27. Benji #2
—Ben… —Cannon intenta acercarse a mí, pero retrocedo.
—Siempre me has mirado por encima del hombro. Siempre te has creído mejor que yo. Y lo odiaba. Pero ¿sabes por qué? Porque tenías razón. Siempre has tenido razón. Soy inferior a ti.
—Nunca he pensado que fueras inferior a mí —dice por lo bajo, y se le escapa una lágrima.
—Sí que lo has pensado. Sí que lo piensas.
Lo hiciste en cuanto te amenacé con una cuchilla oxidada.
Y no te culpo. No te eches atrás en tus ideales solo porque me han prestado un apellido y he follado contigo de puta madre.
Sigo siendo un pobre hombre, y lo nuestro solo ha sido sexo.
Ya sabes lo que dicen de los chicos malos como yo.
No tenemos madera de maridos, mucho menos de padres de familia; no somos los que presentáis a vuestros padres o exhibís orgullosos ante vuestros conocidos, pero no hay quien nos gane en la cama.
—Podría hacer todo eso contigo. —Consigue acercarse a mí y me coge la cara con las manos—.
Benji, en ese mundo hipotético que estás planteando, podría presentarte a mi padre y exhibirte con orgullo ante todos.
Podría elegirte padre de mis hijos. Y lo haría con el mayor orgullo.
Sacaría pecho por ti. Porque puede que tengas razón y haya dos mundos, pero no son los que tú dices.
Está el mundo de los buenos y el de los malos.
Y tú y yo pertenecemos al mismo: al de los buenos, Benji. Tú eres uno de los buenos.
Une nuestras frentes y mis mejillas se humedecen con las lágrimas de las suyas. Estoy a punto de creerla, estoy a punto de besarla, pero recupero la cordura. Hago todo el acopio de fuerza del que soy capaz y me separo.
—No sabes lo que dices.
—Benji, por favor. No lo hagas.
—T… tú tienes que estar con alguien de los tuyos. Con alguien inteligente y…
—Tú eres inteligente. Eres una de las personas más inteligentes que conozco.
No es el colegio o la universidad lo que te hace inteligente, ni la familia en la que hayas nacido.
Es una capacidad intrínseca a nosotros que no entiende de clases sociales.
Es esto —me toca la frente—. Solo esto. Y a ti se te nota a leguas, Ben. Eres brillante.
Niego con la cabeza. No. No puedo permitir esto. No puedo permitir que me convenza. Toni. Toni está ahí fuera. Mi mierda de vida está ahí fuera. Y tengo que protegerla.
«¿Estás enamorado, Benji?».
No. No lo estoy. No puedo estarlo. Yo no me enamoro. Yo no me enamoro, joder.
—Alguien como tú no puede enamorarse de alguien como yo. No puede, Cannon. Tú no puedes quererme.
—¿Y si ya lo he hecho? ¿Y si al final resulta que —me señala de arriba abajo— los morenos, altos y complicados sí son lo mío?
—Despiertas y vuelves a la realidad.
Me dirijo a la salida sin mirar atrás. No puedo mirar atrás. Si lo hago, quizá nunca me vaya.
—Ben… —susurra un segundo antes de que cierre la puerta detrás de mí.
Cada escalón que bajo me cuesta una barbaridad. Es como si mi cuerpo se negara a seguir caminando. Tengo que obligarlo a dar los pasos y no retroceder.
«Has hecho lo que tenías que hacer, Ben. Tienes que protegerla. Además, Cannon no es para ti».
Nunca lo ha sido.
Cuando salgo del portal, Blake está recostado en el coche de Elliot, con los brazos y los tobillos doblados y mirada asesina. Elliot está a su lado, y Jonny junto a Elliot.
Blake se incorpora en cuanto me ve y se acerca a mí hasta que la punta de su zapatilla roza la de la mía.
—¿Qué le has hecho? —me pregunta, con evidente amenaza en su voz.
Jonny se pone en medio al instante, con la palma en el pecho de Blake. Elliot se acerca.
—Blake, déjalo estar, ¿vale? —pide Elliot.
—¿Y por qué tendría que dejarlo estar?
—Porque te lo estoy pidiendo yo.
—¿Y crees que es suficiente?
—Vamos, Blake. Nunca te he pedido nada.
—Eso no es cierto. Me pediste mi bici con cambio de marchas automático cuando tenías nueve años. Y condones a los trece, fantasma. Y que fuera a buscarte a comisaría a los veinte.
—Yo no te pedí que vinieras a buscarme a comisaría. No te he pedido nada en los últimos diez años; desde que mi madre se fue a vivir a tu casa y nos convertimos en hermanos.
—¿Ahora somos hermanos?
—Ahora te estoy pidiendo que lo dejes estar. Por favor.
Blake nos mira a Elliot y a mí con los dientes apretados, niega, aparta la mano de Jonny de malas maneras y se va mascullando mil juramentos.
Se mete en el portal regalándome otro portazo de los buenos.
Yo entro en la parte trasera del coche y me siento en el asiento del medio.
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. El corazón me va a mil por hora.
—¿Todo bien? —pregunta Jonny.
—No.
—Sobreviviremos, Ben —me promete Elliot—. Como siempre hemos hecho.
Rompo a llorar sin poder evitarlo y un segundo después siento el abrazo de ambos, cada uno por un lado.
—Lo he dejado con Cannon —digo con un hilo de voz—. Y duele. ¿Por qué duele tanto? Siento… como si una mano invisible me hubiera metido los dedos entre las costillas y estuviera tirando con todas sus fuerzas. ¿Qué me pasa?
—¿Qué te pasa? Joder, Ben —me dice Elliot, sus labios en mi sien—. Mierda. Te lo dije. Te dije que esto iba a pasar. Te dije que Cani y tú erais más compatibles de lo que ambos creíais. Si es que lo sabía… ¡Te has enamorado! Eso es lo que te pasa.
—¿En serio, Elli? —le pregunta Jonny—. ¿Crees que este es el mejor momento para echarle eso en cara?
—¡Pues sí, joder! ¿Lo dije o no lo dije?
—Lo dijiste.
—Joder… —mascullo. Cierro los ojos y me restriego los párpados con fuerza antes de hundir los dedos en el pelo y peinármelo hacia atrás—.
¿Recorda r cada tontería que dice, querer contarle las cosas antes que a nadie, buscarla con la mirada en cualquier habitación, pensar en ella al acostarme y volver a pensar en ella nada más abrir los ojos, sentir que me arrancan algo de cuajo cada vez que imagino que Toni podría hacerle daño, y pensar que cuando ella sonríe sale el sol es estar enamorado?
—Sí, tííío.
Y entonces…, entonces rompemos a reír los tres al mismo tiempo.
—Dios, esto es de locos —suspiro.
—Hay que ser muy gilipollas para enamorarse —masculla Jonny.
—Yo no estoy enamorado —dice Elliot.
—Yo solo estoy un poco enamorado —añado yo—. ¿No?
—Oh, por favor. —Eleva los ojos al cielo—. Benji, tú no has perdido un segundo en intentar alejar a Cannon de Toni. Ha sido tu primera puta prioridad. —Después se dirige a Elliot—. Y tú…, tú eres un caso perdido.
Se mueve al asiento del piloto haciendo malabares y arranca el coche poco después.
—Poneos los cinturones, que nos vamos a casa. Álvaro habrá llegado ya, habrá visto nuestros teléfonos y las carteras en la mesa de la cocina y seguro que está preocupado. Una vez me contó que su padre le hizo de taxista a su madre y un amigo. Me siento un poco así con vosotros dos ahí detrás.
—Sí, tienes una pinta de taxista…
—Dadme conversación, venga. Oye, no hemos abordado a fondo el asunto de Gordiflakes. A nivel profesional, me refiero.
—No me hables del puto Gordiflakes —farfulla Elliot.
—Vaya ojo tiene el cabrón, ¿eh?
—¿En lo que respecta a Elliot? Siempre.
—Le ha visto el plumero a Jordi en tiempo récord.
—Pues a mí me toca mucho los cojones.
—Tú lo que quieres es que te los toque de verdad. Y él lo está deseando. Créeme.
—Y tú lo que quieres es una hostia con la mano abierta.
—Ya sabes lo que me gusta decirte un par de verdades de vez en cuando. Quizá debería decírselas a él también. Oh, espera. Ya lo he hecho. Y no os imagináis lo a gusto que me he quedado. Deberías probarlo, Elli.
—Otro día. ¿A no ser que quieras escuchar ciertas verdades respecto a ti?
—Bah, paso. Por cierto, Elliot, hoy has hecho sudar a Julián. Te has ganado el Toblerone.
—Ya llevo dos de dos —responde Elliot, orgulloso.
—El entrenamiento de mañana va a ser superdivertido.
—Y yo que me lo voy a perder…
—Aprovecha que estás en casa y pon la puta lavadora.
—Joder, eres peor que un disco rayado.
—Pon la puta lavadora, pon la puta lavadora, pon la puta lavadora…
—Dios…
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. Siento la presencia de Elliot a mi lado y escucho la interminable cantinela de Jonny durante todo el trayecto. Ambas tienen un efecto calmante; sin embargo, el corazón no deja de latirme desenfrenado. Y tomo una decisión.
Voy a entregarme a Toni. Dentro de una semana.