19. Benji
Benji
Un jugador sin stick puede participar en el juego.
Un jugador cuyo stick está roto puede participar en el juego siempre que deje caer el roto.
Un jugador que ha perdido o roto su stick puede recibir uno de reemplazo si se le entrega desde su propio banquillo, si un compañero le entrega uno en el hielo o si recoge el suyo intacto o el de un compañero del hielo.
Se sancionará al jugador que lance, tire, deslice o dispare un stick a un compañero o si recoge y juega con el stick de un contrario.
12 de diciembre. Partido fuera de casa contra los Cisnes de Tampere
—Derecha, Jonathan, ¡derecha! ¡Todavía no, Benji!
Mientras Julián nos grita órdenes desde el banquillo, Jonny cierra la brecha entre nosotros y la red, moviendo el puck de un lado a otro tan rápido que el portero apenas puede seguirlo.
Finge un disparo a su derecha. El portero se lanza a detenerlo, extendiendo la mano, pero el puck no ha volado en su dirección, sino hacia atrás, hacia mí, que lo lanzo al otro lado de la portería antes de que le dé tiempo a girar la cabeza en la otra dirección.
¡Goool! Y victoria para el partido.
Quedan unos segundos para que finalice y les sacamos dos goles de ventaja. Esto no hay quien lo remonte. Los Cisnes de Tampere fueron los campeones de la liga el año pasado, así que ganarles es una inyección de adrenalina de las buenas.
Me lanzo en plancha hacia el suelo y me deslizo por el hielo.
Elliot se tira encima de mí, y Jonny encima de Elliot.
Escucho el sonido del contacto físico del resto de mis compañeros, alrededor.
Los gritos. Los vítores. Nos levantamos y nos abrazamos todos con todos, pero estamos tan agotados que la mayoría caemos de nuevo al hielo.
Tengo los músculos en llamas y un dolor que me palpita hasta en los huesos, pero sarna con gusto no pica. Me encanta el hockey.
Cuando juego me siento en mi mejor versión.
No soy el hijo al que su madre abandonó en un campo árido de Alicante nada más nacer, ni el sobrino de una tía drogadicta de sonrisa escalofriante, ni la víctima de su chulo.
Solo soy un chico más del CAR , uno que tiene los mejores amigos del mundo, el mejor hermano, el mejor padre y el mejor sexo sin compromiso que alguien pudiera inventar.
Echo una ojeada rápida a Cannon, en el banquillo, todo lo que la marabunta de abrazos de mis compañeros me lo permiten. Luce una sonrisa de oreja a oreja y se la comen las ganas de llamarme «pandillero».
Entramos en el banquillo y Elliot le desordena el pelo a Julián en un movimiento rápido. Julián sonríe. Qué tontorrón. O quizá es solo que estamos todos de buen humor. Elliot comienza a dar golpes en la barandilla con el stick. Podría tratarse de una manera más de celebrar la victoria, pero…
«He ganado», nos dice en código morse.
«Muy buena», responde Jonny.
«Quiero mi premio».
«Tuyo es».
«Ahora solo te falta hacerlo sudar», le digo yo.
«Contad con ello».
Cannon carraspea y me mira con los ojos entrecerrados. Si tan solo supiera… Le guiño un ojo y le lanzo un beso. Ella finge vomitar. Tenemos una química perfecta.
Y… Se me acaba de ocurrir la mejor idea para celebrar este partidazo.
Cannon
—Me estoy planteando ponerles toque de queda a los chicos en las noches clave —me dice Julián un par de horas después del partido, en el pasillo del hotel, de camino a nuestras habitaciones—. Vamos mejor que nunca y no quiero distracciones. Los necesito centrados.
—¿Qué tipo de toque de queda?
—Medianoche en los días de partido y a las once de la noche antes de los partidos. Y nada de alcohol ni visitas a las habitaciones de otros cuando estemos fuera. ¿Cómo lo ves?
Abro la puerta de mi habitación, entro, introduzco la tarjeta en la ranura de la luz y veo a Benji recostado en la pared ambarina ataviado con su sonrisa socarrona y la nariz aún un tanto amoratada.
Y nada más. ¡Y nada más! Está desnudo y medio empalmado.
Se me sale el corazón por la boca y cae al suelo, latiendo por última vez.
Pum. Pum.
He muerto.
—¿Cannon? —insiste Julián detrás de mí—. ¿Cómo lo ves?
Lo veo todo rojo. Me estoy mareando. Si Julián pilla a Benji «desnudo y medio empalmado» en mi habitación…, no tengo ni idea de lo que puede pasar.
No he firmado ninguna cláusula que me impida tener a un jugador «desnudo y ya no tan empalmado» en mi habitación, porque, francamente, se da por hecho que no va a darse el caso.
Tampoco he firmado ninguna cláusula donde se me prohíba la confraternización con los jugadores y, dado que solo voy a estar unos meses en el equipo, me he pasado la ética por el forro en aras de un objetivo mucho mayor, pero no creo que Julián lo vea con buenos ojos.
Ah, y a Benji, que, desde que ha escuchado la inconfundible voz de su temido entrenador, me mira con ojos de cervatillo asustado y las manos en el pene, como si eso fuera a sacarnos de este lío, me lo voy a cargar. Si sobrevivo, claro. ¿Y cómo narices ha entrado aquí?
—Bien, bien —respondo sin darme la vuelta al tiempo que le señalo el baño con los ojos a Benji—, lo veo bien. Disciplina. Eso es.
Benji camina de cuclillas hacia el baño, entra y yo recupero los latidos del corazón. Respiro de nuevo, aunque no por mucho tiempo, porque Julián decide entrar en mi habitación (la confianza da asco) sin previo aviso.
—¿Te importa que me quede cinco minutos para comentar un par de temas tácticos contigo? —me pregunta una vez ya está dentro; por suerte, de espaldas a Ben—. Oh, ¿y puedo usar tu baño?
Dios. Esto no puede estar pasando. Julián jamás ha entrado en ninguna de mis habitaciones de hotel, y mucho menos en mis baños.
¿Y tiene que ser justo hoy el día que decide hacerlo?
Voy a morir a los veinticuatro de un ataque al corazón y no quiero morir a los veinticuatro de un ataque al corazón.
Y Benji, que sigue desnudo, con las manos tapándose el pene, me mira con los ojos fuera de las órbitas.
Ya, bienvenido a mi mundo.
—Espera —le pido a Julián.
Echo un vistazo rápido a la habitación. Que Benji se esconda debajo de la cama queda descartado, dado que se encuentra a mi espalda y Juls lo vería moverse.
Y lo mismo pasa con el armario. Mierda, mierda, mierd…
¡Las cortinas de la terraza! Que se esconda detrás de las cortinas.
Eso es. Benditas cortinas enormes y opacas de los hoteles europeos.
Dios. Esto parece una película mala de sobremesa.
—¿Qué?
—¿Eh?
Julián frunce el ceño y mira hacia atrás. A mí se me atasca la saliva en la garganta, se me corta la respiración y se me sale el corazón por la boca. Todo a la vez.
Por suerte, Benji ha tenido la misma idea que yo y se ha escondido tras las cortinas. Gilipollas es un rato, pero raudo también.
Recupero la respiración. Esto es peor que un partido contra los Coliseos.
—Cannon, ¿estás bien?
—Sí. Quería preguntarte algo, pero puede esperar. Ve al baño.
Sonrío. O lo intento. Julián frunce el ceño de nuevo, pero se dirige al baño. Debe de tener muchas ganas y no voy a quejarme. Cuando desaparece detrás de la puerta, me acerco a toda velocidad a las cortinas. Las corro lo bastante como para hablar a media voz con Benji.
—¿Qué haces aquí?
—¡Sorprenderte! —contesta en un susurro. Sigue con las manos en la polla.
—Tienes que largarte.
—No puedo salir desnudo al pasillo. Mi habitación está dos pisos más abajo.
—¿Y tu ropa?
—En el baño.
—¡Joder!
—Es un chándal del equipo, puede ser tuyo.
—¿Un chándal con tu número?
—Mierda.
—Recemos porque Julián no se dé cuent…
Oímos el ruido de la cisterna y nos sobresaltamos.
—Sal al balcón —le ordeno, y el chaval tiene el nervio de mirarme como si estuviera perdiendo la razón. ¿En serio?
—¡Estamos en Finlandia a menos no sé cuántos grados! ¿Quieres matarme?
—Sobrevivirás —le digo al tiempo que abro la puerta y lo empujo fuera.
Cierro la cortina y Julián sale del baño. Carraspeo y sonrío. Mierda. Esto de fingir se me da fatal. Me alejo del balcón con el corazón a mil por hora.
—¿Seguro que estás bien? —me pregunta Julián, preocupado.
—Claro. Háblame de esas dudas tácticas.
Me siento en la cama y él lo hace enfrente de mí, en la silla que hay junto al pequeño escritorio.
—¿No querías preguntarme algo primero?
Pues no, pero necesitaba distraerte. Como no puedo decirle eso, suelto lo primero que se me ocurre.
—Creo que Elliot, Benji y Jon se comunican a escondidas entre sí.
Julián me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Y cómo crees que lo hacen?
—No lo sé. Pero golpean los sticks con un patrón común, como en una especie de… serie.
—A saber… En fin, como te decía, tengo unos temas tácticos que comentarte que te van a encantar.
Elevo los ojos al cielo y comenzamos a hablar del entrenamiento, de lo mucho que le gusta cómo estoy trabajando en la velocidad de los chicos y de cómo podemos combinarlo con su parte, más táctica.
Mientras hablamos, me doy cuenta de que he pasado un montón de horas con él, trabajando a destajo a su lado, codo con codo, durante meses, y sigo sin tener ni idea de quién es. Sigo como el primer día. Al menos, fuera del hockey.
Qué narices, ni siquiera sé quién es dentro del hockey, aparte de un entrenador jodidamente extraordinario.
Sé cómo piensa a nivel táctico (casi siempre), sé si los chicos van a enfrentarse a un entrenamiento duro, sé los gestos que va a hacer en determinadas jugadas y los gritos que dará, pero no tengo ni idea de cómo patina.
Ni de cómo lanza. Ni de cómo coge el stick.
Ni de cómo celebra un gol. O de cómo sonríe cuando lo logra.
Y por descontado que no sé quiénes forman parte de su entorno más personal, además de Blake y Patrick, o cómo pasa las horas fuera de la pista.
No sé qué tipo de películas ve, o cuál es su helado favorito.
No sé nada de él y dudo que alguien lo sepa.