#12 Un poco más de confianza
UN POCO MÁS DE CONFIANZA
En cuanto el ruso hace referencia a Nora, esta da un paso hacia atrás.
—Yo no soy… —Intenta responder, hasta que las palabras se le quedan en la garganta.
—El señor Draven insiste.
Veo a Nora temblar. Si no la hubiera encontrado en la puerta, casi desmayándose de los nervios, no me preocuparía. Pero, dado su estado, prefiero tenerla cerca. El problema es que tenerla cerca es lo que le está provocando este ataque de pánico.
Rodeo su mano con la mía.
—No va a pasar nada —le susurro.
Ella me mira y asiente levemente. Aun así, está tan tensa que parece que se va a romper.
Seguimos al guardaespaldas a través de las mesas hasta unas escaleras doradas. Echo un vistazo y no llego a atisbar lo que hay en ese balcón.
Nora, en cambio, da la impresión de saber lo que nos espera allí. Aprieta mis dedos con fuerza mientras subimos los escalones. Tengo ganas de decirle algo que la tranquilice. Sin embargo, está concentrada en no perder la calma y prefiero darle espacio.
Cuando llegamos arriba, tras dos vueltas de las escaleras, accedemos a un amplio espacio con moqueta verde. La barandilla que lo bordea me recuerda a la del hotel abandonado, si bien este sitio es mucho más luminoso, y los barrotes son más brillantes.
Me muevo hasta la barandilla dorada, llevando a Nora conmigo. Desde ahí podemos ver el salón del casino al completo y a todas las personas que están perdiendo su dinero para llenar los bolsillos del tal señor Draven.
A esta altura, las lámparas de cristal resultan todavía más grandes. Nora se ha fijado en ellas también.
—Señor Kelscot, qué alegría conocerlo. —Escucho una voz detrás de mí. En ese momento, la mano de Nora se tensa antes de soltarme.
Me giro y encuentro ante mí a un señor de unos cincuenta años en buena forma.
Va vestido con un traje oscuro y el pelo tan engominado hacia atrás que dudo que nada pueda despeinarlo.
En parte me recuerda a Riley, salvo por ese aura de confianza y oscuridad que lleva consigo. En Draven parece agresivo.
Me dedica una sonrisa brillante que resultaría hasta amigable. Sin embargo, hay algo en él que no me gusta. Puede que sea el miedo que influye en Nora o los aires de superioridad que desprende. Como si tuviera todo el poder en la palma de su mano.
—Parecía que el momento no iba a llegar —continúa él—, después de cuatro años de dura lucha. Pero aquí está. Y muy bien acompañado. ¿Quién es usted, señorita?
—Es Nora —respondo yo antes de que de su nombre y apellido por inercia.
—Ah, Nora. —Draven se ha dado cuenta de lo que intento y, por eso mismo, quiere dejar claro que sigue teniendo el control—. Nora Ellis, la jefa de comunicación de los Stallions, si no me equivoco.
Ella asiente a mi lado, desviando su mirada hacia el suelo.
—Sí, señor.
—Puedes llamarme Sully, querida —le ofrece él, y enseguida le da la espalda—. Me han dicho que tienes algunos problemas con la prensa, Tyler —decide tutearme sin ni siquiera presentarse. Está claro que aquí todo el mundo lo conoce.
—Nada que ella no pueda solucionar —respondo.
Eso hace sonreír a Draven, y no sé si es buena señal. Se dirige a ella de nuevo, y eso sigue sin gustarme.
—Así que eres tan buena.
Nora no responde. Únicamente aprieta sus labios.
—La verdad es que sí. —Busco su atención otra vez—. Ya me ha salvado de algún lío.
Draven se ríe.
—Una pareja peculiar. El jugador que no deja de meterse en líos, y la jefa de comunicación que no deja de sacarlo de ellos.
—Hay que dar trabajo a la gente. —Me encojo de hombros. Algo de lo que he dicho lo hace feliz. Casi veo sus ojos chispeando.
—Eso es lo que yo siempre digo. De hecho, de trabajo quería hablar contigo. Me alegra que hayas decidido acercarte al casino esta noche, chico.
Me ha puesto el brazo alrededor de la espalda, porque por su estatura no alcanza a hacerlo sobre mis hombros, y me dirige hacia la barandilla. No sé qué mierda piensa contarme, pero empiezo a ver aquello de lo que Nora me advertía, y solo quiero que salgamos de allí.
Me vibra el móvil en el pantalón y ella se centra en el suyo al mismo tiempo. Su gesto de preocupación se intensifica, cosa que creía imposible.
—¿Qué pasa? —le pregunto, ignorando por completo a Draven.
Sé que tenía que haberme callado en el mismo momento en que el dueño del casino se gira hacia ella y Nora esconde el móvil tras su espalda rápidamente.
Tengo una ligera idea de quién ha podido ser, porque me da que hemos recibido el mismo mensaje.
Así que saco el teléfono de mi bolsillo y, con ver la notificación del número oculto, noto mi mandíbula tensándose, así como mis brazos.
Tiraría el móvil al otro lado del reservado si no estuviese preocupado por lo que sea que ha recibido Nora, así que lo abro.
Número oculto:
¿Cómo se tomaría Sully Draven una traición tan temprana?
¿Qué te parece un soplo a la policía?
—¡No me jodas! —suelto antes de poder contenerme.
—¿Ocurre algo? —pregunta Draven con una amabilidad que sé que no quiere dedicarnos ahora mismo.
—¡¿Estás hablando con él?! —Me dirijo a Nora.
Porque entonces tiene sentido que supiera que esta noche estaba aquí.
La idea de que esté recibiendo los mismos mensajes que yo empieza a resultarme más plausible, y el mal humor que me entra con cada uno de los mensajes anónimos se intensifica al pensar que puede estar afectando también a Nora.
Ella, en cambio, no dice nada. Únicamente me mira nerviosa.
—¿Suelen hacer redadas aquí? —pregunto a Draven.
No puedo dejar que piense que la traición es cosa mía, como pretende mi acosador, o de Nora.
Sin embargo, cada palabra que digo es un error, y me percato de ello al verla aterrada moviéndose hacia atrás, y a Draven acercándose hasta su posición a la misma velocidad.
Cuando la tiene acorralada contra la barandilla dorada, alarga el brazo y la sujeta del cuello con fuerza.
Trato de abalanzarme sobre ellos hasta que unos brazos me detienen y, por más bandazos que doy, no consigo dar un paso adelante.
—¿Con quién hablabas, Nora? —pregunta él tranquilo, como si no estuviera asfixiándola con sus enormes dedos.
Los de ella intentan aflojar el agarre alrededor de su cuello, sin conseguirlo.
—¡No ha sido ella! —grito mientras continúo luchando con los tres tíos que me retienen.
Consigo liberar uno de mis brazos y asestarles algún golpe, pero solo sirve para cabrearlos más y que me sostengan con más ganas—.
¡Draven, joder! ¡Ha recibido el mismo mensaje que yo!
—me aventuro a decir, a pesar de que me la estoy jugando demasiado, y está claro que esta noche no es mi noche de suerte—. ¡Suéltala!
Pongo todo mi empeño en separarme, sin mucho acierto, a pesar de los golpes que doy.
Entonces, un tío tan grande como los que me están sosteniendo se acerca a Draven y, cuando empieza a susurrarle al oído, este suelta a Nora. Ella se apoya en la barandilla y empieza a toser.
—¿Paparazzis? ¿Qué intentáis conseguir? —El mafioso se gira hacia mí, que permanezco retenido, y veo que la amabilidad que antes se esforzaba en mostrar ha desaparecido por completo.
No tengo ni idea de qué quiere decir con lo de los paparazzis, así que no respondo.
En esta ocasión, es Nora la que se acerca a él y le enseña su teléfono. Su mano tiembla hasta que Draven se lo arrebata y empieza a leer en su pantalla.
—Creo que intentan montar una trampa para Tyler —dice ella. Ha pillado lo de los paparazzi antes que yo.
De pronto, la sonrisa del mafioso reaparece, como si no hubiera intentado matar a Nora con sus propias manos un momento antes.
Le devuelve el teléfono y hace una seña con la cabeza a los idiotas que siguen sujetándome.
Me sueltan al momento y yo hago círculos con mis brazos, como si intentara recolocarlos en su sitio.
—Yeliv os acompañará —dice Draven. El grandullón que ha venido a susurrarle lo de los paparazzi da un paso junto a él.
—Podemos ir solos, gracias —respondo yo.
Ya he tenido suficiente de esta mierda. Me acerco a Nora y la agarro del brazo para marcharnos, pero el guardaespaldas extiende el suyo cortándonos el paso.
Lo miro a la cara, demasiado angulosa, con unas mandíbulas desproporcionadas.
Veo que lo de la gomina debe ser cosa del negocio, pues lleva el pelo rubio relamido hasta llegar a una coleta baja.
—No se desprecia la amabilidad de Redmont, señor Kelscot —Draven llama mi atención—. Él os enseñará una salida trasera. No queremos mala fama para los Stallions, ¿verdad?
Yeliv aparta la mano y comienza a andar. Yo sujeto a Nora y trato de ignorar el hecho de que sigue temblando. Bajamos las escaleras doradas rápidamente y seguimos al ruso.
Estamos todavía en el centro del salón cuando la música se detiene. Nora se estremece a mi lado sin aminorar el paso y las luces se apagan. Enseguida comienza el caos.
Escucho gritos, vasos que se rompen y golpes.
Echo un rápido vistazo atrás sin dejar de avanzar, y las luces de emergencia me permiten ver a unos cuantos policías que se mueven dando voces desde la entrada, haciendo que todo el mundo comience a correr como locos por el salón.
Algunos intentan arrollarnos. No tienen nada que hacer con Yeliv y conmigo.
A Nora, por el contrario, casi la lanzan al suelo.
La muevo junto a mí y la rodeo con el brazo mientras seguimos caminando a paso veloz detrás del hombre de Draven.
Nos escabullimos por una puerta y llegamos a un pasillo igual de oscuro. El sonido del salón queda amortiguado, aunque sigue escuchándose la locura que se ha desatado hace unos segundos.
Yeliv para en mitad del corredor, y lo veo palpar la pared. Un instante después, una puerta secreta se abre, dando a un espacio aún más negro que el pasillo.
—Al fondo está la salida —nos dice con un claro acento extranjero.