31. Benji #2
Me concentro en mi tarea y me ato los cordones de los patines a toda marcha cuando escucho las primeras estrofas de la canción de Annie, y rezo por no tropezar en el hielo.
Lanzaría por la borda todo mi plan. O el de Brandon.
Él me ha ayudado a confeccionarlo. Es un romántico empedernido.
Chloe, Fallon y Axel han colaborado. Incluso Blake, a ratos.
Enlazo el último cordón y me levanto. La canción ya ha avanzado un montón. Voy a llegar tarde. Mierda, voy a llegar tarde. Y no puedo llegar tarde a mi declaración de amor para Benji. Aún no puedo creerme que vaya a declararme al gilipollas de Benjamín Schmidheiny.
—Espera —me dice Chloe, y me coloca bien la coleta—. Ahora sí. Corre.
—¡Suerte! —grita Fallon—. Y que el hermano del hermanastro se corra de nuevo en tu c… —Axel le tapa la boca con ambas manos.
—¡Filtra un poco, Fallon!
Echo un último vistazo a mis hermanos. Chloe. Axel. Brandon. Blake. Fallon. Los he colado en el vestuario de los Jaguars y…
—¡Blake! —grito al verlo merodear en el cubículo de Jon—. ¡Ni se te ocurra liármela! ¡Sal de ahí!
Blake se da la vuelta y me pide silencio con el índice en los labios. Axel se acerca a él y le dice algo al oído. Elevo los ojos hacia el cielo. No tengo tiempo para esto.
—Contrólamelos, por favor —le pido a Brandon.
—Claro —responde con una sonrisa. Una sonrisa sospechosa, pero… ¡no tengo tiempo para esto!
Abandono el vestuario y corro por los pasillos. Cuando llego a la pista, reinaría el silencio si no fuera por la canción de Annie, que suena a todo volumen. Reinaría el silencio a pesar de los veinte mil espectadores, que, en sus asientos, miran hacia todos los lados.
Los jugadores están congelados en el hielo. Se miran, confundidos. Todos menos Benji, que tiene la mirada clavada en la entrada al banquillo por la que acabo de aparecer. Se me para el corazón al verlo.
Su cara. Su preciosa cara. Su postura. La esperanza en sus ojos.
Dejo de respirar y nos miramos sin apenas parpadear mientras entro poco a poco en el hielo.
Me detengo de nuevo. Solo nos separan unos metros.
La canción alcanza su punto más álgido, en la parte instrumental, y es el impulso que necesito para patinar hacia él.
Y también el de él, porque nos encontramos a medio camino.
Salto y le rodeo las caderas con las piernas. Por inercia, comenzamos a dar vueltas.
—Cani… —me dice cuando la misma inercia nos detiene.
Apenas puede articular palabra.
— When I’m stuck with a day that’s gray and lonely, I just stick out my chin and grin and say, oh. Podría quererte con toda mi alma —confieso con un nudo en la garganta y los ojos anegados de lágrimas—. Y podría habértelo dicho ayer si no hubieras salido espantado.
Ríe, emocionado.
—Podría quererte con toda mi alma —responde con la sonrisa más bonita del mundo—. Podría quererte durante el resto de mi vida. No estaba dispuesto a morir por un ajuste de cuentas. Necesito que lo sepas. Estaba dispuesto a morir por ti.
—No quiero que mueras por mí.
—Por eso no lo he hecho, Cani Pooh. Te queda Benji para rato.
Nos lanzamos a la vez el uno a la boca del otro y la pista comienza a rugir.
Se mueve. Juro que se mueve bajo nuestras cuchillas.
Hay gritos. Vítores. Aplausos. Los jugadores comienzan a patinar en círculos a nuestro alrededor.
Todos los jugadores. Jaguars y rivales, mezclados en el calentamiento por primera vez en la historia del hockey europeo.
Las bengalas reservadas para los goles estallan todas al mismo tiempo.
Y las preguntas del equipo. «¿Cuándo ha pasado esto?
». «Qué calladito se lo tenía el Benjamín».
«Tíos, ¿os acordáis de aquel reto de Ben, el de no enamorarse?
». «¡¿Era con Cannon?!». «No te creo». «¡No te creo!
». «¡Eh, ¿y el reto de Elliot?!». «Nunca aceptó».
Benji sonríe en mi boca antes de profundizar el beso y todo desaparece. Todo queda atrás. Se disuelve a la nada. Solo existimos él y yo y la calidez de su boca en la mía. La calidez de sus brazos rodeándome. La calidez de todo él siendo… él. Él.
La música cesa de pronto y alguien carraspea en el altavoz.
—Que viva el amor. Pero, por favor, ¿pueden salir los enamorados de la pista para que dé comienzo el partido? Gracias y buenas noches.
Rompo a reír en el cuello de Benji mientras él nos saca a ambos de la pista, patinando. No me deja en el suelo hasta que llegamos al banquillo, donde todos nos abrazan y toquetean las cabezas.
—Tú lo sabías —le dice Ben a Julián entre la marabunta.
Julián le responde con un guiño y se dirige a los chicos.
—¡Todos a los vestuarios! Comienza el partido. Un juego más y estáis libres hasta septiembre.
—¡Vamos!
El partido es una gozada. Y por fin lo entiendo. Por fin entiendo el motivo por el que hemos jugado tan mal durante el último mes.
Con los Jaguars no se trata de estrategia ni de entrenamiento. No se trata de patinar ni de concentración. Se trata de ellos. De ellos como personas y como equipo. Si uno sufre, todos padecen, y el juego se va a la mierda.
Cuando el marcador anuncia el final, el público se vuelve loco. Hemos ganado. No pasamos a los play-off por falta de puntos, pero hemos ganado y ha sido precioso.
Los chicos salen al hielo. Benji sale al hielo. Cargan contra las vallas. Se abrazan. Se besan. Todos en las gradas se levantan. Silban. Cantan. Patalean. Aplauden. Gritan.
«Ja-gu-ars. Ja-gu-ars. ¡Ja-gu-ars!».
Me estremezco y tengo que esforzarme por no romper a llorar.
La pista se llena de guantes, sticks y cascos.
Y de gente. Decenas de personas bajan de las gradas y saltan al hielo.
Entrenadores del CAR , deportistas del CAR , Álvaro…
Y mis hermanos, que abrazan a los chicos, los besan en la cabeza y les dan palmadas en la espalda como si no fuéramos una familia rota.
—¡El año que viene lo vamos a petar! —grita Elliot más tarde en el vestuario.
—¡Sííí!
—Vestíos —les dice Julián—, vamos a celebrarlo.
Comienzan a vestirse y…
—¡¿¿¿Quién coño ha congelado toda mi ropa???! —grita Jon.
Oh, mierda. Voy a matar a mis hermanos.
En el bar suena Ella baila sola, de Peso Pluma, a todo volumen.
Han atenuado las luces; estoy rodeada de mis hermanos, de gente del CAR , del pueblo y del equipo, y tengo a un chico precioso aferrado a mí, bailando, con sus caderas muy cerca de las mías, su boca en el lóbulo de mi oreja, susurrando eso de «le dije, voy a conquistar a tu familia, que en unos días vas a ser mía» y su sonrisa en mi piel.
—¡Controla esas manos, Schmidheiny! —le dice Blake a Benji al pasar cerca de nosotros—. O te las corto.
Benji le saca el dedo corazón.
—Yo que tú me andaría con ojo —le digo a mi hermano.
—¿Y eso?
—Jon sabe que le has congelado la ropa.
—Que venga. Lo estoy esperando.
Blake nos lanza un beso, nos guiña un ojo y se va a bailar por ahí. Pasa cerca de Elliot y le dice algo al oído. Elliot deja de hablar con Álvaro, Montaño y Xavi X-Men y va detrás de él. No quiero saber más…
A Jon (vestido con el chándal del equipo, puesto que no tenía nada más) no lo veo por ninguna parte (tampoco a Álvaro), y miedo me da. A saber la que estarán liando, aunque ahora mismo no podría importarme menos.
Le giro la cabeza a Benji y lo beso en la boca, hambrienta, sin dejar de moverme al ritmo de la música.
Le quitaría toda la ropa aquí mismo, lo tiraría al suelo y le haría el amor toda la noche, hasta desfallecer.
No he deseado tanto a nadie en mi vida; sin embargo, también me conformaría con tumbarme a su lado, abrazarlo y quedarme dormida mientras lo oigo respirar.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta Ben sobre mi boca.
—En sexo.
Ríe y comienza a movernos hacia atrás sin mirar. Hacia la derecha. Hacia los baños.
Se sabe el camino de memoria. Puede hacerlo con los ojos cerrados, y es lo que está haciendo. Me pone un montón. Lo miro escandalizada. O fingiendo escándalo. Y entonces me acuerdo de algo.
—¿Elliot, Jon y tú os comunicáis en código morse?
—Sssh… —me indica con el dedo en los labios y una sonrisa cómplice.
¡Lo sabía!
Nos colamos en los baños de las chicas y me empotra contra la pared, donde me baja los pantalones y la ropa interior a toda pastilla, se baja sus pantalones y la ropa interior igual de rápido y se coloca en mi entrada.
Me levanta los brazos por encima de la cabeza y entrelazamos los dedos.
Entra poco a poco, sin esfuerzo, y me hace el amor, despacio, con la música de Eslabón Armado de fondo.
Cuando acabamos, estamos exhaustos y sudorosos, con el pecho que baila arriba y abajo al ritmo de las respiraciones aceleradas, y nos besamos. Y reímos.
Puede que el amor sea una mierda, pero cómo merece la pena. Viviría mil vidas, y en todas ellas elegiría enamorarme. Y lo haría de Ben. Siempre de Ben.
La música cambia de pronto. El chirrido de un micrófono resuena en las paredes del baño y la melodía del inicio de la banda sonora de Campeones comienza. Y después, la voz de mi hermano Brandon.
—Allá van con la pastilla en los pies…
—¿Quién es el pavo que canta? Qué máquina.
—Un tal Brandon.
—¿Brandon?
—Donnelly, creo. Brandon Donnelly.
—Me descojono.
—¡Que alguien baje a Brandon de la barra! —escuchamos gritar a Fallon—. Se va a romper la crisma.
—¿Cómo sabías que Benji se lo dijo a Elliot esa noche? —le pregunto a Julián cuando lo pillo a solas cerca de la barra. Es algo que llevo varios días preguntándome y no me puedo guardar más—. ¿Estabas allí con ellos?
—¿Perdona?
—Cuando me contaste la historia de Ben, me dijiste que la noche en que Elliot pilló a su madre con mi padre fue la noche en que Ben le contó que vivía en la pista. Me dijiste que Elliot acudió a Benji y que se desahogaron. ¿Cómo lo sabes? ¿Estabas allí con ellos?
—No. Me lo contó Elliot.
Ahí quería llegar yo.
—¿Por qué? Que yo recuerde, Elliot y tú apenas teníais relación en aquella época.
Julián suspira.
—Es complicado.
—Siempre lo es. ¿Os habéis acostado?
Ni siquiera se sorprende por la pregunta.