Solo un juego más (Car Hockey 1) 21. Cannon
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21. Cannon

Cannon

Kiss/Dance/Fan Cam: interacción en los videomarcadores donde una cámara capta espectadores al azar para que se besen/bailen/animen a su equipo.

Y aquí estamos, de nuevo, en un partido contra los Demonios.

El ambiente es raro y… desconocido. Todo es rojo y blanco, todo huele a rivalidad, y mi hermano es uno de esos rivales. Este es su equipo. Estos son sus colores, desde hace ya nueve años. Debería resultarme familiar, ¿no? Entonces ¿por qué es tan chocante?

Suspiro.

En el vestuario, Benji escucha música sentado en su cubículo, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados; Elliot no para quieto: sube una pierna hasta que toca con la punta la palma de su mano y luego la otra, calentando (y otra vez, y otra vez); Jon está distraído con su teléfono, y Julián finge leer algo en la tablet, pero en realidad los observa de reojo.

La tensión que se respira en el ambiente no es tontería.

El discurso prepartido de Julián tampoco lo ha sido.

Ha habido más advertencias que ánimos, dado lo que pasó la última vez…

Cuando llega la hora del calentamiento en la pista, cruzamos el túnel hacia nuestro banquillo. Benji pasa por mi lado, y el aire que desprende huele a fresa y a labios azules agrietados en una sonrisa. Frunzo el ceño.

«Pero ¿qué pasa contigo, Cannon? Benji huele igual que siempre: a creerse el rey del mundo y a esa colonia que no te gusta nada. ¿Un par de carantoñas y te cambia el olfato? Céntrate».

Sacudo la cabeza y me centro en lo que nos ocupa: el hockey.

El estadio rebosa, como en el anterior partido entre Jaguars y Demonios, y eso que la gente no tiene ni idea del drama familiar que hay detrás… Hay muchísimo público vestido con nuestros colores. Y otros tantos con los de los Demonios.

—¡Cani!

—¡Cannon!

—¡Holaaa!

Miro de reojo hacia las gradas. Mis hermanos están sentados en primera fila, vestidos con el equipamiento de los Demonios y dos rayas negras dibujadas en las mejillas.

A mi padre y Lili no puedo verlos, pero sé que andan entre el público.

Llegaron todos ayer a Barcelona para pasar las Navidades y se instalaron en casa de la abuela de Elliot, como cada año.

El 25 es nuestra cita anual de hermanastros…

—¡Cannooon!

—¡El disfraz de gato te sienta bien! —grita Axel.

Levanto la mano con disimulo para que se callen.

A Patrick se le escapa una carcajada a mi lado y yo le doy un empujón en el hombro en represalia.

Los jugadores salen al hielo para el precalentamiento de rigor al ritmo de Rihanna, pero mis hermanos (Fallon y Brandon incluidos) comienzan a cantar al unísono en el instante en que ven a Elliot y Benji.

—«Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh. Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh.

Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh. Allá van con la pastilla en los pies.

Y ninguno los podrá detener. El estadio vibra con la emoción de ver jugar a los dos.

¡A los dos! Solamente juegan para ganar, pero siempre con deportividad.

Y no hay nadie mejor, para la aficióóón».

Elevo los ojos al cielo. Es la canción de una serie de anime de los ochenta: Campeones.

Llevan años cantándosela, al igual que los otros le cantan a Blake la melodía de Misión imposible.

Oh, y en cuanto Jon aparece en escena delante de ellos, Johnny B.

Goode . El amor flota en el aire cuando se trata de mi familia, ya lo he dicho.

Julián llama con el índice a Blake y este se acerca con la parsimonia que lo caracteriza. No sé qué le susurra Juls al oído, pero mi hermano no deja de asentir y sonreír.

En el hielo, Elliot y Jon calientan sobre la línea central al lado de Fantoni. Julián, sin dejar de hablar con mi hermano, chasca los dedos y ambos se mueven hacia el centro de su zona. Ha habido cruce de palabras con Fantoni, fijo.

Tras el calentamiento y con Start Me Up de The Rolling Stones sonando a través de los altavoces mientras los jugadores salen al hielo, la multitud ruge y la tensión se acumula. Y eso que el puck aún no ha caído…

Cuando cae, comienza el partido. Si la tensión fuera líquida, podría llenar el estadio entero.

En el minuto tres, Jon golpea el puck con esa fuerza imparable que lo caracteriza y marca un golazo.

Jon siempre está levantando pesas en el gimnasio, por eso tiene los brazos que tiene y lanza el puck como lo lanza.

Le dedica el gol a mi hermano, a pocos metros de él: se deja caer de rodillas en el hielo y se desliza en su dirección mientras le dibuja un corazón enorme en el aire con las manos.

En el videomarcador repiten la celebración a cámara lenta y, gracias a nuestra modernísima tecnología del siglo xxi , dibujan el corazón imaginario de Jon para que todos lo veamos.

Es enorme, rosa, con los bordes rojos y chispas que vuelan alrededor.

En el minuto cuatro comparo la manera elegante de patinar de Blake contra la impulsiva de Jon. Son tan diferentes…, pero ambas igual de buenas.

En el minuto cinco contenemos la respiración cuando Blake pelea con nuestro portero en un breakaway digno de admiración.

Gol.

Se deja caer de rodillas en el hielo y se desliza en dirección a Jon mientras le hace un gesto superobsceno con la boca y la lengua, en plan «chúpamela».

En el videomarcador no repiten la celebración a cámara lenta ni dibujan nada con nuestra modernísima tecnología del siglo xxi , y los árbitros no le pitan falta por conducta antideportiva porque hoy debe de ser su día de suerte.

Eso sí, el público se levanta y lo ovaciona; mis hermanos los primeros.

Benji intenta no reírse sin éxito, con lo que se gana un golpe en el culo del stick de Jon. Elliot le da con el suyo al trasero de Jon y repite el gesto obsceno de Blake. Julián niega con la cabeza en dirección a mi hermano, que le lanza un beso al aire.

En el minuto veinte gritamos a los árbitros porque nos han anulado un gol de Ben, y en el veintidós, los aplaudimos porque pitan una falta a nuestro favor. Mis hermanos no dejan de cantar.

«Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh. Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh. Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh».

—¡No les regaléis más faltas, joder! —grita el entrenador de los Demonios entre el minuto veintitrés y el veinticuatro.

En el minuto veinticinco:

—¡Hostia, Elliot! ¡Hostia! —grita Brandon.

El resto de mis hermanos no solo lo miran con ganas de querer lanzarlo al hielo: también lo empujan y le dan golpes en el brazo.

—Ha sido una jugada maestra —se defiende Bran.

Sí que lo ha sido.

—Contrólate con Blake o Julián te deja en el banquillo lo que queda de partido —le advierte Ben a Jon en el minuto treinta, mientras descansan.

El otro solo observa la pista con los ojos entrecerrados.

—«¡Elliot! ¡Benji! Los magos del pastillón. ¡Benji! ¡Elliot! Sueños de campeón. ¡Benji! ¡Elliot! El hockey es su pasióóón» —cantan mis hermanos en el minuto treinta y cinco.

Elliot y Benji se quitan uno de los guantes y les sacan el dedo medio. Al mismo tiempo. Gozan de una compenetración admirable.

En el minuto cuarenta somos cinco contra tres.

El resto de los Demonios (incluido mi hermano) están en el banquillo de castigo.

Los castigos de los rivales son oportunidades de oro que hay que aprovechar.

Oportunidades que pueden marcar la diferencia en un partido.

Oportunidades que no todos aprovechan, porque no solo se trata de tener más jugadores sobre la pista: requieren de un olfato especial.

Tres segundos después, Elliot y Jon discuten con uno de los árbitros y somos tres contra tres. A la mierda el olfato.

En el minuto cuarenta y dos reconozco que las rotaciones de Benji son preciosas.

En el minuto cincuenta, los nuestros meten gol y Jon abraza a Blake por el cuello y le habla al oído sin que dejen de patinar. Los dos sonríen.

—Esos dos están a punto de llegar a las manos —dice alguien del público, detrás de nosotros.

—No quiero saber lo que se están diciendo, pero es bastante probable que el uno esté amenazando al otro de muerte.

—Y los árbitros se han dado cuenta.

Dirijo la vista a los árbitros, que acuden en su busca y los separan. Entonces Jon saca la lengua y le chupa la cara a mi hermano. Desde la barbilla hasta la nariz.

Madre mía. Se me cae la mandíbula al suelo. Julián se lleva las manos a los lagrimales. El público enloquece. Hasta el videomarcador enloquece. Mis hermanos cantan Johnny B. Goode más fuerte que nunca: «Go, go. Go, Johnny B. Goode, go, go».

En el minuto cincuenta y dos, la Kiss Cam enfoca a Elliot y Benji en el banquillo, y Elliot, sin dejar de sonreír, le besa la mejilla a Benji. El estadio ruge de nuevo.

En el minuto cincuenta y ocho, un Demonio carga contra Benji de una manera brutal. Contengo la respiración hasta que se levanta.

Vale. Está bien.

Al final de la prórroga seguimos empatados, así que toca tanda de penaltis.

Ganan los Demonios.

Hoy no ha podido ser, pero ambos equipos hemos jugado increíble, a pesar de los penaltis, por lo que nos vamos contentos al vestuario. Y la sangre no ha llegado al hielo.

Yo he ignorado a Benji durante todo el partido.

Un poco. Nos estábamos acercando demasiado.

Ayer me reí cuando dijo una de sus chorradas.

Me reí a carcajadas. No es la primera vez.

Y siento un cosquilleo por dentro cuando me encuentro cerca de él.

Siento que el cariño va ganando terreno y la indiferencia pierde peso.

Más tarde, camino por los pasillos junto a Blake en busca del resto de mi familia cuando comienza a sonar la canción de Misión imposible a todo volumen.

—Pero… ¿cómo coño lo han hecho? —masculla Blake, y juro que le vibra la mandíbula—. Hijos de…

Estallo en una carcajada.

—Anda, vamos a cenar. Me ha escrito papá: nos esperan fuera.

Unos días después, celebramos la Nochebuena todos juntos en casa de la abuela de Elliot y… y siento que me falta algo, pero no sé el qué. No es Benji, eso seguro. Ni siquiera somos amigos. ¿No?