22. Benji
Benji
Control: acción de impulsar el puck con el stick, la mano o los pies. El control del puck no se pierde cuando un oponente, las vallas o la red contactan con él, siempre que el jugador que tiene el control continúe moviéndolo.
Nos despedimos de Viktor, que regresa esta tarde a Madrid tras pasar la Nochebuena con nosotros en casa —yo con un abrazo enorme, Jonny con una palmada cariñosa en la espalda y Elliot con un levantamiento de barbilla—, y Elliot y yo nos metemos en su coche.
Destino: la casa de la abuela.
Objetivo: pasar veinticuatro horas con los Donnelly sin matarnos.
Cojo aire.
—¿Seguro que no quieres venir? —le pregunta Elliot a Jonny a través de la ventanilla bajada antes de arrancar.
—Paso.
Tanto Elliot como yo suspiramos.
Hay una cabeza y medio cuerpo de reno pegados a la puerta de entrada de la casa (mansión) unifamiliar de la abuela de Elliot en el prestigioso barrio de Pedralbes.
Esto es cosa de Axel, sin ninguna duda. Estoy a punto de acercarme para observarla de cerca cuando suena una bocina detrás de nosotros. Ambos nos giramos a la vez.
El coche va bastante rápido, pero no lo suficiente como para que no reconozcamos a Andrés Claramunt al volante con su cuñado Chris Lacoste al lado.
Lacoste es el actual número uno en el tenis y Claramunt lo sigue de cerca. Ambos estudiaron con nosotros en el CAR hace diez años y los padres de Andrés son vecinos de la abuela.
Los hijos de Chris viajan en los asientos de detrás y ríen a carcajadas. Todo lo que unos bebés de un año pueden reír a carcajadas, claro. Uno de ellos sujeta un volante de juguete y hace sonar la bocina. El otro está comiendo algo con chocolate y se está poniendo fino.
Levantamos la mano y les decimos adiós justo cuando Chloe nos abre tras haber tocado el timbre. Frunce el ceño al vernos, decepcionada. Mmm, se ha cortado el pelo. Suele llevarlo a la altura de la cintura y ahora apenas le acaricia los hombros.
—¿Una apuesta? —pregunto señalándole el pelo con el índice.
—¡Han llegado el hermanastro y el hermano del hermanastro! —grita ella, ignorando mi pregunta.
Se larga y deja la puerta abierta.
¡Pum!
Me llevo la mano al corazón al tiempo que advierto el corcho de una botella de champán volar frente a nosotros y chocar con el altísimo e impoluto techo blanco de la abuela. Ha dejado marca, fijo.
Brandon, más despeinado de lo habitual, pasa por nuestro lado y le echa un trago descuidado a la susodicha botella.
—Viva —nos dice y sigue bebiendo de camino al salón.
Elliot y yo cruzamos una mirada.
«Y a este ¿qué le pasa?».
«Ni idea».
Brandon siempre ha sido excéntrico, pero es la primera vez que lo veo beber a morro de una botella de champán. El alcohol no es lo suyo.
Entramos en la casa y me asalta al instante el olor a la colonia de la abuela, de esas anticuadas, frescas y elegantes, pero que poseen un aroma especial. Único o distintivo, no sé. Nada ni nadie huelen como la abuela de Elliot y su casa.
Nos dirigimos al salón, donde están todos más que instalados. Los Donnelly pasan aquí las Navidades desde hace tantos años que tienen incluso habitaciones asignadas.
Sofía lee un libro sentada en la butaca junto a la ventana adornada con motivos navideños, y ni siquiera alza la mirada para saludarnos.
Lo de los motivos navideños también ha debido de ser cosa de Axel.
Son esas típicas figuras de nieve que se dibujan con un aerosol y se quedan pegadas al cristal. Verás cuando las vea la abuela…
Blake intenta sintonizar algo en el televisor, de espaldas a nosotros.
Fallon y Cannon, sentadas en el suelo, juegan al ajedrez en la mesita en el centro de la estancia, junto al sofá.
Brandon enciende el viejo reproductor de música y pone una canción de… ¿Estopa? «Superior a mí es la fuerza que…».
Chloe se sitúa en medio de Fallon y Cannon y observa las jugadas con atención.
Axel escribe algo en su teléfono móvil y… ¿Este chico cada día está más alto o es cosa mía?
Oh, los Donnelly.
—¿Por dónde iba? —pregunta Blake, retomando la conversación que hemos debido de interrumpir con nuestra llegada. Nos mira y no puede ocultar la decepción—. Ah, sí. Cómo olvidarlo. No puedo escuchar a mi hermana pequeña hablando de sexo, así que ni una palabra más, Chloe.
¿Chloe y sexo? Joder, no puedo escucharlo ni yo.
—¿Es legal? —pregunta Sofía.
Eso digo yo…
—¡Tengo diecinueve!
¿Ya?
—Estoy seguro de que en algunos países no es legal —responde Blake.
—Pero en el nuestro, sí. Y, además, ¿tú con cuántos años perdiste la virginidad?
—Aún la conservo —contesta Blake sin inmutarse—. Me estoy reservando para el matrimonio.
—Pues espera sentado —replica Elliot y se gana una de esas miradas que matan.
—Muy gracioso —responde Chloe al mismo tiempo que Elliot—. Y a Brandon lo pillaron a los quince con Gari entre las piernas. ¡Haciéndole una mamada!
—No digas mamada, joder.
—¡Tengo diecinueve!
—Dinos quién es el chico y te perdonamos.
—¿Juega en la LEH ?
—No pienso contestaros.
—Eso es que sí.
—¿Podemos dejar de liarnos con jugadores de hockey sobre hielo, por favor? —pregunta Brandon, que no se ha movido del reproductor de música, donde Estopa sigue dándolo todo—. Son como una plaga. ¿Cuántos somos ya? ¿Cuatro?
—¿Cuatro? —pregunta Axel, confundido, y comienza a contar con los dedos de una mano—. A mí me faltan nombres. ¿Estás contando a Elliot porque se folla a todo lo que se menea y seguro que ha caído más de uno?
Elliot eleva los ojos al cielo y Brandon no contesta.
—Está borracho —dice Fallon—. Ya no sabe ni contar.
O quizá haya tenido en cuenta a Cannon, que se ha liado conmigo. ¿Brandon lo sabe?
—Vivo en un profundo martes —dice el susodicho y suspira—. Como los Estopa.
—¿Y mi abuela? —pregunta Elliot.
—Tu abuela sí sabe contar.
—Y nunca se ha liado con un jugador de hockey. Que sepamos, al menos…
—Tampoco vive en un profundo martes.
Elliot pone los ojos en blanco.
—Se ha ido a hacer unos recados —le explica Sofía sin apartar la vista del libro.
—Nos ha dejado solos para que nos matemos de una vez por todas —añade Axel.
En cualquier momento…
—No os hemos esperado para abrir los regalos. Sorry not sorry —dice Chloe.
—Ups… —añade Axel.
—Por cierto, Elliot —le dice Sofía mirándolo con desprecio—, gracias por la escoba. Me ha encantado.
—Toda bruja necesita una…
—Sí, yo también te quiero.
Elliot se acerca al árbol gigante decorado de color rojo que preside la estancia junto a la chimenea, repleta de calcetines navideños.
Coge el paquete que lleva su nombre y le arranca el papel de Frozen de un tirón.
Es un jersey. Un jersey con un lazo enorme que sobresale en medio, como si la propia prenda fuera un regalo de Navidad.
Los colores verde y rojo son tan brillantes que hacen daño a la vista.
—Es que eres un regalo —le explica Axel.
—Pues me lo voy a poner.
Y se lo pone.
Yo me acerco a abrir el mío. Tiene letras japonesas y parece envuelto por un profesional, no por un Donnelly. Frunzo el ceño.
Lo desenvuelvo y… Joder. Abro mucho los ojos.
Es un extracto inédito de mi serie favorita de la vida.
—Está en japonés —dice Sofía, que se ha acercado a cotillear, por encima de mi hombro.
—¿Quién ha sido? —les pregunto a todos con la novela corta en la mano.
Se encogen de hombros y Elliot me lo quita para echarle una ojeada. Miro a Cannon, pero sigue jugando al ajedrez con su hermana, como si nada. Ha tenido que ser Cannon.
Joder, y yo pensando que estaba rara últimamente. No me lo puedo creer.
—Es… increíble —susurro.
—Eres un friki, Benji —me dice Sofía.
—Eh —grita Axel, indignado, cuando se acerca a ver lo que Elliot tiene entre las manos—, ¡yo también lo quería! Joder, Chloe, vas a Japón a un campeonato y le traes este pedazo de regalo a Benji. ¿En serio? ¿Por qué a él? No es justo.
—A llorar a la llorería —responde ella.
—¿Me dejas echarle un vistazo? —me pregunta, esperanzado.
Ja.
—Arrodíllate y suplícamelo.
—Antes muerto.
Me encojo de hombros.
—Tú te lo pierdes.
Benji: No me creo que tu hermana me haya comprado esto en Japón porque sí.
¿Has sido tú?
Cani Pooh: Yo no he estado en Japón.
Benji: ¿Quedamos en cinco minutos en tu dormitorio?
Cani Pooh: ¿Para qué?
Benji: Quiero darte las gracias.
En persona.
Cani Pooh: No es para tanto.
Benji: Para mí sí lo es.
Y ya de paso me dices por qué estás rara conmigo.
Cani Pooh: No estoy rara contigo.
Benji: ¿No te estaré empezando a caer bien?
Qué facilona, Donnelly.
Cani Pooh: Sigue soñando.
Imbécil.
Benji: Ja, ja, ja.
Demuéstramelo.
Cani Pooh: Tercera puerta a la derecha.
Benji: Lo sé.
Levanto la mirada del teléfono y estoy a punto de guiñarle un ojo, pero Fallon me mira primero a mí y luego a Cannon, y pone los ojos en blanco.
¿Fallon también sabe que nos estamos acostando?
Trago saliva. Fallon… Fallon es Fallon. Y da un poco de miedo.
Espera. ¿Eso de que Bran no podía ni contar porque estaba borracho era una estratagema para salvar su metedura de pata? Frunzo el ceño.
—¿Bran? —pregunta Fallon de pronto.
Oh, Brandon. Me había olvidado de Brandon. Me había olvidado incluso de Estopa, que canta Como camarón en bucle a todo volumen.
Bran está bailando en medio del salón, como si se encontrara en un concierto en directo rodeado de gente, pero solo al mismo tiempo.
Salta y bebe tragos de champán, uno detrás de otro, como si fuera agua.
Mueve la cabeza de un lado para otro con los ojos cerrados y, cuando llega el estribillo, grita como un desquiciado.
—«Tú me rompes las entrañas, me trepas como una araña, bebes del sudor que empaña el cristal de mi habitación.
Y después por la mañana, despierto y no tengo alas.
Llevo diez horas durmiendo y mi almohada está empapada.
Todo había sido un sueño, muy real y muy profundo.
Tus ojos no tienen dueño porque no son de este mundooo».
Esto huele a mal de amores por los cuatro costados, pero ¿qué problema pueden tener Brandon y Gari?
—A ese se le ha ido la olla del todo —dice Elliot a mi lado señalándolo—. Ya sabía yo que tanto formol no era bueno.