Solo un juego más (Car Hockey 1) 18. Benji
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18. Benji

Benji

Llegamo s puntuales al aeropuerto, medio dormidos y con vasos gigantes de café en la mano, pero puntuales al fin y al cabo.

Cannon no nos dice a dónde vamos, aunque reconocemos el aeropuerto de Ginebra tan pronto como tomamos tierra.

Poco después, y en su tónica de no dar explicaciones, nos mete a todos en un autobús.

Apoyo la frente en la ventana. Hoy es un día de mierda.

Hoy es el peor día del año. Hoy apesta, pase lo que pase, y la nieve se desliza con pereza al otro lado, como si el firmamento apenas estuviera abriendo los ojos, y las montañas con las cimas nevadas se extienden hasta donde alcanza la vista.

Elliot, a mi lado, se acerca a mí hasta que estamos pegados, me rodea la cintura con sus brazos y apoya la cabeza en mi hombro.

—Te quiero mucho, Ben —me dice.

Me mantengo en silencio. Durante todo el trayecto. Y cuando el amanecer comienza a abrirse en el horizonte, llegamos a nuestro destino.

Es un lago. Un lago congelado, cubierto por pequeñas acumulaciones de nieve que descansan sobre el hielo como diminutas islas blancas flotando sobre cristal negro. Las voces de los chicos se desvanecen en el acto; sus miradas, sin embargo, permanecen clavadas en el bucólico paisaje.

Una vez bajamos del autobús, Cannon abre el maletero. Dentro, hay un sinfín de sticks de madera antiguos, patines del siglo pasado, guantes hechos mierda, jerséis de lana y pucks tan desgastados que apenas conservan el color.

—¿Qué demonios es todo esto? —pregunta Jonny.

—Hockey —responde Cannon, y nos recorre a todos con la mirada—.

Hockey sin focos, sin estadios llenos, sin patrocinadores, rankings, redes sociales ni sueldos millonarios.

Hockey de antaño, donde solo había hielo y gente desesperada por jugar.

La sociedad actual os empuja a vivir detrás del puck, obsesionados con las estadísticas, los marcadores y los resultados.

Y no es ahí donde se encuentra la esencia del hockey.

—¿Entonces dónde? —pregunta Emilio.

—En las personas —responde Cannon sin titubear.

—¿En las personas? No lo entiendo.

—Es muy fácil. Cuando Elliot recibe un pase, ¿dónde se centra vuestra atención? Vamos, contestadme.

—¿En el puck?

—Correcto. En el puck. Pero ¿podéis concretar más?

—En lo que hace con él.

—Exacto. La mía, en cambio, se dirige a otro lado.

—¿A dónde?

—A las reacciones que el acto de Elliot provoca.

—¿Por ejemplo?

—Cada acción sobre el hielo obliga a alguien a reaccionar.

Cuando Elliot recibe el puck de espaldas, la lectura de Benji es inmediata: patina hacia delante porque sabe que Elliot irá a la pared.

Si Jon se posiciona en la zona neutral, los extremos se abren antes incluso de que él levante la cabeza.

Cuando Elliot acelera, los defensas retroceden y crean huecos para los demás.

Cuando alguien duda medio segundo, todo el equipo reduce el ritmo sin darse cuenta.

—Silencio—. ¿Veis a dónde quiero llegar?

—Nadie responde—. El puck no controla el juego.

Lo hacen las reacciones humanas que este despierta.

—Eso no tiene sentido —dice Jonny.

—Claro que lo tiene. El hockey es pura geometría. El hielo nunca deja de moverse. Un espacio se abre y otro desaparece antes de que lo hayáis visto. Si aprendéis a leer el patrón, estaréis siempre un paso por delante.

—Joder…

—Guau.

—A esto te referías cuando dijiste que Cani ve el hockey de manera geométrica —me susurra Jonny al oído, y yo asiento—. No me quedó claro a qué te referías.

—¿Y ahora lo entiendes?

—Ni de lejos. Solo me he dado cuenta de que tenías razón.

—Yo siempre tengo razón.

—Ni de lejos.

Mi boca se curva levemente, muy levemente, por primera vez en el día.

—He traído estos sticks viejos para romper vuestros automatismos —continúa Cannon—.

Os obligará a adaptaros, a despertar vuestra mente y a ser más conscientes de vuestro entorno.

Volveremos a lo básico para que evolucionéis.

En el lago no hay líneas ni zonas. No hay estructura.

Solo personas que se mueven y toman decisiones cada segundo.

El hockey nació así. Era puro caos. Instinto.

Los jugadores intentaban leerse los unos a los otros antes de que lo hiciera el rival.

Limpiaban ellos mismos la nieve del lago antes de empezar los partidos.

Jugaban hasta sangrar. Y no tenían cascos. Ni siquiera tenían reglas claras.

—¿Vamos a jugar sin reglas? —preguntan por ahí.

—Vamos a jugar sin mirar el puck. Vamos a aprender a ver el hockey. ¿Estáis preparados?

Al principio, todo es un desastre. Somos la ley de Murphy en estado puro. Los patines son una puta tortura, los sticks pesan un montón, el bote del puck es defectuoso y nos caemos una y otra vez. Por si fuera poco, empieza a nevar. Con timidez, en un primer momento.

Llevamos casi una hora de partido cuando creo que empiezo a entender lo que nos ha explicado Cannon.

No sé, tampoco es que me encuentre en mi mejor momento, y mi cabeza sigue empeñada en mirar donde siempre ha mirado.

Sin embargo, veo trayectorias invisibles, espacios muertos y decisiones que ocurren dos segundos antes de que el puck llegue allí.

Ahora la nieve cae sin descanso sobre el lago, y el cielo, gris azulado, se funde con el infinito.

Jonny intenta atravesar media pista él solo y Elliot, que continúa siendo una puta máquina incluso usando un stick que parece salido de un museo, lo persigue.

Mientras el resto seguimos el juego de un lado a otro, Cannon permanece quieta, observando.

Hasta que se mueve, antes de que ocurra la jugada.

Emilio recibe el pase de Jonny y yo ya sé lo que este va a hacer: girar sobre sí mismo, atraer al defensa y abrir un espacio por la derecha.

Cannon ya se encuentra allí antes de que arranque, y le roba el puck.

—Llevas anunciándolo desde hace cinco segundos —le dice.

—¡Venga ya!

Diez horas después, estamos agotados. Y congelados.

Apenas hemos conseguido dominar los sticks y seguimos reaccionando tarde a la mayoría de las lecciones que Cannon intenta enseñarnos.

No obstante, un aura diferente flota en el ambiente.

Lo noto en la manera en que los chicos la miran.

En cómo Jonny deja de protestar cada vez que Cannon le corrige una postura.

En cómo Diego le pide que le repita un ejercicio en lugar de poner los ojos en blanco.

En cómo todos la escuchamos, incluso sin darnos cuenta.

Por primera vez desde que llegó al equipo, no parece una intrusa.

Y ella también lo sabe, porque siempre que uno de nosotros consigue anticipar un movimiento o encontrar uno de esos espacios invisibles de los que habla, sonríe de esa manera suya, solo reservada para el hockey.

Hay tie ndas de campaña desperdigadas cerca del bosque.

La fogata crepita delante de nosotros y lanza chispas doradas que desaparecen en la oscuridad antes de tocar el cielo.

Alguien ha dejado una hilera de guantes junto al fuego, extendidos sobre una cuerda improvisada, y el cuero húmedo desprende ese olor inconfundible a hockey.

Tengo la nariz congelada, igual que el resto del equipo, todas rojas como si acabáramos de perder una pelea contra el invierno.

Sostengo una taza de chocolate caliente entre las manos y el calor se me cuela por los dedos poco a poco.

A mi alrededor hay risas y humo. Cannon habla por teléfono, un poco más allá.

El día de hoy sigue siendo una puta mierda.

—¿Sabéi s qué es lo peor? —pregunta Diego.

—¿El olor de tus calcetines? —responde Jonny.

—Ja-ja. No. Que creo que hoy me he divertido más que en toda la temporada.

—Y también el olor de tus calcetines. Reconócelo —insiste Emilio.

—Oh, callaos todos —contesta el otro.

Y, claro, cada vez que en este grupo el verbo «callar» aparece en cualquiera de sus conjugaciones…

—¡Cállate, Elliot! —gritan todos al unísono.

—Joder, es que lo sabía —se queja Elliot, y chasca la lengua.

—Tíos —dice Urko—, creo que echo de menos a Julián.

—Joder, yo también.

—Y yo.

—¿Y tú, Elli?

—Yo no.

—¡No me lo creo!

—Cállate.

—¡Cállate, Elliot!

—…

Con la excusa de que necesito ir al baño, me pongo en pie y doy media vuelta, distanciándome del grupo.

Avanzo a tientas en la oscuridad hasta alcanzar el lago, apenas a unos metros de distancia.

Me acuesto sobre el hielo, con las piernas estiradas, las manos entrelazadas en la nuca y los ojos clavados en el inmenso cielo, cuajado de estrellas.

Desde aquí parecen distintas. Más grandes.

Más cercanas. Como si alguien hubiese apagado el resto del planeta.

Cojo ai re despacio. El frío me llena los pulmones y me despeja por dentro. Durante un rato no existe nada más. Solo el susurro del viento entre las copas de los árboles, interrumpido a ratos por las carcajadas de los chicos. Cierro los ojos un instante.

Al cabo de unos minutos, escucho el crujido de unas botas sobre la nieve.

Los pasos se acercan despacio, y la persona a la que pertenecen se acuesta a mi lado.

No digo nada. Ella tampoco. Su hombro acaricia el mío, el contacto es ligero, apenas un roce; sin embargo, noto dónde empieza y dónde termina.

Abro los ojos y giro la cabeza. Es Cannon. Y me está observando.

—Cierra los ojos —le pido.

Y ella lo hace, en el acto, sin preguntar por qué. Yo trago saliva.