29. Benji
Benji
Para que el gol sea válido, el puck debe atravesar por completo la línea de portería.
Tengo un recuerdo. Ocurrió hace seis años, cuando teníamos dieciocho.
Jonny acababa de llegar al CAR ; ya he dicho que era un rebelde de manual, con causa, impulsivo, indisciplinado, provocador…, y no quería ser uno de nosotros. No quería ser de nadie. Ni siquiera estaba seguro de querer estar aquí.
Tampoco es que quisiéramos aumentar la plantilla, pero la vida… sucede, supongo. Sucede sin que podamos hacer nada para evitarlo.
Elliot y él no tardaron ni diez minutos en provocarse, como dos gallos en un mismo corral.
Jonny enseguida aprendió a decir eso de «Cállate, Elliot» y no recibió dos hostias a cambio porque yo me puse en medio.
Jonny también aprendió que solo Julián tenía derecho a decirlo sin desatar la ira de Elliot, pero poco le importó.
—Vamos, Schmidheiny —le dijo un día, jocoso, tras varias semanas de encontronazos—, déjame decírtelo sin que te cabrees, aunque solo sea una vez. Dame esa satisfacción.
—Vamos, Ros, estámpate esa estúpida cara contra el suelo, dame esa satisfacción.
—¿Te gusta mi cara, rubio?
—Tanto como tu carácter de mierda, morenazo.
—¿La quieres? La tienes. Intenta estampármela contra el suelo, a ver si puedes.
Y ahí estaba el reto. A Elliot le brillaron los ojos, ya chispeantes de por sí.
—Te espero en el aparcamiento —le dijo—. Antes de comer. Trae la bolsa de hockey.
Todos llevamos nuestras bolsas: Elliot, Caylin (que por aquel entonces estudiaba con nosotros) y yo.
Álvaro nos acompañó con su bolsa de natación.
Jonny acudió a la cita dispuesto a liarse a puñetazos con Elli y a ver quién estampaba antes la cara del otro en el suelo, pero la mente de Elliot acariciaba otra idea.
Un reto: tumbar nuestras bolsas en el suelo y que Jonny las pasara por encima de un solo salto, en patines de línea.
—¿Me ganaré tu respeto si lo consigo? —le preguntó Jonny a Elliot, cogiendo los patines que este le ofrecía—. ¿Ese mismo que le tienes a Julián?
—Claro —respondió Elliot con desinterés.
—Ponte tú en el lugar de esa bolsa y te ganarás el mío —lo retó Jonny, señalando la bolsa en el suelo.
Mientras ellos dos se mantenían la mirada, nosotros tres cruzábamos las nuestras.
Y supimos lo que iba a pasar antes de que Elliot lo dijera en voz alta.
No solo porque suponía un reto, sino porque Elli…
Elli siempre ha sido un yonqui de las emociones fuertes.
Lo atraen con una especie de fuerza magnética a la que no puede resistirse.
Tampoco es que quiera. Más bien, lo contrario. Las busca. Y se burla.
—Hecho.
Elliot sustituyó el espacio de su bolsa en el suelo, y yo me puse a su lado, por supuesto. Si había que morir, mejor que lo hiciéramos juntos. Caylin fue la siguiente en tumbarse. Y, por último, Álvaro.
—Vais a ser mi ruina —nos dijo este último.
Intentó que Caylin se pusiera en primer lugar, pero no recibió más que una mirada de advertencia en plan «No me trates como si fuera una damisela en apuros porque te reviento».
Y así fue como quedamos. Álvaro. Caylin.
Yo. Elliot. Los cuatro juntos seguidos, bien pegados, medíamos unos dos metros y medio.
Jonny patinó hacia atrás, cogió carrerilla y saltó. Yo era ajeno a lo que pasaba por las cabezas de mis amigos, pero la mía gritaba «Vamos a morir todos». Excepto Álvaro. Él seguro que se salvaba.
Tragué saliva y me preparé para lo inevitable. Cerré los ojos.
Un segundo después de que Jonny saltara, sentí que un cuerpo cubría el mío.
Abrí los ojos. Era el de Elliot, que se había subido sobre mí y escondido la cabeza en mi cuello.
Jonny lo vio, en pleno aire, y se colocó en plancha.
Se dio una hostia de las buenas. Digamos que estampó la cara en la acera.
—Así estás mucho más guapo —le dijo Elliot poco después.
—Cállate, Elliot —respondió él.
Y sonreímos. Todos sonreímos.
Lo que pasó fue que Elliot también pensó eso de «Vamos a morir todos», y él siempre ha sido más de buscar la perdición en solitario, así que se puso encima de mí para protegerme.
Y lo que también pasó fue que Jonny, al ver el movimiento de Elliot, supo que iba a estamparse contra nosotros, así que se tiró en plancha al suelo, literalmente.
La verdad es que Jonny no quería saber nada de nosotros al principio, ni nosotros de él, pero con el transcurso de las semanas, entre broncas y empujones, hicimos ese clic sin darnos cuenta. Para cuando sucedió el reto, ya estábamos unidos sin remedio.
Sonrío ante el recuerdo y abro la puerta de mi dormitorio.
El pasillo está sumido en la más absoluta oscuridad; son las seis de la mañana y aún no ha despuntado el alba.
Camino de puntillas, con las zapatillas en la mano, y bajo las escaleras con cuidado, cagándome en todo cuando la madera cruje bajo mis pies.
Llego al último escalón, grito victoria en silencio y me dirijo a la entrada. Abro la puerta de la calle y…
—¿Vas a alguna parte, Ben?
Cierro los ojos y chasqueo la lengua. Mierda. Demasiado fácil.
Me doy la vuelta, despacio. Elliot y Jonny salen de la cocina y se recuestan en la jamba, vestidos y preparados para salir.
Me estaban esperando. Han intuido mis intenciones de escabullirme sin que me vieran y me estaban esperando. Debí de haberlo supuesto.
—No vais a venir conmigo —advierto—. Y voy muy en serio.
—Me gustaría ver cómo nos lo impides —dice Jonny, desafiante.
—Por favor —suplico, pero me ignoran.
Ambos pasan por mi lado, salen de casa y van directos hacia el coche de Elliot, aparcado a un par de metros, en la carretera. Elliot lo enciende y me abre la puerta de atrás.
—¿Subes o qué? —me pregunta—. Vamos a acabar con esto de una vez.
—¿Y cómo pretendes hacerlo?
—No lo sé. ¿Cómo pretendes hacerlo tú?
—Entregándome.
—Ya. —Elliot ríe sin ganas—. Eso no va a pasar.
—Elliot…
—Sube al puto coche. Ya pensaremos en algo por el camino. ¿A qué hora has quedado con él?
Suspiro y me pongo las zapatillas. Salgo de casa, cierro la puerta y me acerco al coche.
—A las nueve.
—Bien. Tenemos tiempo.
—¿Cómo sabíais que había quedado hoy con Toni?
—No lo sabíamos —contesta Elliot—. Hemos estado haciendo guardia cada noche desde que te amenazó. ¿En serio pensabas que nos la ibas a colar?
No respondo.
—Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? —dice Jonny, a mi lado—. Si hay que morir, mejor que lo hagamos juntos.
—No os quiero muertos.
—Ya, nosotros tampoco, así que vamos a pensar en una alternativa. Elli, ¿cuánta pasta tienes en el banco?
—No creo que sea dinero lo que Toni quiere.
—Entonces nos liaremos a hostias. Tengo ganas de una buena pelea, como en los viejos tiempos, ¿eh? Uno para todos y todos para uno. —Da un golpe en el techo del coche y entramos.
Cojo aire y echo la cabeza hacia atrás. Elliot conduce unos metros y se detiene en la playa. Miro hacia la izquierda. El sol comienza a despuntar por el este.
—Qué bonito amanecer, ¿no? —nos dice Jonny—. Rojo sangriento.
—La verdad es que sí. Por lo bonito, me refiero.
—También por lo sangriento.
—Cierto.
Escribo un mensaje a Cannon, por si acaso es el último.
Benji: C uando n os conocimos, pensé que eras la niña más insoportable del universo. También la más valiente. Y la más guapa. Pero no se lo cuentes a nadie, que tengo una reputación que mantener. Y, Cannon…
Perdóname.
Cannon
—¿Sabes dónde está Benji? —me pregunta Julián en cuanto entro en el hielo. No me da tiempo ni a coger aire.
—No. ¿Por qué?
Intento relativizar en lo que respecta a Benji. Ahora estoy en la fase de cabreo. En plan, «Que te jodan, Benji. ¿Una semana sin apenas dignarte a mirarme y mucho menos a dirigirme la palabra? Bien. Pues que te jodan, Benjipollas».
—No ha venido al entrenamiento. Y Jon tampoco. —Julián nunca llama Jon a Jon dentro del hielo. Siempre es Jonathan. Y Benji nunca es Ben. Es su manera de mantener distancia emocional, supongo. Así que ¿qué está pasando aquí?—. Y nunca faltan. Ninguno de los dos. No importa lo que pase con Elliot.
—A lo mejor…
—¿Qué? —me interrumpe, nervioso—. A lo mejor ¿qué? ¿Están enfermos? ¿Ambos? Lo dudo. Y ya viste jugar a Benji con cuarenta de fiebre.
Miro la hora. Son las ocho y treinta y cuatro.
—Solo han pasado unos minutos desde que empezó el entren…
—Nunca llegan tarde —me interrumpe de nuevo—. Nunca. Llevo más de diez años conviviendo con ellos. Los conozco como la palma de mi mano. Conozco sus horarios, sus rutinas. Sé cómo van a actuar antes que ellos mismos. Ha pasado algo.
—¿El qué?
—No lo sé.
Se mete la mano en el bolsillo y alcanza su teléfono. Marca un número de memoria, activa el altavoz y espera. A mí me ha empezado a latir el corazón a toda velocidad. Un par de tonos después salta el contestador de Ben.
—Benji, soy Julián. ¿Dónde estás? ¿Va todo bien?
Ll… llámame en cuanto escuches esto, ¿vale?
En cuanto lo escuches. Voy en serio. —Suspira y marca otro número de memoria.
Ambos esperamos expectantes, pero el contestador salta de nuevo—.
¿Jon? Joder, ¿dónde coño estáis? —Cuelga y marca el último número—.
Elliot —suspira—. Mierda, Elliot. Cógeme el teléfono, por favor.
Por favor —susurra—. Oye… —Desactiva el altavoz y se aleja unos pasos en busca de intimidad, pero no lo bastante, porque lo escucho todo—.
Lo siento. Lo siento mucho. Perdóname, ¿vale?
O no me perdones, pero cógeme el teléfono.
Estoy preocupado. Estoy acojonado y ni siquiera sé por qué, solo…
siento que está pasando algo. Que os está pasando algo.
Que te está pasando algo a ti. Dime que estás bien.
Por favor. Sigue enfadado conmigo, grítame y pasa del hockey y de mí durante el tiempo que necesites, pero dime que estás bien.