoda, y que es lo suficientemente sencillo como para no llamar la atención. Además, el color es perfecto y, en cuanto me vi con él, tuve claro el accesorio que lo acompañaría.
Al pensar en ello, un suave calor recorre mi cuerpo.
Puede que la fiesta no vaya a estar tan mal, después de todo.