25. Cannon
Cannon
Se sancionarán los cabezazos, las patadas, las zancadillas, los rodillazos, derribar con los pies y el lanzamiento de equipación.
Toc, toc, toc.
Espero con las manos en los bolsillos a que alguien me abra la puerta. ¿He dicho alguna vez que la puerta de la casa de los chicos es amarilla? Porque lo es. Es una casa de color azul con la puerta amarilla.
Los nervios me invaden y me entra un escalofrío. Son más de las doce de la noche y hace un frío que pela.
Elliot aparece tras el umbral, vestido con los mismos pantalones y camisa con los que ha llegado a la pista hace unas horas. Nos miramos a los ojos durante un par de segundos interminables.
—¿Puedo pasar? —le pregunto a media voz.
No responde. Solo sigue mirándome, sin pestañear, y yo me pregunto si acaso me ha escuchado. Hasta que me invita a entrar con un gesto de la mano.
—Gracias —le agradezco de corazón, y me topo con la estampa de Viktor, que se ha acercado a la entrada para ver quién llama a estas horas.
—Hola, Cannon —me saluda.
—H… hola.
—Hacía mucho que no te veía. ¿Todo bien?
—Ha venido a ver a Benji —le explica Elliot a su padre, y después me señala las escaleras—. Está en su cuarto.
Viktor entrecierra los ojos en mi dirección y yo carraspeo y subo los dos primeros escalones. Y estoy a punto de pisar el tercero, pero me detengo. Cierro los ojos, suspiro y retrocedo.
—A ese chico de ahí arriba le cambió la vida gracias a vosotros.
Desde que tú —miro a Elliot— le tendiste una mano mientras me amenazaba con una cuchilla hasta que tú —miro a Viktor— le diste tu apellido.
Supongo que ya lo sabéis, pero… —Carraspeo de nuevo—.
Lo que quiero decir es que… ojalá vivieran en el mundo más personas como vosotros.
Me dispongo a subir las escaleras, pero…
—Cannon, espera —me pide Elliot.
—¿Qué?
Me coge de la mano, entrelaza los dedos con los míos y aprieta. Yo me quedo sin aliento, porque el contacto es tan cálido como la brisa marina del mejor verano de mi vida.
—Ve con Ben —susurra poco después.
Asiento y subo las escaleras a todo correr. Llego a la habitación de Benji. Está tumbado en posición fetal, sin camiseta, con unos pantalones de chándal negros, y agarra algo entre las manos. Le da vueltas con la mirada perdida.
Es la cuchilla de un patín de hielo. Es la cuchilla de un patín de hielo.
Vuelvo la vista atrás y recuerdo la noche en que nos conocimos.
Recuerdo nuestras primeras interacciones.
Los insultos que nos dedicamos. Las miradas de ojos entrecerrados.
La desconfianza. Los momentos que compartimos él y yo solos en la pista.
La botella de agua que casi me vació encima.
Los años que hemos pasado separados. Las Navidades en casa de la abuela de Elliot.
La mañana que nos despertamos después de haber pasado nuestra primera noche juntos sin saber que éramos nosotros.
Las verdades que nos echamos en cara. El pendiente de mi madre.
Los besos en la mejilla. Casiopea. El sexo brutal de los últimos meses.
Las sonrisas mal disimuladas. Las peleas.
Y me pregunto cuándo me he enamorado de él.
«¿Cuándo, Cannon?».
Entro y me acerco a la cama. Benji repara en mí, pero no dice nada. Le quito la cuchilla de las manos sin que oponga resistencia y la observo con atención. La recordaba más oxidada. Y más grande.
Benji tiene los ojos rojos, inyectados en sangre a causa de las lágrimas, y a mí se me cierra el estómago.
Quiero que vuelva su sonrisa socarrona. Quiero que vuelva su fanfarronería.
Quiero que vuelva su actitud de mierda, esa que dice que vive en la edad del pavo desde los diez. Quiero que vuelva el pandillero.
Quién me lo iba a decir.
Entonces veo los hematomas que le asoman por la espalda, provocados por la brutal entrada que se ha llevado hace unas horas en el hielo. Oh, madre mía. Dejo la cuchilla sobre la mesita al lado de la cama.
—Ben —susurro—, pero ¿qué te han hecho?
—Estoy bien.
—No, no lo estás. Ahora vuelvo.
Abandono la habitación y me dirijo al cuarto de baño.
Es un baño que utilizan deportistas de élite a diario, así que rebusco entre los armarios hasta que encuentro el ungüento que necesito.
Regreso a todo correr a Benji, que sigue en la misma postura y con la mirada igual de perdida.
Apoyo una rodilla en la cama y acerco mi rostro al suyo.
Antes, en el vestuario, cuando lo he visto tan asustado, sin saber aún lo que había pasado, me he quedado con ganas de hacer algo.
Y no quiero quedarme con ganas de hacer algo con él; esta noche no, y ninguna otra noche en realidad, así que me tumbo frente a él, en su misma postura, y lo abrazo con todas mis fuerzas.
—Todo va a salir bien —susurro.
Me separo un poco y nos miramos a los ojos.
Los suyos me piden ayuda a gritos y los míos no le dicen que me he enamorado por poco.
O eso creo. Benji respira hondo. Yo apoyo el rostro en la almohada, muy cerca del suyo.
Le acaricio el pelo. Le despejo la frente.
Abro la crema, me echo un buen chorro en las yemas de los dedos y comienzo a aplicárselo por la espalda con cuidado.
—Sé lo de tus pesadillas —le confieso poco después en un susurro.
—Me lo imaginaba.
—No sé luchar contra ellas. Si lo supiera, te prometo que no volverías a tener una sola.
—¿Lucharías contra mis monstruos?
—Les dejaría claro que no pueden acercarse a ti.
Benji esboza una sonrisa apagada. Yo no dejo de acariciarlo.
—Me daba vergüenza contarte lo de mi madre —confiesa entonces—. Me daba vergüenza decirte que me había abandonado al nacer.
—No fue culpa tuya. Tú no hiciste nada malo. Tú eres el bueno en esta historia.
—¿Ya no soy un parásito aprovechado? —me pregunta bromeando.
—No, Benji Pooh. Cuando te escupí esas palabras horribles en la embajada, estaba enfadada con el mundo. Lo pagué contigo. Lo siento.
—Ese día te insulté un montón de veces, dentro de mi cabeza.
Sonrío.
—Te perdono. ¿Tú me perdonas?
—Lo hice hace tiempo.
—¿Por qué?
—Porque entiendo que lo pensaras.
—Eso no me justifica.
—Para mí sí. Nunca te he guardado rencor —susurra.
Y es un susurro tan impropio de él y que sabe tanto a tristeza que se me parte el alma. Jamás pensé que se me partiría el alma por Benjamín Schmidheiny, pero ya llevo unos cuantos fragmentos.
Me acerco a su boca y lo beso, suave, pero él me agarra por detrás de la cabeza y me responde con pasión. Suplicante. Hambriento. Y yo quiero responder de la misma manera, quiero besarlo hasta dejarlo sin aliento, pero…
—No quiero hacerte daño —murmuro sobre sus labios.
—No vas a hacerme daño.
Le empujo el pecho y lo obligo a tumbarse de espaldas en la cama.
Me subo a horcajadas sobre sus muslos, con cuidado.
Inclino la cabeza y estrellamos los labios el uno contra el otro.
Y lo beso hasta dejarlo sin aliento. Hasta que nos duelen los labios.
Hasta que los tenemos en carne viva. Como nuestras almas. O nuestras ganas de no querernos.
Tarde. Demasiado tarde.
Dejo de besarlo unos segundos y me quito el jersey y la camiseta. Su boca vuelve a la mía antes de que lance la ropa por los aires. Enmarco su rostro con mis manos y comienzo a moverme. Quiero sentirlo debajo de mí. Quiero sentirlo por todas partes.
—No te muevas demasiado —le digo sobre la boca—. Ya lo hago yo.
—Desnúdame —me suplica.
Y Benji no suplica. No mendiga. No pide nada. Nunca. Ni siquiera en el sexo, así que se me parte el alma por enésima vez en el mismo día. Y yo que pensaba que el alma solo podía romperse una vez.
Levanta las caderas, y yo, sin dejar de mirarlo, le bajo los pantalones de chándal.
Y me quito los míos. Y la ropa interior.
Y nos besamos. Y nos tocamos. Y nos movemos al unísono y nos damos placer de la única manera que sabemos.
Y cuando ambos estamos a punto de explotar, me estiro, abro el primer cajón de su mesita y cojo un preservativo.
No dejamos de mirarnos mientras se lo pongo, despacio, saboreando cada segundo, ni cuando me dejo caer y se hunde profundamente en mí.
Y así hacemos el amor por primera vez en nuestra vida.
Comenzamos a sudar. Y a gemir. ¿Y a recordar?
Me llegan fragmentos de la primera noche que me acosté con él.
O creo que son fragmentos de la primera noche que me acosté con él.
Quizá solo sean sueños. Y yo no quiero que se mueva demasiado, ni que se termine, pero supongo que todo llega.
Y el orgasmo llega. Intenso. Abrasador. El mío. El suyo.
Benji aprieta los dientes en mi hombro y lo besa. Y seguimos moviéndonos tiempo después hasta que dejamos de hacerlo, muy poco a poco, como cuando frenamos en ralentí con los patines. Solo… dejamos que la propia inercia nos frene. Dejamos que los corazones recuperen solos su latir habitual.
Después, Benji se desprende del preservativo y nos quedamos tumbados de costado, mirándonos y acariciándonos con las yemas de los dedos.
—¿Has visto la película de Annie ? —me pregunta—. Trata sobre una niña huérfana.
—Sí. Solía verla con mi madre. Ella la veía con la suya. Era una de sus películas favoritas. Es una de mis películas favoritas, a pesar de que no he sido capaz de verla desde que ella se fue.
—La primera vez que supe de ella fue cuando Montaño cantó una de sus canciones para Elliot, cuando rompió su primer stick en un partido importante. Teníamos quince años. Montaño comenzó a gritarla desde las gradas y mucha gente lo siguió. Jamás la había oído.
»No le di importancia. Solo era una canción más.
Pero un mes después, Elliot rompió otro stick.
Y luego otro. Y otro. Y llegó un momento en que me aprendí la letra.
Me gustaba. Me interesé por ella. Le pregunté al propio Montaño y me dijo que era de una película infantil. No la había oído en mi vida.
»Vi los primeros minutos una noche de verano.
Los primeros minutos. No llegué a más. Salía una niña, cantando, sentada en la repisa de la ventana del orfanato en el que vivía.
Les cantaba a sus padres. Los esperaba. Había…
esperanza. Y a pesar de toda la mierda que tenía que estar viviendo esa niña, me di cuenta de que mi mierda era mucho mayor.
Porque yo no esperaba nada. No esperaba a mi madre.
¿Cómo iba a esperarla? Hasta eso me quitó.
Hasta la esperanza de pensar que… quizá algún día viniera a buscarme.
No me dio ni una oportunidad, Cani. No nos dio ni una oportunidad.
Ni una sola oportunidad. Yo estaría muerto si no fuera porque una vecina de la zona la vio dando a luz.
No quiero llorar delante de él, pero lo hago. Se me escapa una lágrima. Y luego otra. Y no sé qué contestar. No sé qué narices contestar que no suene a palabras vacías. Por eso… por eso…
—Si hubieras visto toda la película, habrías descubierto algo importante.
—¿El qué?
—Que el sol brillará mañana.
—¿Qué?
— The sun’ll come out tomorrow. Bet your bottom dollar that tomorrow there’ll be sun —canto con la voz ronca, con timidez, o hablo con timidez; no lo sé, creo que lo hablo más que lo canto, pero qué más da.
Benji frunce el ceño.
—¿Estás cantando? —me pregunta entre divertido y estupefacto.
—Sssh —respondo.
Y continúo hablando, o cantando, sobre que el sol brillará mañana. Sobre que puedes apostar lo que quieras, pero el sol… brillará mañana.
Benji
Lo que más me alucina no es que Cannon esté cantando sobre días grises y solitarios, levantar la cabeza y esperar a que mañana salga el sol, lo que ya es una locura de por sí. Lo que más me alucina es su voz. Joder, su voz. Estoy con la boca abierta.
Sus primeras estrofas son tímidas, cohibidas, pero, a medida que enlaza una frase con otra, va cogiendo fuerza. Tanta que se pone de rodillas en la cama y alza la voz. Me mira a los ojos. Y yo estoy tan ensimismado con su sonido que solo puedo devolverle la mirada sin mover un solo músculo.
De pronto, deja de cantar y salta de la cama.
Busca entre la ropa esparcida por el suelo y coge su teléfono.
Lo desbloquea y escribe algo. La melodía de una canción que no había escuchado en la vida se adueña de la habitación.
Cannon la pone a máximo volumen. ¿Es la que está cantando?
No estoy seguro: está en un punto en el que solo hay música.
Cannon me coge del brazo y me obliga a levantarme de la cama, me arrastra por la habitación y me lleva hasta la ventana. Y la abre.
—¡Estamos desnudos! —grito al tiempo que río de pura incredulidad.
Su respuesta es cantar más alto. Al viento. A la noche. A mí. No lo sé. Pero saca la cabeza y grita que mañana saldrá el sol. ¡Mañana saldrá el sol! ¡¡¡Mañana saldrá el sol!!! Y me invita a cantarla.
Se le ha ido la cabeza del todo. Ni de coña voy a cantar. Son casi las dos de la madrugada. Pero la canción resuena en la oscuridad de la noche, tan perfecta y tentadora que…, joder, voy a cantar.
— Tomorrow, tomorrow, I love you, tomorrow. You’re always a day away. Tomorrow, tomorrow, I love you, tomorrow! You’re always a day awaaay!
Solo ha sido una estrofa, pero tan potente que me quedo sin aliento al terminar. Con el corazón a mil por hora y… sin dolor. O sin tanto dolor. Porque mañana va a salir el sol. Sonrío y…
—Pero ¡¿qué coño…?! —grita Jonny desde la ventana de al lado. Ha asomado la cabeza y nos mira como si nos hubiéramos vuelto locos—. Joder, los Donnelly y sus putas canciones. Me superan.
—Tíos —dice Álvaro, desde la ventana del otro lado—, ¿eso era Annie ? ¿En serio?
Y el que faltaba…
—¡Son las dos de la madrugada! —grita Elliot desde la calle.
Miramos hacia abajo. Y allí está él, en la puerta de la entrada, con Julián, que también me mira con el ceño fruncido. Ambos lo hacen.
—¿Todo bien ahí arriba? —me pregunta Julián, preocupado.
—Todo bien. ¿Y ahí abajo?
—Todo bien, solo he venido a comprobar cómo estabas. Elliot estaba despierto y…
—Y mañana saldrá el sol —lo interrumpo—. Gracias por estar siempre ahí —les digo a todos—. Os quiero, tíos. ¡Hasta mañana!
Cierro la ventana y rompo a reír. Cannon lo hace conmigo.
—Gracias —le digo.
—De nada.
Y en este preciso instante me doy cuenta de que, cuando Cannon sonríe, sale el sol.