#13 Cuando tú me cuentes tus secretos
CUANDO TÚ ME CUENTES TUS SECRETOS
Un suave y agudo sonido llega hasta mis oídos.
Una melodía, que pronto se convierte en el piar de un pájaro a lo lejos.
No, no tan lejos. Cada vez más cerca. Estoy demasiado cómoda, y no quiero abrir los ojos.
Me acurruco en la cama y dejo que el aroma que me envuelve me embriague un poco más. No sé qué es, pero me encanta.
Me hace sentir liviana, como si flotara en el aire y mi pelo bailara libre a mi alrededor.
La cama parece reírse bajo mi cuerpo con una pequeña vibración. Aun así, no hago nada por descubrir el motivo de su risa. Quiero permanecer aquí, tan tranquila como me siento.
—Buenos días, jefa. —Escucho la voz de alguien a mi lado.
Sé que me es familiar, y que mi actual estado de relajación no debería continuar.
Y entonces la reconozco. Abro los ojos en menos de un segundo y la realidad se estrella contra ellos.
Tyler Kelscot está junto a mí, mirándome con la sonrisa de quien se está divirtiendo.
Procuro ignorarla mientras confirmo que la terraza a la que me trajo por la noche sigue a nuestro alrededor. Ahora la veo incluso más bonita, con verdor brillando y los rayos de sol dejando pequeñas pinceladas de luz sobre ella.
Al moverme, me doy cuenta de que no estoy en mi cama. Mis dedos se aferran a la camisa negra de Tyler, que todavía lleva remangada hasta el codo, y mis brazos están enrollados alrededor del suyo.
Me separo en un rápido movimiento, como si el contacto con su cuerpo me quemara.
Toda la paz que sentía hace un momento se ha desvanecido por completo, y el único motivo es que Tyler Kelscot es la persona con quien la estaba sintiendo.
—¡Me he dormido! —digo, aunque es obvio que se ha percatado de ese detalle.
No sé si habrá pasado la noche en vela, y no tengo el valor de preguntárselo. De todas formas, seguro que, de ser así, me lo echa en cara en cuanto tenga una ocasión.
Me pongo de pie de un salto ante la necesidad de crear algo de espacio entre nosotros. Dios mío, estaba durmiendo abrazada a él.
—¿Por qué no me has despertado? —le pregunto, colocándome de espaldas para intentar arreglar mi aspecto. Estiro la chaqueta arrugada y trato de cerrar un poco el escote sin conseguirlo mientras me prometo que no dejaré que Ronald vuelva a vestirme nunca más.
Luego, me paso los dedos por debajo de los ojos, por si se me hubiera corrido la poca máscara de pestañas que me eché el día anterior.
Noto a Tyler levantándose detrás de mí y mis pulsaciones se descontrolan. Es como si me hubiera despertado con poderes sobrenaturales, pues soy capaz de sentir cada uno de sus movimientos a mis espaldas; lo cerca que está.
—Tus sueños eran muy interesantes —me dice. No habla, ronronea. ¿O es solo su tono de recién levantado? Es muy grave, y demasiado sexy. Pero no debería concentrarme en su voz, sino en lo que está diciendo.
—¡Ay, mierda! ¿He hablado? —pregunto aterrada y me tapo la cara. En ocasiones, Susan se ha metido conmigo por decir tonterías cuando estaba medio dormida, y me preocupa qué puedo haber dicho a Tyler.
Sin embargo, cuando me giro hacia él, parece que la broma se ha acabado. Alza su mano y la acerca a mí. Instintivamente, doy un paso atrás y él me mira a los ojos por un momento, como si así pudiera retenerme.
Mi pulso se descontrola una vez más cuando me dedica la misma mirada que la noche anterior al escapar por la salida secreta. Cuando me sostenía por la cintura y estaba tan cerca de él que era capaz de notar su corazón palpitando bajo mis dedos.
Me quedo igual de quieta que entonces, dejando que la presión en mi cuerpo lo entumezca.
Él aparta la vista de mi rostro y la dirige hasta mi cuello. Vuelve a alargar el brazo y siento sus dedos rozando mi piel.
Mi respiración se entrecorta en ese mismo momento.
—¿Te duele? —Su voz grave lleva otro pequeño cosquilleo a mi tripa.
Recuerdo entonces lo que ocurrió con Draven.
Sus dedos no cesan en su movimiento, recorriendo cada centímetro de mi cuello. Lo hace con tal lentitud, que apenas siento que se muevan.
—No —soy capaz de decir, sin aire.
Tyler me observa con el ceño fruncido y se aparta de mí. No sé qué he dicho para alejarlo.
—¿Si te doliera, me lo dirías? —. Tras un segundo, veo cómo una de sus comisuras comienza a elevarse.
Aprovecho el momento y la pequeña distancia entre nosotros para respirar y darle sentido a sus palabras, porque me encuentro demasiado embotada.
—Solo si prometes no volverte tan insoportable como con lo del costado.
La sonrisa de Tyler se hace visible frente a mí y, tras cuadrar los hombros, se lleva el dedo índice a su pecho, donde dibuja una equis, haciéndome la promesa.
Inspiro profundamente y me llevo las manos al cuello. Los recuerdos de ayer empiezan a bailar en mi cabeza mientras recorro la piel que Draven tuvo aprisionada.
—No me duele. —Al menos, no mucho.
Deduzco que no es la respuesta que Tyler esperaba cuando se queda observándome durante un momento, como si juzgara la veracidad de mis palabras.
De pronto, su gesto cambia, y parece que recupera su buen humor.
—Vamos a desayunar —me dice, y, sin esperar mi respuesta, comienza a andar por la pequeña terraza hasta llegar a las escaleras.
Me he quedado tan descolocada con su cambio de ánimo, que tardo en salir corriendo detrás de él.
Bajamos las escaleras, y es entonces cuando pienso en excusarme. Me preocupa que más tiempo juntos pueda hacer resurgir su aversión hacia mí. O la mía a su lado.
Me ha gustado el tiempo que hemos pasado sin discutir, y no me importaría mantener esta paz momentánea un poco más.
—Tyler, tengo que irme al trabajo —digo, odiando cada una de mis palabras y, con el deseo oculto de escudarme en ellas.
No quiero hacerme ilusiones. De hecho, debería recordar que lo que pasó anoche fue solo porque quiso molestarme. Nada ha cambiado entre nosotros.
Sin embargo, él me agarra de la mano y echa a andar, alejándonos del Midnight Casino, frente al que todavía tenemos nuestros coches.
—Ayer echaste horas extra. Puedes permitirte desayunar —me dice.
Yo lo sigo sin apartar mi mano de la suya, preguntándome por qué no hago nada para escabullirme.
Llegamos a la Plaza de los Libreros, donde las cafeterías empiezan a sacar sus mesas al exterior y los tenderos a montar sus puestos de libros.
A primera hora de la mañana es un lugar mucho más bonito.
Incluso mágico, con los pocos rayos de sol que consiguen hacerse un hueco entre los edificios que rodean la plaza.
Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Susan y yo tuvimos una época en la que veníamos a menudo.
Más tarde descubrí que el verdadero motivo por el que pasábamos allí las tardes no eran las palmeras de chocolate de las cafeterías, sino que su ahora marido se perdía por los puestos buscando libros sobre la ciudad.
Cruzamos la plaza y Tyler nos hace entrar en una de las cafeterías. Su fachada es de ladrillo rojo, como todos los edificios antiguos de la ciudad, y tiene un cartel sobre la puerta que ocupa el ancho del local. Sobre el fondo azul se lee el nombre: Bajo las Nubes.
Según cruzamos la puerta, el olor a pastelería recién horneada y a café inunda casi por completo mis sentidos. Tyler tirando de mi mano y girándose para ver mi sonrisa termina de hacerlo.
Llevaba años sin pasar a este establecimiento, y compruebo que apenas ha cambiado.
El ladrillo rojo de las paredes se ve más viejo, y el techo pintado con nubes, más grisáceo.
Pero lo que siento al estar aquí, permanece igual.
Esa sensación de hogar que el olor y el ruido de este espacio me ha transmitido siempre.
Antes de darme cuenta, encuentro a Tyler sacando una silla de debajo de la mesa para mí. Me quedo congelada en mi sitio, aunque él parece más cómodo que nunca.
—¿Qué sueles tomar? —pregunta echando un vistazo a la barra detrás de nosotros.
—Café está bien, gracias —consigo decir antes de quedar como una lunática, con la boca abierta, observándolo.
Por suerte, Tyler se aleja de mi lado sin volverse a mirarme, porque me encontraría embobada y estupefacta ante lo que está pasando, que, obviamente, no entiendo.
Aún no me he sentado, y sigo con la vista fija en él mientras se apoya en la barra de madera.
El camarero continúa trabajando y todavía no se ha percatado de su presencia.
Entonces, Tyler se gira hacia mí, y es mi señal para dejar de contemplarlo, preguntándome qué ha cambiado entre nosotros para que de repente sea agradable conmigo.
Me siento en la silla y aprovecho mi momento a solas para arreglarme un poco más. Vuelvo a recogerme el pelo, que tiene más mechones sueltos que de costumbre. También me paso las manos por la cara y me pellizco las mejillas con el objetivo de despertarme un poco más.
Cuando ya no tengo nada más que hacer, saco mi móvil del bolsillo de la chaqueta y lo dejo sobre la mesa.
No me atrevo a mirar en qué lío se habrá metido Tyler por lo de anoche.
He amanecido demasiado tranquila para todo lo que ocurrió en el casino.
Como si fuera un sueño lejano y no algo real.
Pero, antes o después, tendré que afrontar el nuevo escándalo de Tyler Kelscot mezclándose con la gente más peligrosa de la ciudad en el local más peligroso de Redmont.
Me acuerdo de mi jefe, Matthew, y me imagino la bronca que me va a echar cuando vea todo lo que hayan escrito.
Sostengo el móvil, pensando en ojear por encima las notificaciones, cuando un plato lleno de repostería aparece delante de mí, llevándose la idea de mi cabeza.
Dónuts, palmeras, napolitanas y otros dulces, con y sin chocolate, colman el plato que Tyler ha puesto entre nosotros.
Una montaña tan grande que no sé ni cómo se mantiene en pie sobre sí misma.
—¡Guau! Empiezas fuerte el día —comento, sin saber qué más decir.
Tyler se sienta en su silla y se encoge de hombros.
—No sabía qué querías.