Solo una fan #10 ¿Por qué quieres ir allí?
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#10 ¿Por qué quieres ir allí?

¿POR QUÉ QUIERES IR ALLÍ?

—¡Menudo día! —Ronald se levanta de su asiento y estira los brazos.

Suele pasar sus jornadas en el armario con toda la ropa que escoge para las sesiones de fotos y campañas que preparamos.

Pero, después de lo ocurrido con Tyler y su visita al hospital, hoy no hemos podido grabar nada especial, así que ha estado organizando futuras sesiones, pidiendo ropa a showrooms y creando tablones de inspiración para presentarme.

—Como todos los días con Kelscot sean así, yo no llego al inicio de temporada —se queja Chris desde su escritorio.

—Pensaba que os encantaba la nueva estrella del equipo —me jacto, porque por fin puedo meter un poco de cizaña con él. Sé que en esta ocasión no ha tenido culpa, salvo por el hecho de ir a un hospital sin decir nada al equipo ni a mí, a pesar de haberme prometido que me tendría al día de su agenda.

De momento me he librado del interrogatorio de Matthew y de la incidencia por no haberme anticipado a la noticia, aunque no guardo demasiada esperanza. Sé que me llegará en algún momento, pues ha sido una cagada por mi parte. Voy a tener que estar mucho más atenta al nuevo tight end .

Resoplo al pensarlo mientras escondo mi cara tras mis manos. Mis compañeros están ya recogiendo sus mesas cuando mi móvil vibra sobre la mía.

Al echar un vistazo a través de mis dedos, mi respiración se entrecorta. La notificación es de un número oculto, y debajo de él, aparece la palabra «Imagen».

—¿Nora? —escucho a Ronald a lo lejos. Creo que han estado hablando, pero apenas he percibido el eco de sus voces, como si una pantalla de agua nos separara.

Miro al estilista, aunque mi cabeza sigue puesta en el mensaje que acabo de recibir. ¿Por qué me llega otro? Pensaba que el acosador era de Tyler, no mío.

—Eh, ¿qué te pasa? —pregunta Chris. Ha dejado las cosas sobre su mesa y se acerca a la mía—. Parece que has visto un fantasma. ¿Estás bien?

Antes de que pueda llegar a ver mi móvil con el aviso en la pantalla, lo alcanzo velozmente.

Sin embargo, no soy capaz de hacer clic en la notificación. Noto mis brazos temblando, a pesar de que permanecen quietos, congelados. Al igual que mis dedos sobre la pantalla.

La notificación se apaga, y veo mi reflejo en el cristal del móvil.

—¿Nora? —vuelve a llamarme mi amigo.

Sin decir nada, finalmente, enciendo el móvil y abro el mensaje. Siento que me muevo a cámara lenta; soy incapaz de hacerlo más rápido.

Una nueva imagen se abre ante mis ojos.

Tyler. Otra vez él. No esperaba ver a otra persona, pero eso no hace que mi corazón deje de latir como loco. Alguien continúa siguiéndolo.

Miro cada detalle de la foto. No hay duda de dónde está.

El cartel luminoso del Midnight Casino brilla sobre él.

Va vestido más elegante que al hospital, con unos chinos negros y una camisa del mismo color.

Si no supiera que me la manda su acosador, incluso me alegraría de recibirla.

Está más guapo de lo que se consideraría real.

El móvil vibra en mi mano, haciendo que dé un bote en mi asiento.

Número oculto:

¿Todavía sigues queriéndolo en tu equipo? Solo trae problemas.

Las recomendaciones de Norman comienzan a reproducirse en mi cabeza. Debería bloquear el número. Borrar todo. Hacer como si no existiera.

Mis dedos, en cambio, se mueven por el teclado sin apenas pensar en lo que estoy haciendo.

Yo:

Por favor, no lo mandes a los medios.

Tardo un momento en darle a enviar. Sé que me estoy equivocando y que el equipo de seguridad me echaría la bronca si viera lo que acabo de hacer. Pero si lo que quiere el acosador es atención, quizás pueda evitar la catástrofe por un tiempo.

El móvil vuelve a vibrar.

Número oculto:

Entonces descubre lo que esconde.

Yo:

¿Quién eres?

Aunque sé que no va a darme su nombre, quizá pueda darme alguna pista que seguir. He estado presente en demasiadas entrevistas y he conocido toda clase de trucos para obtener respuestas que el entrevistado no quiere dar. Además, no tengo nada que perder.

La respuesta tarda algo más en llegar. Mientras la espero, alzo la vista y encuentro a Ronald y Chris frente a mi mesa, intercambiando miradas entre ellos y, después, conmigo, con un gesto claramente preocupado.

Sin embargo, no soy capaz de sonreír para tranquilizarlos.

Estoy demasiado alterada como para fingir.

Número oculto:

Alguien que quiere mostrarte al verdadero Tyler.

Eso no me dice nada.

Número oculto:

Si no estás allí en 30 min, se lo mando a tu amigo Patrick.

—¡Mierda!

Suelto el móvil de golpe, sopesando mis opciones.

Que vean a Tyler en el Midnight Casino no es nada bueno.

Aparece solo en la imagen, si bien no puedo asegurar que sea la única foto que tenga el maldito número oculto.

Tampoco es que piense perder tiempo preguntándoselo.

Nada iba a cambiar el hecho de que está a punto de mandársela a los medios, con el consiguiente extra de trabajo que me va a suponer.

Por no hablar de la mala prensa que traería a Tyler o a los Stallions.

—Nora, ¿qué pasa? Llevas un rato asustándonos —dice Chris.

—¿Creéis que me dejarían pasar al Midnight Casino así? —Mi moño deshecho puedo arreglarlo. Los vaqueros y la camiseta con el logo del equipo tienen menos solución.

—¿Por qué quieres ir allí? —pregunta. Debo de estar pareciéndoles una lunática, pero no puedo detenerme a explicarles todo en este momento.

—Chicos, tengo que estar allí en media hora —digo, con los nervios aplastándome la garganta.

Entonces Ronald agarra mi mano.

—Ven conmigo.

Sin hacer más preguntas, me arrastra fuera del departamento.

Sé a dónde vamos, porque el estilista que tira de mí ha soñado con hacerme un cambio de imagen desde que me conoce. Un cambio de imagen al que siempre me he opuesto. No me veo capaz de arreglarme más para el trabajo, y que la gente pueda pensar que me creo algo que no soy.

Sin embargo, hoy tengo que dejarme llevar. Nunca he ido al Midnight Casino, pero conozco su fama y sé que jamás encontraría nada que ponerme para ese lugar dentro de mi armario. Además del poco tiempo que me queda. Por eso sigo los pasos de mi amigo a través de los pasillos desiertos.

Al menos, la locura que estoy a punto de hacer no va a tener demasiados espectadores.

—Ronald, tengo tres minutos, te lo juro. Necesito irme ya —lo apremio, sabiendo que es un reto aún más difícil. Él, por el contrario, se gira para mostrarme su brillante sonrisa, y luego aprieta el paso.

En cuanto llegamos a La Habitación, como él siempre la llama, me suelta la mano y desaparece tras las perchas que rodean la estancia. Hay ropa de todos los colores, pero él se ha tirado de cabeza al negro.

—Vete desvistiendo, Nora-Bora. No puedo hacer todo yo solo. —Su voz suena perdida entre los percheros.

Suspiro por un momento y empiezo a quitarme la ropa detrás de otro perchero. Parece que tiene todo cronometrado, pues en cuanto mis pantalones tocan el suelo, vuelve con una blazer negra en su antebrazo. Es fácil ver en su cara lo mucho que está disfrutando.

—¿Esto no es de los jugadores? —pregunto confusa al tomar la prenda.

—Sí.

—¿Y no tienes nada de las animadoras? Me va a estar enorme —digo, descubriendo que a nuestro alrededor únicamente hay ropa de hombre. Sigo sin entender la idea de Ronald, y él no se muestra dispuesto a explicarse.

—¿No decías que tenías prisa? —me apura cruzando los brazos al ver que todavía no me he movido.

—Me falta la camisa. Y los pantalones.

—No. Va así.

—¿Así cómo? —pregunto, encontrando en la sonrisa de mi amigo la respuesta—. ¿Sin nada debajo? ¡Ronald, se me va a ver todo!

—Esa es la idea —dice satisfecho.

—¡No pienso salir solo con esto!

—Siempre puedes ponerte tus vaqueros desgastados y tu camiseta roñosa de los Stallions. Seguro que te dejan entrar al casino con ella.

Abro la boca indignada por sus palabras.

—¡No te metas con mi camiseta! —salto al instante, si bien reconozco que tiene razón; no me van a dejar pasar con ella.

Me quedo mirando la chaqueta entre mis manos, sabiendo que no tengo tiempo ni opciones si quiero sacar a Tyler de un nuevo lío y, por ende, a mí también—.

Vale —accedo finalmente, confiando en mi amigo y poniéndome la enorme chaqueta.

Al fin y al cabo, él es el experto en moda—. No sé ni por qué te hago caso.

—Porque quieres ir guapa.

Paso mis brazos por las mangas, demasiado largas, y cierro los tres botones de la chaqueta. Parece que llevo un saco de patatas negro que cubre lo justo y suficiente para no mostrar mi ropa interior. Al menos, si no me agacho.

Ronald empieza a colocar la prenda sobre mis hombros, como si pudiera hacer que quedara mejor.

—Para una vez que me dejas, tengo que aprovechar.

—Así no vas a repetir —lo advierto cuando pasa de una manga a la otra, doblándolas varias veces. En realidad, no planeo dejar que me vista nunca más.

Me lleva hasta el espejo para que me mire, y yo solo veo mis piernas.

Ronald surge detrás de mí, colocándome un cinturón y haciendo que mi figura vuelva a intuirse bajo aquella prenda enorme.

Me gusta lo que veo en el espejo, aunque me cuesta reconocerme. Hay una versión de mí mucho más sexy y sugerente que jamás me atrevería a mostrar.

Intento relajarme pensando que solo necesito ir disfrazada así el tiempo necesario para cruzar las puertas del casino y sacar a Tyler de allí. No pienso dejar que ponga en peligro mi trabajo de nuevo.

Me agacho a ponerme mis zapatillas, esperando que Ronald me regañe, pero no lo hace.

—Nadie va a mirar más allá de tus piernas —me asegura. Es lo último que necesitaba oír en este momento.

Cuando me da el visto bueno, me dirijo corriendo hacia el aparcamiento.

Me paso todo el viaje mirando el móvil de reojo, comprobando que la pantalla no se ilumina con una nueva notificación. El reloj va rápido, pero no tanto como yo conduciendo.

Atravieso la ciudad en pocos minutos y encuentro el coche de Tyler a unos metros de la entrada del local. Ha estado bloqueando el mío durante demasiados días en el Complejo de los Stallions como para no reconocerlo al momento.

Esta vez soy yo quien aparca delante del suyo.

Salgo del vehículo y miro a mi alrededor. No veo a nadie, así que cruzo la calle para entrar en el Midnight Casino.

El único ruido que percibo proviene de su edificio, al igual que la iluminación. Luces rojas y blancas anuncian, sin equivocación, el lugar al que debo dirigirme, además del letrero en luces de neón con el nombre del local.

Bajo él, hay dos hombres vigilando la entrada, más o menos del tamaño de los jugadores del equipo.

Van vestidos de negro y hablan tranquilamente entre sí.

Me pongo nerviosa al acercarme, como si fueran a echarme de allí.

Me siento un poco farsante con mi ropa prestada, pensando que, si me descubren, me prohibirán la entrada.

Pero, al aproximarme a ellos, el que no está hablando me mira y me sonríe, apartándose para dejarme pasar.

Trato de imitar su sonrisa a pesar de cómo mi pulso se acelera. Sé que no hay motivo para ello, excepto que estoy a punto de entrar en uno de los sitios más peligrosos de la ciudad.

Entonces, noto la vibración de mi móvil en el bolsillo de la chaqueta. Me detengo al momento y lo saco.

Mis músculos se tensan al ver el número oculto otra vez en mi pantalla. La palabra «Imagen» aparece en la notificación.

Me decido a abrirlo, y el corazón me da un fuerte golpe en el pecho cuando veo mi foto en la pantalla.

El mensaje llega un segundo más tarde.

Número oculto:

Estás muy guapa.

Me giro rápidamente buscando a quien me haya hecho la foto y siento unas ganas repentinas de vomitar mientras me tambaleo sobre mis pies.

Miro de nuevo la instantánea, tratando de descifrar el ángulo desde donde se ha tomado, y después busco al acosador entrecerrando los ojos en la oscuridad de la noche.

Las farolas apenas alumbran la calle, así que no puedo ver nada.

Echo unos pasos atrás, asustada, sintiendo cómo crece el peso en la boca de mi estómago, dejando mis piernas sin fuerza para sostenerme.

Entonces choco contra alguien. Seguramente uno de los seguratas.

Solo que, cuando sus manos aprietan mis brazos, su olor me resulta familiar.

Al girarme, encuentro a Tyler. Veo su cara enfadada durante un segundo.

Luego, me parece que cambia, pero hay tantas luces en mi visión que no estoy segura ni de que sea él.

Únicamente su voz me lo confirma. Es él quien me sujeta, salvándome una vez más de un buen golpe contra el suelo.

—¿Qué haces aquí?