Solo una fan #8 ¿Has ido al hospital? #2
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#8 ¿Has ido al hospital? #2

Ella se queda observándome, y no tarda en darse cuenta de que no pienso moverme. O monta el número, algo que sé que no quiere hacer, o accede. En cualquier caso, gano yo.

Al final, se da por vencida y resopla. Se acerca al médico y se levanta la camiseta por el lateral sin ninguna paciencia.

—¡No me jodas! —Lo que veo hace que me aleje de la puerta.

—Es un moratón, ¿vale? No es nada —intenta calmar mi reacción. Yo, en cambio, no me relajo en absoluto. Es el moratón más grande que he visto en mi vida. Y sobre su pequeño cuerpo, parece aún mayor.

—¿Has ido al hospital? —pregunta Nate al tiempo que lo inspecciona entrecerrando los ojos junto a ella.

—Sí, y me dijeron eso.

—¿Te estás echando algo? —El médico se levanta de su silla, en mi opinión demasiado pronto, y se recoloca las gafas en el puente de la nariz. Luego se dirige hacia su mesa y empieza a teclear en el ordenador.

—Sí, Nate. No te preocupes, de verdad —intenta convencerlo.

—Eso no es de hoy —susurro a sus espaldas. Me he acercado hasta ella, y de pronto mi mal humor ha resurgido, aplastándome el pecho, buscando salir de alguna forma.

—No, no lo es —responde ella, después de darse la vuelta.

—¿Es del otro día? —le pregunto, aunque no necesito escuchar la respuesta.

—No tengo que darte explicaciones. Ni siquiera tendría que estar aquí. ¿Piensas seguir amenazándome con algo más? —sisea entre sus dientes.

—No.

—Vale, pues ya me ha visto, así que me voy—dice dirigiéndose a la puerta—. Nate, ya me marcho. Gracias por todo. —Vuelve a dedicarle su tono más amable antes de fulminarme con la mirada.

Joder, ni cuando intento hacer las cosas bien me da tregua.

Me quedo como un estúpido viendo su imagen desaparecer detrás de la puerta hasta que Nate me despierta ofreciéndome un tubo de pomada.

—Toma, dale esto. No es barato, y aquí tenemos de sobra.

—Apúntamelo a mí —le pido.

—Ya lo he hecho. ¿Cómo vas tú? —me pregunta entonces—. ¿Alguna molestia?

—No, todo bien. Gracias, tío –le digo estrellando mi puño con el suyo para después largarme de allí.

—¿Qué tal se ha dado hoy?

El Doctor Lance me ve desde el otro lado del pasillo y, a pesar del bullicio que hay siempre en el Hospital Saint Jude, consigue llamar mi atención. Llevaba tiempo queriendo acercarme por aquí, y decidí hacerlo esta misma tarde tras la visita al médico de los Stallions con Nora.

Me quedo esperándolo hasta que me alcanza, y cuando lo hace, me empuja hacia la zona de las máquinas expendedoras en una sala contigua a donde me encontraba.

—Genial tío, como siempre. Me cuidáis muy bien aquí —le digo, y lo pienso de verdad. Cada vez que me he pasado por el hospital en las últimas semanas me han tratado de la mejor forma, aunque no es fácil ocultar mis visitas.

—Todo por la estrella del equipo —me dice mientras echa un vistazo a las opciones de comida que tiene enfrente. Al final, desiste y se dirige a la máquina de café.

—Algo bueno debe tener toda esta fama, ¿no?

Me mira, como si no se creyera lo que estoy diciendo.

—Algo bueno… —Vuelve a concentrarse en la máquina, introduciendo el código para conseguir uno de sus asquerosos brebajes—. Dime si necesitas cualquier cosa —me ofrece entonces.

Yo le doy un golpe amistoso en el hombro.

—Uno de esos cafés, te aseguro que no.

Lance se ríe junto a mí sacudiendo la cabeza. Los dos sabemos que la única razón por la que se toma esa guarrería es para poder seguir el ritmo que lleva en su trabajo.

Después de una pequeña charla insustancial, me despido de él. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer en el hospital y prefiero que no me vean por aquí.

Al salir por la puerta, me giro la gorra que llevo puesta, de forma que la visera me oculte el rostro tanto como sea posible, y me acerco hasta mi coche, que no pasa desapercibido.

Piso el acelerador sin ningún rumbo fijo, solo por sentir cómo se mueve bajo mis pies; el pequeño ronroneo que hace, casi imperceptible. Ni siquiera enciendo la radio, para poder escucharlo.

Cuando edificios de ladrillo rojo se elevan a ambos lados de la estrecha carretera, sé que me estoy adentrando en el centro de la ciudad.

Vuelvo a constatar la mala elección de coche cuando varios transeúntes se paran a mirarlo, e incluso a hacerle fotos. Yo pillo mi gorra, que había dejado en el asiento de copiloto, y me la ciño hasta las cejas.

Después de varios semáforos, decido aparcar en el primer sitio que encuentro.

Todavía no he tenido tiempo de perderme por Redmont, y hoy no me apetece una de las fiestas de Louis.

Así que camino sin una dirección en concreto.

No sé hasta qué punto voy a poder pasar desapercibido, con toda la publicidad que ha hecho la ciudad de mi llegada.

De hecho, me cruzo con algún cartel con mi cara.

Me bajo un poco más la gorra. Nunca me acostumbraré a ver fotos mías por cualquier sitio.

Y Nora se agobia por una pequeña foto que nadie ha visto.

Sigo caminando sin un destino en mente. Siempre he pensado que la mejor forma de conocer una ciudad es perdiéndote por sus calles. Especialmente cuando mi sexto sentido me ayuda a huir de los espacios más concurridos y a descubrir diamantes en bruto que nadie más aprecia.

No necesito visitar la Catedral de Saint Catherine o el Museo del Ejército. Esos espacios los puedo encontrar con todo lujo de detalles en internet y, aun así, no me mostrarían cómo es la ciudad. Me gusta más mi método. Es más tranquilo.

La ciudad de Redmont se va descubriendo a mi paso al mismo tiempo que la luz del cielo se apaga. Los comercios cierran sus puertas y las farolas se iluminan a mi paso.

Pasadas varias calles poco transitadas, llego a una plaza con algo más de vida. Aun así, no se ve demasiado concurrida. Hay bares con mesas alrededor de la plaza, si bien lo que me llama la atención son los puestos en el centro. Todos venden libros, y todos parecen usados.

—¿Le interesa conocer Redmont? —me dice uno de los tenderos con pelo canoso. Está sentado detrás de una gran tabla de madera sobre dos caballetes, con más de cincuenta libros expuestos sobre ella. Por lo que veo, la mayoría se centran en la historia de la ciudad.

—Sí, pero no soy muy de libros —le confieso.

—No puedo reprochárselo —se ríe, enseñándome sus viejos dientes amarillentos. —Aunque tienen bastante éxito entre los turistas.

—Bueno, me temo que ya no soy un turista aquí —le digo.

Antes de marcharme, mis ojos encuentran un libro que sí llama mi atención.

Lo alcanzo al ver el logo de los Stallions sobre él.

Historia y secretos de los Stallions de Redmont: Un legado de victoria y traición .

Lo ojeo rápidamente. En la portada están Boby Callahan, una leyenda del equipo del que mi abuelo nunca dejaba de hablar, y Hal McGregor, el fundador del equipo.

—¿Cuánto quieres por este?

Estoy seguro de que podría encontrar toda la información que quisiera en internet, pero el pobre señor no habrá hecho muchas ventas, y tampoco me importa dejarme unos billetes para hacerlo feliz.

—Treinta dólares —me dice tranquilo, y no puedo evitar reírme. El libro que tengo en las manos no costaría eso ni aunque estuviera nuevo. Además, las tapas están a punto de irse a la mierda.

—Un poco caro para un libro hecho polvo, ¿no?

—No es el precio lo que importa, sino su valor. Y creo que para usted puede valer esa cantidad.

Sonrío. Menudo cabrón para los negocios.

—Le doy cuarenta dólares si me dice un lugar especial de Redmont que no salga en ninguno de sus libros.

Se queda pensando durante un momento, y luego me devuelve la sonrisa.

—Cincuenta.

Vuelvo a reírme. Lo de sajarme se le da bien.

Finalmente acepto el precio y me saco un billete del bolsillo del pantalón—. Me sales muy caro… —dejo la frase inacabada, esperando que me diga su nombre.

—Marlo. —Alarga la mano para cobrar.

—Tyler.

No tarda en decirme hacia dónde debo dirigirme.

El sitio no está lejos. Nada más salir de la plaza, lo veo al otro lado de la calle. Un antiguo hotel construido en piedra gris. Según el librero, lleva más tiempo cerrado del que estuvo abierto. Me acerco hasta él con mi compra bajo el brazo.

La zona está silenciosa. El ruido que se oye proviene de las calles contiguas, haciendo gala de la vida nocturna de Redmont, tan famosa a lo largo del país.

Llego hasta el hotel y encuentro el callejón oscuro del que me habló el librero.

Echo un vistazo atrás, temiendo que pueda ser una trampa para robarme. Viniendo de ese cabrón, hasta me lo esperaría. De todas formas, tampoco iban a poder llevarse mucho. No suelo salir con pasta en los bolsillos.

Pero al girarme, la calle sigue igual de vacía y silenciosa como cuando la recorrí.

Me adentro en el callejón. Solo hay una pequeña farola que alumbra el espacio, tan alta que apenas llega la luz al suelo, y desde luego no alcanza a verse el final del pasaje. Sigo caminando con cautela hasta dar con su fin.

Frente a mí se alza una pared cubierta de maleza. Alargo la mano, como me dijo Marlo, y mis dedos detectan los barrotes de hierro bajo las hojas y ramas.

Tiro de ella y el metal chirría dándome la bienvenida.

La sonrisa en mi cara se curva mientras cruzo aquella puerta y me encuentro con unos escalones.

Cierro la verja y subo la escalinata estrecha que se eleva frente a mí.

Al llegar a lo alto, tras demasiados peldaños, y ver la imagen ante mis ojos, un pensamiento me cruza la mente: «El viejo debería haberme cobrado mucho más».

Me acerco hasta el final del espacio, donde una valla delimita la pequeña terraza en la que estoy, y descubro ante mí la ciudad de Redmont.

Parece un lugar mágico, con todas las farolas encendidas, las luces de los edificios, el bullicio de la gente.

Incluso escucho la música del Midnight Casino desde donde estoy.

Riley me ha recomendado que evite pisar ese lugar, así que, sin duda, me pasaré alguna noche. Pero de momento prefiero disfrutar de las vistas.

Asomándome por la barandilla, compruebo que estoy sobre el antiguo hotel abandonado.

Entonces me siento en el suelo, apoyando mis brazos sobre mis rodillas, y me dejo perder en los ruidos de la ciudad. En sus luces naranjas, sus edificios históricos y la soledad reconfortante.

Al menos, lo hago hasta que me vibra el móvil en el pantalón y recibo un mensaje anónimo.

Pienso en guardar el teléfono, sabiendo que sería inútil. Ese cabrón ya ha conseguido joderme el momento, como lleva haciendo meses. Así que abro el mensaje con rabia y encuentro una foto.

Número oculto:

¿Tienes algo que ocultar?

Supongo que es una pregunta retórica, pues la imagen es de hoy, cuando salía del hospital tratando de no ser visto, de esconder lo que he estado haciendo allí.