Solo una apuesta Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Mi apartamento quedaba a quince minutos del campus, en un edificio antiguo dividido entre estudiantes y jóvenes profesionales que fingían saber lo que estaban haciendo con la vida.

Yo compartía el espacio con una compañera de piso llamada Nora, que pasaba la mayor parte del tiempo en las prácticas o en casa de su novio.

Esa noche, había dejado una nota en la nevera avisando de que dormiría fuera.

Perfecto.

Silencio.

Preparé pasta con una salsa sencilla, revisé dos páginas del artículo mientras comía y luego me obligué a cerrar el portátil.

Si seguía trabajando, usaría eso como excusa para mandarle un mensaje a Harper diciendo que había surgido una emergencia académica.

Y, aunque yo respetaba profundamente las emergencias académicas inventadas, había dado mi palabra.

Me duché, me sequé el pelo y me quedé demasiado tiempo mirando el armario.

No quería parecer que me había esforzado.

Tampoco quería parecer que había ido directamente de una reunión sobre estadísticas a una fiesta.

Después de tres opciones rechazadas, elegí unos pantalones negros de cintura alta y una blusa verde oscura con un escote discreto. Me solté el pelo, me puse un pintalabios color natural y me puse pendientes pequeños. En el espejo, parecía yo misma, solo un poco menos biblioteca central.

Aceptable.

A las ocho y cinco, Harper llamó a la puerta con la delicadeza de una emergencia climática.

— ¡Abre, criatura social en entrenamiento!

Cuando abrí, me evaluó de pies a cabeza y se llevó la mano al pecho.

— Mira esto.

— ¿Qué?

— Tienes clavículas.

— Todos tenemos clavículas, Harper.

— Sí, pero las tuyas rara vez participan en la narrativa.

Puse los ojos en blanco y cogí mi bolso.

Harper llevaba un vestido rojo corto, botas y una chaqueta negra. Parecía energía pura en formato humano.

— Antes de irnos — dije —, reglas.

— Me encanta cuando hablas como un contrato.

— Una hora.

— Sí.

— No vas a desaparecer.

— No.

— Si digo que quiero irme, nos vamos.

— Claro.

— Y nada de intentar empujarme a conversaciones con personas que tú consideras “potencialmente transformadoras”.

Harper se mordió el labio inferior.

— Me estás quitando mis mejores herramientas.

— Harper.

— Está bien. Nada de empujar. Solo quizá presentar desde lejos.

— No.

— ¿Señalar discretamente?

— No.

— ¿Respirar en dirección?

— ¿Podemos quedarnos en silencio hasta la fiesta?

Sonrió.

— Imposible, pero admiro tu esperanza.

Bajamos las escaleras y seguimos por la acera iluminada por farolas antiguas.

El aire estaba templado, con olor a hierba recién cortada y las primeras notas de música viniendo de alguna casa cercana.

Harper hablaba sobre gente que probablemente estaría allí, historias que yo recordaba a medias, una receta de ponche que parecía jurídicamente sospechosa.

Yo respondía lo suficiente para no parecer de mal humor, pero mi atención flotaba.

No estaba nerviosa.

No exactamente.

Era solo la incomodidad de entrar en un ambiente que yo no controlaba.

De saber que tendría que sonreír a conocidos, rechazar bebidas sin parecer juzgadora, fingir interés en conversaciones que empezaban con “¿cuál es tu carrera, otra vez?” y terminaban en “deberíamos quedar algún día”, cuando todos sabíamos que algún día significaba nunca o demasiado tarde.

— Estás poniendo esa cara — dijo Harper.

— ¿Qué cara?

— La de quien está evaluando mentalmente rutas de escape.

— Solo estoy observando el barrio.

— Ruta principal: puerta de entrada. Ruta secundaria: ventana de la cocina. Ruta emocional: fingir que recibiste un correo urgente de un profesor.

La miré.

— Me conoces demasiado.

— Es mi carga y mi talento.

La casa de Mason apareció al final de la calle, iluminada, ruidosa y llena de gente repartida por el porche. La música vibraba a través de las paredes. Había coches aparcados a ambos lados, grupos conversando en el césped y alguien riéndose tan alto que parecía competir con el altavoz.

Me detuve medio segundo en la verja.

Harper también se detuvo, pero no se burló.

— Una hora — recordó, más suave.

Asentí.

— Una hora.

— Y si lo odias, nos vamos.

— De acuerdo.

Me pasó el brazo por el mío.

— Pero intenta no odiarlo preventivamente.

— No prometo milagros.

— Promete solo entrar.

Miré la casa, las luces, la gente, la noche que yo no había planeado. En algún lugar ahí dentro, quizá, estaría Caleb Hayes con su sonrisa famosa y su reputación cansina. La idea me provocó una irritación inmediata, casi automática.

No porque él importara.

Justamente porque no importaba.

Yo no era una de esas chicas que perdían la cabeza por un hombre que trataba la atención como deporte.

No lo sería. Podía reconocer la belleza sin confundirla con valor.

Podía oír un nombre cien veces sin convertirlo en destino.

Podía pasar una hora en una fiesta donde Caleb Hayes quizá estuviera y salir exactamente la misma persona que entró.

Organizada.

Sensata.

Entera.

Inmune.

— Vamos — dije.

Harper sonrió como si acabara de ganar una guerra pequeña.

Entramos juntas.