Solo una fan #1 Su reputación no es nueva
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Solo una fan

Solo una fan

Por Ester del Campo

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#1 Su reputación no es nueva

Su reputación No es nueva

«Esto no va a salir bien».

No tiene que ver con que sea mi primer día como directora de comunicación, o que sea la más joven en conseguir este puesto en los Stallions, con solo veinticuatro años.

Ni siquiera con que sea la primera mujer en conseguirlo en esta empresa.

Para todo eso estaba preparada. Para lo que no estaba preparada, era para la sonrisa que la nueva estrella del equipo me lanzaba desde el aparcamiento.

Había llegado al Complejo Stallions con determinación y mi carpeta llena de ideas para la nueva temporada, y, sin embargo, nada de eso iba a servir.

En cuanto vi aquella sonrisa en el cartel de su plaza reservada de aparcamiento, ocupada por un coche demasiado caro y ostentoso, tuve claro que esta temporada iba a ser un desastre. La detesto.

Mi trabajo es conseguir que todo el mundo ame a mis jugadores, y yo ni siquiera puedo ver la imagen de Tyler Kelscot.

¿Por qué, de entre todas las temporadas, tuvo que escoger esta para venir a los Stallions?

Sigo haciéndome esa pregunta cuando salgo del coche y unos gritos enfurecidos llegan hasta mis oídos, haciendo que mi corazón dé un brinco desacompasado al instante.

—¡Traidor! ¡Vamos a echarte de aquí! ¡Estás fuera de este equipo!

Me giro sobre mis talones con rapidez buscando a la persona que lanza esos alaridos, cuando varios integrantes del personal de seguridad pasan por delante de mí corriendo, obligándome a dar un paso atrás.

Entre ellos está Norman, el jefe de seguridad, que se queda rezagado, lo que me permite ver la cara de circunstancia que tiene.

—¡Comprobad si va armado! —ordena a sus chicos mientras los sigue.

Enseguida hago mía su preocupación.

—¡Solo irás de rojo cuando tu camiseta esté bañada en sangre!

Los gritos continúan y, mirando a mi alrededor, encuentro al resto de personas que acaban de llegar al Complejo con la mirada puesta en la misma dirección.

Los agentes se han abalanzado sobre un hombre vestido con un chándal de los Stallions que pelea enloquecido, profiriendo más gritos. Consiguen inmovilizar sus brazos, pero no hay nada que puedan hacer con sus voces.

Sus ojos, rojos por el esfuerzo, permanecen fijos sobre el motivo de su enfado: Tyler Kelscot, que se mueve alrededor de su coche.

Comprendo entonces que no todo el mundo le ha perdonado los cuatro años de desplantes que tuvo con nuestro equipo y nuestra afición antes de decidirse a formar parte de él.

Yo misma le preferiría fuera de los Stallions después de cómo nos trató, pero, no se me ocurriría ir más allá de mostrar mi malestar por su presencia. Por supuesto, nunca le diría nada a él, ni mucho menos lo amenazaría como hace aquel hombre enfurecido.

El nuevo jugador cierra el maletero de su coche poniéndose una bolsa de deporte en el hombro y le dedica una brillante sonrisa al energúmeno que continúa luchando contra cuatro hombres enormes, haciendo que su rabia se intensifique.

Luego, se coloca una gorra con la visera hacia atrás y se gira para marcharse, como si la situación lo aburriera.

—¡Te sacaremos de Redmont! —La voz del hombre continúa inundando el aparcamiento, a pesar de escucharse cada vez más lejos.

Cuando, un minuto más tarde, todo parece calmarse y la gente reanuda su camino hacia el Complejo, me doy cuenta de que yo sigo en el mismo sitio. Mis dedos se mueven al ritmo que mi corazón, haciendo que los finos anillos que los adornan brillen bajo la luz del sol.

—¿Nora? —No me había percatado de que Norman estaba frente a mí.

Escondo mis manos detrás de mi espalda, esperando que no haya visto su temblor, y me fuerzo a sonreír.

¿Cómo puede actuar tan sereno cuando un loco ha entrado en el aparcamiento? ¿Cómo ha conseguido entrar? ¿Y qué pretendía hacer?

El sonido de sus gritos a lo lejos, o puede que solo el recuerdo de ellos, vuelve a ponerme los pelos de punta.

—Necesito hablar contigo sobre lo que ha pasado —me dice el jefe de seguridad, haciendo que frene el ritmo de las preguntas que surgen en mi cabeza.

Con un gesto se peina su pelo corto ondulado, flanqueado por mechones canosos a los lados, mientras su mirada se dirige durante un segundo al lugar por donde sus compañeros se han llevado el intruso.

—Es importante que me reportes si llega alguna amenaza por algún medio —me pide.

Teníamos programada para hoy la reunión de seguridad, y empiezo a entender el motivo de su urgencia.

—¿Amenazas? ¿De… muerte? —pregunto con la boca seca.

No es que no conozca el mundo de los fans y lo intensos que pueden ser en ocasiones.

He estado llevando las redes sociales de los Stallions desde hace años, si bien nunca he visto nada preocupante.

En general, nuestros fans son bastante agradables, incluso en nuestros peores partidos, por lo que esto es nuevo para mí.

De pronto, me siento demasiado pequeña. Mi deber solía quedarse en la carrera de los jugadores.

En propulsarla, conseguir el calor de la afición para cada uno del equipo y, de ese modo, la motivación necesaria para hacer su trabajo.

Pero que alguien pueda resultar herido si algo se me escapa, empieza a aplastarme la garganta.

¿Cómo he llegado a tener tanta responsabilidad en la vida de un jugador?

Cuando acepté el puesto para sustituir a mi jefe, Matthew Rogers, tras su ascenso, me imaginaba negociando grandes campañas con las mejores marcas del país, no protegiendo a los jugadores de posibles locos que quieren echarlos del equipo de la peor forma.

—No te preocupes, es natural entre gente con tanto alcance —me dice el jefe de seguridad en un intento fallido de tranquilizarme—. Al parecer, Kelscot lleva arrastrando algunos acosadores desde hace varias temporadas.

Norman hace un gesto con su brazo para indicarme la dirección en la que debería moverme, pues yo sigo clavada en el suelo.

Tras echar un rápido vistazo hacia el fondo del aparcamiento, despego los pies del asfalto y comienzo a andar.

—Quería haberte contado esto en la reunión de hoy, pero la reunión ha venido a nosotros —dice animado. Yo procuro responder a su buen humor, pero fallo estrepitosamente.

Andamos hasta la entrada del Complejo mientras él me enumera una serie de protocolos a seguir con cada nueva amenaza, y yo escucho en silencio, tratando de tomar notas mentales y de mantener a raya el estrés que me supone esta situación.

—¿Tienes alguna duda? —me pregunta al terminar, abriendo la puerta del edificio.

Se muestra sonriente, como si hubiéramos tenido la charla más emocionante de su vida, en lugar de la más aterradora de la mía.

De pronto, siento demasiada responsabilidad y me asaltan mil interrogantes.

Me digo que sabré responderlos yo misma en casa, con un poco de investigación.

No voy a mostrarme sobrepasada en mi primer día.

Debo mantener el control. Así que niego con la cabeza y le dedico mi mejor cara.

—Ah, aquí estáis los dos.

Según cruzamos las puertas, encuentro al vicepresidente de comunicaciones de los Stallions, mi jefe, acercándose a nosotros. No sé qué lo ha llevado a aparecer en esta improvisada reunión, pero no ayuda a mis ya alterados nervios.

—¿Ha pasado algo? —pregunta Matthew cuando levanta la vista del móvil y se percata del revuelo en la entrada.

—Nada, un pobre loco se ha colado para atacar a Kelscot —responde Norman.

De nuevo, el corazón se me acelera al oír aquellas palabras. ¿Cómo puede decir «nada» y que alguien quería atacar a Kelscot en la misma frase?

—Ah, sí, eso he oído. Bueno —dice mi jefe, poco interesado en la situación que tanto estrés me estaba generando—, ¿se lo has dicho ya?

—Aún no. Te esperaba.

Miro a Norman y este me observa mientras arruga sus gruesas cejas de una forma que no me da buenas sensaciones. Cuando me fijo en Matthew, también está concentrado en mí.

«Algo va mal», es lo único que puedo pensar.

—¿Decirme qué? —pregunto rápidamente, pasando la mirada del uno al otro, agitándome a cada segundo que se mantienen en silencio.

—¿Y Riley? —Matthew continúa su conversación con el jefe de seguridad como si yo no estuviera delante.

—Avisó hace un rato de que no podría venir.

Escucho su intercambio atentamente, incapaz de averiguar el tema de su conversación. Ese nombre no me suena de nada, así que permanezco en mi sitio, mirando, esperando a que decidan contarme qué está pasando y por qué tengo tan mala sensación.

—¿Y cómo pretende que lo haga? —responde mi jefe enfadado, zarandeando la cabeza—. Estos dos van a acabar conmigo —continúa quejándose mientras vuelve al móvil y empieza a teclear en él, olvidándose no solo de mí, sino también de Norman.

Aprovecho el momento para lanzar al jefe de seguridad una mirada de confusión absoluta, esperando que pueda darme una explicación de por qué estoy poniéndome cada vez más nerviosa.

—Necesitamos tu ayuda con algo —responde con suavidad, pasándose la mano por la parte posterior del cuello.

—El señor Radford está de acuerdo, por cierto —comenta Matthew, todavía absorto en la pantalla de su móvil. Puede que lo haga para tranquilizarme, pero que el nombre del presidente de los Stallions aparezca en esta conversación, no me relaja en absoluto, sino más bien lo contrario.

Estoy al borde de un ataque de nervios, y parece que ambos quieren tomarse su tiempo antes de dejarme saber en qué lío estoy metida.

Norman suspira, y por fin decide soltarlo de golpe. Tan de golpe, que creo que no lo he escuchado bien.

—¿Qué? —pregunto, porque necesito que me lo repitan.

—Necesitamos que controles a Kelscot —reitera Matthew, como si no acabaran de soltar una bomba.

—¿Que lo controle? ¿Cómo? ¿Como su niñera?

En mi fuero interno rezo por estar delirando y no entender bien lo que me están pidiendo. Sin embargo, la mirada apenada de Norman no deja lugar a dudas.

—En cierto modo —explica mi jefe. Entonces, guarda su teléfono y vuelve a centrar su atención en mí—. Aunque Riley me ha dicho que intentemos no agobiarlo, porque podría ser peor.

—Riley, ¿su agente? ¿Él quiere que controle a su jugador? —Pestañeo ante esa nueva información.

—A nuestro jugador —me corrige Matthew—. Ya sabes que somos un equipo familiar, y existe cierto riesgo de que sus salidas comprometan nuestra imagen.

«Oh, por supuesto que sí», pienso para mis adentros. «Con cada maldita noche que sale de fiesta, cuando debería estar concentrado en los entrenamientos».

Conozco los titulares que va dejando el tight end estrella a su paso cada temporada.

Fiestas, chicas, peleas… Y todo parece divertido hasta que tiene algún fallo en un partido y toda la afición se le echa encima.

Luego, sale en busca de un nuevo equipo donde fracasar a pesar de ser el mejor ala cerrada de toda la NFL.

—Pero cuando lo contrataron ya lo sabían, ¿no? Era un riesgo que había. Su reputación no es nueva.

—Sí, existía ese riesgo y decidieron correr con él. En parte porque nosotros contamos con una jefa de comunicación que va a estar al día de su agenda y podrá cortar rápidamente todos los incendios que pueda iniciar.

–Aun así, no entiendo cómo voy a poder ayudaros. No es que vaya a invitarme a sus fiestas. Me faltan unos quince centímetros de altura y unos cuantos tintes.

Veo cómo Norman se muerde el labio, esforzándose en controlar su risa. La broma, en cambio, no ha hecho gracia a Matthew.

—No te pedimos que te cueles en sus fiestas. Solo que estés al día de ellas y preparada ante cualquier titular que pueda hacer daño al equipo. Ya sabes cómo son los medios cuando alguien no rinde bien en el campo.

—Sí, claro —respondo, intentando sofocar el calor de mis mejillas—. Obviamente no esperaba ir con él a sus fiestas.

—La cosa es que el tema de los acosadores lo hace todo más difícil —apunta Norman.

Mi corazón empieza a acelerarse ante aquella palabra.

—Joder, es verdad. —Matthew parece recordar ese punto de mis nuevas responsabilidades—. Por eso también te necesitamos alerta.

No digo nada. Es más, mi boca está cerrada con tanta fuerza que, aunque supiera que decir, dudo que pudiera.

—Riley me comentó que siempre han intentado boicotearlo con mierdas en los medios. Ya sabes cómo es la prensa.

Suspiro, porque lo sé. He visto a Matthew luchar con ellos cada día desde que llegué a los Stallions. Siempre están buscando alguna polémica, independientemente de que sea cierta o no. Y con Kelscot van a tener material de sobra.

Lo malo es que este año soy yo quien tendrá que limpiar todos los titulares que salpiquen al equipo.

Pensaba que estaba preparada para el nuevo puesto, pero todo esto empieza a abrumarme.

Y, si antes me sentía pequeña, ahora me siento diminuta en el enorme recibidor del edificio, frente a dos personas de alto cargo que están dejando demasiado peso sobre mis hombros y ninguna oportunidad de negarme.

—Bueno, pues eso es todo. Le pasaré tu contacto a Riley para que os pongáis de acuerdo —me explica Matthew, y acto seguido su traje caqui de cuadros desaparece tras las puertas rojas a nuestra derecha.

El siguiente en marcharse es Norman, después de ofrecerme otra mirada de disculpa que no me sirve en absoluto.

Y, por un rato, me quedo allí sola, pensando en cómo voy a ser capaz de hacer bien mi trabajo y controlar al jugador más problemático de toda la NFL.

Contemplo la carpeta que todavía permanece entre mis manos con todos los horarios, calendarios y fechas marcadas en distintos colores que llevo meses preparando, y que van a ayudarme poco con mi nueva tarea.

«Paso a paso», me digo. Luego suspiro y me apoyo contra la pared, dándome unos minutos para seguir agobiándome antes de obligarme a pensar en un plan para mis nuevas funciones.

No he terminado de lamentarme cuando mi móvil vibra en mi bolsillo.

Un número desconocido brilla en mi pantalla. Sé que el tema de los acosadores se me ha metido rápidamente en la cabeza cuando me quedo paralizada contemplando la notificación.

Al final, decido abrirla:

Número desconocido:

Ty Kelscot

Es un botón de contacto.

Después, llega otro mensaje.

Número desconocido:

Es su número personal.

Supongo que quien escribe es Riley, enviándome mi próxima misión suicida.