Solo un juego más (Car Hockey 1) 19. Benji #2
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19. Benji #2

Julián no se da a conocer. Ignoro si es una característica suya de ahora o de antes de lo que le pasó a Tobías. No sé si forma parte de su maravillosa personalidad o si se cerró en banda después de que su mejor amigo muriera en sus brazos de una sobredosis.

Suspiro para mis adentros y me concentro en la conversación. Ideamos ejercicios que combinan nuestros dos puntos fuertes y me olvido de Benji.

Mierda. Me olvido de Benji y no me doy cuenta de que sigue en el balcón hasta que Julián se acerca a la puerta con intención de irse.

—Al final han sido más de cinco minutos —me dice con tono de disculpa, y suspira—. No te robo más tiempo. Seguro que prefieres hacer mil cosas antes que hablar conmigo de más hockey.

—Me gusta hablar de hockey contigo —respondo con sinceridad, tras advertir la vulnerabilidad de sus palabras—. Y estoy aquí para lo que necesites. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tú sabes que estoy aquí para lo que necesites?

Sonrío. Y no sé si es un sí o un no; la mayoría de las veces ni yo misma me entiendo, pero Julián debe de entenderme, porque se da por satisfecho.

En cuanto abandona la habitación, corro hacia la terraza. Abro y…

Ostras, aquí fuera hace un frío que corta el aliento.

Y sin aliento está Benji, abrazándose y sin dejar de temblar.

Lo agarro de la cintura y lo meto en la habitación a todo correr. Tiene el cuerpo congelado, los labios azules y le castañean los dientes. También me mira con ganas de querer matarme; sin embargo, no deja salir una sola palabra por esa bocaza, lo que es más preocupante que desconcertante.

Lo abrazo, le escondo la cabeza en mi cuello y le froto la piel con las manos durante un par de minutos, pero no mejora. Empiezo a asustarme.

—Estás helado, Ben. No dejes de abrazarme.

Clava sus brazos en mi espalda como si le fuera la vida en ello. Quizá sea así.

Me deshago de mi ropa como puedo. Me quito las deportivas con la ayuda de mis propios pies, me desabotono los pantalones, bajo la cremallera y los arrastro por mis piernas.

Me ayudo una vez más con los pies mientras me desabrocho la camisa y la lanzo por ahí.

Me quedo en ropa interior y rodeo de nuevo la espalda de Benji con los brazos.

—T… te voy a m… matar en cuanto m… me recup…

pere —me dice sin que los dientes le dejen de castañear.

Estallo en una carcajada sin poder evitarlo, porque a pesar de las confesiones, los besos en la mejilla y la búsqueda de constelaciones, seguimos siendo él y yo.

Y no hay lugar más seguro—. ¿Te est… tás riendo?

—Lo siento. —Escondo la cabeza en su cuello sin dejar de reír—. Mierda, lo siento.

—T… tengo frío.

—Lo sé. —Aprieto su cuerpo contra el mío y lo froto con los brazos—. Enseguida entrarás en calor.

El susurro de nuestras respiraciones suena por encima del tráfico nocturno de la calle, así que seguimos vivos.

Estoy acariciando a Benji y seguimos vivos.

Me deja explorar su cuerpo y tocarlo de todas las maneras íntimas posibles y seguimos vivos.

No va a implosionar el mundo porque nos acariciemos, por si necesitábamos una prueba.

—Ven.

Lo muevo hasta la cama y lo tumbo en el colchón. A Benji le entra tal escalofrío que se convulsiona de pies a cabeza. Alineo nuestros cuerpos de manera que el mío cubre totalmente el suyo.

Piernas. Caderas. Pechos. Rostros.

Uno nuestras frentes y nuestros labios entran en contacto, fugaz, por primera vez. Los suyos aún están fríos, pero ya no son de color azul, sino de un rojo intenso. Me alejo y nos miramos a los ojos.

—Cani —me dice él con… ¿ternura? ¿Eso ha sido ternura?

Una fuerza gravitacional de lo más extraña me empuja a posar mis labios sobre los suyos, y la curiosidad innata de saber si su boca es capaz de soltar algo más que culebras en forma de frases me suplica que los bese. Y eso hago.

Beso los suaves labios de Benji, que saben a frío. Pero ha debido de comer algo dulce antes de colarse en mi habitación, porque también saben a fresa. Y sus labios sobre los míos son lo más suave que he probado en la vida.

No es mi primer beso, pero tampoco es el quincuagésimo. De hecho, es el séptimo.

No soy muy de besar. No soy muy de contactos íntimos, fuera de la liberación que me ofrece el sexo esporádico sin compromiso que llevo practicando desde los veinte (en tres puntuales ocasiones). En ninguna me tocaron como me toca Benji.

Y yo me pregunto, me lo he preguntado muy a menudo en el último mes, por qué ha tenido que ser con él. Por qué ha tenido que ser él el causante de que me corra como nunca en mi vida y de que por primera vez piense en sexo más que en las matemáticas.

Yo solía pensar mucho en las matemáticas.

Ahora pienso en él. En sus gemidos y en el tacto de su piel; en sus ojos juguetones y en su manera de morderse el labio inferior cuando se corre; en el brillo y la suavidad de su pelo; en sus labios, los mismos que tengo ahora entre los míos, y en lo mucho que me gusta.

Me gusta todo lo que veo y todo lo que me hace sentir. Me gusta él. Me gusta cómo me trata y cómo me toca.

Y eso es un problema, porque no quiero que Benji me guste más allá de su físico. No quiero que vea mi verdadero yo.

Y no es tierno. Benji es de todo menos tierno, a pesar de que es así como lo siento, sin importar lo bruscos que se vuelven de pronto los movimientos de su cabeza y de su boca; sin importar que nos separemos para mirarnos a los ojos en medio de tal efusividad, ni que nos tornemos salvajes al tiempo que su lengua se arremolina alrededor de la mía, hundiéndose en mí y despojándome de la última pizca de control que me quedaba.

O quizá hemos asumido cosas del otro que no son ciertas.

No me doy cuenta de que nos estamos moviendo, masturbándonos con el roce de nuestros cuerpos, hasta que siento la erección de Benji en la tripa.

Alejo los labios de los suyos.

—¿Te has empalmado mientras estabas a punto de morir congelado?

—Joder, sí.

Y ríe. Ríe de verdad.

A Benji se le encoge el estómago cuando ríe de verdad. Se le doblan los abdominales. Y una amplia sonrisa le ilumina el rostro al igual que los ojos con la adrenalina de los partidos.

Yo también río, y caigo en la cuenta de las pocas veces que reímos juntos.

Es imperdonable por nuestra parte. Porque me gusta.

Me gusta el sonido limpio de su risa. Me gusta cómo sonamos juntos riéndonos, como si no importara la vida.

Es un sonido bonito. Nuevo. Y escalofriante.

Tan escalofriante que me estremezco entera, porque me doy cuenta de que besarlo y reír con Benji es muchísimo más peligroso que follar con él.

—¿Tienes frío? —me pregunta sin dejar de sonreír—. ¿Quieres que te caliente?

Benji me baja la ropa interior y reanuda nuestros movimientos al mismo tiempo que me besa de nuevo. Es la primera vez que nuestros sexos se tocan sin ropa que los separe. Es la primera vez que nos besamos y no sé lo que significa. Solo sé que necesito más.

Mucho más.

Me arrodillo en el colchón, con las piernas una a cada lado de sus caderas, y me acoplo a sus movimientos. Gimo. Gime. Gemimos. Nos movemos más rápido. Y no dejamos de besarnos. Y me pregunto por qué no lo hemos hecho antes.

Me corro sin previo aviso en cuanto la punta de su pene roza un lugar muy sensible de mi entrepierna en una de sus bruscas embestidas, y Benji se traga los gemidos de mi orgasmo sin dejar de moverse. Yo tampoco lo hago.

Me agarra del culo y me aprieta contra él mientras gime en voz mucho más alta y el cuerpo se me cubre de su semen. Y seguimos moviéndonos tiempo después, como si no fuéramos conscientes de que acabamos de corrernos. Los únicos sonidos que provienen de cualquiera de nosotros son gruñidos y jadeos.

No soy consciente de que nos hemos detenido hasta tiempo después, y otra carcajada brota de mis traicioneros labios, sin sentido.

Benji me mira (yo también lo haría), alza una ceja y sus labios se agrietan en otra sonrisa genuina.

Yo dejo de reírme, porque esa sonrisa ha iluminado incluso la oscuridad de la noche y a mí me ha entrado miedo: esa sonrisa es diferente a la de aspecto engreído y burlón que tan a menudo ostenta en mi presencia, y ha sido suficiente para derribarme.

Me doy cuenta de que estoy encima de él, acariciándole de manera perezosa el costado del tatuaje, y dejo de hacerlo con disimulo.

—¿Cuándo te hiciste este tatuaje?

—Hace mil años —responde somnoliento—, en casa de un amigo de Xavi, que tatuaba para practicar.

Teníamos… dieciséis años, creo. Era superilegal todo.

Nosotros éramos menores y él era menor. Elliot y yo acordamos tatuarnos algo grande y que estuviera entre la cintura y el cuello.

Yo eché un vistazo rápido por internet y elegí este.

Elliot se hizo unas putas mariposas en el lateral.

Unas putas y minúsculas mariposas. Casi me lo cargo.

Le dije que me había dolido la hostia y que tenía ganas de estrangularlo, y él me respondió: «¿Por qué crees que me he hecho las putas mariposas, Ben? Duele que te cagas».

La ternura con la que Benji habla del tema y la gracia del hecho en sí me invita a reír, a pesar de que no quiero reír con nada que tenga que ver con Elliot y por eso pongo los ojos en blanco.

—¿Y el de Jon?

El tercero en discordia tiene un brazo entero tatuado, desde el hombro hasta la muñeca. Es una especie de follaje, un bosque con muchas hojas.

—Llegó con él.

Bajo la cabeza, le doy un beso en la cadera y le acaricio la pierna con la palma de la mano. Se me hiela la sangre en las venas. ¿Qué hago? ¿Por qué lo estoy tocando? Ya nos hemos corrido, así que podemos seguir cayéndonos mal. Podemos seguir no encajando.