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#11 Hay juego

HAY JUEGO

Guardo el móvil en mi bolsillo y salgo corriendo del casino.

No ha terminado la partida en la mesa, pero me importa una mierda tras el mensaje que acabo de recibir.

Resulta que mi acosador es aficionado a la fotografía, porque lleva tres días seguidos mandándome imágenes.

Aunque esta es la primera vez que me manda una en la que no aparezco yo.

Abro de un golpe la puerta que da a la calle y me topo con la espalda de dos tíos tan enormes como la defensa de los Stallions. El frescor de la noche se lanza contra mí cuando las dos sombras de negro me abren paso al sentirme detrás. Entonces encuentro el recogido que he aprendido a reconocer.

Sabía que estaría allí, porque acabo de ver su foto en mi teléfono.

La jefa de comunicación del equipo está delante de las escaleras de la entrada y no se da cuenta de que me acerco a ella hasta que su espalda choca contra mi pecho.

Gira hacia mí su cabeza, y sus ojos marrones encuentran los míos, incapaces de hallar calma en ellos. Parece aterrada, y me preocupa que sea por la misma persona que me ha hecho correr hasta ella.

—Nora, ¿qué haces aquí? —pregunto, porque no sé qué otra cosa decir. El saludo ha quedado descartado cuando al verme se ha dado la vuelta y se ha sujetado con fuerza a mi camisa.

—Yo... Yo… —No dice nada más. Sigue moviendo su cabeza de lado a lado, como si una amenaza inminente se cerniera sobre ella, y luego vuelve a mirarme con el mismo gesto de pánico. Noto sus manos perdiendo fuerza sobre mi cuerpo y veo sus ojos sin foco.

—Joder, ¿estás bien?

En lugar de responderme, sus piernas fallan, pero soy lo suficientemente rápido y la sostengo en mis brazos antes de que colapse.

Es tan liviana como una pluma mientras la aproximo a mí.

Sigue despierta, porque tiene los ojos abiertos.

Su respiración acelerada, por el contrario, me dice que en realidad está lejos de mí.

—¡¿Está bien?! —Los seguratas se han acercado a nosotros después de ver a Nora desfallecer.

—¡Abridme! —Es todo lo que digo según me acerco hasta la puerta del casino.

Una vez dentro, la música y la oscuridad nos envuelven. Me dirijo al lado contrario del salón, donde hay una recepcionista y un pequeño diván granate.

La tumbo allí y me agacho a su lado para comprobar que no se va del todo. Muevo su cabeza hasta dirigirla hacia mí, y entonces sus ojos se entrecierran para mirarme.

—¿Tyler? —dice con una voz suave.

—Sí, soy yo.

Está claro que ha vuelto en sí cuando intenta levantarse, pero la retengo por los hombros, haciendo que permanezca tumbada un poco más.

Aparece a nuestro lado la chica de recepción con una bandeja de cristal y un vaso de agua sobre ella. Se lo ofrece a Nora, que sigue con la vista fija en mí.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta, y no sé si se refiere a «aquí cogiéndome en brazos y evitando que me desmaye», o «aquí en el único lugar de la ciudad que te han dicho que no deberías visitar».

—Creo que eso te lo podría preguntar yo —digo finalmente, evitando dar una respuesta que seguramente no le guste. Tengo la misma curiosidad que ella por saber el motivo de su visita al casino, aunque me preocupa que sea el mismo que a mí me ha llevado a salir a la entrada.

Noto en mi pecho el calor de la furia cuando nos veo a ambos siendo usados como marionetas por un maldito acosador fotógrafo.

—Yo… —Empieza a hablar, hasta que su voz temblorosa se apaga.

—Para un momento. Te va a dar un ataque de pánico, y no es como había planeado pasar la noche —digo tan borde como la preocupación me deja.

En ese momento, ella se sienta, y lo hace tan rápido que no puedo detenerla. Pestañea varias veces una vez erguida, como si estuviera esperando a que todo dejara de dar vueltas.

—Me hago una idea de tus planes —me dice echando un rápido vistazo a la recepcionista.

No puedo evitar reírme. Incluso sin proponérselo, sabe cómo regañarme.

Entonces, su mirada se desvía detrás de mí y, al girarme, encuentro a Tanya acercándose.

La forma en la que se mueve, balanceando sus caderas al mismo ritmo que su larga melena rubia, me recuerda que era modelo, o actriz.

No me ha quedado claro en la corta conversación que hemos tenido en la barra, y luego me he dejado llevar por los juegos y las luces y no he prestado mucha más atención.

—¿Tyler? —me llama con la misma voz sensual que lleva usando toda la noche, y, aprovechando que estoy agachado frente a Nora, pone una mano sobre mi hombro.

Nora se fija en ella, y percibo lo roja que se pone su cara, a pesar de la poca luz que hay en este lugar.

—Has desaparecido de pronto —continúa Tanya. Después, mueve sutilmente su mano, bajando por mi pecho, y los ojos de Nora la siguen en su recorrido.

La sujeto antes de que siga descendiendo, y la jefa de comunicación aparta la vista.

—Espérame dentro —le pido.

Nora alcanza el vaso de agua que la recepcionista junto a ella aún sostiene y lo bebe de un trago mientras Tanya regresa al salón de juego.

Cuando termina, deja el vaso en la bandeja y se levanta nerviosa. Intenta cerrarse el escote disimuladamente, pero el look que ha escogido para esta noche, que tiene poco que ver con sus camisetas de los Stallions, no le da mucha opción. No sé si está incómoda. Yo la veo impresionante.

—¿Estás mejor? —le pregunto evitando quedarme embobado mirando lo bien que le queda esa chaqueta enorme en su pequeño cuerpo. Mi imaginación amenaza con dispararse.

—No deberías estar aquí. ¿Sabes quién viene a este sitio? —me responde, ignorando mi pregunta. Me alegra ver que vuelve a ser la Nora de siempre. Tras los dos últimos minutos que me ha hecho pasar, su regañina me suena a melodía.

—¿Los mafiosos de la ciudad y la gente más peligrosa de Redmont?

Observo su cara de susto al escucharme decir esas palabras, y me cuesta no echarme a reír.

—Sabes que son todo rumores, ¿no? —digo, aunque no estoy muy seguro de que eso le tranquilice.

—A veces los rumores son ciertos —me susurra mirando de reojo a la recepcionista.

Después de que Nora tragase el vaso de agua de una vez, se fue a su puesto en el mostrador y, con la música de fondo, es imposible que nos escuche.

Aun así, Nora se muestra paranoica. Seguramente se deba al lugar en el que estamos—. Tyler, te han sacado más fotos.

—Lo sé. —Y el mal humor regresa a mi cuerpo. Me pregunto si podré tener un momento de normalidad en esta ciudad sin que ningún acosador me lo joda.

—¿Entonces qué haces aquí? —me pregunta de nuevo. Está claro que todavía no sabe cómo funciono. Si me dices que no haga algo, lo haré. Soy más de psicología negativa.

—Quería conocer el sitio del que todos me advertían —le confieso con un toque de diversión.

Ella sacude su cabeza levemente.

—Una idea maravillosa. Te dicen que no vengas, y vienes.

—¿Verdad? —Es todo lo que respondo, porque sé que es estúpido. Pero no me ha parecido que fuera para tanto, excepto por la decoración.

—Tyler, por favor, vámonos. ¿Sabes las cosas que dirán si salen esas imágenes?

Yo me encojo de hombros.

—Bueno, las imágenes ya las tienen, ¿no? Al menos voy a disfrutar. Si me acusan de divertirme aquí, que sea porque ha ocurrido de verdad.

Echo a andar de espaldas hacia el salón sin perderla de vista, esperando que me siga. Sus pies, en cambio, no se mueven, aunque ella continúa llamándome en gritos susurrados.

—No seas idiota. ¡Tyler!

Yo le hago el saludo militar con mi habitual sonrisa y me despido de ella.

—Demasiado tarde, jefa.

Cruzo la gran cortina de terciopelo que separa la entrada del salón de juego, y las luces del lugar me dan una alegre bienvenida. A pesar de las paredes oscuras, casi parece de día con la iluminación de las inmensas lámparas de cristal que caen del alto techo.

Sopeso si acercarme a la barra del bar o volver a la mesa donde dejé mi apuesta. Ni siquiera recuerdo cuánto dejé apostado ni a qué. En cuanto vi la foto de Nora en mi móvil, salí disparado.

Mi plan inicial era buscar al puto fotógrafo que ahora también le hace fotos a ella, pero cuando la vi al borde de un ataque de pánico, me olvidé por completo.

Quizás debería salir ahora, a ver si encuentro al maldito acosador. De todas formas, tampoco es que me estuviera divirtiendo demasiado en el casino. Es un sitio bonito, la música está bien y las copas son caras. Es lo que esperas de un local lleno de cristal, oro y opulencia.

Tanya ha vuelto a colocarse junto a mí y desliza sus brazos alrededor del mío. Sin embargo, es el movimiento en la entrada lo que llama mi atención.

Tras la cortina, veo a Nora aparecer como un conejo asustado, y luego, su cara de sorpresa al descubrir la belleza de la sala. Sus ojos encuentran los míos y en mi cabeza solo baila un pensamiento: «Hay juego».

El croupier me acerca los dados y me agacho a recogerlos al tiempo que Nora se acerca.

—Así que te apuntas —digo sin mirarla—. Pensaba que esto no te gustaba.

Se mueve a mi lado, inspeccionando rápidamente su alrededor. Después, vuelve a centrarse en mí.

—¿Qué tengo que hacer para que salgas de aquí? —me pregunta.

Yo sonrío ante su desesperación.

—No me lo pongas tan a huevo, jefa.

—Y tú no seas idiota. Hablo en serio. No deberían verte aquí.

—Ya me han visto —le recuerdo, pensando en las fotos de mi móvil. Decido olvidarme de ello y pongo mi mano cerrada delante de su cara—. ¿Soplas?

En lugar de hacerlo, da tal manotazo a mi puño que me hace tirar los dados sobre la mesa. El croupier no tarda en anunciar que acabo de perder diez mil pavos.

—Tenías que haber soplado —le recrimino.

Ella me agarra del brazo, más nerviosa de lo que pretende dejarme ver.

—Tyler, por favor.

Me mira de una forma que no me deja escapatoria.

Supongo que soy un forastero, porque no he visto nada peligroso en este sitio a excepción del precio de las copas.

Sí, he advertido algunas reuniones a las que no pretendo acercarme en los balcones reservados, pero no percibo el peligro que la tiene de los nervios.

—Juega conmigo —le propongo mientras me muevo alrededor del salón, con Tanya todavía siguiéndome. Quizás en otra mesa tenga más suerte.

—¿Qué? —escucho a Nora detrás de mí.

—Es fácil. Si ganas, nos vamos. Si pierdes, nos quedamos y jugamos hasta que ganes.

Es un buen trato, 50-50. Sin embargo, Nora no es de las que se deja engatusar fácilmente.

—¿Y por qué no me haces caso por una vez? —me pide.

Yo me encojo de hombros y hago una mueca con mi boca, mostrándole mi indiferencia.

—Mi idea es más divertida.

Alzo la mano y le ofrezco una ficha negra con un «5.000» grabado en dorado.

—A la primera invito yo.

—¿Cinco mil dólares? ¿En serio? —Parece impactada por el dinero que gasto. O puede que sea por el que gano. En cualquier caso, me sorprende, porque no suele ocurrirme. La gente acepta el dinero sin titubear.

La veo inspirar aire profundamente y, al final, me quita la ficha de la mano. Observa la mesa que tenemos delante, con una ruleta, y la coloca encima del rombo rojo.

—No has dudado en el color —sonrío, poniendo otra ficha igual a la suya en el color negro.

Solo hay un anciano a nuestro lado en esta mesa, y hace distintas apuestas con sus fichas.

Cuando el croupier ve que no hay más estúpidos pensando en dilapidar su dinero, empieza a mover la ruleta.

Nora está concentrada en la bolita de marfil que gira pasando de un color a otro.

—¿Por qué has venido? —le pregunto.

Me mira como si por un segundo hubiera olvidado que estoy ahí, que a quien debe ganar es a mí.

—Intento evitar otro día como el de hoy. Con un titular tuyo tengo bastante por un tiempo.

No puedo reprochárselo. Yo he tenido un día de entrenamiento normal, pero sé que Riley y ella han tenido trabajo extra por el asunto del hospital.

Según me da su respuesta, vuelve a fijarse en la pequeña bola.

El anciano a nuestro lado continúa moviendo fichas de un sitio a otro hasta que el croupier dice «No va más». La bola pierde velocidad, y estamos a punto de descubrir si la noche se alarga, o si aquí acaba el juego.

—Señor Kelscot —me llama alguien a mis espaldas. Estoy seguro de que no conozco a este tío, alto, grande, y con una pinta de guardaespaldas ruso que echa para atrás. Pero que la gente conozca mi nombre no es nuevo para mí—. El señor Draven quiere verlos a usted y a su acompañante.

—Aquí lo espero. —Lo despacho rápido con intención de descubrir qué suerte tendré esta noche. Nora, en cambio, ha perdido el entusiasmo por la ruleta.

—¡Tyler! —me reprocha enseguida. Más tarde, se dirige al guardaespaldas—. Ahora va. Danos un momento, por favor.

—¿Qué pasa? —la miro confuso. No recuerdo haber oído hablar de ese tío que ha conseguido que Nora recupere su cara de pánico.

—Draven es el dueño del Midnight Casino.

—¿Y qué? Si quiere verme, que venga él. Yo estoy haciéndolo un poco más rico. —Echo un vistazo a la ruleta, que continúa girando.

—Por favor —me sisea ella—. Ve y habla con él. Cáele bien.

—Joder, ni que fuera el capo de la mafia.

Casi no he podido terminar mi frase cuando Nora se abalanza para taparme la boca.

—¿Quieres callarte? —me insiste. Y me gustaría decirle que sí, pero para eso tendría que apartar sus manos. Así que me quedo observándola un momento más mientras ella escudriña nuestro alrededor.

Después, las cubro y las hago descender lentamente. Están calientes. Tanto, que pienso que podría tener fiebre. Me devuelve la mirada según bajo nuestras manos y dejo caer la suya sobre mi pecho, moviendo mis dedos hasta su muñeca.

—¿Te da miedo? —le pregunto, aunque no necesito su respuesta.

—Si solo fueran rumores, estos dirían que no hay nadie más peligroso que él en Redmont. Tiene tanta influencia como te puedas imaginar. En todos los ámbitos. Todo el mundo lo sabe. Y también que escasea de paciencia.

—Señor Kelscot —la voz grave del guardaespaldas me saca de mi burbuja.

—Sí, ya vamos —accedo, y hago un gesto con la cabeza a Tanya, que se ha mantenido a poca distancia de mí todo este tiempo, para que se acerque—. Venga —le digo al fortachón que tengo delante.

Antes de que pueda dar un paso, él me frena extendiendo el brazo delante de mí.

—Esa acompañante no. Su otra acompañante —me dice, haciendo un gesto hacia Nora.