#5 Hemos venido a entrenar, no de paseo
HEMOS VENIDO A ENTRENAR, NO DE PASEO
Últimamente tengo más ganas de entrenar que de costumbre. Especialmente cuando me toca enfrentarme al novato.
No tiene nada que ver con que lo pillase hablando con Nora en el pasillo hace unos días, o que los haya encontrado charlando en más de una ocasión dedicándose sonrisas continuas como un par de enamorados.
Lo que me molesta es que haya conseguido caer tan bien a Nora mientras que a mí no puede ni verme, y ni siquiera sé por qué.
—Vas a acabar con el pobre chaval —me dice McKillen. El quarterback y capitán del equipo se acerca a mí, y la forma que tiene de observarme me pone nervioso una vez más. Como si pudiera descubrir más de mí que lo que muestro. Y no necesito que nadie me conozca, solo que me hagan buenos pases.
—Hemos venido a entrenar, no de paseo, ¿no? —respondo guiñándole un ojo—. Venga. —Saco a relucir mi mejor sonrisa y me alejo trotando.
Paso al lado de Blaze, que permanece sobre el césped respirando con dificultad, y le extiendo la mano.
—¿Cómo vas? —le pregunto, y lo ayudo a levantarse apretando mi agarre más de lo necesario. Puede ganarme en los pasillos, pero en el campo mando yo.
La mirada de McKillen sobre mí me recuerda que no estoy compitiendo contra él; que es de mi equipo.
—Venga, colega. Estás en la NFL, en los Stallions; tienes que darte un poco de caña —lo animo dándole un fuerte golpe en la espalda.
Él me sonríe, como si partirle el pecho fuera un gesto de amistad, y se recoloca sus protecciones. Casi me da pena. Casi.
Luego, sale corriendo hacia su posición, y yo hacia la mía.
—¿Todo bien? —me pregunta el quarterback cuando me preparo para mi próxima carrera. Tiene una de sus cejas levantada y sus ojos azules me observan con detenimiento.
—Sí. Hoy me he levantado con ganas.
—Bueno, pues no te pases con Blaze. Solo lleva unas semanas. No quieras desmotivarlo.
—Entendido, capi —le digo antes de prepararme en mi posición. Sin embargo, no voy a dejar de presionarlo. Quizá así pueda borrarle esa estúpida sonrisa de la cara, que cada vez me molesta más.
El único problema de darlo todo en el entrenamiento es que, de alguna forma, he animado al resto del equipo, y el 34, Bonner, me está reventando con sus placajes.
Con el último, decido quedarme tumbado un rato. Además, hace tanto calor hoy, que estoy seguro de que el traje me pesa el doble, y eso que vamos ligeros de equipación. Hasta el césped bajo mis brazos me quema la piel cuando resoplo tirado en el suelo.
—¿Qué coño ha sido eso? ¡Caballeros, están en los Stallions!
Si quieren volver a su equipo de instituto, ya saben dónde está la puerta —grita el entrenador Taylor cuando terminamos la jugada.
El cabrón del 34 me ha pillado a la primera y no ha tenido reparos en placarme como si estuviéramos en la puta Super Bowl.
—Pensaba que hoy te habías levantado con ganas.
—McKillen aparece sobre mí, tapando el sol que ataca mis ojos y con un gesto de pura diversión.
Vislumbro cómo me alarga su mano y la estrecho para ayudarme a levantarme, pero no le contesto.
Sabe que no puedo hacerlo—. Tómatelo como algo personal —me dice después de reírse suavemente ante mi silencio.
Me da un golpe en la espalda y continúa sonriendo a pesar de mi gesto de circunstancia—.
Te estudiamos para el partido contra los Ramparts el año pasado.
Bonner conoce todos tus trucos. Quizás deberías cambiar tus tics.
Me gustaría ganar alguna jugada, para variar —me recomienda antes de salir corriendo hasta el centro del campo, donde ya nos esperan los demás.
Me froto las lumbares mientras pienso en ello, y es entonces cuando una camiseta roja llama mi atención en la banda.
Escucho un silbido y McKillen me llama para que me una al grupo.
Según me acerco a ellos, puedo ver a Nora a lo lejos. Su pelo hoy no tiene tantos mechones sueltos, aunque estoy seguro de que me va a sacar de quicio igualmente.
—¡Eh, Tyler! —El quarterback llama mi atención y todos se giran para mirarme. No tengo ni idea de lo que han estado diciendo.
McKillen vuelve a agacharse a explicar la jugada y yo hago lo posible por entender todo, a pesar de que mi concentración está fuera de juego.
Cuando hacemos una nueva carrera, Bonner me placa sin miramientos. No consigo escapar de él. Está claro que me conoce, y cuando he amagado con recortar en la línea de diez yardas, no se lo ha tragado y se ha lanzado sobre mí.
Pero no me duele tanto el pecho hundido como que Nora lo haya visto. No necesito darle más motivos para que me lea la cartilla.
—¿Aún no has tenido suficiente? —me dice Bonner, acercándose a donde estoy tirado.
—Se ve que no —contesto con el mejor ánimo que puedo fingir.
Las siguientes jugadas no van mucho mejor. Bonner me ha placado en todas y mi humor sigue empeorando por segundos. Encima, no dejo de pensar en lo que estará ocurriendo en la banda.
—¡Señores, un descanso! Hace demasiado calor —grita el entrenador ofensivo cuando todavía me estoy levantando del suelo.
Zanovich se quita el casco al momento.
—Joder, estaba a punto de desmayarme —anuncia.
Otros a mi alrededor se ríen y salen trotando. Yo los sigo con menos ganas.
—Te acostumbrarás a este calor —McKillen me da un golpe en el pecho antes de echar a correr.
Me acerco al borde del campo, donde todos están agotando las botellas que han dejado los utilleros.
Nora no ha dejado de mirarme, pese a que intenta disimularlo.
Y por algún motivo que desconozco, yo no dejo de mirarla tampoco.
Tardo un rato en darme cuenta de qué es lo que me llama la atención: su sonrisa.
No estoy acostumbrado a verla, porque no suele dedicármela.
Para mí tiene reservadas sus cejas arrugadas.
—Nora-Bora —escucho a McKillen canturrear mientras alarga el puño que ella le choca tímidamente.
Su gesto cambia en ese instante. Su boca se ha cerrado y se le marca un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha que no había visto antes—.
¿Qué te trae por aquí? —le pregunta el quarterback después de agacharse a por su botella.
—Tenía que ver unas cosas con Henry para los Sideline.
—¡Eh, entrenador Taylor! ¿Lo ganas este año? —se escucha a Kovacs gritar desde el otro lado de la banda. Me fijo en que todos han hecho un corro alrededor de Nora y yo soy el imbécil que se ha quedado en medio. Me muevo disimuladamente y veo cómo ella se fija en mis piernas.
Estoy seguro de que no he cojeado, pero me he llevado tantos placajes que estoy reventado, y eso no puedo esconderlo.
Cuando alcanza mis ojos, relaja las cejas rápidamente y aparta la vista.
—Eso dependerá de lo nenazas que seáis esta temporada —contesta Taylor—. ¿Vais a quedaros todo el día bebiendo y quejándoos, o vais a entrenar?
La sonrisa de Nora vuelve a aparecer ante su comentario. Mis compañeros, en cambio, suspiran al ponerse de nuevo el casco.
Cuando termino de ponerme el mío, la encuentro otra vez observándome y dedicándome su cara falta de amabilidad.
—¿Buscas algo? No has parado de babear desde que has llegado al campo. ¿Quieres un autógrafo? —le digo.
Hace un sonido al exhalar consternada.
—Quería comprobar que todo estaba bien. Te he visto hecho polvo en el suelo —me dice sin apartar su mirada de la mía—. Quizás demasiada fiesta. Aunque no me has informado de ninguna últimamente.
En lugar de responder, le lanzo mi botella de agua, que ella pilla al vuelo contra su carpeta, y me señalo la boca.
—No necesito una niñera, solo un poco de agua. Si te vas a quedar mirando, al menos haz algo útil. Tengo sed —le digo.
Ella aprieta su mandíbula y sonríe tan falsamente como sus labios le permiten. Destapa la botella y me la acerca.
Yo abro la boca, satisfecho por la victoria, y, un momento después, descubro que me he adelantado con mi celebración.
Un chorro congelado me estalla contra la cara. Los ojos, la nariz… Se las ha arreglado para empaparme entero, excepto donde debía llegar el agua.
Voy a quitarle la botella de un rápido movimiento, y, en lugar de eso, tiro de su muñeca y la acerco hacia mí, incapaz de contener mi repentina ira mientras un gruñido se me queda en la garganta.
Estoy demasiado cabreado para moverme, manteniéndome a unos centímetros de su rostro.
Por la periferia de mi visión compruebo que están todos tensos a nuestro alrededor y, sin embargo, nadie dice nada. Nora debe notar lo mismo que yo, aunque sus ojos marrones no han abandonado los míos.
Enseguida se relaja. Salvo su mano, que continúa apretando la botella fuertemente. Es como si quisiera fingir que todo está bien, pero a mí no puede ocultarme su nerviosismo.
—Pensaba que tenías calor —me dedica una amplia sonrisa que no puedo evitar corresponder. Las agallas que tiene me sorprenden, a pesar de haberla visto encarar en mi fiesta a Curtis, que asustaría al más pintado.
Entonces hace un ligero movimiento y me doy cuenta de que todavía la estoy sujetando.
—¿Todo bien? —pregunta McKillen acercándose con cautela.
—Sí. Solo que tiene que mejorar su puntería —digo sin mirarlo. Mis ojos siguen sobre los de Nora—. Se hace así —continúo. Y antes de que su sonrisa se borre, aprieto la botella en su mano y la dirijo hacia su cara, apuntándole directamente a la boca.
Mueve su carpeta para taparse demasiado tarde y dejo de lanzarle agua. Se queda mirándome a medida que el enfado va inundando sus facciones. Está a punto de ponerse hecha una furia, y me muero por verlo.
—Tienes que practicar tu puntería, Nora-Bora —le recomiendo, haciendo hincapié en el apodo cariñoso que el resto del equipo le dedica para terminar de cabrearla del todo.
Su pecho se hincha al inspirar profundamente. Luego, alza una mano para secarse como puede la cara, y cuando me mira, lo hace con un intento de sonrisa.
—Lo tendré en cuenta —me asegura.
Ante su respuesta, comienzo a reírme. Me va a costar más de lo que pensaba sacar toda su ira. Pero estoy determinado a conseguirlo.