29. Benji #3
Mientras el dolor lacerante se apodera de mí y me nubla la vista, soy capaz de distinguir a Patrick y Álvaro sujetando por la fuerza a Cannon, que llora a lágrima viva, para que no se acerque a nosotros. Veo sus caras, aterrorizadas. Escucho sus gritos. Y el de Elliot. Oh, y el de Elliot.
—¡Noooooo!
Julián
Benji se desploma y Elliot se vuelve loco. De su boca sale un grito tan aterrador que consigue estremecerme incluso más que la visión de Benji cayendo al suelo, apuñalado, con la camiseta llena de sangre en la zona del abdomen.
Elliot se libera de la prisión de sus raptores y corre en su dirección. Yo también lo hago. Y Jon, que también se libra de los cuatro tipos que lo sujetaban. Y Cannon, que lo hace de Álvaro y Patrick.
Corremos hacia Benji al mismo tiempo que los amigos de Toni se largan sin mirar atrás. Nos agachamos junto a Ben, que apenas puede abrir los ojos. Toni nos observa durante unos instantes, hasta que decide irse en la misma dirección que los suyos.
—Ben. ¡Ben! —grita Cannon, con las manos taponándole la herida—. ¡Llamad a una ambulancia!
—Ben —lo llama Elliot, con la voz quebrada y los ojos asustados—. Abre los ojos. Vamos, mírame.
—Va a ponerse bien —nos asegura Jon—. Es una herida superficial.
—¿Estás seguro? —le pregunta Elliot.
—Sí.
—La ambulancia viene de camino —nos dice Patrick.
—Júramelo —le pide Elliot a Jon—. Júrame que es una herida superficial y que va a estar bien.
Y yo sé que está a punto de cometer una insensatez. Lo conozco tanto. Lo conozco casi mejor que a mí mismo.
—Te lo juro.
—Bien. Cuida de él.
Jon asiente, Elliot se levanta y sale corriendo en la misma dirección que Toni y los demás.
«Oh, no. No, no, no».
—Elliot, ven aquí —grito, pero o no me oye o no me quiere oír—. ¡Elliot!
Me levanto y voy tras él. Corro lo más deprisa que puedo, pero es muy rápido. Más rápido de lo que recordaba. Y está en una forma física excepcional, mejor que la mía, a pesar de la paliza que le han dado.
La calle comienza a llenarse de callejones, carreteras, calzadas y edificios. Mierda, voy a perderlo.
—Elliot —grito cuando en la siguiente intersección no lo veo por ninguna parte. Me doblo y apoyo las manos en las rodillas. Intento recuperar el aliento—. Elliot… —susurro.
Me incorporo y miro hacia ambos lados. Tengo un cincuenta por ciento de probabilidad de acierto. Me la juego yendo hacia la derecha.
«Por favor, que sea hacia la derecha».
Corro y llego a un callejón. Y ahí está Elliot, forcejeando con Toni en el suelo.
No hay ni rastro de sus amigos. Y puede que Toni se haya metido en más peleas que los putos integrantes de El club de la lucha, pero no es más que un pobre yonqui, y Elliot es un deportista de élite hasta arriba de ira y sed de venganza.
Se sube encima de él, a horcajadas, y consigue arrebatarle la navaja. Le inmoviliza el cuello con ella.
—Voy a matarte —le promete—. Voy a matarte e iremos juntos al infierno, como querías.
—¡Elliot, no! —grito, y me acerco a ellos, que apenas reparan en mí.
—Benji tenía que saldar su deuda —le explica Toni, templado.
—Te advertí que te mataría si lo tocabas.
—Ha sido una herida limpia, Elliot. Sé cómo hacerlo, créeme.
Elliot aprieta el filo de la navaja contra la garganta de Toni.
—Te advertí que te mataría si lo tocabas —repite, presa de la furia.
—Bien. Hazlo.
Elliot presiona la navaja y yo…
—Elliot. —Le pongo la mano en el hombro—.
No lo hagas. Por favor. No tires tu vida por la borda.
No merece la pena. Tienes un futuro prometedor por delante.
—No me mira, pero tiene los dientes apretados y veo la lucha que se libra en su interior—.
Suelta esa navaja, por favor. Benji está bien.
Suéltala. Hazlo por mí. No me rompas más el corazón.
Yo… no lo soportaría. Cariño…, por favor.
Elliot me mira, por fin, con los ojos anegados en lágrimas, henchidos de rabia, y afloja el agarre en la navaja.
—Dámela —le digo y le tiendo la otra mano—. Vamos.
Me la da y suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se levanta, nos mira a Toni y a mí con rabia (más a mí que a él, puesto que esta rendición suya es culpa mía) y se larga sin decir una palabra.
Bien, justo lo que necesitaba. No voy tras él: nada más lejos de mis intenciones.
Toni coge aire, a punto de decir algo, pero me siento sobre él y lo amenazo con la navaja. Yo no voy a por su cuello, sino a por sus pelotas.
—¿Has visto lo que le has hecho a su cara?
Nos miramos a los ojos. Sabe que me refiero a Elliot.
Cuando lo he visto me han entrado ganas de vomitar.
Cuando lo he tenido cerca y he sido consciente de su preciosa cara destrozada por los golpes de esta gente me han entrado tales instintos primitivos asesinos que me he dado cuenta de no soy tan buena persona como la gente se empeña en pensar.
—El amor es complicado, ¿verdad?
—Te advertí que te las cortaría si te acercabas a ellos —le recuerdo con toda la calma de la que soy capaz.
—Lo recuerdo. Pero no lo vas a hacer.
—Ah, ¿no?
Ejerzo más presión en su entrepierna.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eres mucho mejor persona que yo.
—No estés tan seguro.
—Y porque te juro por mi vida que no voy a volver a acercarme a tus chicos. —Lleva una de sus manos a la navaja y se clava la punta a sí mismo. Veo la sangre que le traspasa la tela de los pantalones de chándal grises—. No voy a volver a acercarme a Elliot.
Trago saliva y le creo. No sé por qué, pero le creo.
Lanzo la navaja al suelo y me levanto. Él lo hace conmigo.
—Has elegido bien. Has elegido no tirar tu vida por la borda. Él tampoco lo soportaría. Ya estamos en paz, Julián Alcalá.
Aprieto los puños y lo veo marchar. Cierro los ojos y espero no haberme equivocado, porque no me lo podría perdonar jamás.
Esta vez no.