Solo un juego más (Car Hockey 1) 18. Benji #2
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18. Benji #2

—Hoy hace catorce años que me escapé de casa —confieso.

Cannon no responde. Apenas frunce el ceño, sin abrir los ojos—.

Vivía con mi tía, y con su novio. Él intentó tocarme.

Sexualmente. Me dijo que ya tenía edad para pagar el alquiler.

Me defendí y… Me dijo que iba a matarme.

No pude ni coger una mochila con mis cosas.

Tampoco es que tuviera mucho. Así que solo hui, a ciegas, sin atreverme a mirar atrás.

Avancé incontables manzanas sintiendo su asqueroso aliento en la nuca, convencido de que me perseguía.

Recuerdo que hacía frío, pero mi cuerpo permanecía ajeno a él.

A todo, en realidad. El pánico me tenía anestesiado.

Me di de bruces con la pista de hielo de tu abuelo no sé cuántos kilómetros después.

Me colé y me escondí en los vestuarios. No me encontraron, así que me quedé a vivir allí.

Yo tenía diez años. Aun me pregunto cómo fui capaz de sobrevivir.

—Observo cómo Cannon aprieta los párpados con fuerza, negándose a abrir los ojos, porque yo se lo he pedido—. ¿Lo sabías?

—No —susurra—. Elliot nunca me lo dijo. Ese apoyo incondicional del que te hablé funciona en ambas direcciones.

—Julián fue el primero en dar conmigo. Después, Elliot y tú. Odio el diez de diciembre. Lo odio con todo mi ser. Lo sigo odiando con todo mi ser, catorce años después. ¿Eso lo sabías?

Cannon abre los ojos, anegados de lágrimas, y clava la mirada en la mía.

—Sí.

—No quiero que llores por mí —susurro.

—No estoy llorando por ti —responde de la misma manera.

Asiento con la cabeza, suspiro y vuelvo la vista de nuevo a la extensión negra que nos cubre.

El universo entero parece abierto encima de nosotros.

Nunca había visto la noche tan llena. Mientra s la observo, me apresuro a levantar una muralla dentro de mi cabeza.

He hablado de mi pasado con Cannon porque se lo debía.

Porque ella me contó algo suyo y yo he correspondido.

Fin de la historia. Nada de conexiones extrañas.

Nada de confianza. Nada de esa basura sentimental que vuelve idiota a la gente.

Yo solo estaba equilibrando la balanza. Saldando una deuda. Eso es todo. Tiene que ser eso.

—¿Sabes encontrar constelaciones? —me pregunta entonces.

—Sí —respondo, con el ceño fruncido—, ¿tú?

—Pues claro que sí. Te echo una carrera. A ver quién encuentra primero… Casiopea. ¡Preparadoslistosya!

Ni siqu iera me da tiempo a responder. Y Cannon ya está escudriñando la inmensidad sobre nuestras cabezas, así que me pongo a ello. Pero entonces apoya una pierna sobre la mía, y el calor de su cuerpo atraviesa mis pantalones. Resoplo.

—No vas a distraerme —le aseguro, sin apartar la vista del océano de estrellas.

—Voy ganando.

—Pfff. Eso no lo sabes.

—Claro que lo sé. La tengo justo encima, surcando el cielo.

Sigo la dirección de su dedo.

— Eso es un avión.

—Oh, mierda.

Se me escapa una carcajada. Lo ha hecho a propósito.

—Tramposa.

—Sssh. Calla y pierde con dignidad.

Me concentro como nunca en la tarea. Hay miles de puntos blancos.

Joder, miles. Algunos brillan con fuerza.

Otros apenas son un destello tímido suspendido en la oscuridad.

Cuanto más los observo, más me cuesta entender cómo alguien fue capaz de ponerles nombres.

Cómo decidió que unas pocas estrellas perdidas entre millones formaban una reina, un cazador, una osa o una M .

—La tengo —anuncio.

—¿Ya?

—Ajá.

—No me lo creo. ¿Dónde?

Me incorporo lo justo para rozar su rostro con el mío.

—Ahí —susurro en su oído, con el pulso acelerado sin saber por qué. Le cojo la muñeca y levanto su brazo hacia el firmamento. Utilizo su dedo índice para señalar las cinco estrellas que, juntas, dibujan una M imperfecta—. ¿La ves?

—Mierda , sí —reconoce.

Antes de que la duda me detenga, me inclino hacia ella y deposito un beso suave en su mejilla.

—Gracias —murmuro.

—¿Por qué?

—Por crear un recuerdo bonito en un día de mierda.

Cannon se encoge de hombros.

—Te lo debía. Ahora ya estamos en paz.

Río. Ya, claro.

—Lo has hecho a propósito. Traernos aquí, un diez de diciembre.

Tarda un instante en responder.

—Siempre estás triste el diez de diciembre.

Asiento . Después, me quedo observándola. El reflejo de las estrellas baila en sus ojos azules. El vaho escapa de sus labios en pequeñas nubes blancas que desaparecen enseguida.

Me pregunto qué habría pasado si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

Si yo hubiera sido uno de esos chicos que tienen una casa a la que volver.

Uno de esos chicos cuyos padres gritan su nombre desde las gradas de la pista y después lo llevan a cenar porque ha jugado de puta madre.

Uno de esos chicos que no sienten la necesidad de salir corriendo cuando alguien se acerca demasiado.

Quizá ella y yo nos habríamos cruzado en el colegio.

Quizá yo la buscara entre la multitud sin darme cuenta.

Quizá me habría gustado su forma de mirarme.

Quizá habría grabado a fuego en mi memoria el sonido de su risa, y medido el azul de sus ojos contra el mundo a nuestro alrededor.

Quizá habría buscado excusas para sentarme a su lado.

Quizá nuestros besos en la mejilla habrían empezado siendo simples saludos y, algún día, sin que ninguno de los dos supiera cuándo ocurrió, habrían empezado a significar algo .

Pero yo no soy uno de esos chicos. Así que esto es lo que tenemos.

Nada.

—Esa ha sido la meada más larga del mundo —me dice Elliot, cuando media hora después entro en nuestra tienda de campaña—. ¿Estás bien?

—Sí —aseguro, sin titubear.