Solo una fan #4 De alguna forma tendrás que pagarla
7%

#4 De alguna forma tendrás que pagarla

DE ALGUNA FORMA TENDRÁS QUE PAGARLA ¿Cuáles son las probabilidades de que me cruce con Tyler después del encontronazo de su fiesta la noche anterior?

Intento recordar las veces que hemos coincidido desde que llegó al equipo y, por suerte, han sido pocas, pero, por supuesto, la fortuna no puede estar de mi lado por mucho tiempo.

Matthew me ha puesto a trabajar en los Premios Sideline de entrenadores, y necesita que le mande ya la confirmación de Henry Taylor para su presentación, así que no me ha quedado otra que ir hasta su despacho, cruzándome con todos los jugadores de la plantilla, incluido el tight end que preferiría eludir.

Por supuesto, he esquivado su mirada. No necesitaba saber si seguía riéndose de mí o si volvía a observarme con desprecio. Bastante tenía con sentirme como si aún fuera en pijama delante de todos.

De hecho, iba tan encogida para evitar ser vista, que no me he dado cuenta cuando, ya en el pasillo, un muro de casi dos metros de alto se ha interpuesto en mi camino.

—¡Perdona! —digo rápidamente, controlando que el café que llevo no se me derrame. Cuando alzo la vista, encuentro a uno de los chicos nuevos: Kylen Blaze. Por supuesto, me conozco todo su historial, aunque de su sonrisa y sus ojos oscuros y profundos, mis documentos no dicen nada.

—Perdóname a mí. Estoy tan nervioso que no sé ni por dónde voy —me dice con un gesto tímido que me permite ver su dentadura brillante y perfectamente alineada.

—¿Nervioso? ¿Por qué?

Él se ríe suavemente, y noto cómo sus anchos hombros se relajan un poco al hacerlo. Luego, mira a su alrededor alzando sus manos al aire.

—Creo que estar aquí es bastante intimidante —me confiesa.

Entiendo lo que dice, pues estuve sintiéndolo por mí misma durante mucho tiempo, y eso que mi trabajo no tenía nada que ver con salir al campo y que millones de personas estudiasen cada paso que daba.

—La clave está en disfrutarlo. No te agobies y aprovecha cada día.

Se queda contemplándome durante un momento, como si estuviera pensando en lo que le he dicho, y me fijo en que su sonrisa no se ha movido de su cara, dibujando dos pequeños hoyuelos en sus mejillas.

—Kylen Blaze. —Extiende su mano frente a mí.

Yo se la estrecho.

—Lo sé.

—¿En serio? —pregunta sorprendido. Obviamente, no es una estrella mundial como lo son Kelscot o McKillen, pero ha sido seleccionado en la primera ronda del Draft. Además, conozco a cada uno de los jugadores del equipo.

—Claro, eres de los Stallions. Mi trabajo es conseguir que llegues lo más lejos posible. En cuanto a la publicidad, quiero decir. Soy Nora, directora de comunicación.

—Lo sé —repite mi respuesta anterior—. Bueno, no. No sé por qué lo he dicho —confiesa después, agobiado—, pero no lo olvidaré.

Frunzo mis labios con una pequeña sonrisa. Ojalá todos los jugadores nuevos fueran tan agradables como él. Y sí, estoy pensando exactamente en el que es todo lo contrario a este chico.

—Blaze, ¡al campo! —escucho a McKillen decir mientras pasa a nuestro lado corriendo, con su melena rubia ondeando a cada salto. —Nora-Bora —me guiña el ojo.

Otros jugadores siguen al quarterback , saludándome al tiempo que empujan a Kylen, obligándolo a despedirse de mí con un gesto de la mano.

Me quedo observando cómo se une a sus compañeros entre risas y golpes. Supongo que, vistas las palizas que se pegan en el campo, esos empujones, que a mí me dejarían k.o. en el suelo, no son nada para ellos.

Entonces soy yo la que recibe uno de esos golpes, y el café en mi mano termina empapándome la blusa por completo.

Ni siquiera me estaba moviendo, y cuando el idiota que me ha empujado se planta delante de mí, poco me falta para no tirarle lo poco que queda de bebida en mi vaso de papel.

—Pero ¿a ti qué te pasa? —le pregunto cabreada.

Y Tyler no solo no se disculpa, sino que me muestra su maldita sonrisa, molestándome aún más.

—Deberías dejar de tomar tanto café.

—¡Y tú de ser un idiota! —respondo sin pensar. Echo un rápido vistazo al pasillo y me tranquilizo al descubrir que estamos solos. Luego, respiro hondo. ¿Por qué tiene la habilidad de sacar siempre lo peor de mí? Y sin tener que esforzarse.

Trato de limpiar la mancha de mi camisa, y es tan grande que apenas puede verse el borde. Mi blusa entera está empapada y no hay forma de disimularlo.

—Tengo una reunión importante ahora, ¿sabes? —le digo, restregándome la ropa. Él no ha dicho nada, limitándose a observarme.

—Ya, me encantaría escuchar lo interesante que es tu súper importante y aburrida reunión, pero yo me voy a entrenar. Y no voy hecho un cuadro —se señala la camiseta blanca mientras se aleja de espaldas por el pasillo.

Vuelve a sonreír como un imbécil y se lleva la mano a la frente, dedicándome su maldito saludo militar. Se gira y corre en dirección al campo.

—Ya veremos si acabas hecho un cuadro —lo amenazo, aunque sé bien que ya no puede oírme. Entonces, desando mis pasos y vuelvo al vestuario, en este momento vacío, dejándome llevar por la rabia que ese jugador despierta en mí. Yo también puedo jugar a estropear la ropa de los demás.

La risa de mi amiga Susan retumba contra las paredes de mi departamento, y me alegro de que estemos solas.

Ha venido a traerme una blusa de urgencia y se ha negado a irse hasta que le contase qué había pasado con Tyler.

Ni siquiera mi reunión le ha hecho cambiar de idea, y cuando he vuelto, dos horas después, seguía esperándome paciente, sentada en mi mesa.

—¿En serio fuiste en pijama? —me pregunta incrédula por el suceso de la fiesta de Tyler. Yo tampoco me lo creería, pero, dadas las horas que eran, resulta que no estaba muy centrada. Y todo el tema del vídeo en directo me cabreó tanto que salí de casa sin pensar más que en estrangularlo.

—¿Qué pijama era? —pregunta mientras se ahoga en su risa.

Yo solo gruño, esperando a dejar de ser el motivo de su diversión.

—Dime al menos que no era el de perritos.

—¡Susan! —la aviso para que deje el tema. Ella, en cambio, parece obtusa a mis intentos y continúa presionándome.

—¿Era el pijama de perritos?

—¡No! —digo más alto de lo que debería. Si ya de por sí el tema Tyler me pone de los nervios, todo el asunto de la fiesta me sobrepasa.

Ella vuelve a reírse y yo sigo con las mismas ganas de ocultarme tras mis papeles que tengo desde que le conté todo el incidente.

—Era el de Italia, el de tu viaje.

—¿El blanco? —pregunta haciendo memoria.

—Sí…

—¿El que se transparenta todo?

Entonces escondo mi cara tras mis manos con un nuevo gruñido.

Al llegar a casa después de la fiesta, lo primero que hice fue dirigirme al espejo para comprobar hasta qué punto debería esquivar a Tyler en el trabajo durante el resto de mi vida.

La situación no era tan dramática como Susan lo pinta, pero es cierto que se podía intuir mi cuerpo a través de la tela.

Y Tyler lo había hecho, pues se había ocupado de hacérmelo saber delante de todos, dejándome en ridículo.

Resoplo, pensando en cuánto lo odio. Ni siquiera soy capaz de recordar lo mucho que me gustaba verlo jugar en el campo hace unos años.

Susan, por su parte, ha dejado de reírse. Aun así, no me fío de ella. Alzo un poco la cara y la veo observándome con sus ojos castaños bajo unas cejas arrugadas.

—Venga, no es para tanto.

—No volveré a ponerme ningún pijama que me regales —le prometo.

—Querida, esos pijamas no son para ponértelos. Son para quitártelos, o que alguien te los quite. En el caso de ayer, Tyler —apuntilla con ganas de hacerme rabiar.

—Ya, seguro que pensaba en eso. Qué raro que, en cambio, me echó de su fiesta y me dejó en evidencia todo lo que pudo.

—Vamos, no puede ser tan malo.

—Es malo. Es odioso. Es un engreído, un presuntuoso, un prepotente. ¿He dicho creído?

Mi amiga se levanta mientras yo sigo con la larga lista de defectos de Tyler.

—Creo que sí. Ah, no. Habías dicho engreído —se ríe, moviéndose hasta una de las mesas libres del departamento—. ¿Dónde quedaron los días en los que no parabas de hablarme de él y sus recepciones? Parecías un disco rayado: que si Kelscot por aquí, que si Kelscot por allá.

—Sabes que dejó de gustarme cuando se portó tan mal con los Stallions. Y cada día que pasa con él en el equipo es peor. Es tal y como esperaba. Piensa que todo debe girar en torno a él.

—Y así es como perdió a su mayor fan —se burla mi amiga de forma dramática.

Yo resoplo, pero no tengo tiempo de contestar. Alguien abre la puerta de la sala acaparando nuestra atención: Tyler, con su pelo rubio empapado, dándole un aura más oscura. O puede que sea porque temo su reacción respecto a nuestra disputa de esta mañana.

La mirada se me va hacia su camiseta. Y no solo porque es la que le he tuneado hace unas horas en el vestuario después de que él estropeara la mía; sino porque la tela se ciñe sin disimulo a su pecho y sus brazos lo justo para hacerme una idea de lo tonificados que son sus músculos bajo ella.

Me obligo a centrarme y echo un rápido vistazo a mi amiga, avisándola de que se comporte, porque no me apetece darle más motivos a Tyler para fastidiarme.

—Señoritas… —nos saluda amistosamente a las dos. Cosa bastante extraña, especialmente tras nuestro encontronazo de hace unas horas. Se acerca a mi mesa y deja una taza de café sobre ella, llena hasta arriba.

Susan se levanta de un salto, y a duras penas consigue mantenerse en su sitio.

Tyler le ofrece una de sus perfectas sonrisas, poniéndome alerta. Como se le ocurra molestarla a ella, no respondo de mí, aunque me cueste mi trabajo.

—¿Vas a presentarnos, Nora? —El tono del jugador suena tan amistoso como su humor, dejándome congelada por un momento. No estoy acostumbrada a que me dedique su faceta amable, pero si es un juego, procuro seguirlo.

—Es mi amiga Susan, y ha prometido actuar como una fan normal al conocer a los jugadores. —Termino la presentación dirigiéndome a ella, que se estruja los dedos de los nervios.

—Es que no esperaba conocerlo a él —se excusa, incapaz de contener su entusiasmo.