#13 Cuando tú me cuentes tus secretos #3
—Tyler—lo llamo antes de poder arrepentirme. Sus ojos me buscan y se mantienen firmes sobre mí, esperando a que le cuente mi absurda idea—. ¿Y si consiguiéramos desenmascararlo?
Su gesto cambia.
—¿A qué te refieres?
—A descubrir quién es el acosador.
Arruga los labios y después apoya los codos sobre la mesa. De repente siento que está mucho más cerca de mí, a pesar del desayuno que nos separa.
—No sé si sabes de lo que estás hablando.
—Bueno, podría ser peligroso, claro. Pero...
—Me refiero a que eso significaría trabajar juntos. —Noto el tono divertido en su voz.
—Ah —es todo lo que sale de mi boca al entender lo que quiere decir. Intento calmar los nervios que de pronto atraviesan mi cuerpo gritando «¡Peligro!»—. Bueno, supongo que podría soportarlo, si así me quito de líos…
—Qué gran sacrificio. Todo por los Stallions, ¿eh? —A pesar de que estamos discutiendo el trabajar juntos, parece que su humor no ha empeorado.
Quizás crea que de este modo tiene más opciones de meterse conmigo.
Sin embargo, hablo en serio con lo de desenmascarar al acosador.
Necesitamos denunciar a la persona que está creando tantos problemas a Tyler y, en consecuencia, a mí.
Si compartimos la información, puede que sea más fácil conseguirlo.
No se me ocurre otra forma de acabar con él.
—Por poco que me guste, estás en el equipo. —Me encojo de hombros.
—¿Algún día me dirás por qué me odias? —Su sonrisa no cambia mientras me pregunta.
—No te odio —digo rápidamente, como una respuesta automática.
Nunca he llegado a odiarlo, aunque he estado cerca en más de una ocasión.
Especialmente desde que empezó a marear con el fichaje en los Stallions, como si no valorase el equipo que amo desde niña.
Antes de eso, recuerdo ver sus jugadas con la esperanza de que algún día pudiera ayudarnos.
—No me lo trago, jefa. Así que dime, ¿cuándo me lo dirás? —Se le ilumina su cara, y vuelvo a sentirme un patito feo frente a él. Pero escondo ese sentimiento como tan bien he aprendido a hacer en los últimos años, y me muestro más segura de lo que me siento.
—Cuando tú me cuentes tus secretos.
Después de un breve momento en el que nos miramos, Tyler alza su mano esperando a que la estreche. Lo hago, consciente de que lo de compartir secretos no es algo que vaya con Tyler, pero tampoco planeo contarle los míos.
En realidad, diría que los estoy olvidando en el camino, incapaz de mantenerme firme con ellos.
Después de que Tyler terminara el desayuno, porque yo no fui capaz ni de dar un bocado al cruasán que escogí, nos despedimos. Creo que no he estado tan nerviosa en toda mi vida. No es que esperase un beso de despedida, pero no sabía cómo comportarme.
Así que, en cuanto llegamos a nuestros coches, salí huyendo hacia el mío. Antes de entrar en él me giré, y Tyler estaba mirándome, apoyado en el suyo. De nuevo, y sin esforzarse ni un poco, parecía que estaba en una sesión de fotos.
Me dedicó su maldito saludo militar que tanto odio y se metió junto con su sonrisa dentro del coche. Arrancó y salió disparado en menos de dos segundos. Fardando de coche, por supuesto.
Yo, en cambio, tardé un rato en empezar a moverme. Incluso dentro del coche, me costó ponerme en marcha.
Por las horas que eran, más me valdría haber ido directa al trabajo.
Pero mi look no era nada adecuado y, además, Ronald y Chris me habían visto salir del Complejo Stallions con la misma ropa que todavía llevaba.
Volver así daría a entender cosas que no quería explicar.
Especialmente porque eran ciertas: he pasado la noche con un hombre.
Aunque no de la forma en la que ellos querrían cotillear.
Empiezo a notar el calor sofocándome y bajo la ventanilla del coche. Soy incapaz de borrar la imagen de Tyler de mi cabeza. La forma en la que me miró cuando me ayudó a salir de nuestro escondite. No dejo de repetirme que tuvo que ser por la adrenalina de ser pillados.
Una parte dentro de mí, por el contrario, se hace ilusiones con otro motivo. Un motivo que ni siquiera me permito concretar, pues me hace sentir estúpida. De ningún modo alguien como Tyler se fijaría en alguien como yo. «Además, nos caemos fatal», me recuerdo con dureza.
Mi parte más lógica sabe que eso no ocurriría nunca y que debo enterrar esos recuerdos bien hondo debajo de mi corazón.
Me mantengo firme a esa idea después de aparcar y al girar la llave de mi casa. Según cierro detrás de mí, el ruido del exterior se apaga, pero sigo escuchando voces dentro.
Con las llaves sujetas en mi mano como si fueran un arma blanca, me acerco con cautela al salón.
Entonces descubro al intruso: mi televisión, con un canal de noticias, vaticinando días todavía más calurosos en Redmont.
Sobre el sofá encuentro a Susan, vestida con su pijama rosa de rayas y una bolsa de chuches sobre su tripa.
Mierda, me olvidé de la noche de chicas. Ni siquiera he mirado los mensajes de mi amiga, que ocupaban la mayor parte de mis notificaciones.
Busco el mando de la televisión, escondido bajo una de las cajas de pizza sin tocar, y la apago.
Luego, me dirijo a mi dormitorio y cierro la puerta tan silenciosamente como puedo. Contemplo la cama con deseo y resignación, porque sé que, si me tiro en ella, no volveré a levantarme en todo el día. Estoy agotada.
Me quito las zapatillas y me dirijo al baño.
Antes de quitarme la ropa, me observo en el espejo. Apenas me reconozco. Ronald me puso muy elegante con solo una prenda y un cambio de color. Sigo siendo fan del rojo, que visto casi cada día, pero es cierto que esta chaqueta negra me hace parecer diferente. Una Nora más sofisticada y atrevida.
El escote no me queda mal, aunque es más de lo que enseñaría libremente. Al igual que pasa con mis piernas, demasiado expuestas.
Recuerdo que Tyler me ha visto así, y noto mis nervios disparándose, cubriendo cada centímetro de mi piel.
Entonces hago desvanecer las ideas absurdas que me vienen a la cabeza. Ni estoy tan sexy, ni mucho menos se lo parecería a un chico que vive entre modelos y chicas guapas.
Me quito la chaqueta de un tirón y me meto en la ducha. No es hasta que salgo y vuelvo a mirarme en el espejo cuando me percato de la mancha oscura de mi cuello. Me estiro para verlo mejor, y soy capaz de contar los cuatro dedos de Draven dibujados en mi piel.
—¿Dónde pasaste la noche? —Me giro al escuchar la voz de Susan a mis espaldas, asustándome.
—Buenos días a ti también —le digo, muy consciente de que estoy evitando su pregunta.
—Sí, sí, buenos días —dice Susan—, pero ¿dónde pasaste la noche?
Yo me acerco al vestidor y escojo la ropa de hoy. Vaqueros, camiseta de los Stallions y otra vez mis zapatillas, como cada día.
—¿Nora? —me llama mi amiga.
—Mmh, trabajando —respondo vagamente.
—¿Trabajando? —pregunta confusa, y sé que va a pillarme, de una forma u otra. Siempre lo hace. Por eso no suelo molestarme en ocultarle nada.
Yo me mantengo en silencio mientras me paso la camiseta por la cabeza y termino de vestirme de la forma menos atractiva que nadie encontraría en un armario femenino. Vuelvo a ser yo, la de siempre.
—¿Nora? —vuelve a llamarme, y cuando me giro, encuentro una de sus cejas enarcada. No tengo escapatoria. Respiro hondo, porque voy a arrepentirme de lo que está a punto de salir de mi boca.
—Vale, estuve con Tyler.
Susan se queda en silencio, atando cabos. Al menos he tenido suerte y no ha llegado a ver cómo iba vestida anoche, aunque sé que a su imaginación no le va a hacer falta.
—¿Tyler? ¿Qué Tyler? —pregunta con cautela—. ¿Tyler Kelscot? ¿El Tyler Kelscot buenorro al que no soportas? —continúa con un tono de voz cada vez más elevado y los ojos más abiertos. Especialmente cuando no hago nada por negar sus suposiciones.
Al final exhalo profundamente.
—Sí, ese. —Me vuelvo para seguir vistiéndome, como si así pudiera evitar la conversación—. Tengo prisa y es una historia larga.
—Ay, mi madre. ¡¿Cómo de larga?!
Me giro, y veo cómo mueve sus índices acercándolos y alejándolos.
—Pero ¿qué dices? —le grito, tirándole los pantalones que todavía no me he puesto.
—¡¿Qué dices tú?! ¿Has dormido con él? —Ha llegado a un punto en el que casi salta sobre la cama mientras me lanza preguntas a un volumen que hasta los vecinos de la otra punta de la calle escucharía.
—Susan… —hago el amago de reprenderla.
—¡Ay, mi madre! ¡Has dormido con él! —Ella misma se confirma entre gritos.
—Más bien he dormido sobre él.
De pronto, me quedo sorda. Susan ha metido tal chillido que estoy segura de que, o todo Redmont se ha quedado en silencio por un segundo, o mi amiga acaba de taladrarme el tímpano sin remedio.
Cuando la miro de nuevo, se está tapando una enorme sonrisa con las manos.
—Vale, eso no ha sonado mejor. Quería decir que me quedé dormida a su lado, apoyada en él.
Veo a mi amiga sacudir la cabeza sin perderme de vista.
—Nena, ¡o me das contexto o yo me estoy volviendo loca!
No puedo evitar reírme. Después, respiro hondo y empiezo a relatarle mi aventura de la pasada noche.
Para mi sorpresa, no me interrumpe en ningún momento.
Solo reacciona cubriéndose la boca en determinadas ocasiones y frunciendo sus cejas.
Con la última parte, en cambio, sonríe un poco más, hasta que ve la mancha en mi cuello.
—¡Ay, no! ¡No me había dado cuenta! —Me hace mover la cabeza para verla mejor, y yo me alejo con suavidad.
—No pasa nada. Lo único es que no sé qué hacer para que no se vea —digo tapándolo con mis dedos—. Con este calor no me apetece ponerme un jersey de cuello alto, la verdad.
Susan sigue contemplándome preocupada.
—¿Te duele?
—Solo cuando me toco.
Ella suspira.
—¿Y un pañuelo? —se le ocurre. No es la mejor opción para el verano, pero tampoco la peor.
No tarda en escoger uno de mi armario que ni recordaba tener, y se acercar a ponérmelo.
—Mientras Ronald no lo vea… —bromeo, aunque en realidad estoy pensando en Tyler, porque le sentó muy mal descubrir mi cuello magullado, y no es la primera vez que se molesta por verme malherida.
—Así estás perfecta —termina de anudarme el pañuelo—. Y dime, ¿cómo es dormir con el buenorro más codiciado del país?
Le doy un empujón para que no vea lo roja que me pongo en un instante.
—¡Cómo te pasas! —le digo.
—Sí, sí. Pero empieza a contar. —Su sonrisa está a punto de salírsele de la cara.
—Pues… no sé.
—Nena, ¿estás sonriendo? —me pregunta.
—No. —Trato de contener mi mueca sin resultado a pesar de que es imposible que apriete más mis labios.
—A mí me da que sí. ¡Te ha gustado! —me acusa señalándome.
Yo me mantengo en silencio y recojo mi pelo con la goma.
—¡Te ha gustado! —Susan sigue intentando que confiese lo que no quiero admitir.
—¡Que no!
Ella se ríe y se cruza de brazos.
—¿Sabes? Está muy feo mentir a una amiga.
—¡Vale! —me rindo.
—¡Te gustó! —vuelve a repetirme. Parece tan emocionada como una niña con su juguete favorito. Solo que el juguete soy yo y las historias que ella se monta en su cabeza.
—Fue… raro.
—¿Raro? —Está claro que no es la respuesta que esperaba, pero, si quería la verdad, no tengo otra.
Aun así, intento explicarme un poco mejor, si es que puedo entender lo que pasa por mi cabeza.
—Que estuviéramos sin discutir. Creo que eso me gustó —le reconozco.
La verdad es que la palabra «gustar» se queda corta, aunque no me atrevo a pensar más en ello.
Lo más seguro es que hoy todo vuelva a la normalidad.
A nuestra normalidad de discutir y llevarnos fatal.
No pienso ser otra de las fans frustradas de Tyler—.
En realidad, creo que se sentía mal por todo el lío que se formó —apunto.
—Ya, pues yo creo que lo único por lo que se siente mal es por no haberte llevado a su casa.
Sacudo mi cabeza.
—Qué burra eres, de verdad. Me voy al trabajo. —Me cuelgo el bolso y guardo el móvil, que apenas se ha cargado en el poco tiempo que he pasado en casa.
—¡¿Qué?! ¿Vas a dejarme así? —Susan me persigue por el salón hasta la entrada.
—No todas tenemos el verano entero de vacaciones —le digo, y le doy un beso en la mejilla alcanzando mis llaves.
—¡Conseguiré sonsacarte toda la verdad! —me amenaza mientras salgo de la casa.
Yo levanto mi brazo despidiéndome de ella, sabiendo que lo hará. Pero antes de poder hacerlo, yo misma debería averiguar de qué verdad se trata. Y no tengo ni idea.