Solo una fan #14 La tapadera perfecta #2
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#14 La tapadera perfecta #2

Después de tres horas de charla, salgo con prisas de la sala. Al despedirme de Nora, quedamos en vernos, pero no concretamos momento ni lugar, así que me muevo por la zona de oficinas, buscando su moño a través de las paredes de cristal.

En su departamento encuentro a Chris, solo, con unos cascos puestos y unas gafas escurriéndosele por la nariz. No sabe dónde está Nora.

Echo un vistazo alrededor. Las paredes de este edificio deberían ser perfectas para encontrar a alguien a lo largo y ancho de la planta. En cambio, apenas puedo ver nada entre los reflejos y la gente moviéndose.

Decepcionado, me voy a la cafetería a tomarme un refresco. Me viene bien activarme un poco después de tantas teorías y jugadas.

Según cruzo las puertas dobles, encuentro el recogido que andaba buscando y, debajo de él, a Nora ensimismada en su carpeta. Tiene uno de sus dedos enrollado en un mechón de pelo, y lo retuerce suavemente mientras relee lo que sea que está escribiendo.

Parece concentrada, aunque de un modo sereno y tranquilo. No agobiada.

De hecho, está tan ensimismada en sus notas que no se ha dado cuenta de que me hallo frente a ella.

Me fijo en lo que está escribiendo, pero del revés apenas entiendo lo que dice.

—¿Qué haces? —pregunto.

Antes de comprobar quién le está hablando, mueve sus manos llenas de finos anillos de forma instintiva para tapar sus apuntes. Sin embargo, soy más rápido que ella y consigo arrebatarle el folio.

Hay una lista con tres nombres: Nate Hunter, Troy Allister y Colin Riggs.

No puedo evitar mi sonrisa al leer el título: «Jugadores que no tragan a Tyler». Los nombres, en cambio, no me gustan tanto, si bien reconozco que no me sorprenden demasiado.

—Vaya, lo de Allister no me lo esperaba —miento mirándola por encima de la hoja que todavía sostengo fuera de su alcance.

Se detiene en su intento de recuperar la lista.

—¿No? ¿Te ha dicho algo?

En lugar de responder, hay una cuestión que pica mi curiosidad.

—¿Cómo has conseguido esto? —Le devuelvo la hoja y ella la coloca en su carpeta, alineada perfectamente con el resto de sus folios.

Se piensa por un momento la respuesta, y al final decide compartir conmigo su secreto.

—He estado haciendo entrevistas para las redes —me confiesa con una sonrisa tímida en la cara.

La mía de tímida tiene poco cuando comprendo la perspicacia con la que ha estado trabajando las últimas semanas.

—¿Interrogatorios encubiertos?

Se encoge de hombros, sin decir nada, dando por correcta mi suposición. Entonces una nueva idea aparece en mi cabeza, haciendo que todo cobre sentido.

—¿Por eso soy el único al que no has llamado? —pregunto, mi buen humor incontenible llegados a este punto.

El de Nora no es menor. Entrecierra los ojos, aprieta sus labios en una línea fina y ladea la cabeza.

—No me digas que estás celoso porque no te hago caso, 89.

Mi pecho vibra con la pequeña carcajada que apenas consigo mantener a raya.

—Falta un nombre —digo cuando me sereno, porque no pienso darle el gusto de hablar de mis celos. Celos que, obviamente, no tengo.

—¿Cuál? —pregunta extrañada, releyendo por enésima vez su corta lista. Al menos tenemos poca gente a la que investigar.

Cuando llega a la conclusión de que no va a descubrir de quién hablo, alza la mirada y se encuentra con la mía.

Apoyo mis brazos en la mesa que nos separa, y veo cómo sus ojos se desvían por un corto segundo sobre ellos.

El esfuerzo que hace por ocultarlo me parece hasta adorable, y le ofrezco no llamarle la atención sobre eso. Al menos en este momento.

—El tuyo —digo finalmente con mis labios curvándose hacia arriba.

Tarda más de dos segundos en entender lo que he dicho. Dos segundos que ha pasado mirando mi boca mientras hablaba.

Se aleja de mí, aunque no puede ocultar el tono rosado que cubre sus pecas. Sin embargo, sus cejas demuestran un estado de humor bien distinto.

—¿En serio? —Pregunta ofendida—. Cada filtración del acosador es más trabajo para mí. ¿Por qué iba a ser yo?

—La tapadera perfecta. —Me encojo de hombros.

—Eres un idiota —me dice, y me doy cuenta de que he empezado a esperar esa frase de ella.

—Dime algo que no sepa, jefa.

Se queda en silencio mirándome, manteniéndose firme, y no dice nada más.

—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunto—. ¿Vas a llevárselo a Norman?

—No, no puedo. No sabemos si es alguno de ellos quien te está boicoteando, y podríamos dividir al equipo por simples suposiciones. Lo más normal es que, si les caes mal, solo pasen de ti; no que intenten hundirte, o a tu carrera.

Todavía apoyado sobre la mesa, me río suavemente.

—Que sepas que yo también tengo ego, y estás dejándolo por los suelos, jefa.

Es ella quien se ríe entonces con mi comentario, y me resulta tan extraño como único.

—¿Tú? ¿Ego? No me digas. —Sacude la cabeza sin dejar de mirarme con sus brillantes ojos. Los pelos sueltos de su recogido acarician su hombro con el movimiento.

Me río de nuevo. Sigue siendo mordaz, pero juraría que no intenta herirme realmente.

Aun así, hago un esfuerzo por volver al asunto que nos atañe, porque no sé si estoy seguro de todo esto.

Draven solo fue una muestra de lo peligrosas que pueden ser algunas relaciones, y no creo que el acosador sea mucho más amigable.

—¿Qué planeas hacer con eso? —inquiero.

Se vuelve seria de pronto y se concentra en la lista, como si allí encontrara la respuesta.

—No lo sé. Fijarme en ellos, supongo. Por si viera algo. —Es decir, no tiene ningún plan, y en parte me alivia. Otra parte dentro de mí se pone alerta y pierdo el control de mis manos mientras se lanzan a por la lista de jugadores a los que pretende observar.

—Ya me encargo yo —le anuncio.

Ella se queda quieta mirándome, casi estudiándome.

—No pensarás… —deja la frase inacabada. No se atreve a decir lo que piensa.

—¿Ir a darles una paliza? No. Les achucharé a Draven —digo tan serio como puedo.

—¡¿Qué?!

Mi sonrisa se expande en mi cara cuando me yergo y me cruzo de brazos frente a ella. Ahora soy yo el que la mira de forma reprobatoria.

—¿Siempre esperas lo peor de mí?

Creo que mi pregunta la ha pillado desprevenida, porque abre la boca, y después la cierra sin decir nada, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Luego, levanta uno de sus hombros.

—Más bien lo inesperable.

No sé por qué, pero me gusta esa respuesta.

Antes de que pueda darse cuenta de ello, vuelvo a mirar la hoja y empiezo a doblarla.

—Yo paso más tiempo con ellos. Puedo ver de primera mano si les caigo tan mal como crees.

—¿Si descubres algo me lo dirás?

Me quedo inmóvil con la lista a medio doblar. El plan era trabajar juntos, pero no estoy seguro de querer hacerlo. El acosador ha decidido meterla en el juego, y no sé hasta qué punto puede ser peligroso, o hasta qué punto puedo dejarla fuera de él.

Aun así, no voy a tomar la decisión ahora. Esperaré a ver de qué se trata.

—Somos un equipo, ¿no? —le digo tan convincente como soy capaz.

Veo sus pecas moviéndose en su cara mientras sus mejillas se alzan al escucharme. Más tarde, frena su alegría.

—En realidad, yo soy la que hace todo el trabajo sucio y, al parecer, tú el que se va a llevar el mérito.

Me guardo el papel doblado en el bolsillo.

—El mejor equipo —le confirmo feliz. Doy dos golpes en la mesa y me alejo hasta mi próxima charla con mi otro equipo; el que debería ocupar todo mi pensamiento en plena pretemporada.

Me giro y me miro en el enorme espejo que hay en mi vestidor. Llega hasta el techo, a pesar de tener seis metros de altura, y resultaría demasiado grande en cualquier circunstancia. En mi casa, por el contrario, todo lo es, así que no desentona.

Me estiro y coloco los puños de la camisa que asoma por debajo de la chaqueta.

Un esmoquin clásico, negro, sin adornos, sin estampados horteras ni colores chillones.

Nadie diría que soy jugador de la NFL, pues mis compañeros acostumbran a llevar ropa mucho más hortera y llamativa.

Pero ya le dije a Riley que solo estaba dispuesto a salir en los medios por mi forma de jugar, no de vestir.

He estado saliendo también por otros motivos, pero no quiero parecer un payaso como el resto.

Desde que he llegado a los Stallions siento a mi abuelo un poco más cerca, y sé lo que me diría si me viera con alguno de los trajes que Riley me ha mandado.

Me importa una mierda que las grandes marcas estén deseosas de vestirme como un cretino en los premios de esta noche.

No pienso cambiarlo por el esmoquin que me ha traído Maly.

Me ajusto la pajarita en el cuello. Nunca me han gustado, pero voy a tener que aguantarla, porque sé lo importantes que son los Sideline para los Stallions, en especial los de hoy, ya que el entrenador Taylor va a recibirlo en esta ocasión.

Me pregunto si Nora se pasará por allí. No sé si tiene que cubrir de alguna forma ese evento para las redes o los medios.

Hace varios días que únicamente la veo de lejos, y ninguno de los dos ha hecho por acercarse a hablar con el otro.

He supuesto que no ha encontrado nada nuevo respecto al acosador.

Yo tampoco, aparte de confirmar que caigo como el culo a los tres que tenía en su lista, y ni siquiera me había percatado de ello hasta que ella me lo dijo.

El teléfono empieza a vibrar en mi habitación, sacándome de mis pensamientos. Me acerco hasta mi mesilla y, de mala gana, descuelgo y pongo el altavoz.

—¡Eh, chaval! ¿Estás listo? —me grita Riley desde el otro lado de la línea.

—Recuérdame por qué voy a unos premios de entrenadores —me quejo.

Su risa retumba contra las altas y desnudas paredes grises de mi habitación mientras me tiro en la cama. Únicamente están encendidas las lámparas de las mesillas, y creo que, si me quedara un ratito más aquí, terminaría dormido.

—Las dos pes: pasta y publicidad. —Riley se mantiene en silencio y yo ahogo un gemido. —Es importante para los números del equipo. Te han contratado para esto, Ty.

—Pensaba que era para jugar —vuelvo a protestar. Las fiestas siempre me han parecido un buen plan, pero siento que esta noche van a controlarme más que nunca, y eso es capaz de acabar con toda la diversión.

—Eso será cuando acabe la pretemporada —me avisa—. Y hasta entonces, tienes que comportarte y no hacer que te echen.

—Comportarme —repito con desgana.

—Empezando por cumplir con los compromisos del equipo. Es importante…

Riley sigue hablando por teléfono, y yo pierdo el hilo cuando la puerta de mi habitación se abre de forma abrupta. Me siento en la cama y veo a mi chófer entrando con cara de susto. Algo va mal.

Es la persona más tranquila que conozco, así que la imagen me resulta aún más extraña. Además, va sin su habitual chaqueta y camisa, dejando a la vista su camiseta interior de tirantes. Está hecho una pena: sudado y sucio.

—¿Tyler? —me busca con la mirada.

Busco el teléfono y cuelgo a Riley sin despedirme.

—No puedo sacar el coche —me dice Eddie sin darme tiempo a preguntar nada.

Lo miro atónito mientras se mueve de lado a lado delante de mí, seguramente pensando en qué hacer, y agobiándose un poco más a cada segundo.

—Cogemos otro, no te preocupes.

—No. No podemos sacar ninguno. La puerta no funciona. He intentado hacerlo manual, pero es imposible.

Resoplo molesto, y me callo un «No me jodas» que estoy deseando soltar.

En lugar de eso, me dirijo al garaje. Tiene que haber alguna forma de salir de allí. No podemos estar encerrados. Y menos esta noche.

Joder, si no llego puntual, no solo me voy a comer más dominadas que en toda mi vida; les estaría dando otro motivo a los Stallions para acabar mi contrato antes de empezar la temporada.

Me quito la chaqueta y la camisa para no arrugarlas ni mancharlas, entendiendo por qué Eddie va en camiseta de tirantes. Maly, mi asistenta, ha aparecido después de verme cruzar la casa corriendo, y recoge mi ropa antes de que pueda dejarla encima de cualquier coche.

—¿No había venido el de las puertas a hacer una revisión esta mañana? —pregunta, sin entender cómo de pronto las puertas parecen bloqueadas.

—Sí. Dijo que todo estaba bien.

—Pues está claro que no —murmura Maly, constatando lo que todos ya sabemos.

—¿Has mirado que vaya la luz? —pregunto, echando un vistazo alrededor. Lo cierto es que no sé qué hacer para solucionar esto y que esta noche no acabe en una nueva cagada de Tyler Kelscot.

En seguida empiezo a tirar de la puerta con Eddie, pero debe tener algún mecanismo de seguridad que lo hace completamente imposible. Por mucha fuerza que hagamos, no conseguimos que se mueva ni un centímetro.

—¿Y el teléfono del tipo? Que venga ahora mismo a solucionarlo.

—Ya lo he intentado, pero no da línea. Como si no existiera.

—¡Joder! —grito exasperado, lanzando un puñetazo contra la maldita puerta. Me he hecho polvo la mano, aunque he podido soltar toda la tensión que se me empezaba a acumular en los hombros.

Me apoyo sobre el capó del coche que esperaba poder llevar hoy hasta que se me ocurre la única idea que podría salvarme. No sé si funcionará.