Solo una fan #12 Un poco más de confianza #2
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#12 Un poco más de confianza #2

Podría tratarse de un armario, pero tampoco tenemos muchas más opciones. Tiro de Nora y nos metemos en el estrecho hueco. Yeliv cierra la puerta y nos quedamos en la absoluta oscuridad.

Los dedos de Nora se aferran más fuerte a los míos.

—¿Estás bien? —susurro en el pequeño momento de paz que conseguimos.

Todavía se oyen de fondo las voces de la policía.

Yo, en cambio, solo escucho la respiración acelerada de Nora, que parece descontrolarse—.

Eh —vuelvo a intentar llamar su atención, porque sé que está de los nervios y me siento responsable de todo este lío.

La noto temblar contra mi cuerpo—. Vamos a salir de aquí —le prometo.

Muevo mi mano, y sus dedos se hunden en mi piel con desesperación, aterrada de que pueda soltarla.

—Voy a sacar mi móvil, para ver por dónde salimos —le explico, consiguiendo que su agarre se afloje y su mano abandone la mía. Escucho su esfuerzo por respirar lentamente, tratando de controlarse.

Enciendo la linterna de mi móvil e inspecciono el espacio en el que estamos. Hay una salida al fondo. Después, lanzo la luz de la linterna hacia arriba para poder ver a Nora sin deslumbrarla.

—¿Estás bien? —pregunto una vez más. Ella me devuelve la mirada. Asiente lentamente, y sé que miente—. Ya está, ¿vale? Vamos a salir de aquí y nadie nos verá.

Abandono sus ojos y me acerco hasta el otro extremo del espacio en el que nos encontramos.

Tardo un poco en descubrir la forma de abrir la puerta y, cuando lo hago, la muevo lentamente, por si hubiera algún paparazzi o policía al otro lado.

Lo cierto es que no sé a dónde da esta salida, y tampoco si puedo fiarme de Draven.

Cuando compruebo que no hay nadie, abro la puerta del todo. La luz es escasa, así que me siento un poco más seguro. Diviso el hotel abandonado al otro final de la calle, y mi optimismo da un subidón.

El hueco en el que estamos queda a un metro de altura del suelo. Salto y aterrizo sin problema. Luego, me vuelvo para ayudar a Nora.

Alzo las manos hasta ponerlas en su cintura y ella se apoya en mis hombros. No es la primera vez que toco a Nora, así que no entiendo por qué de pronto siento todo mucho más. Cada uno de sus dedos sobre mi camisa, como si pudieran atravesarla y arder bajo ella.

Cuando sus pies tocan el suelo, sus manos permanecen sobre mi pecho y las mías alrededor de su cintura. No me mira, sino a sus dedos, que siguen apoyados en mí. Sus labios se separan al respirar y, cuando alza la mirada, me alegra ver que el miedo ha pasado.

—¿Todo bien? —pregunto en un susurro.

Ella cierra la boca y asiente de nuevo.

—Vale, vamos —digo, y pongo mi brazo alrededor de sus hombros una vez más mientras la dirijo hacia el final de la calle. Me alegra comprobar que ya no tiembla como lo hacía unos minutos antes. Sin embargo, no se me escapa que no ha dicho ni una palabra desde que dejamos a Draven atrás.

Según avanzamos, aparecen más coches de policía, así que cambio de dirección y nos movemos hacia el hotel abandonado y, más tarde, al callejón que descubrí ayer. No planeaba desvelar este sitio tan pronto, pero ya he hecho pasar a Nora por demasiado.

Cuando estamos a punto de entrar, ella frena nuestros pasos.

—Tyler, no hay salida —me dice.

Yo sonrío y sigo avanzando de espaldas, para no perderla de vista.

—Un poco más de confianza, jefa.

Después, me apoyo en la verja que queda escondida tras la hiedra y la hago chirriar al abrirla.

Mi acompañante abre la boca sorprendida sin decir nada. En lugar de eso, se acerca a mí y, tras mirarme durante un segundo, y juraría que hasta sonreírme, se cuela en el hueco que da a las escaleras.

Subo detrás de ella, y no sé si la escalinata se le habrá hecho tan pesada como a mí ayer, porque esta vez la subo sin percatarme de la cantidad ingente de escalones que hay. Supongo que la adrenalina todavía bulle por mis venas.

Cuando llego a la terraza, encuentro la silueta de Nora alejándose, con la ciudad de Redmont de fondo. Los gritos que se oían en el interior del casino han quedado silenciados, y solo se escucha alguna sirena de coches de policía que vienen y van.

Me imagino a los paparazzi buscando mi cara entre los asistentes y me alegro de que Nora esté conmigo en este momento. Me acerco hasta ella y veo cómo el rojo y azul de los coches de policía se reflejan en sus ojos mientras observa todo a su alrededor.

Cuando me nota a su lado, me mira, y no sé bien qué siente. Puede que esté tan confundida como yo por nuestra tregua.

Vuelvo a concentrarme en las vistas frente a nosotros, con las calles desiertas apenas iluminadas por las antiguas farolas.

—Aquí estaremos a salvo.

—¿Cómo has encontrado este lugar? —Se gira para estudiar la pequeña terraza, que tiene poco que ofrecer. Hay plantas salvajes que cubren el suelo y un pequeño tablón de madera apoyado en la pared, demasiado estropeado por el paso del tiempo y el clima. Aparte de eso, nada más.

—Tengo mis contactos. —Me encojo de hombros.

Ella se fija en mí, como si me viera por primera vez. Sus ojos están entrecerrados cuando me atrapa con ellos.

—Llevo viviendo en esta ciudad toda mi vida y siempre he creído que ese callejón no tenía salida.

Yo me muevo hasta la pared de nuestra derecha, que forma parte del viejo hotel, y me siento en el suelo.

—Hay un mundo cuando alzas la vista de tu pantalla —le digo, y me arrepiento enseguida. Tengo la costumbre de intentar molestarla, pero no quiero hacerlo en este momento.

Ella hace caso omiso a lo que he dicho. Tiene las mismas ganas que yo de discutir. Se sienta junto a mí y pone sus brazos alrededor de sus rodillas desnudas.

—¿Es tu sitio secreto? —me pregunta. Sigue mirando a nuestro alrededor, aunque lo que de verdad llama la atención son las vistas que tenemos a nuestro lado. Sin embargo, hay algo en este sitio que a ella le encanta.

—Lo era —le confirmo.

Se da cuenta de lo que he querido decir y vuelve a centrarse en mí, regalándome una pequeña sonrisa.

—No te preocupes, tampoco voy a contarlo.

Una ligera risa florece en mi pecho y se queda ahí.

—Bien. De lo contrario, tendría que matarte —le aseguro mientras me apoyo en la pared, buscando una comodidad que intuyo imposible de encontrar.

Nos quedamos en silencio, esperando a que el ruido cese a nuestro alrededor, prometiéndonos la seguridad de no ser vistos.

Aunque, en realidad, no quiero que el ruido cese, sino que se haga más alto.

Quizás así acallaría lo que empiezo a sentir en la boca del estómago y que se dirige sin control a mi cabeza.

Rememoro la noche. Desde que me vestí en casa, dejando a Eddie y Mali preocupados al saber mis planes, hasta que subí las escaleras del hotel abandonado junto a Nora.

Sonrío al recordar que me negué a que Eddie me trajera, pues planeaba una noche en solitario, y he terminado acompañado de la persona que menos esperaba.

Mi cabeza empieza a llenarse de imágenes de Nora durante esta noche.

Visualizo la ropa que ha decidido ponerse, tan escasa que me cuesta no imaginar mis manos colándose debajo de su chaqueta, y, más tarde, cómo me ha mirado hace un momento, sonriendo de verdad.

Luego, vienen las peores imágenes: ella atrapada entre los dedos de Draven, o ella muerta de miedo en la entrada, suplicándome que nos fuéramos.

«Joder. No aprendo».

Noto su mano sobre mi brazo, presionándolo levemente. y no sé si me he agitado demasiado con mis pensamientos.

—Voy a ver a los niños —digo de pronto, compartiendo otro de mis secretos con ella—. Cuando voy al hospital. Suelo hacerlo, pero quiero que sea real, sin cámaras. Por eso lo oculto.

Ella apoya su cabeza en mi brazo.

—¿Qué? —dice, o más bien ronronea, a mi lado.

Mi pecho se mueve levemente cuando me río.

—Nada, duerme. Te aviso cuando se vaya la policía —le prometo.

Ella no contesta nada más y, poco después, oculta su cara entre las arrugas de mi camisa. Enseguida noto el cambio de ritmo en su respiración, relajándose, al tiempo que lo hacen sus dedos sobre mi brazo.

Hago lo imposible para mantenerme quieto y no despertarla. Ni siquiera me muevo cuando todas las sirenas y coches han desaparecido, sumiendo la noche en su habitual silencio.

Me quedo contra la pared, observando las horas pasar en el firmamento sobre nosotros. Desde luego que no era así como había planeado pasar la noche. Cambiaría muchas cosas, pero este momento quiero alargarlo un poco más.

La luz empieza a despuntar en la línea del horizonte y los pájaros no tardan en inundar la mañana con sus sonidos.

Nora se mueve junto a mí.

Estrecha un poco más su agarre alrededor de mi brazo mientras se estira levemente y esconde su cara en mi camisa.

—Mh… Qué bien hueles —dice en un susurro.

Soy incapaz de mantenerme quieto y aguantar la risa ante esa declaración inesperada.

—Buenos días, jefa.

Un instante después, abre los ojos de golpe.