Solo una fan #3 Los jugadores son imbéciles
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#3 Los jugadores son imbéciles

LOS JUGADORES SON IMBÉCILES

Suena el teléfono.

Intento abrir los ojos, pero no están por la labor.

Me doy la vuelta esperando que la música pare de sonar. Sin embargo, mis sueños quedaron atrás y el maldito sonido no deja de taladrarme la cabeza.

Extiendo la mano y alcanzo el motivo de mi mal humor instantáneo. La foto de Ronald, el estilista de los Stallions, me mira desde la pantalla, y respondo sin dudar. Me pongo el teléfono en la oreja, incapaz de decir nada por el momento.

—¿Nora? ¡Nora! —me grita al oído.

—Shhh, ¿qué pasa? ¿No es muy tarde?

Me separo el móvil de la cara y veo la hora al mismo tiempo que él me la grita desde el otro lado de la línea.

—¡Las dos de la mañana!

No reprimo el gruñido que sale de mi boca. Confío en que tenga una buena excusa para llamarme a estas horas, pero no necesito preguntársela para que me la diga.

—¿No nos dijiste que Matthew te había puesto a vigilar a Kelscot?

Sigo con los ojos cerrados. Ese nombre ya me anuncia que algo malo está por venir.

—Sí, ¿por qué? —respondo confusa—. No tiene eventos esta semana —le informo al mismo tiempo que hago memoria de su agenda.

Me tapo con la sábana en la oscuridad de mi dormitorio mientras me pregunto por qué tengo que estar hablando de él a estas horas.

—Ya —responde Ronald, todavía histérico. Creo que no se está tomando bien que siga adormilada—. No tiene ningún evento, solo una fiesta que él mismo ha montado en su casa. ¿No te dijo nada? Nos invitó a todos al acabar la sesión de fotos…

Su voz se apaga a medida que se da cuenta de que no debería estar contándome eso.

De todos modos, lo único que me molesta es que se suponía que iba a tenerme al tanto de sus eventos.

Más allá de eso, no veo el problema en que dé una fiesta o en que no me invite.

Aunque no hubiéramos tenido nuestro encontronazo, no esperaría que me invitase.

No soy el tipo de chica que encaja en esas fiestas.

—¡Pero yo no he ido! —me dice mi amigo rápidamente ante el silencio que se ha establecido entre los dos. Un silencio que ha malinterpretado, pues lo único que quiero es colgar y olvidarme de la nueva estrella de los Stallions.

—Ronald, tengo sueño —me quejo, esperando que me permita volver a dormir.

—Se está haciendo viral, Nora. Está en directo.

—¿Su fiesta?

Lo oigo resoplar a través del teléfono.

—Mira el vídeo que te he mandado. ¡Está en todas partes!

Presiono mis ojos por un momento, deseando poder dejarlos cerrados. En lugar de eso, los entreabro para protegerme de la iluminación del móvil. De igual modo, me duelen cuando miro y busco su chat. Al poco, empiezo a enfocar, y es entonces cuando lo veo.

Tyler Kelscot, en el sofá de un jardín, enrollándose con una rubia. No he tenido que darle al play , porque el video empieza a reproducirse en mi pantalla, y con él, mi mal humor.

No están solo besándose. Tienen un entresijo de manos que no tendría nada de malo, si no fuera porque están siendo grabados y deja muy pocas dudas de cómo acabará la cosa.

Los brazos de Tyler envuelven la espalda de la chica, y es cuando me doy cuenta.

—Espera, ¿ella está…? —No termino la frase, porque no hay dudas de lo que está haciendo que este vídeo sea viral. La chica está sin camiseta.

Al instante me imagino los titulares del día siguiente, y a Matthew llamándome a su despacho de nuevo.

Ronald corta el hilo de mis pensamientos.

—Sí, y no creo que le quede mucho a la camiseta de Tyler. O a sus pantalones.

Suspiro sonoramente mientras el pulso se me acelera.

«Los jugadores son imbéciles», digo para mis adentros levantándome, aunque pienso que Tyler Kelscot lo es más que nadie.

Me desperezo rápidamente y enciendo la luz de la mesilla.

—Voy a llamarlo.

Mi amigo se mantiene en silencio mientras busco el teléfono del jugador que sigue enrollándose con la chica en una esquina de mi pantalla, y según lo veo, me voy encendiendo. Le dijeron que se cortase con las fiestas, y ha tardado menos de un día en montar otra, y encima con semejante publicidad.

Aun así, mi enfado no es nada hasta que veo a Tyler alzando el teléfono sin dejar de besarse con esa chica. Le echa un vistazo por encima de su hombro y me cuelga.

Al momento estoy tan cabreada que casi lanzo el móvil a través de la habitación.

—¡Será idiota! —grito.

—¿Era tu llamada?

—¡Me ha colgado, el muy estúpido!

—Era tu llamada. —Ronald se responde a sí mismo y yo sigo profiriendo insultos a la estrella del equipo.

Yo lo llamo de nuevo, pero, esta vez, ni se molesta en mirar el teléfono.

—¿Nora?

—Sí… —digo, y luego me mantengo en silencio, pensando qué hacer—. ¿Has visto a alguien del equipo en el vídeo?

—No.

Mi respuesta es un gruñido, porque si no hay nadie cerca a quien avisar, solo me queda una última opción.

—Vale. Os dio su dirección cuando os invitó, ¿no?

—¿Vas a ir a su casa? —pregunta sorprendido. De hecho, ni yo misma me creo lo que estoy a punto de hacer. Sin embargo, prefiero salir de la cama ahora a tener que enfrentarme a Matthew.

—¿Qué otra opción tengo? —digo, dirigiéndome a los armarios que enmarcan la puerta de mi baño en busca de unas zapatillas.

En menos de tres minutos estoy subida en mi coche, poniendo en el GPS la dirección que Ronald me ha mandado.

De camino, no tengo problemas de tráfico.

Las luces de la noche parecen reírse de mí a medida que cruzo la ciudad en práctica soledad.

A estas horas, todo el mundo está plácidamente dormido.

Todos, excepto el estúpido tight end del equipo, empeñado en empeorar su reputación nada más llegar a Redmont.

Al menos, los semáforos se apiadan de mí y me permiten llegar en tan solo diez minutos. No he tenido ni que discutir con el guarda de la urbanización. Supongo que Tyler ha dado orden de dejar pasar a todo el que quiera ir a la fiesta, lo que me resulta bastante peligroso, dada su situación.

Echo un rápido vistazo al móvil antes de bajar del coche y, por suerte o por desgracia, siguen en el mismo sitio. Pero el vídeo continúa en directo. Ni me molesto en leer los comentarios que van apareciendo.

Salgo del coche y entro en la casa. Está hasta arriba de gente, todos en un estado cuestionable. Por lo visto, lo de enrollarse con alguien en cualquier rincón es más normal de lo que creía, aunque el resto de parejas no tienen a nadie grabándolo todo.

Según el vídeo, están en el jardín. Así que bordeo el edificio y voy directa a la parte trasera.

La música asciende a medida que me voy acercando, y las voces también, lo que me da la seguridad de que estoy yendo en la dirección correcta.

Nada más doblar la última esquina, los veo.

Están bajo un cenador, apartados, en un rincón de los grandes sofás que ocupan el espacio.

Frunzo el ceño cuando veo la misma imagen que lleva acompañándome desde que salí de casa.

Se besan como si quisieran devorarse. El pelo de ella hace ahora de cortina con sus caras.

Algo inútil, pues todo el mundo lo ha visto ya y sabe quién es el chico con el que se besa.

Las manos de él están sobre su cintura, empujándola hacia él, como si pudieran estar más pegados, cosa imposible.

Entonces veo al idiota que los está grabando y que se está echando unas risas a su costa.

Me acerco a él dando grandes zancadas, notando cómo el mal humor vuelve a hacerse con mi cuerpo. Es un tío de casi dos metros de alto y los mismos de ancho y, aun así, no me intimida; trabajo rodeada de hombres de ese tamaño.

En cuanto lo alcanzo, le quito el teléfono y lo lanzo lejos de donde estamos. Un movimiento exagerado, pero me han despertado a las dos de la mañana por este asunto, y me permito ser algo dramática.

Según lo hago, me doy cuenta de que no ha sido tan buena idea. Especialmente cuando me agarra del brazo sin cuidado y tira de mí con brusquedad.

—¡¿Qué coño haces, zorra?!

—¿Qué haces tú? —le grito de vuelta mientras trato de deshacerme de sus enormes dedos, que me aprietan el brazo con dureza—. Podría denunciarte por lo que estás haciendo.

—No me digas. ¿Y vas a hacerlo tú? —Me acerca a él y puedo oler el alcohol en su aliento.

Arrugo la nariz y sigo tirando para liberar mi brazo.

—¡Suéltame! —chillo de nuevo. Él me ignora.

—Eh Louis, ¿esta puta es tuya?

—Creo que es amiga de Ty —dice otro. No lo conozco, pero me sonríe como si él sí lo hiciera.

—Así que una amiga —se interesa mi captor, sin aflojar su agarre—. Pues me temo que has llegado tarde, guapa. Esta noche ya ha escogido a otra. —Señala a Tyler con la cabeza, y no tengo que mirar para saber lo que ocurre bajo el cenador. Al menos, ahora nadie más puede verlo.

—¡Eh, Ty! ¡Han venido a verte! —grita el que parece conocerme. No ha dejado de contemplarme con gesto amable, y, lejos de tranquilizarme, me hace sentir más incómoda.

Antes de que pueda decir nada, el bruto que me tiene sujeta por el brazo me acerca a donde Tyler está todavía enrollándose con la rubia, a pesar de mis intentos por frenarlo.

Una cosa es evitar que lo graben, y otra tener que confrontarlo en aquella situación.

Dada nuestra relación, preferiría no cruzarme con él más de lo estrictamente necesario.

Al fin y al cabo, me he colado en su fiesta privada.

Vuelven a llamarlo mientras me dirigen hasta él como si me llevasen ante un verdugo. Entonces nos ve, aunque no deja de besarse con la chica cuando su mirada se clava en mí. Aparto los ojos, incapaz de contener el rubor en mis mejillas.

La rubia, que no se ha percatado de nada, sigue inmersa en el cuerpo de Tyler, recorriéndolo con las manos al mismo tiempo que se balancea en su regazo.

Él me observa aun cuando ella busca su cuello y continúa con sus besos, y veo su ceño pronunciándose al reconocerme. Entonces, doy un tirón al idiota que me está sujetando para largarme de allí, y es en ese momento cuando el jugador estrella decide apartar a la chica.