31. Benji
Benji
Un jugador en posesión del puck debe de saber que es elegible para ser cargado en cualquier momento.
Por lo tanto, deberá estar alerta de su entorno inmediato y siempre preparado para tal contacto.
Sin embargo, esta aceptación es limitada y solo puede justificarse mediante una carga legal de un contrario.
Una carga legal al cuerpo es aquella en la que un jugador carga a un contrario que está en posesión del puck, usando su cadera o cuerpo diagonalmente desde el frente o directamente desde el costado.
La carga debe realizarse con el fin de separar al contrario del puck, solo con el tronco (caderas y hombros) y debe impactar por encima de las rodillas y por debajo de los hombros.
Está todo oscuro; aun así, distingo los banderines azules y granates del techo. Se supone que no tienen que ondear; aquí dentro no corre viento, pero juro que a veces los he visto agitarse, como si de alguna manera quisieran decirnos: «Vamos chicos, a por ellos».
Estoy acostado en el hielo. Piernas y brazos extendidos.
Pulmones llenos de aire. Y el primer golpe del frío más que instalado en mis brazos desnudos.
A medida que transcurren los segundos y la humedad me cala en los huesos, me siento vivo de nuevo.
Sano. Fuerte. Imparable. El hielo…, el hielo es mi puta vida.
—Tengo el culo helado —masculla Elliot.
—Joder, y yo —lo imita Jonny.
Abro los ojos, miro hacia la derecha y sonrío al ver el mohín de fastidio en el rostro de mi rubio de ojos azules favorito.
Miro a la izquierda y suelto una carcajada al ver el careto de mi moreno de ojos azules favorito.
Muevo los brazos, me topo con sus manos y me aferro a ellas con fuerza. Me devuelven el apretón.
—¿Vamos? —les pregunto.
—Vamos.
Nos levantamos y patinamos agarrados de la mano hasta la barandilla, los tres empapados de arriba abajo. Entramos en el banquillo, me sueltan la mano y caminan hacia los vestuarios; saben que necesito mi momento a solas con la pista.
Espero. Un segundo. Dos. Tres. Y entonces escucho cómo el videomarcador, detrás de mí, en el techo, emite su inconfundible «zuuum» al encenderse y cobrar vida.
Esbozo otra sonrisa. Los primeros acordes de Désenchantée, de Mylène Farmer, suenan a todo volumen por los altavoces.
Se me eriza el vello y el corazón me late con fuerza.
La pulidora irrumpe en la pista y las luces comienzan a teñir los pasillos y el hielo con los colores de los Jaguars. Miro hacia atrás.
—Ya no podemos ser novios. Me he enamorado de una chica increíble y quiero ser de ella, pero ahora te veo, preciosa —le susurro a la pista antes de irme.
En los vestuarios, veo a todos nuestros compañeros dándole la bienvenida a Elliot, felices. Somos una piña, joder. Jonny, en ropa interior, me recibe con un sonoro beso en la cabeza como si no hubiéramos estado juntos hace un par de minutos.
—¡Vamos! —grita con el puño en alto, y se sienta en su cubículo de madera para vestirse, entre rugidos y risas del resto de nuestros compañeros, que se levantan para abrazarme y desenredarme el pelo por quinta vez en el día.
—Joder, Ben, tú también estás empapado —me dice Emilio.
I Gotta Feeling comienza a sonar y el vestuario se viene arriba.
Puede que hoy sea nuestro último partido de la temporada regular, puede que no vayamos a pasar a la fase final porque no hemos ganado un solo partido en el último mes, perdiendo toda la ventaja que habíamos conseguido, y puede que sea una putada, una verdadera putada, pero las ganas de salir al hielo no van a desaparecer nunca, porque el hockey no es solo un deporte para nosotros: es una manera de vivir.
Nuestra manera de vivir. No sabemos hacerlo de otra forma.
No sabemos llenar los pulmones de otra forma.
No sabemos bombear sangre de otra forma.
Y no importa si ganamos o perdemos. Somos hockey.
Y eso no va a cambiarlo un marcador. Ni un millón.
Julián entra en el vestuario como un vendaval, ataviado con su traje oscuro más serio y equipado con su inseparable tabla de entrenador y su mala hostia de siempre.
Oh, pero sus ojos vuelan al cubículo de Elliot, a medio vestir, y sus labios se curvan en una sonrisa tímida, por mucho que intente evitarlo.
El padre de Julián y Patrick también entran en el vestuario, y mi corazón da un vuelco esperando ver a Cannon detrás. Pero no.
Suspiro y Elliot vuelve a cogerme de la mano.
Julián da dos palmadas y llama nuestra atención. Patrick y Eduardo se colocan a su lado y Jonny golpea su banco con la mano.
«Gordi está de buen humor», nos dice en código morse. «Tu careto le ha alegrado el día, Elli».
—No podía perderme vuestro último partido —nos dice Eduardo.
No viene a demasiados partidos (su trabajo en Madrid se lo impide), pero siempre que aparece es una inyección de positividad para el equipo a pesar de lo que nos impone a todos—.
Habéis luchado como jabatos. Sois un equipo de primera línea, nunca dejéis que nadie os diga lo contrario.
Eduardo aplaude y el vestuario se llena de ovaciones. Todos aplaudimos con él.
Este año hemos mejorado. Nos hemos superado. Y, en gran parte, ha sido gracias a Cannon.
No solo nos ha enseñado a patinar mejor.
Puede sonar a perogrullada, pero para jugar un buen hockey hay que patinar de puta madre, y no todos los jugadores lo hacemos al mismo nivel.
Cannon ha conseguido elevarnos en ese aspecto y colocarnos un paso por delante de muchos equipos.
Pero lo más importante no ha sido eso. Lo más importante es que, entrenamiento tras entrenamiento, nos ha enseñado a ver el hockey como ella lo ve.
Y no era fácil. Cuando algo te sale de forma natural, a menudo resulta complicado explicárselo a los demás.
Sin embargo, ella lo ha conseguido. Ha logrado transmitirnos esa manera de entender el juego, de leerlo y de anticiparlo. Y eso ha marcado la diferencia.
—Escuchadme —nos interrumpe Julián—. Quiero que sepáis que no importa lo que pase esta noche ahí fuera.
Estoy orgulloso de vosotros y eso no va a cambiar.
Entrenaros es un honor. Veros jugar en el hielo es un honor.
Veros crecer como personas y como deportistas está siendo el mayor honor de mi vida.
—Joder, Julián es lo puto mejor que nos ha pasado nunca.
Miro a mis compañeros. Lo escuchan con atención.
Con emoción. Elliot lo mira fijamente—. Habéis luchado, habéis peleado, habéis jugado con deportividad la mayor parte de los partidos y como cavernícolas el resto —reímos—, habéis ganado y habéis perdido.
Pero sobre todo habéis hecho hockey. Hockey del bueno.
»Este deporte no siempre es agradecido. Un buen hockey no se traslada a un marcador a nuestro favor ni a los play-off.
Hay demasiadas variables. Pero el poso está ahí, chicos.
El poso está ahí, en el fondo del vaso. No ha podido ser este año, pero otro será.
Estoy seguro de que otro será. Así que salid ahí fuera con la cabeza bien alta y dad lo mejor de vosotros, como sabéis hacer. Yo os espero tras la barrera. Siempre.
»Vamos a jugar al hockey.
—¡Vamos a jugar al hockey! —grita Jonny.
—¡Vamos a jugar al hockey! —gritamos todos, emocionados.
—¡¡¡Vamos a jugar al puto hockey, joder!!! —grita Elliot.
Todos reímos. Incluso Julián, que se sonroja.
—Primera línea delantera: ¡Jonathan, Lucas y Elliot! —grita Eduardo, y el vestuario se llena de ovaciones—. En la defensa: ¡Jorge y Emilio! —Más ovaciones—. Portero: ¡Diego! Segunda línea delantera…
Nuestros compañeros enfilan el hielo y Elliot, Jonny y yo nos quedamos los últimos. Nos miramos a través del visor del casco.
—Te vamos a echar de menos ahí fuera —me dice Jonny.
—Estaré animándoos como el que más desde el banquillo.
—Lo sabemos. Os quiero, tíos.
—Os quiero, tíos —repite Elliot.
—Os quiero —afirmo.
—¡Eh! —nos grita Julián—. ¿Tengo que ir a por vosotros?
Elliot pone los ojos en blanco, Jonny choca su casco contra el de él y yo sonrío.
Cruzamos juntos el pasillo que nos lleva al hielo, donde patinan nuestros compañeros al ritmo de Let’s Get It Started.
Miles de espectadores recorren los pasillos arriba y abajo y otros miles permanecen de pie junto a sus asientos mientras se saludan.
Distingo a un montón de nuestros compañeros del CAR en su zona de siempre, emperifollados con las camisetas del equipo.
Las cenefas LED rodean el estadio con el mensaje de «¡Vamos, Jaguars!
» en bucle y los ocho focos iluminan la pista y la tiñen de granate y azul.
En el videomarcador se van alternando imágenes de todos nosotros.
Todo es Jaguars. No importa que ganemos o perdamos: este estadio y su afición es Jaguars.
Y es todo lo que necesito. O casi todo, porque a pesar de estar en el hielo, no puedo dejar de pensar en ella, en cómo hacer para que me diga de nuevo eso de que puede quererme.
Para que quiera quererme. No pienso rendirme.
El cronómetro ha comenzado la cuenta atrás de los quince minutos de rigor para el calentamiento.
Patino al centro de la pista y… la música cambia a unas teclas de piano.
Unas teclas suaves. Todos nos detenemos, incluso los jugadores rivales.
En esta pista siempre suenan los Black Eyed Peas mientras calentamos. Siempre.
Miro a Jonny y Elliot, que me devuelven la mirada, confundidos. Miro a mis compañeros, que observan los altavoces de la pista con el ceño fruncido. Miro a Julián, que me observa con una sonrisa enorme en la cara.
El corazón comienza a latirme a toda velocidad. Yo conozco esta canción. Me quito el casco.
—The sun’ll come out tomorrow. Bet your bottom dollar that tomorrow there’ll be sun.
¿Cannon?
Cannon