#15 No te separes
NO TE SEPARES
Veinte minutos más tarde, aparece un Ford rojo delante de mi casa. Hace dos maniobras rápidas y se coloca para salir por donde ha venido. Baja la ventanilla y veo a Nora al volante. Ni siquiera se molesta en saludarme.
—Sube ya, Tyler. Preferiría no tener que saltarme todos los límites de velocidad —me dice como si la hubiera tenido esperando durante horas.
—Siempre tan agradable, jefa —respondo sentándome a su lado.
Antes de ponerme el cinturón, ya estamos volando por la carretera.
—Así que lo de los límites de velocidad iba en serio —la pico.
Pero lejos de responderme, me lanza otra pregunta.
—¿Ahora te boicotean también en casa?
Yo me río, aunque se me había pasado por la cabeza esa posibilidad.
—Se me ha jodido la puerta del garaje. No es el modus operandi del acosador de las fotitos —digo, sabiendo que podría estar equivocado.
Me concentro en las calles que pasan borrosas a nuestro lado.
Es ya de noche y la ciudad tiene un aura mágica.
El tráfico, en cambio, es peor que otras veces, pese a que Nora se mueve con soltura entre él.
Cuando la miro, me doy cuenta de que no tiene planeado asistir al evento, y de repente se me antoja mucho más aburrido. Apenas queda pelo en su recogido, y va vestida con una sudadera de los Stallions una o dos tallas más grandes, lo que me hace preguntarme si la ropa es suya.
—¿Qué hacías antes de venir? —Las palabras salen de mi boca sin que pueda pensármelo dos veces.
—¿Cómo? —pregunta confundida. Las charlas ligeras no son lo nuestro.
Sin contenerme, suelto la mierda que me está rondando la cabeza desde que la he visto con esa prenda.
—Por si he interrumpido algo importante. Como una cita con tu novio o algo así. —Y la idea cruza mi pecho como un rayo. No había pensado en esa posibilidad, y no sé por qué me agobia.
Su respuesta viene precedida de una carcajada.
—Aunque no te lo creas, no suelo ir a mis citas con estas pintas.
—Eres más de pijamas, ¿no? —La miro, esperando ver cómo se ruboriza. Aún no había sacado el tema de su ridículo pijama en mi fiesta, pero estoy lejos de olvidarlo.
Por el contrario, ella parece haberlo superado. Sujeta el volante con fuerza durante un momento, como si así controlara lo que sea que en realidad quiere decirme, y adelanta dos coches más.
—Cuidado, 89. Depende de mí que llegues a la fiesta o te caigan unas dominadas extra mañana.
« Touché », pienso. Me río suavemente y miro por la ventana. Conducir con prisas no debe ser nuevo para ella, porque se desliza por la carretera con la facilidad de quien conoce bien el recorrido.
—No hacía nada, no te preocupes. Y prefiero que me llames si tienes problemas —me dice, distrayéndome del trayecto.
Me llevo la mano a la frente y le doy a entender que acepto las órdenes.
Después de eso, no volvemos a hablar en todo el camino; y, aun así, no me siento incómodo. Escucho la música que tiene puesta según cruzamos la ciudad de Redmont, y nada puede resultarme más correcto.
Cuando no se da cuenta, la veo mover los labios con la letra de la canción, pero en ningún momento se atreve a cantar.
Solo se le escapa algún tarareo en voz muy baja.
Cuando el tráfico está más calmado, se lleva la mano a la parte trasera de su cabeza y se saca un mechón de pelo que enrolla en su dedo índice.
Se queda jugando con él a medida que seguimos avanzando por la carretera y yo sonrío, porque acabo de entender lo que significa ese gesto.
Un poco más adelante surge ante nosotros un edificio iluminado con grandes focos y una fila de coches de lujo esperando su turno para acercarse a la entrada.
Sin embargo, Nora pasa de largo. Gira en la siguiente calle a la derecha y entra en un parking.
Llegados a este punto, no tengo ninguna duda de que conoce la ciudad a la perfección y sabe exactamente a dónde vamos.
Aparca en el primer sitio que encuentra y apaga el motor.
—Ya estamos —me informa mientras se quita el cinturón.
—Lástima, esperaba que por fin te pusieras a cantar —digo con sorna, ignorando que una parte de mí de verdad guardaba esa esperanza.
Salimos del coche, y ni la tenue luz del garaje donde estamos es capaz de disimular el tono rosado que cubre de pronto sus mejillas. Me río suavemente y decido no hacer más saña. Me ha hecho un gran favor trayéndome hasta aquí cuando no tenía por qué hacerlo.
Según avanzamos por el garaje, escuchamos algunas puertas cerrándose. Y un segundo después, todo se queda a oscuras.
Paro de andar cuando los pasos de Nora se detienen y me giro sobre mis talones en busca de algo de iluminación que me indique hacia donde tenemos que ir, sin ver nada. Entonces una risa retumba contra las paredes de hormigón que nos rodean.
Nora choca conmigo, y recuerdos de la noche en el Midnight Casino me vienen a la mente. No tiembla a mi lado, pero noto lo tensa que está.
La risa nos envuelve una vez más, dándome mala espina.
—¿Suele apagarse la luz aquí? —pregunto en un susurro.
—No —escucho la voz débil de Nora a la altura de mi pecho.
Y esa es la confirmación que necesito para agarrarla de la mano y empezar a andar. Apenas se ve nada, aunque estoy bastante seguro de que tenemos un largo camino en línea recta hasta encontrar alguna de las salidas.
—Tyler —Nora me llama en voz baja.
—Vamos —es todo lo que digo, apremiándola y estrechando mis dedos alrededor de los suyos.
Un silbido llega hasta nuestros oídos, entonando una melodía lenta.
En este momento es Nora quien aprieta mi mano sin decir nada ni dejar de moverse.
De estar más tranquilo, estoy seguro de que podría percibir su corazón saltando como loco.
El mío ya lo oigo contra mis oídos. Nuestra aventura del casino sigue reproduciéndose en mi cabeza, y no voy a esperar a comprobar si es Draven queriendo saludar de nuevo.
—Sigue andando —le digo, apurando mis pasos.
No es el primer fallo electrónico que tengo esta noche, y empiezo a pensar que alguien se está tomando demasiadas molestias para evitar que asista a los Sideline.
—¿Sabes quién…? —empieza a preguntar Nora, hasta que tiro de ella. No tengo ni idea de quién puede ser, o de si estoy volviéndome paranoico, pero no pienso parar a confirmarlo.
—No te separes.
La risa lúgubre resuena otra vez en la oscuridad, acompañado del sonido de unos zapatos. Desafortunadamente, el eco de este lugar me impide descubrir de dónde viene.
Entonces, la luz se enciende. Nora y yo detenemos nuestros pasos en ese mismo instante y yo echo un rápido vistazo alrededor. No veo a nadie, y, sin embargo, eso no hace que me quede más tranquilo.
Al retomar nuestro trayecto, nos encontramos de frente con un coche que aparece de la nada y casi nos arrolla. El vehículo frena en seco y su conductor nos pita. Nos estará soltando una retahíla de improperios, pero apenas me percato de ello.
Tiro de la mano de Nora para apartarla del camino al tiempo que de mi garganta sale su nombre, lanzado con toda la furia de mis pulmones.
El grito de Nora todavía resuena en el eco del garaje mientras nos arrastro a los dos contra la pared que tengo detrás.
Contengo el golpe con mi espalda y la envuelvo con mis brazos.
El olor a flores que reconocí el otro día sobre ella vuelve a atravesarme, recordándome lo mucho que lo he echado de menos.
No puedo percibir sus pulsaciones; sus jadeos, en cambio, sí. Su cuerpo se mueve incesante, a pesar de que lo tengo bien sujeto, y sus bocanadas de aire llegan a mis oídos.
Siento sus dedos sobre mi tripa deslizándose suavemente. Se han colado por debajo de mi chaqueta y, tras un momento, empiezan a empujarme levemente, como si no estuviera segura de querer alejarse.
Cuando su respiración se controla, la dejo marchar.
—Perdona —dice con un tono débil. En un segundo descubro cómo odio que su voz suene así. Prefiero mil veces cuando me grita.
Bajo la mirada hasta encontrar la suya. Parece que el tiempo se hubiera congelado.
—¿Estás bien? —pregunto después, y su respuesta viene con un movimiento incómodo mientras se separa de mí.
—Sí, lo siento. No he visto…
Para de hablar cuando una sombra aparece a nuestro lado.
Instintivamente, rodeo la cintura de Nora y la acerco a mí, hasta que reconozco a quien está delante de nosotros.
Nate Hunter, vestido con un traje demasiado colorido para mi gusto y con el pelo pegado a la cabeza en diminutas trenzas, se ha acercado a nosotros de forma silenciosa.
—Con todos esos focos van a dejar la ciudad sin luz —dice con un tono divertido que soy incapaz de compartir—. ¿Qué pasa Kelscot? Pensaba que no venías.
Nora se ha separado de mí de forma disimulada. Pero, antes de eso, me ha echado una mirada rápida. Está pensando lo mismo que yo: que Nate Hunter era el primero en la lista que me pasó hace unos días.
—Ya ves que sí. No sabía que a ti te habían invitado. —Intento sonar tan capullo como él.
—Eterno suplente, supongo. Me da que no tenían muy claro que fueras a venir.
—Nunca me perdería una buena fiesta.
—Eso tengo entendido. —Me dedica una sonrisa demasiado blanca en contraste con su piel oscura—. Nora. —Le hace un gesto con la cabeza y se aleja de nosotros.
Me quedo mirando cómo se va, y preguntándome por qué vendría a este aparcamiento si está invitado a los Sideline. En todos esos eventos tienen aparcacoches.
Cuando me vuelvo hacia Nora, ella continúa observándolo con el ceño fruncido. Posiblemente haciéndose las mismas preguntas que yo.
Sin decir nada, reanudamos nuestro camino hasta la salida.
En cuanto ponemos un pie en la calle, el ruido de la fiesta empieza a intensificarse, junto a los gritos de la gente y de los fotógrafos a la entrada del evento.
Nora permanece a mi lado, pero es fácil verla ensimismada en lo que sea que está pensando.
—Tyler…
—¿Vienes? —pregunto, decidido a cortar el hilo de sus pensamientos. El acosador es lo último de lo que quiero hablar en este momento. Y veo que he conseguido mi propósito cuando se gira hacia mí con cara de cervatillo asustado.
—¿Qué?
—A la fiesta —explico, aunque creo que no hace falta. Es a donde nos estamos dirigiendo.
—No. ¿Qué iba a hacer yo ahí?
—Bueno. Ya estás aquí.
—Sí, porque te has quedado sin coche. Y me venía bien para hacer unos recados por la zona —me explica.
Yo me encojo de hombros, dando a entender que esa respuesta no me parece suficiente.
—No voy vestida para la ocasión, pero gracias. —Estira su sudadera de modo que pueda verla al completo, como si no me hubiera fijado en ella nada más meterme en su coche.
—Al menos no vas en pijama. —Sonrío con ganas, sacando de nuevo el tema con el que no he conseguido hacerla explotar antes. Ella, en cambio, sigue sin ver la gracia en mi comentario.
—Pásalo bien, Tyler —me dice entrecerrando los ojos antes de darse la vuelta.
Me acerco antes de que se aleje y le agarro de la mano.
—Era broma. —Tiro de ella, consiguiendo que vuelva a dirigirse a mí.
—Aun así, no estoy invitada, y dudo que me dejaran entrar con estas pintas. Así que pásalo bien, 89. —Da unos pasos hacia atrás, de espaldas, sin dejar de mirarme—. Y procura no meterte en demasiados líos. Es mi noche libre —me informa.
Me cuesta refrenar mi curiosidad respecto a sus planes, porque soy incapaz de imaginarla haciendo otra cosa que no sea trabajar. Puede que eso sea exactamente lo que haga. Pero se marcha, y no me doy permiso para abrir la boca.
En lugar de eso, le hago el saludo que tanto le molesta. Ella sacude la cabeza mientras aprieta los labios, y se da la vuelta después de devolverme mi saludo habitual.
Me quedo observando su figura hasta que desaparece al girar en la siguiente calle. Luego, me coloco la pajarita y me dirijo un poco más desencantado a mi destino.