#18 Para eso estamos las amigas #2
He echado a andar como si alguien me persiguiera.
Quería correr, pero estoy tan alterada que temo caerme de bruces contra el suelo, así que continúo con mi paso ligero en busca de la salida del Complejo, porque necesito aire.
Sin embargo, cuando al fin me encuentro en el exterior, el oxígeno sigue sin alcanzar mis pulmones.
—Jolín, qué prisas te han entrado, nena —escucho decir a Susan cuando nos acercamos a su coche.
No necesito verle la cara para saber que está al borde de la risa, y eso no me tranquiliza.
—Tía, te juro que cada vez que os veo juntos pienso que os vais a enrollar.
El problema es que, en esta ocasión, soy yo la que lo ha pensado también, y el comentario de mi amiga no me ayuda a eliminar esas imágenes de mi cabeza.
—Por favor, no empieces —le digo mientras me meto en su coche.
Ella se coloca en el asiento del conductor.
—¿Desde cuándo te quita las migas de la boca? —Está claro que no va a dejar el tema, y yo me estoy agobiando más a cada segundo, porque todavía siento el dedo de Tyler presionando mi labio.
—Solo le gusta ponerme nerviosa.
—Pues yo diría que lo consigue. —Me mira con una medio sonrisa y, al ver que no digo nada, mete la llave en el contacto y arranca.
Respiro hondo cuando el coche se pone en marcha y mi amiga me da una tregua, si bien esta no dura mucho.
—¿Así que sigue trayéndote el café? —retoma la conversación después de un rato en el que he podido recuperar la normalidad. Mi cabeza sigue recordando ese beso imaginario, por lo que me alegro de poder discutir, y así pensar en otra cosa.
—No, ahora le ha dado por traerme sándwiches y obligarme a comerlos delante de él.
—¿Qué? —Susan me lanza una mirada de confusión antes de volver a concentrarse en la carretera frente a ella—. ¿Es alguna especie de fetiche?
No consigo contener la risa que se me escapa.
—Está así de pesado desde que Chris le dijo que, a veces, se me olvida comer.
—¡Nora! ¿No te había puesto alarmas en el móvil?
—¡Sí! —intento defenderme, sabiendo que es una batalla perdida—. Es que a veces tengo demasiado que hacer y se me pasa.
—Pues lo siento, pero me alegro de que al menos Tyler te haga comer. Ya me parecía que te estabas quedando muy delgada. Te vas a cenar hoy una pizza entera sin rechistar, que lo sepas. Y helado de postre. No voy a dejarte parar hasta que tengas un buen dolor de tripa.
Para cuando termina de amenazarme, ya ha aparcado el coche y salimos de él. Me doy cuenta de que no sé a dónde nos dirigimos. Estamos en un parking al aire libre, y me parece que nos encaminamos a la calle principal de Redmont, aunque por aquí no se va a nuestra pizzería habitual.
La zona está abarrotada de gente, pero es algo que nunca me ha importado.
Me encanta el ambiente de la ciudad por las tardes, a pesar de que resulta más complicado transitar sus calles.
Según avanzamos, se alzan más edificios de ladrillo rojo a ambos lados, todos adornados con macetas y flores en sus balcones y ventanas más altas.
—¿A dónde vamos? —pregunto a Susan, que va un paso por delante, marcando el camino.
—A por tu vestido para la fiesta. —Se gira hacia mí y veo una sonrisa expandirse en su cara, lo que no me deja para nada tranquila—. He pedido cita en Aurum Noire.
Con decir ese nombre, mi boca y mis ojos se abren de forma desorbitada.
Es la tienda más exclusiva de la ciudad, con la ropa más impresionante que jamás hemos visto.
Solemos babear en sus escaparates cuando pasamos por delante, y solo hemos entrado una vez, para encontrar el vestido de invitada para la boda de Susan.
Me dejé el sueldo de un mes y medio, y por ella volvería a hacerlo.
En cambio, no estoy segura de si para esta fiesta de los Stallions estaría dispuesta a un gasto semejante.
—Susan, ¡cuestan un dineral! —me quejo sin mucha gana. No me importaría pasar la tarde allí, probándome su ropa, aunque luego no me lleve nada.
—No te preocupes, está controlado. Hace unos meses lanzaron un programa de préstamo, que es mucho más barato.
Y eso es todo lo que necesito para dejarme arrastrar al mundo de opulencia en el que mi amiga planea sumergirnos.
Cuando llegamos a la puerta, un portero de traje azul marino nos saluda con la mirada. Detrás de él hay un chico joven sentado en una mesa alta, con un portátil que muestra el logo de Aurum Noire en su tapa.
—Buenas tardes, señoritas. ¿Tenían cita?
—Susan Waltz y Nora Ellis —dice mi amiga con solemnidad.
—Claro, aquí os tengo. Ya está todo preparado. Margot os espera dentro. —El chico nos sonríe y se levanta de su silla para abrirnos la puerta de cristal y dorado.
En un instante, me arrepiento de haber accedido a este plan.
Susan ha venido con un conjunto muy sofisticado, toda de negro y con unos tacones de infarto.
Yo no tenía ni idea de nuestro plan y he venido con mis vaqueros lavados y la camiseta del ‘78 de los Stallions.
Es de las mejores que tengo, pero no lo suficientemente elegante para el local en el que entramos.
Al cruzar la puerta, me llega un olor a orquídeas. Estoy segura de que es esa flor, pues está a ambos lados de la entrada, cubriendo cada centímetro de las paredes.
Más adelante se abre un espacio enorme, con una mesa redonda con más orquídeas blancas sobre ella, y una lámpara de cristal demasiado grande para pasar desapercibida.
Hay distintos percheros llenos de ropa alrededor de la estancia y, frente a nosotras, dos escaleras haciendo curva, una a cada lado del salón, que van hasta el piso de arriba, donde están los probadores.
Todo está envuelto en cristal, oro, espejos y orquídeas, y vuelvo a sentirme fuera de lugar con mi querida y antigua camiseta.
Decido al menos arreglarme un poco el pelo y, cuando aún estoy en ello, llega Margot para atendernos.
Va vestida con un traje de chaqueta y falda en azul marino, y nos saluda con gesto amable.
El pelo le cae perfectamente liso a ambos lados de la cara.
Se está presentando mientras yo tengo todavía los brazos en alto, terminando de dar vueltas a la goma alrededor de mi recogido.
Mi amiga le cuenta lo que estamos buscando, y me entero entonces de que ella también va a probarse vestidos.
—No voy a perder la oportunidad —me susurra cuando seguimos a la dependienta alrededor de la sala—. Además, aún te puedes replantear lo de invitarme.
—Ya, para que me prepares más escenas como la de antes.
—Solo he hecho lo que cualquier buena amiga haría —me responde orgullosa.
—Creo que en realidad quieres decir enemiga —replico, consiguiendo que me saque la lengua.
Margot empieza a mostrarnos opciones, y yo pronto me quedo de espectadora mientras ella y Susan deciden qué me voy a poner en la fiesta de los Stallions. Lo prefiero así. Únicamente tengo que contenerlas si escogen algo más atrevido de la cuenta. Sé que mi amiga buscará la mínima oportunidad.
—¿Y este? —Aparece detrás de mí cuando reviso una de las perchas. Trae un vestido negro con mangas de encaje. Es precioso, demasiado para alguien como yo. Llamaría mucho la atención, y no me interesa en absoluto. Además, tiene un pequeño gran problema justo delante.
—No, nada de escotes —le digo recorriendo el dedo por la enorme abertura que debe llegar hasta la cintura—. Voy a trabajar, ¿recuerdas?
Mi amiga lo mira por un momento, y luego me lo pone por encima.
—Pues yo creo que a Tyler le gustaría.
La velocidad a la que llega el rubor a mis mejillas es absurda. Aparto el vestido que sujeta delante de mí y me giro de vuelta al perchero que estaba revisando.
—Con más razón —respondo, sin saber exactamente lo que quiero decir.
Susan se apoya en el perchero y no deja de observarme, por más que trato de ignorarla.
—¿No quieres gustarle? ¿O no quieres admitir que a ti también te gusta?
—Cometo el error de mirarla durante un segundo.
Después, vuelvo a esconderme entre la ropa frente a mí, sin decir nada.
Ella se pone a pasar ropa del perchero y me da un pequeño empujón—.
Te prometo que no diré «te lo dije», aunque me muera de ganas.
—Susan, es mi compañero de trabajo… más o menos —digo, en parte para recordármelo a mí misma.
—Con ese «más o menos» basta.
—¿Basta para qué? —Finalmente la miro extrañada, perdida en nuestra conversación —Para que te lo tires en la fiesta.
Mis ojos se abren sorprendidos ante lo que acabo de escuchar. Entonces, las imágenes que han inundado mi cabeza hace unas horas, vuelven a reproducirse en ella sin control.
—¡Ay, por Dios! —Doy un bote, preocupada porque mi amiga sea capaz de leerme la mente en este momento—. Sigue buscando —le ordeno—, ¡y nada de escote!
—Yo solo digo que él lo que quiere es verte a ti en la fiesta.
Por suerte no se percata de lo que sus palabras están provocando en mí.
Continúo pasando vestidos nerviosa, sin atreverme a levantar la vista de ellos. Mi corazón se mueve incontrolable en mi pecho mientras el recuerdo del brazo de Tyler alrededor de mi cintura entrecorta mi respiración.
—Susan, por favor, deja de decir tonterías —susurro junto a ella para que nadie nos oiga, y porque no estoy segura de poder hablar más alto sin que me tiemble la voz—. Es Tyler Kelscot —le recuerdo. Me recuerdo.
—Ya sé quién es. Y también sé que es un hombre, y que tú eres preciosa, y que está pirado por ti… —responde muy segura de sus palabras.
—¿Sí? No me digas —digo tan fría como puedo—.
¿Y qué te ha dado la pista? ¿Que no me soporte?
¿O que no quiera saber nada de mí? O puede que sean todas las rubias con las que se lía cada finde.
—Mi propio discurso es lo que necesito para recordar mi verdadero lugar en el equipo y con los jugadores, incluido Tyler Kelscot. Pero no es suficiente para mi amiga.
—Venga, lleva semanas sin ningún lío de faldas, ¿no? —intenta.