Solo una fan #2 ¿Por qué no te gusto?
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#2 ¿Por qué no te gusto?

¿Por qué no te gusto?

Pongo la mano sobre mi nuca y estiro el cuello todo lo que puedo. Me he pasado en el entrenamiento de hoy, pero lo necesitaba. No por impresionar al entrenador; dudo que alguien consiga hacerlo.

Llevo en tensión desde que llegué a los Stallions, y el deporte es lo único que me hace olvidar todo lo demás. Así que me lanzo, sin remordimientos, al sufrimiento de una rutina dura hasta que mis músculos se retuercen de dolor.

Vuelvo a estirar mi cuello mientras salgo del Complejo de los Stallions en dirección al aparcamiento, y noto mi móvil vibrando. Sé que voy a arrepentirme de sacarlo del bolsillo. Los únicos que me escriben son Riley y mi madre y, por lo general, termino de peor humor después de leer sus mensajes.

Gruño al ver el octavo recordatorio de mi agente para la reunión que tenía hace cuarenta minutos. Tras haberme saltado una sobre seguridad hace unos días, tenía pensado aparecer en esta, que solo es con el departamento de comunicación. Pero me he olvidado por completo.

Es improbable que sigan esperándome. Aun así, doy media vuelta y me alejo de mi ansiado descanso. Al menos, podré decir a Riley que me pasé y no había nadie.

El problema es que, a través de las paredes de cristal, veo que sí hay una persona esperando: la Chica del Móvil.

Suele estar siempre presente, escondida en algún rincón, y mirando su teléfono, como en este momento.

Hoy tiene el moño más deshecho que de costumbre.

Sigo observándola en silencio cuando una voz al final del pasillo me sobresalta. La reconozco al instante, pues llevo evitándola desde que llegué al equipo, y todavía no tengo intención de que me aborde.

Cruzo la puerta roja de la sala y paso por delante de la Chica del Móvil hasta lanzarme detrás de la mesa sobre la que está apoyada.

Me quedo agachado, a la espera, mirando cómo Norman, el jefe de seguridad al que llevo eludiendo desde hace semanas, cruza el pasillo.

Sé que una charla con él no sería tan mala.

Simplemente el mismo rollo que llevo escuchando toda mi vida profesional.

Pero se ha convertido en un juego; y cuando juego, siempre gano.

—¿Hola? —dice la chica.

Es la primera vez que escucho su voz, y me sorprende lo dulce que es. El día que nos presentaron fugazmente no dijo ni una palabra. Solo apretó los labios cuando tocó su turno de presentación, y no soy capaz de recordar su nombre. Ahora sé que está en el departamento de comunicación.

—No me has visto —susurro.

Antes de que pueda contestar, la puerta de la sala se abre y me quedo congelado. Estoy vendido. Dependo de esa chica.

—¿Nora? Me ha dicho Chris que tenías reunión con el señor Kelscot —escucho al jefe de seguridad.

Sonrío al descubrir su nombre. No sabía cuál imaginaba para la Chica del Móvil, pero Nora me gusta.

—Em… —la oigo titubear, seguramente dudando si delatarme o no—. Sí, había quedado con él hace una hora. La puntualidad no es su fuerte.

Lo siguiente que escucho es un largo resoplo del jefe de seguridad.

—Si al final aparece, dile que necesito hablar con él, ¿vale? A lo mejor tú lo convences.

—Ya. Con suerte conseguimos que te escuche —dice Nora, y sé que ese mensaje va dirigido a mí, por cómo eleva su tono de voz—. Oye, ¿es grave? ¿Ha pasado algo más? —pregunta después.

Me quedo esperando la respuesta. Me divierto con este juego, pero la preocupación de Nora me hace sentir un poco estúpido por haber evitado durante días a quien se encarga de mi seguridad.

—No, no te preocupes. Solo quiero coordinar algunas cosas con él y su equipo. Si al final aparece…

—Sí, claro —responde Nora—. Yo se lo digo.

Norman se lo agradece, y vuelvo a escuchar la puerta de la sala. Luego, nada más.

—Muy maduro, señor Kelscot. —La voz de Nora me reprende un momento más tarde, y no puedo evitar sonreír ante su tono.

Parece que va a echarme una bronca similar a la que llevo tiempo evitando.

Salgo de mi escondite y me encuentro con los ojos de la Chica del Móvil.

Son grandes, de un color marrón claro, tirando al dorado, y muy brillantes.

Se me hace raro verlos, porque normalmente están dirigidos a la pantalla en su mano.

Le lanzo una de mis mejores sonrisas, pero se debe haber caído por el camino, porque no le hace efecto.

Su ceño continúa ligeramente fruncido mientras me acerco a ella.

—Deberías hablar con Norman, puede ser importante —me aconseja implacable. Casi diría que hasta enfadada.

Yo me encojo de hombros frente a ella, ignorando su malestar.

—No necesito planes de actuación para fans locos. Ellos me odian, yo gano partidos y todos felices.

No sé qué he dicho que la hace pestañear más de la cuenta.

—¿Hablas en serio?

—Son inofensivos.

Vuelvo a encogerme de hombros y ella levanta sus cejas, como si le costara creer lo que digo.

Hace tiempo que no hablo de este tema con nadie y no recuerdo bien las reacciones que suelen tener, pero, al parecer, a la chica de comunicación no le hace gracia que unos pirados tengan al equipo de seguridad entretenido.

—Bueno, no creo que John Lennon estuviera de acuerdo contigo.

A mí, en cambio, me hace gracia su comentario y suelto una pequeña risa por la nariz.

—No estaríamos de acuerdo en muchas cosas —le digo. «Empezando por dejar los Beatles por una mujer», pienso para mí mismo. El imbécil no sabía que donde tienes la olla no deberías meter la…

—Por qué no me sorprende… —la voz de Nora murmurando interrumpe mis pensamientos mientras vuelve a concentrarse en su teléfono. Así, de pronto, pierdo sus ojos.

El silencio inunda la sala y yo me quedo observándola.

Mueve sus dedos con rapidez por el cristal del móvil, cambiando las pantallas a velocidades increíbles. Parece que se hubiera olvidado del mundo a su alrededor, incluido yo.

Pasado un rato, me río suavemente y confirmo que es así, cuando me mira sorprendida.

—Ni dos minutos de conversación, y ya pasas de mí. Fijo que es un récord —bromeo, sentándome a su lado. Como un resorte, ella se levanta de la mesa y se aleja.

—Bueno, tú has pasado de mí durante una hora —me replica—. Supongo que dos minutos no son tanto.

—Creo que han sido cuarenta minutos… —empiezo a decir, hasta que ella levanta el índice y se pierde otra vez en su teléfono.

—Necesito contestar este email, perdona —me pide. Y, de nuevo, se olvida de que estoy aquí. Me pregunto si se daría cuenta si me voy, aunque no quiero comprobarlo.

Me quedo en silencio viendo cómo sus dedos siguen moviéndose, sospechando que me hace esperar adrede, en pago a mi retraso.

—¿Vas a tenerme esperando una hora? —Quiero salir de dudas.

—Bastaría con cuarenta minutos —me dice, y aprieta sus labios en una fría sonrisa, todavía sin mirarme.

Tras observarlos durante un momento, entrecierro los ojos al tiempo que me percato de algo.

—¿Por qué no te gusto? —La pregunta escapa de mi boca antes de que pueda contenerla, pero, una vez hecha, mi curiosidad se dispara. No es que me importe si le gusto o no a una chica que ni conozco. Simplemente me intriga saber el motivo, porque no suele ocurrirme.

Ella alza la mirada y sus ojos marrones vuelven a posarse sobre mí.

—Nunca he dicho que no me gustes —responde tan rápida como seca. Sin embargo, no tengo dudas de que es así.

—Te he visto —le confieso. De hecho, llevo haciéndolo desde que la conocí, a pesar de sus intentos por ocultarse—. Cada vez que entro en la misma habitación que tú, te escondes detrás de ese móvil y haces eso con los labios.

Evito pensar en su boca, o mirarla, mientras lo digo, y ella repite el gesto al tratar de contener lo que sea que le encantaría decir y que no va a compartir.

—Yo no hago…

—Sí —la interrumpo divertido—. También sueles hacer eso con las cejas.

Señalo con el dedo entre ellas, y veo cómo se echa hacia atrás para evitar mi contacto.

—¿Por qué no te atreves a decírmelo? —la presiono.

Pero no consigo que diga nada. Y sé que está molesta conmigo. Aunque juraría que no la conocía antes de llegar a los Stallions. Recordaría las pecas salteadas que manchan su nariz, o sus ojos marrones y brillantes.

—Porque me gusta mi trabajo —responde, por fin, a una de mis preguntas, aunque, sin saberlo, me da la respuesta de otra. Me río suavemente.

—Así que hay algo... Como suponía.

Sus labios vuelven a apretarse mientras sacude ligeramente la cabeza ante su derrota.

—Solo porque no empiece a derretirme a tu paso, no significa que me caigas mal. Deberías revisarte el ego —me dice, y yo hago lo posible por no sonreír. Es como si intentara ser cordial y lo contrario a la vez, pero tengo claro que no me soporta.

—Ya… La cosa es que yo no he dicho nada de caer mal. ¿Vas a decirme por qué no me tragas? —Me acerco a ella con los brazos en jarras, como si de este modo pudiera sonsacarle mejor la información. Ella, en cambio, alza la cabeza para no perder de vista mi mirada.

Supongo que no debería sorprenderme que aguante el tipo ante mí, cuando su trabajo consiste en rodearse de jugadores incluso más grandes que yo.

—No.

Cada respuesta que me da me gusta más. Salvo esa.

Me quedo observándola con una sonrisa que sé que no hace efecto sobre ella y decido rendirme, de momento.

—Muy bien. Pero acabaré sabiéndolo, jefa —le aseguro.

Entonces, respira hondo frente a mí.

—¿Podemos centrarnos? —me pide, ocultando de nuevo lo que ocurre en su cabeza.

Yo me llevo la mano a la frente y le hago un saludo militar sin decir nada.

Ella extiende la suya.

—Déjame tu teléfono —me pide—, te daré mi número. ¿Vas de fiesta esta noche?

La sonrisa que se dibuja en mi cara es demasiado grande para poder contenerla.

—¡Guau! ¡Qué directa! ¿Así es como pedís citas en Redmont?

En menos de un segundo, el color de su camiseta roja parece ascender directamente por su cuello hasta su cara, disimulando levemente sus pecas.

—¡No te estoy pidiendo una cita! —replica nerviosa.

Yo sonrío más.