Solo una fan #17 Como siempre
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#17 Como siempre

COMO SIEMPRE

El asunto de la filtración se ha convertido en una puta locura, y mi pelea con Hunter ha ayudado poco.

No tengo dudas de que el cabrón lo estaba buscando. Desde que vi su nombre en la lista de Nora, me di cuenta de cómo se comportaba cerca de mí. No sé cómo había estado tan ciego. Supongo que nunca he dado importancia a cómo actuaba la gente a mi alrededor, porque todos suelen querer lo mismo.

Lo de hoy, en cambio, no lo he visto venir, y he sido tan tonto como para caer en el juego del veterano. El muy imbécil no paró de soltar gilipolleces durante la charla, y al final consiguió sacarme de quicio. Tendría que haber pasado de esa mierda, pero prefiero que me digan las cosas a la cara.

Lo de pelearnos en la sala de proyección tampoco ha sido mi mejor idea.

Especialmente cuando vi a Nora entrar allí.

De pronto, entendí el marrón que supondría para ella y lo quise frenar.

Con lo que no contaba era con que Hunter me tuviera tantas ganas como para soltarme un puñetazo delante de todos. Y el desgraciado lo hizo con ganas.

A cambio, le hice un placaje de mierda con la única intención de alejarlo de mí.

De haber estado en otro sitio, yo no habría sido el único con un ojo morado.

Aunque también ha tenido sus ventajas: a la Chica del Móvil incapaz de esconder su preocupación por mí.

Puede que con algún golpe más consiga ablandarla del todo.

Pero, en este momento, me cuesta recordar esas ventajas, con Maly limpiándome el maquillaje que Nora me echó con tanto cuidado.

Todavía recuerdo sus dedos recorriendo mi cara lentamente, como si temiera lastimarme más.

En cambio, mi asistenta me está pasando el algodón sin ningún tipo de esmero mientras yo mantengo mis gemidos a raya.

—Me jode reconocer lo puta crack que es esa tía. —Riley entra al salón, donde hemos pasado el día Eddie, Maly y yo.

Se desabrocha el botón de la chaqueta y se tira en el sofá, para después subir el volumen de la televisión.

Llevan horas retransmitiendo toda la mierda de los Stallions.

Nora ha estado apareciendo fugazmente, siempre al fondo, en las ruedas de prensa de Matthew.

Pero tengo claro que el marrón se lo ha comido ella.

—¿Te jode reconocerlo?

—Sí. No me gusta que se metan en mi terreno —responde mi agente molesto.

—Solo estaba haciendo su trabajo. No te preocupes viejo, sigues siendo mi favorito —le prometo, aunque mi sonrisa podría denotar lo contrario.

Ambos se mueren por controlar mi vida pública, pero me divierto mucho más cuando estoy cerca de mi jefa de comunicación.

Mi agente, en cambio, aguanta estoicamente mis comentarios o, como mucho, me suelta alguna bordería.

Con Nora, por el contrario, nunca sé cómo va a reaccionar.

Y siempre me gusta cómo lo hace, por inesperado que me resulte.

—Más te vale, cabrón —me suelta todavía enfadado—. Soy yo el que se parte la cara por ti cada día.

—Creo que he sido yo quien se ha partido la cara.

Eddie aparece por la puerta con unas cervezas en la mano. Para todos menos para Maly, que se niega a beber delante de mí.

—Aún no me has explicado cómo has dejado que ese imbécil llegara a tocarte —me dice mi chófer mientras me pasa un botellín.

Noto que es mi asistenta la que se siente ofendida por el comentario cuando aprieta más de la cuenta bajo mi ceja.

—¡Ay! —me quejo—. Ve con cuidado.

Ella me mira durante un segundo y, sin decir nada, echa en el algodón un poco más de agua, o tónico, o lo que sea con lo que me está limpiando; y sigue trabajando.

Podría haberlo hecho yo, pero desde que llegué a los Stallions está más encima de mí que de costumbre.

Creo que el encontrarme aquí solo ha despertado cierto aire maternal en ella.

A pesar de que trabaja para mí, la considero mi familia. De hecho, ha sido mi única amiga de verdad en todo este tiempo. Siempre más sincera de lo que necesito, y siempre leal.

De hecho, solo a ella le permito golpearme sin llevarse un recibo. Y lo sabe, porque estoy seguro de que, con su corta estatura, no se atrevería de otro modo a darme tanto.

—Joder. —Riley se ríe por algo que han dicho en el programa de deportes, y sube un poco más el volumen, a pesar de que ya se oía perfectamente.

En este momento es Matthew el que está en la televisión gigantesca de mi salón—.

Si algún día me muero, asegúrate de pillar a Nora como agente. Sobre todo, con tus cagadas.

—Estás empezando a ofender al muchacho —lo reprende Maly sin perderme de vista. Nunca permite que nadie hable mal de mí en su presencia.

—¿Qué ha hecho tan especial? —se interesa Eddie y, sin darme cuenta, me yergo en la silla del comedor donde estoy sentado, para escuchar mejor.

Por simple curiosidad. Sé que Nora ha solucionado todo porque Riley está de muy buen humor tras lo ocurrido, pero aún no sé cómo ha solventado la situación.

—Tenías que haber leído el comunicado. Con toda su cara han dicho que en los Stallions cuidan de cada jugador, porque todos son una familia.

Y, por supuesto, han prometido más información en la rueda de prensa de Matthew.

Se ha liado la de Dios. Y el cabrón ha salido cambiando toda la historia.

Como si los contratos especiales fueran la norma, y que los hacen por el bien de los jugadores.

—¿Pero son la norma? —pregunta Eddie confuso.

—Claro que lo son. Es un secreto a voces, y ahora ellos lo están aireando como si nada.

Son todo favoritismos. Imagina cómo afecta eso a la unión de un equipo; por eso son confidenciales.

Y ellos lo han vendido como que a cada jugador le ofrecen algún favor para cuidar de cada uno, porque todos son una familia —recalca la última palabra con cierto tono de burla.

—Resulta que no soy tan especial —digo mostrando mi gran sonrisa a Maly, que no me la devuelve, sino que niega con la cabeza. Si nunca deja que nadie diga cosas malas de mí, conmigo es peor. Por eso suelo guardarme alguna perlita para picarla.

—¡Una mierda! —salta Riley—. Ya quisieran el resto tu contrato, no me jodas. Pero reconozco que ha sido una buena jugada. Y el caramelito de después… —Se pasa la mano por la cara como si no creyera lo que está recordando.

—¿Qué caramelito? —pregunta Eddie, cada vez más interesado en la historia.

Yo me río levemente escuchando el entusiasmo de mi agente tras el follón que se ha montado. Supongo que conseguirá sacar tajada de una forma u otra.

—Les han preparado la guinda perfecta: han anunciado una fiesta del equipo.

Una especie de bienvenida para el inicio de la temporada.

Es una jugada maestra, tío. Van a dejar entrar a la prensa.

Así se ahorran ahora las preguntas y noticias comprometidas de los contratos, porque todos quieren su pase a la celebración.

—¡Joder Riley! —Soy incapaz de contenerme más—. Córtate un poquito. Estás babeando como un cerdo —le digo mientras me río.

Él me lanza el posavasos que tiene en la mesa de café y muevo mi brazo lo suficientemente rápido como para bloquearlo frente a mí, atrapándolo al vuelo.

—Yo necesito saber cuándo es esa fiesta. ¿Tengo que pedirte un traje? —pregunta mi asistenta, esperando a que deje de hacer el imbécil para seguir con su tarea.

—La semana que viene —contesta Riley—. Yo me encargo del traje. Te consigo alguna colaboración.

Miro a Maly con cara de susto, dejándole bien claro que necesito que sea ella la que se ocupe de buscarme uno. No pienso ponerme ninguna horterada que me traiga mi agente. Por mucha marca que tengan o mucha pasta que me dé ponérmelos. Hay límites que no pienso cruzar.

—¿En serio planea organizar una fiesta en una semana? ¿Esas fiestas no llevan meses de preparativos? —Mi chófer sigue hablando de Nora.

—Lo que te digo. Una crack… si lo consigue.

—Lo hará —respondo yo sin pensarlo.

Maly termina con el algodón y lo arruga en su mano. Luego, me sujeta por la barbilla y me obliga a mirarla.

—¿Y vas a dejarla escapar, niño? —me pregunta en un susurro.

Mi primer instinto es responder con un «No», sin saber de dónde sale ese pensamiento. Entonces, me doy cuenta de que estamos hablando de Nora. Por no tener nada con ella, no tengo ni una oportunidad. No me aguanta, y yo no quiero nada con ella, ni con nadie, me recuerdo.

A pesar del tiempo que pasamos juntos, de cómo me miró al salir del Midnight Casino, de cómo mi mano se deslizó por su cintura, o cómo las suyas ardían sobre mi pecho…

Mi asistenta sigue esperando una respuesta, así que me río y me libero de su agarre.

—No me jodas, Maly —le digo incrédulo. No es por su pregunta, sino por todo lo que se me ha pasado por la cabeza en un momento.

Suspiro molesto. Sin decir nada más, me voy hasta la cocina y abro el frigorífico. Me quedo mirándolo, sin elegir nada. Únicamente para escapar de los pensamientos que me han asaltado en la silla del comedor y que me persiguen mientras estudio los botellines de cerveza alineados.

Aunque no es lo único que me ha perseguido hasta allí.

—¿Así que una fiesta? —dice Maly.

Yo alcanzo una botella de agua y la abro. Después doy un largo trago.

—Eso parece.

Mi amiga se mueve por la estancia como si no le interesase mucho lo que estamos hablando, pero intuyo que pronto empezará a hacerme preguntas que no querré responder.

—¿Has pensado qué te quieres poner? —Comienza su interrogatorio al tiempo que echa en la basura los algodones que ha usado para limpiarme el ojo. Se acerca al grifo y se lava tranquilamente.

Yo me apoyo en la encimera, consciente de que debería huir.

—Supongo que traje, o esmoquin. Como siempre.

—Como siempre… —repite cerrando el agua. No me ha mirado, y aun así siento cada uno de mis movimientos bajo su vigilancia.

Me cruzo de brazos, dudando sobre lo que leerá en mí al hacerlo.

—Sí, Maly, como siempre. ¿Qué pasa? —pregunto divertido.