30. Cannon #2
—Sí. En parte, sí. También por Ricardo y… mi tía.
—¿Sabes? Podría haberte querido.
Abro la puerta de la habitación con fuerza y salgo. Elliot y Lili siguen abrazados, Blake está discutiendo con Jon y el resto, preocupado, no sabe muy bien qué hacer.
—Ya podéis pasar —les digo—. Es todo vuestro.
—Joder —exclama Axel—. Eso sí que ha sido rápido.
Benji regresa a casa al día siguiente. No es una herida de gravedad, pero sí lo bastante profunda como para que tenga que estar alejado de toda actividad física durante un par de semanas hasta que le cicatrice. «Reposo y descanso», han dicho los médicos.
Paso la primera noche a su lado, sentada en la silla de su escritorio, cerca de la cama, sin que se dé cuenta. Y la noche siguiente. Y la siguiente. No sé muy bien por qué, dado que se encuentra fuera de peligro. Supongo que permanecer a su lado es otra de mis adicciones recién adquiridas.
Él siempre está dormido y no sabe que estoy aquí. Durante el día se pasa las horas en el sofá viendo la tele o criticando a sus amigos mientras juegan a videojuegos (hockey, por supuesto) y por las noches cae rendido de puro aburrimiento.
No hemos hablado desde el hospital, supongo que ambos estamos pensando en…
, no lo sé, ¿en el otro? ¿En lo que ha pasado entre nosotros?
¿En lo que significamos? ¿En qué es lo que vamos a hacer?
¿En que se nos ha ido de las manos? A mí, desde luego que sí, teniendo en cuenta que me he enamorado. ¿Se ha enamorado él? Dios, no lo sé.
Suspiro.
Y así paso las horas.
—Como le digáis que vengo por las noches, os la cargáis —amenazo a Jon, Elliot y Álvaro la cuarta mañana al salir de su dormitorio cuando aún no ha asomado ni el alba y me los encuentro en el pasillo, apoyados en la pared, divertidos.
—Sí, señor. Digo, seño…
—Oh, cállate.
Giro sobre mis talones y me doy de bruces con Viktor.
—Buenos días —me saluda, también divertido—. ¿Todo bien con el enfermo?
—Sí, señor. Todo en orden.
—Bien. Bien.
Tierra, trágame.
Oigo las risitas detrás de mí y me giro para fulminarlos a todos con la mirada. Niñatos.
Tomo la decisión de no velar más por el sueño de Benji. Por mi salud mental.
Benji
Quince días después
Pues resulta que no estoy solo enamorado de Cannon, lo estoy hasta las trancas, contra todo pronóstico.
He perdido el puto reto y ni siquiera me he dado cuenta de cuándo.
Mirándolo ahora en retrospectiva, quizá debí verlo venir cuando empezó a «caerme demasiado bien».
O cuando empecé a reírme con ella sin que hubiera un motivo aparente.
Cuando me di cuenta de que la admiraba. O cuando me sentía en casa a su lado.
Cuando se me despertó el instinto de protección para con ella.
O cuando me despertaba por las mañanas mirándola a la cara.
Y desde luego que debí verlo venir cuando sentía ese cosquilleo en el estómago al verla.
En mi defensa diré que no tenía ni idea de que eso era estar enamorado hasta las trancas.
Siento algo parecido por Elliot, Jonny y Álvaro y no estoy enamorado de ellos, ni de lejos.
No me los follaría ni por un millón de euros.
Quizá debí de darle una vuelta a la facilidad con la que mantuve relaciones sexuales con Can una y otra vez.
O quizá debí darle unas cuantas vueltas a lo que sentí cuando nos conocimos en la pista de hielo de su abuelo.
A todas las veces que me desafió y yo aluciné y sonreí por dentro.
A pensar que era la chica más guapa y más valiente que había visto en mi vida.
¿Me gustaba Cannon con catorce años? Me refiero, ¿eso era gustar?
Dios, soy gilipollas.
Podría cagarme en todo, pero prefiero recrearme en el hecho de que estoy enamorado y me siento de puta madre. Quiero estar con Cannon. Joder, quiero estar con Cannon. En todos los sentidos. Sonrío, aunque también estoy jodido. Cannon está supercabreada.
—¿Has pensado en algo? —me pregunta Elliot al volante, sacándome de golpe de mis pensamientos.
Vamos a la casa de su abuela. Nos han dado chivatazo de que Can está durmiendo allí. Y, por cierto, mis amigos podrían haberme avisado de todo esto del amor. Cabrones.
—No. Voy a improvisar.
Jonny chasquea la lengua en el asiento de atrás al tiempo que se incorpora y me quita las ardientes cajas de pizza que reposaban sobre mis pobres muslos.
—Huele a desastre.
—¿La pizza? —pregunta Álvaro junto a Jonny.
—La reconquista de Benji, tío.
—Dirás la conquista. Yo no he visto a Cannon muy conquistada hasta ahora.
—¿Estás ciego? Se ha pasado varias noches en vela cuidando el sueño de Ben.
—Y nos amenazó con jodernos vivos si se lo decíamos.
—Ha sido Elliot.
—¿Qué? —exclama Elliot a mi lado—. ¡Mentira!
La verdad es que han sido los tres. Elliot me lo ha insinuado esta mañana en el desayuno, Jonny me ha dado otra pista cuando ha llegado del entrenamiento mientras jugábamos a la consola y Álvaro me lo ha confirmado cuando me ha traído la merienda. La sutileza no es lo suyo…
—Yo creo que acudir en su busca mientras aún estás convaleciente te va a dar ventaja.
—No estoy convaleciente —me quejo. Me encuentro mejor que nunca.
—Pues fíngelo —sugiere Jonny.
—¿Por qué?
—Porque se va a ablandar.
—No sé yo…
—Confía en mí. He visto con qué ojitos te miraba todas estas noches.
—No pienso fiarme de ti. No tienes ni idea de relaciones.
—¿Y tú sí?
—¡Eh! —exclama Elliot—. ¿Por qué huele todo el puto coche a pizza? ¿Las habéis abierto?
—Qué va —responde Jonny con la boca llena de queso.
—Sois unos cabrones. Íbamos a reservarlas para cuando Ben se declarara a Cannon. En plan palomitas.
—¿Qué? —exclamo yo, indignado—. Sois lo peor. Pensé que eran para cenar luego en casa.
—Claro, y por eso las hemos cogido dos horas antes…
—Joder, Ben…
—Pareces nuevo…
—Dejadme al menos un trozo. Estoy convaleciente y tengo hambre.
—¡Esa es la actitud! —responden Jonny y Álvaro al unísono, celebrando que me aproveche de mi convalecencia.
—La casa va a estar llena de Donnellys —se queja Jonny con otro trozo de pizza en la boca—. Pereza máxima.
—Si no hubieras ido en plan kamikaze y hecho que te apuñalaran, podrías trepar y entrar por la ventana —sugiere Álvaro—. Así fue cómo mi tío River conquistó a mi tía Cata. Y mi tía Cata es superdura de pelar.
—Puedo trepar por una ventana.
—No, no puedes —me replica Álvaro.
—Ni se te ocurra —añade Elliot.
—Te abrirías la herida, idiota. —Jonny.
—Esperad. ¿Os he contado la historia de cuando mi madre lanzó piedras a la ventana de mi padre? —nos pregunta Álvaro. Frunzo el ceño y miro hacia atrás—. Bueno, en realidad las lanzó contra la ventana de mi tío mientras le llamaba de todo menos guapo.
—¿Por qué contra la ventana de tu tío?
—Pensaba que era la de mi padre. Iba hasta arriba de Martinis.
—¿Tu madre, Priscila? ¿En serio?
No me imagino a Priscila Cabana en esa tesitura. Es superresponsable. Álvaro nos trae siempre un montón de tápers llenos de comida cuando va a verla.
—Sip. La única e inigualable. No sé —masculla una vez más con la boca llena de comida—. A mí me parece superromántico. Ahí lo dejo.
—Tu familia es rara, tío. La parte Cabana, me refiero.
—Hummm.
—¿Y cómo coño sabes tantos trapos sucios?
—Por mi tío Marcos.
—¿El poli?
—Era GEO .
—¿Podéis dejar de comeros la pizza?
—¿Por qué no lo impediste? —le pregunto a Elliot de golpe y porrazo.
—¿El qué?
—Lo mío con Cannon. Si sabías que iba a pasar…, si estabas tan seguro y no querías que pasara, ¿por qué no lo impediste?
—Yo no he dicho que no quisiera que pasara.
—¿Y por qué querrías que pasara, con todas tus movidas con ella?
—Porque jamás dejaría que mis movidas familiares afectaran a tu bienestar. Te quiero y quiero lo mejor para ti. Cannon es para ti. Tú eres para ella. Desde los diez años.
—Tíos, yo también os quiero —nos dice Jonny.
—¡Y yo! Y tú me debes cincuenta pavos —le dice Álvaro a Jonny.
—Y a mí otros cincuenta —añade Elliot.
—¿Habéis apostado? —pregunto yo, ofendido.
—Pues claro —responden al unísono.
—Y Jonny ha palmado —dice Álvaro.
—He perdido cien pavos por tu puta culpa, Ben.
—Te jodes. Entonces ¿siempre lo has sabido? —le pregunto a Elliot.
—Creo que sí. Desde que le pusiste la cuchilla en el cuello. Os teníais que haber visto. Saltaron chispas.
—Chispas de las malas.
—No, qué va. Venga, dale. Ya hemos llegado —dice Elliot y detiene el coche frente a la puerta de la casa de la abuela.
¿Ya? Joder…
Nunca he sentido nervios por estar frente a esta casa, y eso que ha habido días en que casi me jugaba la vida con los Donnelly ahí dentro. Pero ahora…, joder, ahora estoy temblando.
Cojo aire. Allá voy.
Salgo sin pensármelo dos veces y me acerco a la puerta. Estoy a punto de llamar, pero oigo los gritos desde aquí. Jonny tiene razón: está lleno de Donnellys. Enseguida llegará la hora de la cena y están a pleno rendimiento, como los Gremlins que son.
Me alejo y busco la ventana de Cannon. Me coloco justo debajo. Tiene la luz encendida, así que debe de estar dentro.
Elliot hace sonar la bocina y yo salto y todo del susto. Me giro hacia el coche, mosqueado.
—Pero ¿qué haces? —susurro y grito al mismo tiempo.
—¿Qué haces tú? —susurra y grita Elliot a su vez sacando la cabeza por la ventana.
—Voy a probar lo de la ventana.
—¡Lo apruebo! —grita Álvaro, también con la cabeza por la ventana.
—¡Y yo! —grita Jonny.
—Sssh.
Joder, no sé para que los traigo, pero ya que están aquí…
Cojo unas cuantas piedras del suelo, los miro y levanto el puño, para que las vean. Los tres alzan uno de los pulgares hacia arriba en señal de aprobación sin dejar de engullir las pizzas.
Me armo de valor y lanzo una piedra, pero nada.
Qué coño. Lanzo todo el puñado. Chocan con el cristal, montando un escándalo de la pera, y caen por la pared, haciendo ruido de nuevo al pasar por la ventana de abajo, que resulta ser el salón.
Unos segundos después no solo se abre la ventana de Cannon, también la puerta de casa. Y ahí están los Donnelly, en fila india.
—Es el hermano del hermanastro.
—Y se ha traído a los amigotes.
—¡Hola, Jon!
—Qué buena cara tiene.
—Jon siempre tiene buena cara.