22. Benji #2
Elliot y yo cruzamos una mirada. Los Donnelly cruzan miradas. Y, joder, hasta los Donnelly y nosotros cruzamos miradas.
—¡Lo tengo! —clama Blake, y la pantalla del televisor se llena con la imagen de una pista de hielo.
Es un partido de hockey, en diferido. Un partido que se ha jugado hace un par de horas para recaudar fondos.
—¿En serio vais a ver el partido de Garikoitz? —pregunta Brandon.
Uy, cuando Bran pronuncia el nombre completo de su novio…, mal asunto.
—Por supuesto que vamos a verlo.
—Genial. Que os aproveche.
Brandon abandona su sitio privilegiado junto al reproductor de música y desaparece del salón, no sin que antes Elliot le arrebate la botella. Yo hago un poco de tiempo antes de subir a la habitación de Cannon.
—¿Y qué tal por Japón? —le pregunto a Chloe, aunque sé de sobra lo bien que le ha ido en el campeonato. Se está saliendo últimamente. Ha logrado incluso superar en puntos a Núria Lacour, la número uno.
—¿Quieres saberlo? Arrodíllate y suplícamelo.
— Touché.
Me guiña un ojo. No pienso arrodillarme. Espero un par de minutos más y me dirijo a las escaleras. Llego al pasillo, lo cruzo hasta la tercera habitación a la derecha y… Pum.
Impacto con Brandon.
—¿Qué haces aquí?
Me quedo en blanco y le digo lo primero que se me cruza por la cabeza.
—¿Has visto alguna vez un partido entero de Gari?
—¿A ti qué te importa? ¿Qué haces aquí?
—¿A ti qué te importa?
Brandon me coge de la pechera y me empotra contra la pared. Joder, con lo esmirriado que es, nadie diría que tiene esa fuerza.
—Como le hagas daño a Cannon, te juro que te rajo por aquí —me cruza la tripa con la yema de un dedo—, por aquí —me cruza el corazón— y por aquí —me cruza la polla, aunque esa no me la toca.
Tampoco es necesario. Me hago a la idea.
Trago saliva. Pues sí que sabía lo mío con Can. Menos mal que este es el más tranquilo de los hermanos. También el más psicópata, por lo que veo.
Le vibra el teléfono en el bolsillo. Lo mira y me advierte con el dedo:
—No he terminado contigo.
Entra en su habitación a hablar y yo me cuelo en la de Cannon, al lado. Curioso, echo un vistazo rápido a mi alrededor. A pesar de ser un tanto aséptico, huele a Cannon por los cuatro costados.
No puedo evitar escuchar la conversación de Bran. Aquí arriba hay un silencio sepulcral y las paredes son de papel. Y ha puesto el teléfono en manos libres.
—Es mi trabajo —dice Gari—. Puede que solo fuera un partido amistoso para recaudar fondos, pero sigue siendo mi trabajo.
—Joder, ya lo sé. Ya lo sé. Pero, no sé, podías haber cogido un avión después del partido.
—Vivo en Nueva York. Y mañana tengo otro partido.
—Podías haberme pedido que fuera yo a verte.
—¿A verme?
—Sí, podía haber ido a ver el partido y luego…
—¿Ir a ver el partido? No te gusta el puto hockey, Bran.
—¿Me estás vacilando? ¿De verdad crees que no habría ido a verte?
—No lo sé. Dímelo tú.
—Habría ido, aunque solo fuera para pasar una hora contigo.
—Ya. Oye, tengo que colgar. Ya hablaremos.
Reina el silencio de nuevo. En un impulso, salgo de la habitación de Cannon y entro en la de Brandon. Está sentado en la cama, con la cabeza entre las piernas.
¿Qué está pasando entre estos dos?
—Lo siento.
Levanta la cabeza y me mira.
—¿Por qué? —me pregunta con genuina curiosidad.
Porque recuerdo a Gari entrenando en la pista de Avenida de América y a Brandon en las gradas.
Recuerdo cómo se hablaban, cómo se miraban y cómo reían.
Si tuviera que creer en el amor, lo haría solo por el que demostraban Brandon y Gari el uno por el otro.
Son la pareja perfecta. Si existieran las parejas perfectas, claro.
—Porque entiendo de dolor.
—¿Y qué te importa mi dolor?
—Me importa lo mismo que a ti el mío.
Brandon me mira con sorpresa y nos sostenemos la mirada hasta que se le cae una lágrima del ojo y se le desliza por la mejilla. En otro impulso, me siento en la cama junto a él y lo abrazo. Rompe a llorar.
—Siento que lo estoy perdiendo. La distancia nos está haciendo papilla. Y no sé si sabría vivir sin él.
Cannon
Escucho los sollozos desde las escaleras.
Subo a todo correr y cruzo el pasillo. Me detengo en seco en cuanto llego a la habitación de Brandon y lo veo abrazado a Benji, desconsolado.
Me da un vuelco el corazón, y no sé si es por Bran, por Benji o por ellos dos juntos.
Me quedo observándolos, embobada, y pierdo la noción del tiempo.
Supongo que ellos también, porque no se mueven un ápice.
—¡Déjame en paz, joder! Qué tarde más tonta llevas —escucho poco después.
Frunzo el ceño. Viene de abajo.
—Pues no me da la gana. ¿Qué te parece?
—Me parece que lo estás pagando conmigo.
—¡Será porque tú tienes la culpa!
Son Blake y Elliot.
Bajo las escaleras a todo correr. Veo a ambos en la entrada, con los puños apretados y pinta de querer acabar el uno con el otro. El resto de mis hermanos los rodean, preocupados. ¿Qué narices ha pasado?
—¿Culpa de qué? —inquiere Elliot, harto.
—Culpa de que no est é n aquí. Culpa de que llevemos siete años sin poder pasar el día de Navidad con mi padre y su mujer. ¿De qué coño te ríes?
—De ti. Porque eres un imbécil. ¿Y sabes lo que te digo? Te jodes, Blake, ¡te jodes! S i tienes el día tonto porque no est á s pasando las Navidades con quien realmente quieres, te jodes.
—¡Qué hostia tienes, Elliot!
— ¿Sí? ¡Dámela! ¿Estás cabreado y quieres que sea tu saco de boxeo? ¡Muy bien! ¡Acepto! Descárgate contra mí. Úsame. Pero que no sirva de precedente, porque no pienso ofrecerme a esta mierda cada vez que tienes el día torcido porque tu…
—¡Eh! —grito, y me pongo en medio. Blake está a punto de ponerle las manos encima a Elliot—. Vale ya. Déjalo, Blake.
—¿Ahora te pones de su parte? —me pregunta Blake, dolido.
—No, solo intent…
—Lo dudo mucho —replica Elliot.
Y me cabreo. Joder, me cabreo muchísimo. ¿Por qué? A saber. Quizá porque estoy más sensible de lo habitual. Quizá porque lo he llevado dentro demasiado tiempo y ha llegado la hora de sacarlo. Qué más da.
Me giro hacia él y le clavo el dedo en el pecho.
—Siempre he estado de tu parte. Te habría elegido a ti por encima de todo —confieso con la mandíbula apretada—. ¡Te habría dado incluso un puñetero riñón si lo hubieras necesitado! Así que no me vengas con…
—¡No lo hiciste!
Y ya está. Esto ya no trata de Elliot y Blake. Trata de Elliot y de mí. A la mierda todo.
Benji baja las escaleras corriendo junto a Bran, nos ve y enseguida se da cuenta de lo que pasa. Está a punto de ponerse en medio, pero duda. Nos mira varias veces. No sabe qué hacer.
—¡Era mi padre! —continúo—. Ni siquiera me diste opción a que me explicara. Tú eras mi todo, Elliot, y me abandonaste.
—Tú me…
—¡No! —interrumpo. Aún no me he quedado a gusto—.
Tú me abandonaste, y me importa una mierda que te creyeras con motivos porque yo eligiera a mi padre antes que a ti.
Nuestra amistad estaba por encima de todo.
Siento mucho que tus padres se pelearan, siento mucho que tus padres dejaran de estar enamorados y que mi padre y tu madre se enamoraran, pero yo no tuve la culpa, Elliot. ¡Yo no tuve la puta culpa!
—¿Y quién te la echa?
—¡Tú!
—¡No, Cannon! Yo no te echo la culpa.
—Lo hiciste la mañana en que…
—¡No! —Ahora él me interrumpe a mí—. Esa mañana apareciste en mi puerta cuando mi mundo se estaba haciendo pedazos.
¿Cómo querías que reaccionara? Tenía catorce años y acababa de enterarme de que mi madre estaba liada con el padre de mi mejor amiga.
¡Necesitaba tiempo, Cannon! Pero tú desapareciste.
—Tú te largaste a la Costa Brava.
—¡Eso fue meses después! Tú me abandonaste, Cannon. Tú.
Me echo hacia atrás como si me hubiera dado una bofetada, y me quedo sin habla. N… no fue así como sucedió. No fue así.
—Chicos… —nos dice Ben—. ¿No creéis que ha llegado el momento de enterrar el hacha de guerra? Han pasado más de diez años.
Se hace el silencio y… Y la abuela de Elliot elige este preciso momento para abrir la puerta de la calle.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —grita en cuanto nos ve a todos en el pasillo en pie de guerra.
Y… supongo que Brandon también ha bajado las escaleras demasiado rápido, porque vomita todo el champán sobre nuestros pies.
—Oh, mierda.
—Esa tendría que haber sido yo —nos dice Sofía—. Estoy embarazada, por eso no he jugado los últimos partidos. ¡Vais a ser tíos! Feliz Navidad.
Brandon vomita de nuevo.
—Perdón, todavía lo tenía ahí.
—Cannon dejó el hockey por tu culpa —le recrimina Blake a Elliot.
—Joder, Blake, supera el día ya.
Benji
9 p. m.
Al final no nos hemos matado entre nosotros. La abuela ha puesto orden, como siempre. Después de asimilarlo todo, claro.
Hemos comido juntos y hemos hablado del embarazo de Sofía, que ha sido una decisión consensuada con su novio fiscalista londinense (la abuela apenas ha probado el asado, tengo que decir). La verdad es que no pegan ni con cola, pero ahí están.
A lo largo de los años, Sofía ha salido con un montón de imbéciles que se parecían más a ella y siempre ha salido mal, así que… No sé, quizá el truco esté en «no pegar juntos».
Después de comer hemos jugado una partida al bingo, rodeados de varias bandejas enormes llenas de polvorones de naranja.
La abuela siempre piensa en todo, así es imposible que nos peleemos por el último como el año pasado, antes acabamos empachados.
Les he ganado cincuenta pavos a los Donnelly, y hace media hora la abuela nos ha puesto la película de Solo en casa, como cada año.
Y aquí estamos, sentados en el sofá y alrededores con la vista fija en el televisor.
Brandon está dormido, tumbado, encogido con una manta muy navideña por encima mientras Fallon le acaricia la cabeza.
Axel y Chloe están sentados en el suelo, a los pies de Cannon, a mi lado.
Blake está al otro lado de Can y Sofía, en su butaca favorita.
Elliot se ha sentado al lado de Blake.
La abuela se ha ido a dormir.