#2 ¿Por qué no te gusto? #2
—Mejor, porque esta noche ya he quedado. Rubia, metro ochenta, unas… —Muevo las manos delante de mi pecho, dejando cero dudas de a qué me estoy refiriendo.
—¡Vale! ¡Ya lo pillo! —dice dando un salto hacia atrás.
—Para la próxima, avísame con más tiempo. Igual puedo hacerte un hueco. —Una vez más, le dedico mi mejor sonrisa, y esta vuelve a no tener efecto.
Superada la vergüenza, la Chica del Móvil regresa a su habitual seriedad.
—Ya, gracias. Solo necesito saber tu agenda para… —Corta su frase de pronto, y me doy cuenta de que ha tenido un desliz que quiere arreglar rápidamente—. Por si acaso.
Si no supiera que Riley pone a alguien al cuidado de mis titulares en cada equipo al que voy, pensaría que intentaba torpemente ligar conmigo. Pero, por lo poco que la conozco, me parece improbable.
—Ah, así que te ha tocado a ti. Pues no necesito ninguna niñera. —Cruzo mis brazos delante de ella.
—No soy tu niñera. Soy la que te va a evitar los problemas —me responde, y casi creo ver humo saliendo de sus orejas.
—Lástima. —Acerco mi cara a la suya lo suficiente como para poder contar las pecas de su nariz—, los problemas son lo más divertido.
—Bueno —dice ella, poniendo espacio entre nosotros hasta que la mesa frena su huida—, en mi mundo, los problemas significan más trabajo.
Me quedo mirándola durante un momento, y ella vuelve a apretar sus labios.
—Entonces todo bien. Está claro que te encanta tu trabajo. Se te ve bastante estirada.
—¿Perdona? —me pregunta a punto de perder el control.
—Que te dolerá la cabeza de llevar el pelo tan tirante —le digo, pese a que es fácil ver que su moño no está nada tenso, con todos los mechones acariciando su cuello.
—¡Y a ti de ser tan idiota! —me responde, dándome una victoria en el estúpido juego que acabo de empezar con ella.
Sonrío ante su reacción. Ha aguantado bastante antes de llamarme idiota, aunque sospecho que no es lo único que querría decirme. Me mira de forma severa y sé que sigue conteniéndose.
Un segundo después, su gesto cambia. Pestañea, y veo su pecho hincharse a medida que respira hondo.
—Lo siento, no debería…
—No tienes que disculparte conmigo —la interrumpo, y, de nuevo, no sé qué he dicho que llama su atención.
Su mirada se posa en mis ojos, y un pensamiento fugaz pasa por mi cabeza, haciendo preguntarme por qué los esconde siempre tras el móvil—.
Prefiero que seas sincera —le explico, y compruebo que esas palabras son más ciertas de lo que pretendía.
Apenas hay gente en mi vida que de verdad lo sea.
Nora es la primera persona en los Stallions que no me ha bailado el agua ni me ha sonreído como una boba. Joder, estoy seguro de que incluso el de seguridad me excusaría, a pesar de haber estado evitándolo.
Y ella, en cambio, sigue de pie frente a mí, molesta por algo que he hecho o dicho, y que no recuerdo.
—Muy bien, ¿y qué hay de tu sinceridad? ¿Por qué evitas hablar con Norman? —me pregunta.
—Ya te lo he dicho. No necesito otra charla de fans locos. Se que están ahí, vivo con ellos.
—¿No te dan miedo?
Su voz vibra al preguntarme y, por un momento, no estoy seguro de si es a ella a quien le asusta la situación. Quizá no está acostumbrada a esto, pero, para mí, es la misma mierda que llevo viviendo desde hace años.
—No —digo sin más—. Suelen ser más de escribir que de actuar.
No pretendo tranquilizarla, pero tampoco estoy dispuesto a dar más importancia a gente que no sabe qué hacer con su vida y se cree que puede meterse en la mía.
—Aun así… —dice ella bajando la voz y veo cómo pierde su mirada en lo que sea que su cabeza está imaginando.
Sin embargo, no he mentido. No tengo miedo, aunque sí me encantaría que terminase de una vez.
Y sé que eso no va a pasar; mi acosador estrella me tiene bien pillado.
Da igual las cosas que intente hacer para evitarlo, siempre consigue mi teléfono, mi correo, mi dirección… Por más que los haya cambiado.
Así que, simplemente, paso de todo ello tanto como puedo.
Cuando me fijo en Nora, ella todavía parece absorta en sus pensamientos. Probablemente me ha olvidado otra vez, y por eso llamo su atención.
—¿Vamos a empezar la reunión o vas a seguir preocupándote por mí toda la tarde? Es adorable, por cierto.
Le dedico mi gran sonrisa, que, por algún motivo, parece molestarle.
En lugar de responder a mi provocación, comienza a explicarme el reportaje que tengo mañana; y no sé si se pierde en sus palabras o lo hago yo. Empieza con el horario y la campaña, y se mueve en su programación hasta hablarme incluso del equipo de fotógrafos.
Siento una punzada de envidia al escuchar su voz hablando tan bien de todos, cuando es obvio que a mí no quiere ni darme una oportunidad.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —la interrumpo unos minutos después. Estoy reventado, quiero irme a casa y no necesito que me cuentes todo, más allá de un lugar y una hora.
—Tienes la sesión mañana —me recuerda con un gesto de confusión antes de revisar sus papeles.
—¿Y necesito saber cómo se llama el fotógrafo?
—pregunto. Entonces veo cómo el malestar que tiene hacia mí, y que había conseguido mitigar hablando de la sesión de fotos, vuelve como una ráfaga.
La emoción con la que me contaba todo se va de un plumazo mientras cierra su carpeta y la sujeta frente a su pecho.
—Intento que no parezcas un idiota arrogante delante de tu equipo, pero siempre puedes olvidarlo y tratarlos como si fueran una mierda en tu zapatilla de dos mil dólares. Apuesto a que así las fotos salen mucho mejor y consigues el apoyo de la afición.
—Entendido, jefa —contesto con mi habitual sonrisa, esperando que retome la charla por donde se quedó. En lugar de eso, saca un folio de su carpeta y lo deja sobre la mesa.
—Haz lo que quieras con ello —me dice antes de dirigirse a la puerta.
Ni siquiera se despide cuando me deja solo allí, con el resumen de la sesión de mañana.
—Vamos bro . Estas tira’o, ¡no jodas! —Louis choca su pierna con la mía. Ha vuelto a montar una fiesta en mi casa, pero hoy no tengo ganas de nada.
Después de la sesión de fotos, me he matado en el gimnasio, y ni con esas he conseguido relajarme.
Llevo de mal humor desde que Nora desapareció de la sala de reuniones, y no tengo muy claro por qué, así que no sé cómo solucionarlo.
Ni siquiera el reportaje, a pesar de haber sido un éxito, ha terminado de animarme.
Hace tiempo que dejó de importarme la aprobación de la gente, así que no sé por qué esperaba que Nora se diera cuenta de que me empollé sus putas notas.
Durante toda la sesión, se ha quedado en su esquina, escondida tras la pantalla del móvil que tecleaba incansablemente.
Solo cuando yo estaba lo suficientemente lejos se ha acercado al fotógrafo para hablar con él. No, para reírse con él.
Louis me devuelve al presente cuando me da otra vez en la pierna y me acusa de no divertirme.
—Algunos trabajamos para que puedas montar esta fiesta —le digo apartando la pierna. Como vuelva a darme, lo mando a la otra punta del jardín con un placaje.
—No jodas, tío. —Se agacha al lado de mi butaca de rafia, dispuesto a exasperarme.
—Si te monto esto es pa’ ti, bro . Pa’ que te relajes, ya sabes.
Mira que mierda te he traído —me dice, y saca disimuladamente, pero con cara de fanfarrón, una bolsa de plástico de su bolsillo, con pastillas tan diminutas como peligrosas.
—No me jodas, Louis. Ya te he dicho que no puedes traer esa mierda a mi casa. —Hago que se lo guarde, aunque en realidad debería quitársela y tirarla por el váter.
Él, en cambio, se ríe.
—Venga, a ver si te relajas un poco, que parece que tienes un palo metido en el culo.
—¡Que te den! —Le doy un manotazo.
—Venga tío. Deja que Louis te relaje —me dice, hablando de él mismo en tercera persona, que es cuando empiezo a no aguantarlo. Por cómo le patina la lengua, diría que va bien bebido, pero, después de lo que me ha enseñado, empiezo a tener mis dudas.
—No voy a tomar de eso —le digo, y me levanto en dirección a ninguna parte.
Alrededor de mí hay un montón de gente que nunca he visto. Dudo que Louis sepa quienes son todos, y me pregunto por qué decidirían venir a la casa de alguien que no conocen. Salvo porque ese alguien soy yo y todo el mundo quiere algo de mí. Louis quiere fiesta. El resto, aún no lo sé.
Me sigue, a pesar de que lo que quiero es perderlo de vista. Se mueve por mi jardín saludando a la gente a un lado y otro, como si él fuera el anfitrión de la fiesta.
—Bueno tío, no pasa na’. También tenemos alcohol y pibas.
Mira qué tetas tienen estas. —Me hace girar para ver a un grupo de chicas que se ríen mientras bailan a nuestro lado.
Parecen sacadas de un catálogo de bañadores, como todas las tías que trae Louis—.
Te gustaban las rubias, ¿no? —me dice, arrastrándome con él hasta el grupo.
Todas me han visto ya, aunque tratan de disimularlo.
Salvo la más guapa. Es morena, con los ojos verdes, y sabe que juega con ventaja—.
Mira qué pibones —dice mi amigo delante de todas, sin cortarse un pelo.
Luego empieza a saludarlas una a una. Creo que no ha acertado ningún nombre, lo que refuerza mi teoría de que no conoce a nadie, pero a ellas no parece molestarles.
Están ahí, esperando a ver quién es la afortunada que va a poder sacar rédito de Tyler Kelscot esta noche.
Sacudo la cabeza al darme cuenta de que pienso en tercera persona sobre mí.
La morena de ojos verdes brillantes me sonríe, pero ya he tenido suficientes morenas en mi cabeza últimamente. Así que, cabreado por ese repentino pensamiento, alargo la mano y tiro del brazo de una de las rubias. No sé ni cómo se llama, pero no me importa. Estoy seguro de que a ella tampoco.
Nos dirigimos hasta uno de los sofás que tengo en el jardín, y no tardo en enrollarme con ella. Tiene ganas, más que yo, y veo cómo se esfuerza en contentarme.
Sus ojos son azules, casi blancos. Cuando me ve mirarlos, la noto nerviosa, y le digo algo bonito para relajarla.
Ella se ríe y yo me fijo en su pelo, rubio platino.
Lo tiene suelto y le cae a los dos lados del cuello, justo hasta donde empieza su escote.
Podría pasar por la rubia que me inventé hablando con Nora ayer.
Me lanzo a por su boca intentando acallar mi cabeza. Quizás si la sangre me va a otro lado, pueda dejar de estar cabreado por un momento. Y con esa idea, me pierdo en la chica que tengo delante.
Al poco se sienta sobre mí y, joder, sabe moverse. De hecho, no para de hacerlo mientras me besa y recorre mi cuerpo con sus manos.
Después de una sesión de besos que me ha dejado bien caliente, escondo mis dedos en su pelo y lo agarro para separarla de mí. Escucho el gemido que se le escapa cuando lo hago.
«Joder».
—¿Vas pedo? —prefiero asegurarme. Su pecho se mueve arriba y abajo al respirar, y no sé si le pone más besarme o que la sujete por el pelo mientras la estudio.
Ella sacude levemente la cabeza y se muerde el labio.
—Solo lo suficiente para atreverme a besarte —me dice de forma sensual. Tiene la imagen de un ángel, con su piel, ojos y pelo claros, pero algo me dice que podría ser todo lo contrario.
—¿Necesitas una copa?
Ella se muerde un poco más el labio inferior mientras asiente con la cabeza. Yo lo libero de sus dientes con mi pulgar. Tengo otros planes para esos labios.
Después, echo un vistazo detrás de ella, esperando encontrar a alguien que nos pueda traer una copa. Curtis está con unos cuantos frente a nosotros, y el imbécil lleva el móvil en la mano, sin disimular lo que está haciendo.
—¡Eh! ¡Deja eso, joder! Y tráenos una copa.
Todos empiezan a reírse y la chica que tengo encima intenta levantarse. La retengo por las caderas. No pienso dejar que esos gilipollas espanten la única distracción que he encontrado hoy.
Tampoco es que ella ponga mucha resistencia. Solo ha necesitado una de mis sonrisas.
Louis llega poco después con dos copas. No he preguntado qué es, porque, llegado a este punto, me da igual.
Antes de que se aleje, lo agarro de la pechera y lo acerco a mí con cara de pocos amigos.
—Dile a Curtis que deje de joderme.
—Sí, tío. Tú a lo tuyo —me dice mientras se coloca la camiseta de vuelta en su lugar.
Me quedo observándolo mientras se dirige al grupo de idiotas disfrutando de las vistas, hasta que unas manos sobre mi pecho llaman mi atención.
—¿Por dónde íbamos? —me pregunta la chica.
La observo, y encuentro una sonrisa tan tímida como sexy mientras hace revolotear sus pestañas.
—Íbamos a tomarnos una copa —le digo, acercándome el vaso a los labios. Bebo sin dejar de mirarla.
—Claro —dice ella, pero en lugar de beber, derrama su vaso sobre su pequeño top. Necesitaba pocas pistas para saber que no había más ropa bajo su ridícula camiseta. Ahora no necesito ninguna.
—¿Quieres un poco? —me dice mientras se abre el escote y me deja ver las gotas de vodka que todavía recorren su cuerpo.
Envuelvo su cintura con mis manos y la acerco a mí. Antes de tocarla, el olor del alcohol se estrella contra mi nariz y, un poco después, contra mi lengua. Un ligero ardor la recorre en cuanto bebo de su piel.
—Si quieres irte, este es el momento —la aviso. No es que no pueda hacerlo luego, pero preferiría no seguir si no está segura.
Su respuesta no sale de su boca, sino de sus manos, que se ponen en movimiento, pasando de mi cuello a mi pecho y bajando por mi torso. Cuando llega a la parte baja de mi abdomen. alza la mirada hasta mí con una medio sonrisa.
Definitivamente, creo que voy a poder olvidarme de mi mal humor, al menos durante un rato.
O eso pensaba, hasta que veo a la Chica del Móvil frente a mí, con su habitual cara de enfado. Y, por un momento, no sé si la imagen es real, o si estoy empezando a obsesionarme con ella.