26. Benji
Benji
Los equipos deberán disponer de una equipación completa de color oscuro y otra de color claro para utilizar en los encuentros oficiales y amistosos en todas sus competiciones.
Equipo local: color oscuro.
Equipo visitante: color claro.
Quince días después
—No. ¡No, no, no! Me corro. Can… Para, joder. Dios… Ah…
Cannon ríe debajo de mí, sin dejar de moverse, y yo me cago en todo.
También me corro. Que normalmente es algo de lo que disfruto, pero es que estamos en las gradas de la pista de entrenamiento, yo tumbado sobre ella, tonteando, frotándonos con la ropa puesta, como quien no quiere la cosa, y ahora tengo que salir de aquí con los pantalones mojados.
No era el plan.
—Me he corrido en los pantalones.
Cannon s igue riéndose y yo me quedo mirándola más tiempo de lo normal.
Mucho más tiempo de lo normal. ¿Cuándo empiezas a mirar a alguien de otra manera?
O ¿cuándo te das cuenta de que puede que siempre la hayas mirado de otra manera?
Creo que Cannon me cae bien. Joder, creo que Cannon me cae muy bien.
O quizá… , quizá la miro así porque, en el fondo, ella siempre me ha gustado un poco demasiado. Y ahora…, ahora me gusta muchísimo más.
Le saco la lengua. Se incorpora y se la lleva a la boca. Mmm… gimo.
Comenzamos a besarnos como llevamos haciendo los últimos quince días.
Comenzamos a besarnos como si a mí no se me hubiera roto el corazón por mi madre y mi tía hace quince días.
O quizá porque a mí se me rompió el corazón por mi madre y mi tía hace quince días.
Comenzamos a besarnos porque el mundo deja de existir cuando lo hacemos y ahora lo necesito más que el hockey.
Yo nunca había necesitado nada más que el hockey.
Pero cuando me beso con Cannon brilla el sol, y necesito que brille el puto sol.
Comenzamos a besarnos porque es lo que más nos apetece hacer, aquí y ahora.
Y he dejado de darle vueltas a la vida. Comenzamos a besarnos hasta que…
—Vas de maduro e independiente por la vida, pero en verdad no eres más que un niño mimado acostumbrado a que todos bailen a tu alrededor. No estás preparado para el mundo, Elliot. Ni de coña estás preparado, así que no esperes nada de…
—No espero nada de ti, créeme. Hace tiempo que dejé de esperarlo.
Son Elliot y Julián. Cannon y yo dejamos de besarnos. Giro la cabeza hacia las voces. El rostro de Cannon queda oculto en el hueco de mi cuello y su cuerpo congelado bajo el mío.
—No estamos hablando de eso.
—¿Y de qué estamos hablando? ¡Porque no tengo ni idea de a qué viene esto! ¿Qué he hecho ahora? ¿Qué te he hecho ahora?
Vienen hacia nosotros. Sus voces cada vez suenan más cercanas.
—Si no nos movemos, no nos verán —le digo a Cannon.
—Creo que no funciona así —susurra, y comienza a besarme el cuello.
—Sssh, calla. Y no hagas movimientos bruscos.
—Te veo y te oigo, Benji —me dice Julián entrando en mi campo de visión.
Mierda.
—No es lo que parece —me defiendo, y me incorporo por puro instinto. Mis rodillas quedan a ambos lados del cuerpo de Cannon y me doy cuenta de que es una mala idea demasiado tarde, porque…
—Parece que te has corrido en los pantalones.
… eso.
—Vale, sí es lo que parece.
—Más os vale que esto no afecte a la dinámica del equipo —nos advierte, apuntándonos con el índice.
—Tiene gracia que tú hables de aspectos que pueden trasladarse a la dinámica del equipo —replica Elli.
Julián se gira y acerca su rostro al de él.
—Cómeme la polla, Elliot. Cómeme. La. Polla.
Guau. Incluso a mí me da un vuelco el corazón. No quiero imaginarme lo que ha sentido él. Julián nunca le habla con tanta dureza. ¿Qué está pasando?
—Oh. Muy de entrenador eso de que te coma la polla, claro que sí. La dinámica del equipo va de puta madre —dice Elliot, fingiendo indiferencia.
—Y todo gracias a ti.
—¿Perdona?
—Os quiero a los tres en el vestuario en cinco minutos.
—¿Gracias a mí qué? —insiste Elliot.
Pero Julián no responde. Solo… se va. Elliot lo mira hasta que desaparece por el pasillo. Después suspira y se sienta en la grada, a nuestro lado.
—¿Qué ha pasado?
—No tengo ni idea. Ha venido a la sala de entrenamiento, superborde, buscándonos uno a uno para avisarnos de la reunión en el vestuario.
Lo he seguido hasta aquí. Le he preguntado por el motivo de la reunión y ha empezado a increparme y a decirme un montón de mierdas.
Se habrá levantado con el puto pie izquierdo.
—Eso no era levantarse con el pie izquierdo. Era algo más.
Elliot suspira de nuevo.
—Es mejor que vayamos —dice Cannon.
—Sí, vamos.
Nos levantamos y caminamos juntos hacia el vestuario. Cuando llegamos ya están todos allí. Cada uno de nuestros compañeros sentado en su cubículo y Julián de pie en medio de la estancia, sobre la pista de hielo dibujada en la moqueta.
—Sentaos —nos dice a Elliot y a mí sin mirarnos—.
Voy a ir directo al grano. La penalización de los árbitros por pelearos contra los Demonios en el primer partido de la temporada fue floja.
Sé cómo piensan. Fueron benévolos. Muy benévolos.
No os dije nada, pero me quedé con la mosca detrás de la oreja y los he estado observando mientras arbitraban nuestros partidos y mientras arbitraban al resto.
Y he dado con algo. Con uno de ellos. El nuevo: Jordi.
Esta mañana me he cruzado con él y, como la temporada está a punto de terminar y no quería quedarme con la duda, hemos cruzado unas pocas frases, pero las suficientes como para darme cuenta de que mi instinto no me había fallado: no ha sido imparcial en el arbitraje ni en el trato.
Y ahora os pregunto, ¿quién de vosotros se lo ha estado follando?
Escuchamos algún grito ahogado de sorpresa, pero en general reina el silencio.
—Vamos —insiste Julián, y camina por el vestuario, despacio, mirándonos—. No os pongáis tímidos ahora.
Nadie dice nada.
—Muy bien. Dejémonos de tonterías —insiste—. Decidme quién ha sido o ateneos a las consecuencias. ¿Nadie? ¿En serio? —Julián bufa y niega al ver que nadie responde—. Esto es increíble. Fuera de mi vista. Largaos.
Los chicos enfilan la salida de uno en uno, mirando hacia el suelo. No sé si saben quién ha sido, pero está claro que nadie va a decir una palabra. Se llama lealtad, y eso que la tensión que hay en el ambiente podría ahogarnos a todos si se lo propusiera.
Cuando Elliot está a punto de salir, Julián le corta el paso con el brazo.
—Has sido tú, ¿verdad? Huele a ti desde la vuelta de la esquina.
Elliot levanta la cabeza y se enfrenta a su mirada.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué tengo que darte explicaciones de mi vida sexual?
Julián ríe sin ganas. Allá vamos.
—Porque has follado con un árbitro, Elliot.
¡Con un puto árbitro! ¿Entiendes la magnitud del problema?
¿Te llega el suficiente riego a esa cabecita como para darte cuenta del lío en el que nos ha metido tu polla?
Si la LEH lo descubre, estamos fuera de la liga.
Pagaremos todos por la estupidez de uno.
Por tu estupidez. ¿Te parece razón suficiente para que nos hables de tu vida sexual?
—No —responde sin rehuirle la mirada—. ¿Algo más?
—Sí. Estás fuera del equipo hasta que este asunto se aclare.
—Muy bien.
Elliot da un sonoro portazo. Julián cierra los ojos y una mueca de dolor se le dibuja en la cara, como si lo hubiera golpeado.
—Podéis seguir con lo que estabais haciendo —nos dice a Jonny, Cannon y a mí, pero ninguno nos movemos—. He dicho que sigáis con lo que estabais haciendo —repite Julián.
—Sucedió hace tiempo —dice Jonny.
—Jonny… —le advierto, pero me ignora y continúa hablando.
—Coincidieron en un bar. Hablaron. Tontearon. Se gustaron. Ni Elliot era jugador de la LEH ni Jordi árbitro en ella. Estuvieron juntos un par de veces. Nada serio. Se hicieron amigos. No de los que mantienen contacto regular, solo… se ponen al día de ciento en viento.
»Cuando Jordi supo que iba a arbitrar en la liga, le escribió.
Quedaron. Y, dado que lo que sucedió entre ellos era agua pasada, decidieron que no merecía la pena sacarlo a la luz.
Era una gran oportunidad para Jordi y Elliot no quería jodérsela.
Habló conmigo y estuve de acuerdo. Yo estuve de acuerdo, no como amigo, sino como capitán de este equipo.
Y como capitán de este equipo quiero que sepas que te has pasado un huevo, Julián.
Se te ha ido la olla. ¿De verdad era necesario montar este pollo delante de todo el equipo?
No sé por qué Jordi nos ha beneficiado, pero tampoco sé por qué otros nos joden todo lo que pueden sin motivo.
Supongo que es la naturaleza humana. Nos dejamos llevar por las emociones, aunque no nos demos cuenta.
¿No crees? —Jonny se levanta y se acerca a Julián—.
Jordi es un buen tío. Habla con él de nuevo.
Y con Elliot. Discúlpate, soluciónalo y la próxima vez deja tus movidas personales en el ámbito personal.
Pero primero cálmate o se te va a ver el plumero.
Y no es lo que queremos, ¿verdad? —Entonces se dirige a mí—. Voy con Elli.
—Enseguida voy.
Asiente y lo veo marchar.
—Elliot nunca haría nada que pudiera dañar al equipo —añado—. No a propósito. Y si a estas alturas no lo sabes, no sé qué estamos haciendo aquí.
Julián se sienta en el cubículo de Elliot y esconde la cabeza entre las piernas.
—No soy perfecto, Ben.
—Nadie te pide que lo seas…
Levanta la cabeza.
—¿Tú crees?
—… Nadie más que tú mismo, desde que Tobías se fue.
—Me quito los pantalones y la ropa interior sin ningún pudor y cojo unos limpios de mi casillero.
Julián no deja de mirarme a los ojos. Me los pongo y lanzo los viejos al cesto gigante que tenemos para la ropa sucia—.
Y me gustaría hablar contigo de él, de Tobías, pero no me siento con derecho.
Quizá algún día. —Veo la sorpresa en su rostro, y el ceño fruncido, pero no le doy mayores explicaciones—. Voy con Elli —le digo a Cannon.