Solo una fan #6 Lo he pensado
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#6 Lo he pensado

LO HE PENSADO

Hace ya dos días que ocurrió el accidente con Nora, y todavía no la he visto.

He podido saber algo de ella gracias al equipo médico.

Le hicieron una pequeña revisión cuando llegaron al edificio.

Se estuvo negando a hacerse más pruebas, pero al final la convencieron para que fuera al hospital a comprobar que no tuviera ninguna conmoción.

No he dejado de recordar cómo sucedió todo. Estoy seguro de que protegí su cuello y su cuerpo en la caída, aunque eso no significa que no saliera malherida. Aun así, su desaparición repentina no ha dado tregua a mi preocupación.

No sé si se ha tomado unos días o si simplemente ha estado evitando los entrenamientos.

Al menos, esta mañana, cuando he llegado al Complejo Stallions, he visto su coche en su aparcamiento.

—Vamos cabrón, llevas dos días empanado. —Jonah, el tackle defensivo, me presiona para que siga moviéndome bajo el peso de la máquina—. ¿Otra noche con la rubia esa?

Me quedo mirándolo con el ceño fruncido. Luego, en lugar de contestarle, decido ignorarlo y empujo con más fuerza la pesa que tengo sobre los hombros. El pecho me arde, al igual que las piernas, los brazos, y en general todo el cuerpo. Pero rara vez eso me detiene.

Al ver que no contesto, se ríe a mi lado.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te guardas la intimidad? Vi el vídeo de la otra noche, como medio país —me informa.

Dejo de moverme y lo miro.

—Me alegro de que lo disfrutaras. Aunque deberías ponerte hielo en la mano, no quiero que me echen la culpa de jodértela. —Bajo la mía cerrada en un puño a la altura de la cadera y la muevo arriba y abajo con velocidad.

Él se ríe a mi lado, exasperándome. Yo, continúo empujando las pesas, cada vez más molesto.

—Venga tío, que estoy de coña. Bastante te controlaste con ese pibón. Yo la habría liado mucho antes.

Hago amago de reírme, pero lo que menos me apetece es hablar de aquella noche.

Pongo cinco kilos más a la pesa y sigo trabajando, soltando un gruñido del esfuerzo.

—¡Tyler! Chico, te vas a hacer daño —me grita McCain, el entrenador físico, desde el centro de la sala.

No le contesto, y me mantengo concentrado en el dolor de mis músculos. En cómo tiran de mi piel cuando elevo el peso. En cómo el fuego recorre mi cuerpo mientras empujo.

Jonah sigue a mi lado, hablándome de gilipolleces. Lo único que he captado es que quiere que lo invite a mi próxima fiesta, y yo le he dicho que sin problema. Con tal de que me deje en paz, le prometería cualquier cosa.

No sé cuántas repeticiones llevo. Apenas puedo respirar. Mi último gruñido acaba transformado en un grito y salgo de ahí antes de que el peso me aplaste.

—Joder Tyler, ¿qué coño haces? —me pregunta McCain cabreado.

Yo aún estoy resoplando, incapaz de erguirme, y me tiro sobre la colchoneta roja.

El entrenador se acerca a mí con cara de pocos amigos. Preveo la bronca que va a echarme, pero, por suerte, unos silbidos llaman su atención. La mía también, aunque estoy tan agotado que no puedo ni moverme.

Un momento después, el motivo del revuelo aparece frente a mí.

Comparte el gesto con McCain, pero no hay duda de que es mucho más guapa.

La camiseta que ha escogido hoy parece clásica, o puede que simplemente se haya pasado de lavadas, porque tiene el logo de los Stallions medio borrado sobre la tela roja.

Le está tan grande como todas las camisetas que se pone cada día.

—¿Un deportivo negro es tuyo? —Recita molesta la matrícula que tiene apuntada en su carpeta. No tengo duda de a qué se debe su cabreo, porque lo he provocado deliberadamente esta mañana.

Aun así, me hago el loco y le dedico una de mis sonrisas ineficaces con ella.

—Un Jesko Absolut. Bonito, ¿eh?

—Has aparcado delante del mío y no puedo sacarlo —me dice.

—No recuerdo haber aparcado delante de ningún coche.

—Un Ford rojo.

—¿El del desguace?

—¿Qué?

—Pensaba que estaba abandonado, para desguazar. ¿Conduces eso?

—Sí, conduzco eso. Y que no valga millones no significa que esté para desguazar. Funciona perfectamente.

Resulta más fácil molestarla de lo que pensaba. O cada vez tiene menos paciencia conmigo.

Me levanto de la colchoneta y me acerco a ella. No necesito hacerlo demasiado para que quede patente nuestra diferencia de altura.

—No me contestaste —le digo serio, ignorando el tema de los coches.

Debe notar el cambio en mi voz, porque casi escucho cómo traga saliva.

—¿A qué? —murmura.

—A si estabas bien —le recuerdo la pregunta que le hice cuando estábamos los dos en el suelo.

Su cara vuelve a reflejar el color de los Stallions, y sé que está recordando tan bien como yo lo que pasó hace dos días.

— Ya, sí… —titubea—. Fue por el susto… Pero… Sí, estoy bien.

Da un paso hacia atrás, chocando contra la máquina de poleas a su espalda. Yo me aproximo más a ella, y me apoyo sobre la estructura, colocando mi brazo por encima de su cabeza, dejándola entre mi cuerpo y las pesas que tengo que levantar.

—Me alegro.

—Ya, yo… Bueno, gracias —dice.

Me quedo por un momento observándola, y cuando abre su boca para respirar, soy incapaz controlar mi mirada, que desciende hasta sus labios.

—Vaya —me obligo a hablar de nuevo, porque lo que estoy pensando no tiene ni pies ni cabeza.

Sus pestañas se mueven dos y tres veces mientras se centra.

—¿Qué?

—Eso sí debe haberte dolido —continúo divertido, especialmente cuando se muestra todavía confundida—. ¿Qué se siente al dar las gracias a un idiota? ¿A deberle la vida?

Tiro de la polea sobre la que me había apoyado y, en cuanto se aparta, empiezo con mis repeticiones. No la miro, pero sé que no va a quedarse sin responder.

—¿Deberle la vida? Se te está subiendo un poco a la cabeza, ¿no? —me dice, provocándome una carcajada—. Además, creo que lo único que evitaste fue que me llevase un placaje de Blaze, llevándome uno tuyo a cambio. Así que gracias por casi partirme dos costillas.

Suelto al instante la barra de la que estoy tirando y las pesas hacen un estruendo al caer de golpe. Nora da un salto por el susto, pero permanece callada, al igual que media sala.

—¿Qué? —pregunto. Nadie me ha dicho nada de contusiones—. ¿Tienes fisura? ¿O…? —dejo la frase sin acabar, y mis ojos recorren su cuerpo con velocidad.

De haber ocurrido algo así, me lo habrían dicho, ¿no? Aunque solo fuera por echármelo en cara. ¿No lo habría hecho?

Cuando comprende lo que me estoy preguntando, comienza a mover sus manos frente a ella.

—Ah, no, era una broma —me dice antes de que mi mente siga divagando con los peores escenarios.

—¿Te lo miraron en el hospital? —le pregunto.

—Tyler, estoy bien.

Me quedo mirándola, porque no sé si dice la verdad. Supongo que, si realmente la hubiera lesionado, el equipo entero se me habría echado encima. Aquí todos la adoran.

Con ese pensamiento en mente, vuelvo a la máquina y sigo tirando de las poleas bajo su mirada.

—Y bueno, ¿a qué has venido entonces? ¿Echabas de menos mis pectorales? Los sobaste bien cuando estabas en el suelo.

La miro de reojo mientras sigo trabajando. He vuelto a conseguir que se sonroje. Puede que mis sonrisas no funcionen con ella, pero cada vez que busco picarla, consigo que muerda el anzuelo, y tiene la piel tan clara que cualquier rubor se le nota enseguida.

—¿Qué dices? —casi grita nerviosa.

Yo me rio a su lado y dejo de trabajar. El espectáculo es demasiado bueno para perdérmelo.

—Digo que no te apartabas de mí. —Me cruzo de brazos frente a ella.

—Ya bueno —me mira con dureza—, puede que me estuvieras aplastando. ¿Lo has pensado?

Me agacho hasta quedarme a su altura antes de contestar.

—Si, lo he pensado —reconozco con la máxima seriedad que consigo mostrar.

Está tan sonrojada que me cuesta no echarme a reír, sobre todo cuando se da cuenta de lo que quiero decir.

Pero, a mi pesar, es verdad. Ese momento no se me ha ido de la cabeza en los últimos días, y no solo por la preocupación de haberla hecho puré.

No he dejado de dar vueltas a otras decisiones que podría haber tomado. Que debería haber tomado.

—Necesito que muevas tu coche, por favor —trata de recuperar el control de la conversación.

—Claro, jefa —le aseguro. Sin embargo, sigo haciendo el ejercicio en la máquina.

Tarda más de lo que esperaba en volver a acercarse a mí.

—¿Planeas hacerlo pronto?

La miro con la sonrisa que tanto le molesta. Está claro que hoy se está conteniendo bastante bien y no me va a ser fácil hacer que pierda los papeles.

—Termino esta serie y estoy contigo. Puedes quedarte a mirar —le propongo mientras vuelvo a concentrarme en la máquina. O a fingir que lo hago.

Ella resopla a mi lado, saca su móvil y se pierde en él. Ni siquiera el ruido que hago al estampar las pesas contra las poleas llama su atención. No sé cómo es capaz de olvidarse del mundo cuando se pone a trabajar.

Antes de poder detenerme a mí mismo, me acerco a ella y le quito el teléfono de las manos.

—Deberías dejar esta puta pantalla. Casi hace que te maten hace dos días.

Le muestro el móvil y ella lo recupera rápidamente.

—¡Casi lo haces tú!

—En realidad , yo te salvé, ¿recuerdas? Por eso hoy has venido a darme las gracias.

— En realidad —repite exasperada—, he venido a pedirte que muevas tu coche.

—¿Entonces qué hacemos aquí? —Me marcho sin darle la oportunidad de responder.

Según cruzo la sala, algunos chicos se quedan mirándonos, pero McKillen es el único que me hace sentir incómodo. Así que le guiño un ojo y le dedico mi saludo militar. Sé que en cualquier momento se le acabará la paciencia. Hasta entonces, puedo divertirme un poco.

Abro la puerta del gimnasio y dejo pasar a Nora antes de hacerlo yo.

Andamos en silencio por los pasillos hasta llegar al vestuario, donde tengo mis llaves.

Dado que todos están en el entrenamiento, Nora entra conmigo sin problema, y veo que su cara no está tan roja como cuando la vi pasar la última vez.

—¿Por qué no me sorprende que guardes las cartas de tus fans? ¿Vienen con teléfono incluido? —dice echando un vistazo a mi casillero.

No sé a qué se refiere, por lo que sigo su mirada, y entonces veo el sobre encima del asiento. Tiene mi nombre escrito a mano junto a un corazón, y estoy seguro de que no estaba ahí cuando me marché a la sala de máquinas.

Lo alcanzo y lo abro esperando encontrar alguna carta de un fan con la que darle en las narices a Nora. No todo el mundo me soporta tan poco como ella.

Pero lo que encuentro dentro me deja sin palabras.

Nora, en cambio, tiene las que yo no puedo pronunciar: —¡¿Por qué tienes una foto mía?!

Su voz resuena aguda contra las paredes del vestuario mientras me quita la fotografía de las manos.