Solo un juego más (Car Hockey 1) 20. Benji
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20. Benji

Benji

«Patada evidente»: no se puede marcar un gol en una jugada en la que un atacante impulsa el puck con su patín hacia la portería.

El puck sale por los aires. Elliot lo atrapa al vuelo con una mano, lo baja al hielo y me lo pasa.

Regateo por el centro de la pista y me dirijo a la portería.

No tengo que mirar hacia atrás para saber que tanto él como Jonny me pisan los talones, y hoy lo agradezco más que nunca porque todo me da vueltas.

Pierdo el control del puck. Y no porque un rival me lo haya arrebatado, sino porque… se me ha escapado.

Joder.

Los jugadores del equipo contrario corren hacia nuestra portería y yo intento seguirles el ritmo, pero las piernas no me responden.

Las noto pesadas. En realidad, todo el cuerpo me pesa más de lo que debería, como si el partido se estuviera disputando sobre mis hombros.

Podría desplomarme en cualquier momento.

El capitán del equipo contrario llega a nuestra portería y dispara, pero Elliot, que ha conseguido adelantarlos, intenta frenarlo con el pie.

Y lo hace, pero el puck viajaba a tanta velocidad que le arranca de cuajo la cuchilla, que sale volando.

Jonny se hace con el puck, me dirige una mirada, de esas que dicen «Ocúpate tú», y vuela hacia el lado contrario en busca del ansiado gol que he echado a perder.

Me acerco a Elliot, de rodillas en el hielo, y lo arrastro hasta el banquillo. Se incorpora con un solo pie y entra. El esfuerzo de empujarlo casi me cuesta mi último aliento, pero logro incorporarme, y me dispongo a regresar al hielo hasta que…

—Entra. Ahora —me ordena Cannon—. Y siéntate —añade antes de que pueda llevarle la contraria.

Obedezco sin rechistar porque necesito recuperar el aliento. Solo me hacen falta cinco minutos.

—¿Estás bien? —le pregunta Julián a Elliot mientras lo ayuda a sentarse a mi lado.

—Sí.

Julián se arrodilla, coge el pie con el que Elliot ha parado el puck y lo apoya en su muslo. Comienza a desabrocharle el patín a la velocidad de la luz. Sus manos expertas han desabrochado miles de cordones.

—He dicho que estoy bien —insiste Elliot.

Julián le quita el patín y el calcetín, y gira y observa el pie descalzo. El puck ha impactado contra la cuchilla. Le presiona puntos clave y observa la reacción de Elliot, que no reacciona. Cuando se da por satisfecho, lo calza de nuevo.

—Apóyate en la barandilla —ordena.

Elliot, que ya sabe lo que toca, se apoya en la barandilla con los antebrazos y sube los pies sobre el banquillo, dejando las rodillas en el aire.

Julián le reemplaza la cuchilla perdida y le da un golpecito en el gemelo cuando está listo.

Este es el tipo de trabajo que haría Íñigo, el responsable de material, pero siempre es Juls el que cambia las cuchillas de Elliot.

Me incorporo al mismo tiempo que él.

—¿A dónde te crees que vas? —me pregunta Cannon. Esto ya lo he vivido. Quiere dejarme en el banquillo, a lo que me niego en rotundo, pero no me da tiempo a replicar—. Tienes una pinta horrible. Siéntate.

—Estoy bien.

Elliot coge un plátano y me lo mete por la boca. Elliot soluciona todos los problemas con plátanos.

Lo mastico lo más rápido que puedo.

—No lo estás —me dice él, y me guiña un ojo justo antes de volver al hielo.

El juego se vuelve frenético.

Nos pitan dos faltas seguidas y nos cuelan dos goles seguidos.

Jonny resbala y pierde el puck, que Elliot recupera enseguida, pero se le rompe el stick justo cuando va a lanzar. O eso creo.

Lo veo todo un tanto borroso. El sonido de los sticks que golpean el hielo suele ser música para mis oídos, pero ahora no es más que un ruido insoportable que me retumba en la cabeza una y otra vez.

Una y otra vez. Y otra vez. Tiqui, tiqui, tiqui, tiqui, tiqui.

Y los vítores de nuestra gente en las gradas. La música. Me estoy desquiciando.

Elliot se acerca al banquillo a toda mecha a por un stick nuevo mientras Íñigo le cambia las cuchillas a Emilio, así que es Cannon quien, en un movimiento rapidísimo, le pasa el stick nuevo. Porque, por supuesto, Cannon ha memorizado los sticks de cada uno.

Elliot vuela hacia la portería, lanza y mete gol. ¡Sí!

Aún nos ganan por tres goles, pero un gol siempre es bueno. Y me gustaría celebrarlo con mis compañeros, al ritmo de Call Me, pero me veo incapaz. Es que… incluso las bengalas me hacen daño en los ojos. Dios.

Escondo la cabeza entre las piernas en un intento de amortiguar el contraste de luces y colores y el incesante ruido, pero solo consigo que se intensifique. Los oídos me palpitan. Los ojos me palpitan. La cabeza me palpita. La garganta me palpita. Todo me palpita.

—No te acostumbres a este tipo de favores —dice Cannon. Levanto la cabeza. Se lo ha dicho a Elliot, que pasa por el banquillo, feliz a causa del gol—. Sigo sin querer saber nada de ti.

—Por supuesto —responde el otro.

Julián sonríe, y ojalá yo tuviera fuerzas para elevar los ojos hacia el cielo. Pero no las tengo.

—Déjame salir —le pido a Cannon—. Estoy bien y los chicos me necesitan en el hielo.

—¿Me estás vacilando?

Entrecierro los ojos. No tengo claro si es una pregunta trampa.

—¿Sabes una cosa, Benji? —Cannon apoya las manos en las rodillas y se agacha hasta dejar su rostro a la altura del mío—. Parpadeas más rápido de lo normal cuando mientes. Tu boca se mueve y dices cosas, estupideces en su gran mayoría, pero tus ojos hablan de algo muy diferente.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que estás enfermo. Vete a caerte a alguna esquina por ahí y déjanos trabajar.

—Yo no me caigo en las esquinas —me quejo.

—Ahora no, Ben. No estoy de humor para discutir.

—Benji, al vestuario —me ordena entonces Julián.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque sí. Y no me obligues a repetírtelo. Voy a informar a los jueces de que abandonas el partido.

Miro a Cannon con mala leche, pero me responde alzando ambas cejas. Vamos, que se la suda. Genial. Simplemente, genial.

Cannon

Cuando el marcador brilla en tu contra en un partido, lo único que deseas es que se acabe la agonía.

Mucho más si uno de tus jugadores está enfermo y ha ido a caerse a alguna esquina por ahí.

Y aún más si ese jugador tiene el pelo moreno y los ojos verdes, una cabezonería insoportable y responde al nombre de Benji.

Cuando el silbato marca el fin del partido media hora más tarde, me dirijo a los vestuarios en primer lugar. Ben se ha quedado dormido en uno de los cubículos con toda la ropa puesta. No se ha quitado ni los patines. Solo el casco.

Está empapado en sudor. Pálido. Tiene la cabeza apoyada en la madera, ladeada hacia la derecha, y las manos en el regazo. Sonreiría si no me invadiera la preocupación.

Me acerco y le toco la frente. Le retiro el pelo de los ojos. Está ardiendo.

—¿Ben? —lo llama Julián, a mi lado.

—¿Está dormido o se ha desmayado? —pregunto.

—Dejadme verlo —nos pide Javier. Le hacemos sitio y lo examina mientras le toma la temperatura—. Tiene cuarenta de fiebre. Tenemos que cambiarlo de ropa y llevarlo a casa.

Elliot y Jon se agachan y comienzan a desvestirlo, aún sin desvestirse ellos. Cuando terminan, se quitan los patines y las protecciones a todo correr y lo levantan por las axilas. Benji es un peso muerto.

Se me encoge el corazón. El amor de Benji por el hockey es una de las cosas que siempre me han gustado de él, pero hoy lo odio.

—¿Está dormido o se ha desmayado?

—Está dormido —me asegura Javi. Después, se dirige a los chicos—. Metedlo en la cama y dadle esto.

Escribe algo en un papel y se lo va a dar a alguno de los chicos, pero ambos están sujetando a Ben.

—Ya me ocupo yo —le digo y cojo el papel.

—Bien. Pero quita esa cara de susto. Es un resfriado. Potente, pero resfriado, al fin y al cabo. Se pondrá bien en unos días. Es un chico fuerte.

Ya lo sé. Y no tengo cara de susto.

Jon me aprieta el hombro con una mano. Me sonríe. Es algo que hace mucho, sobre todo cuando descansa en el banquillo durante los partidos. Me toca. Me habla con la mirada.

Creo que no es consciente de ello. Le sale sin darse cuenta. Yo no le digo nada.

Más tarde, dejo a Ben dormido en su cama y bajo las escaleras de camino a la salida, pero decido hacer una parada. Entro en el salón y me siento en el sofá junto a Elliot, que ni se inmuta. Está escribiendo algo en el teléfono.

—La otra noche, en Finlandia, Ben tuvo una pesadilla. Y no sé si fue puntual o…

Elliot se tensa a mi lado y a mí se me atascan las palabras en la garganta. Lo miro. Él sigue concentrado en el teléfono.

—Vale, es toda la respuesta que necesito.

Me levanto del sofá y…

—Cannon.

Elliot suspira y yo me doy media vuelta.

—Nunca dejes de tocarlo cuando duermas con él, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —acepto al borde del llanto, sin saber muy bien por qué.

LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA

Axel: Menuda cagada la de Benji.

Fallon: ¿Qué ha pasado?

Axel: Ha perdido el puck, él solito, sin que nadie se lo arrebatara.

Chloe : Y una ocasión perfecta de gol.

Blake: Lo tengo grabado a cámara lenta en el móvil. En Navidad se lo ponemos en bucle.

Cannon: Tiene fiebre.

Sofía: Como si eso lo justificara…

Axel: ¿Ya te estás ablandando, Cani? Qué decepción…

Brandon: Líquidos, pastillazo y bien de cama.

Blake: Eso es de primero de médicos. Ya que estás en cuarto, podrías añadir algo más.

Brandon:

Brandon: ¿Te vale esto?

Blake: Se lo paso a Benji, a ver qué me dice…

Sofía :

Chloe:

Fallon:

Brandon: Sin comentarios.

Chloe: ¿Ni emojis? ¿Todo bien, Bran?

Brandon: De lujo.

Blake: Déjà vu.

Blake:

Envío un mensaje al chat que tengo con Brandon y Fallon.

Cannon: Benji estuvo media hora desnudo en un balcón a menos no sé cuántos grados. En Finlandia. Hace tres días.

Dime que se va a poner bien.

Brandon: Sobrevivirá.

Fallon: ¿Y por qué estuvo media hora desnudo en un balcón a menos no sé cuántos grados?

Cannon: No preguntes.

Fallon: Ha vuelto a correrse sobre ti, ¿verdad?

Brandon: No respondas.

Cannon:

Brandon: Joder.

Lo tuyo ya es vicio.

Ni siquiera Gari y yo nos corremos el uno sobre el otro tantas veces.

Fallon: Eso no te lo crees ni tú.