26. Benji #2
Asiente y salgo de los vestuarios. Camino distraído, con el teléfono en la mano, escribiéndole a Jonny para saber dónde están, pero no obtengo respuesta.
Salgo del estadio por inercia. Puedo recorrer sus pasillos con los ojos cerrados, y el aire gélido me golpea la cara mientras no dejo de darle vueltas a lo que acaba de pasar.
La relación entre Elliot y Julián es complicada y está llena de altibajos, pero Julián nunca había involucrado al equipo en sus movidas personales.
Elliot tiene que estar afectado, aunque se haya ido con la cabeza alta y pinta de que le importe todo una mierda. Es su mayor mecanismo de defensa.
Salgo del CAR y camino hacia el pueblo a paso ligero para llegar lo antes posible a casa. Apenas he llegado a la feria cuando…
—Hola, Benny.
El cuerpo se me congela, como si mi vida no fuera más que un juego infantil y el amo y señor de mi existencia se hubiera aburrido de mí y me hubiera dejado en pausa. O quizá se haya ausentado solo un momento. Quién sabe.
Las piernas no me responden. Ni los brazos.
El corazón. El pulso. Los pulmones. Los ojos, anclados en la pantalla del teléfono, esperando una respuesta que ahora me niego a saber.
Que ya no puedo saber. Porque si yo lo sé, él lo sabrá.
Quizá por eso me tiemblen los dedos, a contracorriente del resto de mi ser.
La fuerza de los recuerdos me lleva a Madrid, a pesar de mis protestas, a pesar de que me resisto con todo lo que tengo.
No es suficiente, porque me lleva a ese callejón de las basuras en la salida trasera de la pista de hielo de Avenida de América.
Julián y Elliot están conmigo. Interactúan conmigo.
Se mueven. Pero yo solo lo veo y escucho a él, pronunciando esas últimas palabras que tantos años llevan persiguiéndome en mis sueños.
«Esto no ha acabado».
Ni siquiera habría hecho falta que me llamara Benny. Jamás he olvidado el tono lúgubre de su voz. Y yo que pensaba que estaba preparado para esto. No tenía ni idea.
Toni.
Toni está aquí.
Levanto la vista, despacio. Entorno los ojos. Lo reconozco, sí. La melena negra, lacia. Los ojos oscuros, vacíos. Las cuencas debajo de ellos. El tiempo lo ha castigado más de lo normal: una cicatriz le cruza la barbilla, luce mucho más delgado que antaño y tiene la piel pálida y la mirada apagada.
Ha perdido fuerza. Él ha perdido fuerza. No debería invadirme el miedo. Sin embargo…, el corazón ha comenzado a latirme a toda máquina. Y apenas me llega aire a los pulmones.
—Cuánto tiempo ha pasado —me dice y sonríe con ese gesto suyo que no ha perdido un ápice de perversidad.
—¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? Pues, para empezar, un saludo como la buena educación dicta. ¿No te han enseñado nada los pijos de este centro? Hace casi once años que no nos vemos, y ¿así es como me recibes? Mal, Benny. Mal. Empezamos mal.
—¿Qué quieres? —repito con los dientes apretados, recalcando cada palabra.
Toni se acerca tanto que apenas nos separan unos milímetros, y clava sus lascivos ojos en los míos.
Nuestras narices están a punto de rozarse y su exhalación me golpea con más recuerdos del pasado.
La gente que pasea a nuestro alrededor comienza a reparar en nosotros.
Toni me coge del brazo y nos esconde tras unos arbustos.
La noria de la feria no deja de girar detrás de nosotros.
—Respeto, para empezar —me dice—. No olvides con quién estás hablando y creas que por ser un Schmidheiny puedes mirarme por encima del hombro.
No te confundas. No me da miedo tu nuevo apellido de postín.
Es más, me gusta. Me pone. Me encanta que ahora seas fuerte y poderoso.
Inalcanzable. Cómo cambian las tornas, ¿verdad?
Quién te lo hubiera dicho. Pero aquí estás, alcanzable para mí, como siempre. Como nunca has dejado de estarlo.
—¿Por qué ahora? —susurro.
—Quería darte el pésame por lo de tu madre.
Se me para el corazón. Otra vez.
—¿Cómo sabes eso?
—El mundo es muy pequeño, Benny. Increíblemente pequeño. Y nuestro mundo lo es aún más. Todos nos conocemos. Somos… una gran familia.
—¿Por eso os matáis entre vosotros?
Toni sonríe.
—Cualquier familia que se precie entra en conflicto. Es la vida, Benny.
—¿Has tenido algo que ver con lo que le pasó a… —estoy a punto de llamarla madre de nuevo, pero me muerdo la lengua— ella?
—¿A tu díscola madre? No. A mí solo me interesas tú. Pero ya que ha sucedido, he pensado que era una oportunidad de oro para que cerráramos lo que dejamos pendiente en el callejón. ¿Te acuerdas?
—¿Qué quieres? —repito por tercera vez.
—A ti. Solo a ti. ¿Ves esto? —Se señala con el dedo la cicatriz que le cruza la barbilla—. Es obra tuya. Fue el precio que tuve que pagar por dejarte marchar.
—¿Quieres rajarme la cara?
Toni se acerca aún más. No pensé que sería posible, y al instante noto un pinchazo en el abdomen. No necesito mirar hacia abajo para saber que es el filo de una navaja.
—Quiero incrustártela en el estómago —me susurra al oído— y retorcértela hasta que agonices y supliques que me detenga. Quiero que sangres todas las lágrimas que yo he sangrado. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?
Lo miro sin saber qué coño responder y entonces él… él ríe y se separa de mí, dejando al instante de pincharme con la navaja.
—Te doy unos días para que te lo pienses. Pero no juegues conmigo, Benny. —Me pone la navaja en la mejilla y la arrastra por toda mi cara, sin llegar a hincarla—. Y no uses tu poder contra mí, porque vas a perder. Perdiste en el momento en que te vinculaste emocionalmente a alguien.
El rostro de Cannon me viene a la mente al instante. Después, Elliot. Viktor. Me envaro.
—Si le pones un solo dedo encima a cualquiera de los míos, te juro q…
Toni chasquea la lengua y niega con la cabeza.
—No, no, no. No, Benji. Mal. Todo mal. Sigues sin entenderlo. Tú no me amenazas a mí. Yo te amenazo a ti. Son las reglas del juego. ¿Estás enamorado, Benji?
Aprieto los dientes. Y recuerdo que estamos a tan solo unos minutos andando del estadio donde se encuentra Cannon.
«No salgas, por favor. No salgas ahora».
Se me instala una bola en el estómago. Una bola de miedo. De un miedo atroz. Vuelvo a tenerlo frente a Toni. Y él debe de verlo en mis ojos, porque ríe a carcajadas.
—Qué error de principiante, Benny. El amor no está hecho para personas como nosotros, que vivimos rodeados de deudas.
Nos hace débiles, ¿verdad? Es como llevar una soga al cuello.
Tú viste la mía aquella tarde en el callejón, y fuiste a por ella.
Bien hecho, así funciona la vida, pero ¿de verdad creías que no iba a devolvértela?
Puede que los grandes gobernantes de las naciones jueguen a vivir en una sociedad civilizada, regida por sus estúpidas normas, pero tú y yo sabemos mejor que nadie que en la vida real impera la ley más antigua del mundo.
—Ojo por ojo —susurro.
—Exacto. Y Cannon tiene unos preciosos ojos azules. Sería una pena que los perdiera.
Lo cojo de la pechera, lo empotro contra una pared y le clavo su propia navaja en el estómago, sin titubear.
En mi mente. Puedo apellidarme Schmidheiny y tener un plato de comida caliente cada noche antes de dormir, pero nunca dejaré de ser quien soy.
Soy escoria. Soy parte de la escoria de esta sociedad.
Un… pandillero, aunque en boca de Cannon suene a lo más bonito que alguien escuchará jamás.
En la vida real, me trago las ganas de matarlo y sonrío con frialdad.
—¿Crees que estoy enamorado de Cannon?
—Oh, ya lo creo que sí.
—Mírame a los ojos. —Lo hace. Y yo, ahora sí, lo cojo de la pechera y lo acerco a mí hasta casi besarlo—. Cannon es un reto. ¿Sabes de mis retos, Toni? Seguro que sí, si me has estado rondando. No estoy enamorado —aseguro.
—¿En serio? —responde sin apartar los ojos de los míos—. Entonces…, si confieso que he venido a buscarte ahora, precisamente ahora, porque hace diez años amenazaste a mi chica y por fin he encontrado el momento de devolvértela…, ¿qué harías? ¿Dejarías que le cortara el cuello?
«Si osaras acercarte a ella a menos de cinco metros, te cortaría el tuyo primero».
—Deja a Cannon en paz si no quieres meterme en un lío con los Donnelly.
—Que la deje en paz si no quiero meterte en un lío con los Donnelly, dices ¿Esa es toda tu motivación?
—¿Conoces a sus hermanos? Sí, seguro que sí. Si le pasa algo y ellos me matan, no seré para ti.
—¿Estás aceptando entregarte por las buenas? ¿Sin pelear?
—Más o menos. Estoy aceptando darle una pensada. Has dicho que puedo pensármelo, ¿no?
—Claro. Tú decides. ¿Qué decides? Piénsalo. Te doy una semana. Y no se te ocurra intentar jugármela, Benny. Voy muy en serio.
—Lo sé.
—Bien, pues hasta dentro de una semana. Oh, y por cierto: los patines y el azul eléctrico te sientan de puta madre.
Trago saliva. Me ha estado espiando. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? Sin que las manos me dejen de temblar, marco un número en el teléfono y me lo llevo a la oreja.
—Ben, estamos en…
—Elliot, escucha. Tenemos un problema.