24. Benji
Benji
Se sancionará al jugador que salte hacia un contrario, de frente, de lado o por la espalda, o lo embista de cualquier otra manera.
Los presentimientos son dignos de estudio, y ni siquiera sé si existen. No he sentido uno en mi vida, pero lo cierto es que mi juego de hoy está siendo una mierda. Me he levantado con el pie equivocado o en el día equivocado, no lo sé. Hay días que es mejor quedarse en la cama.
Estoy distraído, y se supone que debo estar atento al puck para hacerme con él y meterlo en la red y tal. O quizá no soy tan bueno como me gusta creer. Quizá Cani tiene razón cuando dice que…
¡¡¡Puuum!!!
No soy consciente de que uno de mis rivales ha impactado a propósito contra mí a cuarenta y seis kilómetros por hora ni de que he salido volando hasta que caigo de espaldas al hielo y el golpe sacude cada uno de mis huesos.
Se me corta la respiración. Intento recuperarla.
Y más vale que sea rápido, porque nunca se me ha dado bien eso de aguantar la respiración sin perder los nervios.
—¿Benji? ¡¿Ben?! ¡¡¡Ben!!! —me llama una voz conocida—. ¡Abre los ojos, joder!
—Ya voy, coño —respondo como puedo—. Intento recuperar la respiración.
—Estás respirando, Schmidheiny.
Frunzo el ceño y abro los ojos. Me doy de bruces con unos iris azules sobradamente conocidos. Son fríos como el hielo, pero por primera vez en mi vida, al menos que yo recuerde, me miran con preocupación.
Son los iris de Blake Donnelly.
—¿Estás bien?
No me da tiempo a responder; Elliot y Jonny aparecen tras él, lo apartan y se agachan junto a mí.
—¿Ben? —me llama Elliot, angustiado—. ¿Estás bien?
—Lárgate con los tuyos, Donnelly —le dice Jonny a Blake, cabreado.
—Cómeme la polla, Ros. Tengo más derecho que tú a estar aquí.
—¿Perdona?
Jonny se levanta y se enfrenta a Blake. Dos árbitros se colocan en medio, los sujetan y los alejan, marcando distancia. Blake me señala con el dedo.
—Benji forma parte de mi familia —le dice a Jonny.
—¿Desde cuándo?
—Acaba de darse una buena hostia. ¡Sácate el palo del culo, Jon! Solo quiero saber si está bien. Después podemos seguir odiándonos.
—Estoy bien —les aseguro y me levanto.
Me acerco a Jonny y le toco un hombro. Tanto él como Blake están cerca de que los expulsen. Llevan machacándose toda la noche, entrando y saliendo del banquillo de sancionados.
Me acerco al banquillo y me dejo caer en el asiento.
Veo a Blake discutir con el chico que me ha lanzado por los aires y a Elliot meterse en la discusión a grito pelado.
Oigo insultos y amenazas. Uno de los árbitros pita falta por el golpe que me ha dado y otro coge a Elliot del brazo y lo aleja unos pasos. Elliot no deja de despotricar.
—¿Estás bien? —me pregunta Cannon con la misma ansiedad que el resto.
Julián me coge de la cara y me mira a los ojos.
—Estoy bien —digo por enésima vez—. Tampoco ha sido para tanto.
—Tú no lo has visto desde fuera —responde Cannon.
—Estoy bien —repito, sin apartar mis ojos de los suyos.
Asiente y nos concentramos en el final del partido. Jonny lanza el penalti y mete gol. Vamos ganando. La mano de Can roza la mía, en el asiento. Su dedo meñique se posa encima del mío, enguantado. Ninguno ponemos distancia.
Cuando los árbitros hacen sonar los silbatos con un marcador a nuestro favor, me dirijo el primero hacia los vestuarios. Me duele todo. Solo quiero tumbarme en la cama.
La ducha con agua caliente me sabe a gloria. Elliot y Jonny entran y me dicen algo, pero no les presto atención; solo asiento. Cierro los ojos, levanto la cabeza y dejo que el chorro me caiga en la frente.
Para cuando acabo, apenas quedan un par de compañeros, y Elliot y Jonny, que me esperan vestidos para ir juntos al autobús.
Comienzo a vestirme en automático. Casi lo tengo: me estoy atando los cordones de la segunda deportiva como mejor puedo cuando Viktor entra en el vestuario, seguido de Cannon y Julián.
—Hola, chicos.
Alzo la mirada.
—¿Papá? —Elliot se levanta—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a hablar con Benji —responde, mirándome solo a mí.
—¿Por qué? —pregunta Elliot, preocupado.
Julián coge a Jonny y a Cannon del brazo y los dirige a la salida. Ambos se resisten, sin perder el contacto visual conmigo. Y yo quiero que se resistan. Quiero que Cannon se resista. Debería decirle que se resista. Debería suplicarle que se resista. Que no se vaya.
No quiero que se vaya y no sé por qué. Viktor es hogar. Viktor es una de esas cosas bonitas que tengo en la vida. Viktor no debería asustarme. Viktor no debería confirmarme que los malos presentimientos existen. Sin embargo…
«Cannon, por favor. No te vayas».
Pero Cannon se va.
Debería habérselo pedido en voz alta. Ella se habría quedado.
Elliot me mira aún más preocupado.
—¿Qué pasa, papá? —insiste.
Viktor se sienta en el cubículo junto al mío. Nos miramos y me revuelve el pelo con cariño. Seguimos mirándonos y sonríe con tristeza. A mí el corazón comienza a latirme muy fuerte.
—Ha sido un buen partido. O eso creo. A mí me ha gustado.
Viktor no entiende la pasión por el hockey. Nunca lo ha hecho, pero intenta entendernos a Elliot y a mí cada día de su vida.
—Gracias.
—Hijo…
—Papá, me estás acojonando mucho. Dilo ya.
—Ha habido un incendio esta madrugada. No ha sido provocado. Creemos que fue un descuido. Empezó en el salón y se extendió con rapidez por la casa, arrasando con todo a su paso. No ha quedado nada.
»Tu madre y tu tía vivían juntas en el edificio desde que tu madre salió de la cárcel. Estaban dentro. Han fallecido, Ben.
»Lo siento. Lo siento muchísimo. Lo siento por ti. Porque tú te mereces todo lo bueno que la vida pueda darte. Y te prometo que lo va a hacer. Te lo prometo, hijo.
Las palabras de Viktor tardan en calar en mi cabeza. Mi cuerpo reacciona antes. O eso creo.
«Muertas. Están muertas».
Yo sabía que Viktor sabía de ellas, pero nunca he querido preguntarle. No quería saber. No me importaba. Y ahora están muertas.
No me importa. No debería importarme. No son nada para mí.
«¿Muertas?».
Una lágrima se desliza por mi mejilla. No lo entiendo.
—¿Por qué me aprietan los pulmones? —pregunto en voz baja—. ¿Por qué me duele el pecho? N… no lo entiendo. Explícamelo, p… por favor.
—Lo siento mucho, Ben.
Elliot me abraza, con más fuerza que nunca en su vida. Me sostiene mientras yo me deshago en llanto, como si hubiera intuido que iba a derrumbarme cuando ni siquiera yo lo sabía.
Viktor también me abraza. Nos abraza a Elliot y a mí juntos por primera vez desde que lo conozco. Los dos me aprietan el cuerpo, lleno de magulladuras, pero no duele. Ellos no duelen.
—Porque tienes más corazón que todos ellos juntos. Más corazón que el que ninguno de ellos alcanzaría ni a soñar. Y no eres más que un niño. Permítete ser un niño, Ben. Y deja que yo cuide de ti. Yo voy a cuidar siempre de ti.
Me siento huérfano de repente aunque lo soy desde los diez, desde que abandoné esa casa del infierno que esta noche ha ardido en llamas, llevándose una parte de mí y demasiados malos recuerdos, incluida la monstruosa sonrisa de mi tía mientras me decía que «la vida en Nápoles era una mierda».
A mi madre ni siquiera he llegado a conocerla. No le pongo cara. No entiendo por qué sigo llamándola «madre». Lo hago sin querer. No entiendo por qué se está llevando estas lágrimas mías. No lo entiendo.
Debo de ser masoquista. El ser humano es masoquista. ¿Por qué nos empeñamos en querer a quienes no nos quieren? ¿Por qué buscamos a los que nos abandonan? ¿Por qué guardamos la esperanza de lo imposible?
—Dime que ha sido rápido.
—Ha sido rápido.
—Me estás mintiendo.
—Estoy haciendo lo que cualquier padre haría. Ha sido rápido, hijo. Estaban dormidas. No se han enterado. Ha sido como… un sueño del que no han podido despertar.
—¿Y Ricardo?
Deja de abrazarme. Sus ojos, idénticos a los de su hijo, que no se separa de mí ni un ápice, se clavan en los míos.
—Me ocupé de él hace años.
—¿Qué quieres decir?
—Que me ocupé de él hace años.
—¿Legalmente?
—No. A veces la ley no está de nuestra parte, pero el dinero y el poder pueden colocar a cualquiera en cualquier sitio. Ese hombre no volverá a cruzarse en tu camino. Está pagando por sus pecados. Y lo hará hasta el día de su muerte.
Asiento. No me siento culpable de su destino. Ni una pizca. Tampoco me da pena el final tan cruel de mi madre y mi tía. Sin embargo, no dejo de llorar.
Dios, ¿por qué no dejo de llorar?
—Vámonos a casa.
Cannon
—¿Por qué nos has sacado del vestuario? —le pregunta Jon a Julián, cabreado y preocupado, en cuanto cerramos la puerta.
—¡Eh, Ros! —grita mi hermano Blake al mismo tiempo, acercándose a nosotros recién duchado, con la bolsa del hockey colgada en un hombro.
—Ahora no, Blake.
—¿Ahora no, Blake? Te voy a…
—Ha pasado algo —nos dice Julián a todos, cerrándole la boca a mi hermano, y no hay más que verle el semblante para saber que es malo. Muy malo—. La madre y la tía de Benji han fallecido en un incendio.
—¿Qué? —preguntamos Blake y yo al unísono.
—¿Cuándo? —pregunta Jon.
—Esta noche pasada. Id a casa —les dice a Jon y Blake—. Necesito hablar con Cannon.
—Pero…
—Por favor, Jon —suplica Julián—. Luego te llamo, ¿vale? He avisado a Patrick para que salga el autobús ya.
Mi hermano lo coge del brazo y se alejan juntos. Jon se deja llevar por inercia, pero no aparta la mirada de Julián hasta que giran en el pasillo y nos pierden de vista.
—Una vez te pregunté si creías que conocías a Benji. ¿Lo haces? —me pregunta mientras echamos a andar.
«Sí» es la primera respuesta que se me cruza por la cabeza, pero unos segundos después me acuerdo de lo que me contó la noche que buscamos juntos Casiopea, de sus pesadillas y de la adopción y…
—No lo sé —respondo con sinceridad.
Julián suspira y caminamos hacia la zona de los despachos. Entramos en el primero que vemos y él toma asiento sobre una de las esquinas del escritorio. Cruza los brazos. Yo me quedo enfrente, asustada.
—La primera vez que vi a Benji pensé que era un gato.
Era tan sigiloso como uno. Y sigue siéndolo —añade, con una sonrisa triste—.
Me observaba patinar desde la oscuridad de un recoveco de la pista de tu familia.
Apenas pestañeaba; pero un día lo hizo y lo vi.
Me acerqué y echó a correr. Lo seguí, sin quitarme los patines, y lo encontré agazapado en un rincón, con la cuchilla de un patín en la mano, amenazándome.
Tenía la ropa hecha una mierda y olía fatal.
Se me partió el alma. Y pocas cosas había en el mundo que pudieran partirme el alma a los catorce.
Solo pensaba en hockey, en chicas y en chicos.
Se me saltaron las lágrimas. «No te voy a hacer daño», le aseguré con toda la cautela de la que fui capaz y las manos en el aire.
«Tranquilo. Solo quiero hablar. Me llamo Julián».
—Juls se detiene a coger aire. Yo he dejado de respirar desde la segunda frase de su relato, porque tengo la sensación de que todo es mucho peor de lo que me he imaginado—.
Era como un cachorro abandonado, muerto de miedo.
Era un niño de diez años, abandonado y muerto de miedo.
Había huido de la casa en la que vivía con su tía drogadicta y se había escondido en la pista de tu abuelo.
Le ofrecí dinero y una chocolatina; era todo lo que llevaba en el bolsillo.
No lo aceptó. Solo me miró con esos ojos verdes suyos tan enormes y llenos de emociones que se te meten bajo la piel.
Y horas más tarde, en la oscuridad de mi dormitorio, no pensé en hockey.
Ni en chicas. Ni en chicos. Esa noche pensé en Benji.
Al día siguiente encontré el dinero y la chocolatina dentro de mi casillero. Vivió allí durante cuatro años. Solo.
Julián se estira, coge la tablet de su mesa y entra en internet.
Teclea algo y me lo muestra. Es la noticia de una mujer que abandonó a su hijo en un campo de Alicante segundos después de dar a luz.
No soy consciente de que estoy llorando hasta que me trago mis propias lágrimas.
Julián comienza a hablar del pasado y yo lo escucho en off, sin dejar de mirar el titular en la tablet .
—No te imaginas lo que me costó que la dirección del CAR aceptara que Benji estudiara en la misma clase que el resto de los chicos de su edad —dice, tiempo después—. No te imaginas las trampas que tuvimos que hacer. Llevaba cuatro años sin pisar los pasillos de un colegio.
Y aquí es cuando rompo en llanto del todo.
Julián se acerca a mí y me abraza. Yo soy incapaz de moverme.
Y, de pronto, todo encaja. El rompecabezas que Benji ha sido siempre encaja.
Incluso el hecho de que él y yo nunca hubiéramos encajado encaja.
¿Como íbamos a entendernos si no me molesté en mirarlo?
—Pero Benji era un autodidacta nato —continúa—.
Se comía los libros que yo le llevaba a la pista.
Los memorizaba. Los entendía. Leía más rápido que cualquiera.
Julia decidió confiar en mí y acertamos.
Benji se puso al día en apenas un año. Se graduó años después con una de las mejores notas de su curso a pesar de trabajar en el bar.
El CAR le concedió una beca, pero él necesitaba ganar su propio dinero.
Y, ahora que lo tiene, apenas lo gasta. No se concede ni un solo capricho.
¿No te has dado cuenta? Tiene miedo de que pueda hacerle falta a él o a los suyos en el futuro, incluso siendo un Schmidheiny.
Supongo… —Julián suspira—, supongo que se trata de supervivencia.
Me desembarazo de Julián, tomo asiento en la silla frente a él y escondo la cabeza entre las manos.
—Viktor ha venido a contarle lo del incendio de ayer —me explica poco después.
Dios. Ni yo sé cómo sentirme al respecto. No quiero imaginarme cómo tiene que estar Ben.
Recuerdo la primera vez que lo vi, a los diez años. Recuerdo su cara como si la tuviera delante. No solo era una cara preciosa. Era triste. Ese brillo de sus ojos gritaba pidiendo ayuda.
—¿Cómo no me di cuenta? —susurro—. ¿Tan… asocial soy? ¿Y cómo lo supo Elliot?
—Solo eras una niña, Cannon. Y Elliot no lo supo hasta los catorce años. Acudió a Benji la noche en que vio a su madre con tu padre. Se lo contó todo, y Benji… No sé. Supongo que se desahogaron el uno con el otro.
Sí, supongo que sí. Aunque no me refería a eso. Elliot lo vio desde el primer momento. Desde el primer puñetero momento.
Necesito ver a Ben.