Solo un juego más (Car Hockey 1) 16. Benji
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16. Benji

Benji

Icing: infracción que ocurre cuando un jugador lanza el puck atravesando la línea central y la línea de gol (línea de fondo) sin que lo haya tocado otro jugador o haya entrado en la portería.

—¡Patinad, patinad, patinad! —grita Julián, y vuelve a hacer sonar su silbato—.

¡Pies, pies, pies! ¡Vamos! ¿Qué pasa, Elliot?

¿Se te han dormido las piernas o qué? Te he visto patinar más rápido en tu encantadora pubertad.

¡Alarga la zancada, Jonathan! Que para lo que quieres, bien que lo haces.

Diego, ¿hay algo interesante en el techo? ¿No? ¡Pues concéntrate, joder!

Joder digo yo, mientras lucho por recuperar la respiración.

Después de dos horas de ejercicios, estoy a punto de desfallecer sobre el hielo.

No me quedan fuerzas ni para ir al banquillo a beber, y eso que tengo la garganta más seca que el jodido minibar de Julián.

No importan los años que lleve jugando al hockey o la forma física en la que me encuentre: los entrenamientos de Gordiflakes cuando tiene el día tonto son brutales.

—Vamos con unos tiros a portería. La portería es aquel objeto de allí con las dos barras verticales y la otra horizontal. Sirve para meter goles. También hay que defenderla para que otros no nos los metan. Que ayer lo olvidasteis.

Aprovechamos el cambio de ejercicio para descansar un par de segundos, pero Julián hace sonar su silbato antes de que nuestras rodillas toquen el hielo o apoyemos los sticks contra sus muslos.

Elliot tiene razón: es un sádico implacable.

Y está cabreado. Julián cabreado es un puto apocalipsis.

Brutal. Y estoy acostumbrado al trabajo duro, llevo media vida entrenando con este hombre, pero ya no puedo más.

Media hora después, doy gracias al cosmos porque esta mañana infernal esté a punto de terminar.

O debería estar a punto de terminar, porque Julián, después de meternos la mayor caña de nuestra vida, nos está amenizando con el discurso del siglo, incidiendo en los errores que cometimos ayer en el partido contra los Osos y que desencadenaron sin remedio un marcador en nuestra contra.

Las charlas de Julián son proporcionales a las ganas de terminar que tengamos, así que es posible que esto vaya para largo.

Hoy no salimos vivos de la pista.

Cannon no se ha presentado al entrenamiento, pero cualquiera le escribe y le dice nada. Paso. La última vez que le repliqué, me hizo sudar como un condenado; y no en el buen sentido, como anoche.

Me estremezco. Mierda. «No saques a colación lo de anoche, Ben. Ya te encuentras en un estado de seminconsciencia en el que no sabes si ayer te hizo la mejor mamada de tu vida o si lo has soñado. No lo empeores».

Me inclino más por la segunda opción. Tuvo que ser un sueño. ¿Quién se corre durante no sé cuántos segundos interminables sin usar las manos en la vida real?

«Sabes que no fue un sueño».

Vale, pero ¿quién se corre sin usar las manos?

—¡¡¡Benji!!!

Me sobresalto por el grito al mismo tiempo que Elliot me da un ligero empujón. Nos hemos apiñado todos cerca de la barandilla y Julián está justo enfrente. Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Cero —respondo.

Casi todas las respuestas a las preguntas que formula Julián cuando está cabreado son cero. ¿Cuántos goles metimos ayer? Cero. ¿Cuánto nos esforzamos? Cero. ¿Cuánto jugamos al hockey? Cero.

Pero viendo la cara de mosqueo con la que me mira y las risitas de mis compañeros, creo que no era la respuesta que buscaba.

—¿Uno? —pregunto a tientas, y me doy cuenta al instante de que es mejor que me calle.

—¿Dónde coño estás? —me pregunta, supercabreado.

—Lo siento.

—¿Te estoy aburriendo?

«No digas cero».

—No, señor.

—¿Quizá quieras hacer una demostración de lo que estamos hablando?

—Eh… Mmm…

Julián suspira.

—Diego, a la portería. Benji, patina hasta la zona de ataque y lanza un penalti, a ver si así despiertas. Quiero mostraros algo.

Vale. Lanzar un penalti. Eso puedo hacerlo. Con los ojos cerrados y todo.

Me meto el protector bucal entre los dientes y Diego y yo tomamos posiciones.

Él en la portería y yo en la línea central.

Cojo aire, patino en su dirección, controlando el puck a izquierda y derecha, esquivando las ruedas que Julián ha colocado por la pista para jodernos la vida, pero un ruido en la zona del banquillo me distrae.

En la misma zona del banquillo donde ayer me corrí.

Es Cannon, que acaba de llegar.

La polla me palpita. Y ya sé que es imposible: las pollas no palpitan, y mucho menos debajo de la cantidad de ropa que llevo encima, protector de polla incluido, pero juro que la mía lo hace. Tropiezo en el hielo, sin un solo obstáculo a mi alrededor, caigo de rodillas y me voy contra las vallas.

Pum.

—¡Benji! —grita de nuevo Julián—. Pero ¿en qué coño estás pensando?

En el de Cannon, ¿vale? ¡En el de Cannon, joder! Mierda, pero ¿qué me pasa?

«Vamos, Benji, que solo fue una mamada. Devuélvesela y supéralo».

Eso es. Eso es lo que voy a hacer. No puedo obsesionarme con esta mierda. Cannon me ha hecho una mamada y me ha gustado. Tengo una polla y me gusta que me la chupen. Es lo más normal del mundo.

Escucho las carcajadas de fondo de mis compañeros.

—¿Había una piedra en el hielo, Ben? —se mofa uno de ellos.

Cabrones. Me levanto, echo un vistazo furtivo a Cannon y le dirijo una mirada acusadora. Esto es culpa suya. Luego veo a Jonny reír tanto que está encorvado, con un brazo sosteniéndose el estómago. Para eso sí le quedan fuerzas. Capullo.

—¿Ayer te fuiste de juerga a celebrar la derrota, Benji? —me pregunta Julián cuando vuelvo al grupo.

—No, señor.

—Pues espabila. Te quiero fresco como una lechuga en el partido de mañana.

—Sí, señor.

—Bien. Y ahora fuera de mi vista.

—¡A las bicis! —nos grita Patrick—. Media hora. Y mañana os toca análisis de sangre y orina. No lo olvidéis.

No lo olvidamos, no. Todas las semanas igual. Entro en el banquillo y miro a Cannon de reojo de camino al vestuario. Se está riendo; intenta ocultarlo, pero se está riendo.

—Vaya resbalón, Schmidheiny. ¿Quieres que te revise las cuchillas? —me pregunta con guasa.

—¿También revisas cuchillas?

—Claro.

—Qué multitareas.

—Ni te lo imaginas.

No me quedan fuerzas para replicarle, así que prosigo mi camino.

Hago la media hora de cardio y no me caigo de la bici de milagro.

Después, en el vestuario, me quito las medias, los protectores y la camiseta.

Me quedo con tan solo la ropa de compresión.

Me pongo unos pantalones de chándal cortos por encima y unas chancletas.

Elliot, Jonny y yo vamos a practicar unos tiros.

Cogemos los sticks y un par de cajas de pucks y nos encaminamos hacia la pista donde jugamos los partidos.

Veo a Cannon por la ventana, dirigiéndose al coche de su hermano, y le paso mi caja a Elliot.

—Id yendo. Ahora os cojo.

—¿Adónde vas?

—¡Benji!

Odio sentirme en deuda, así que voy a solucionarlo.

—¡Es mejor que no lo sepáis!

Alcanzo a Cannon cuando abre una de las puertas de los asientos de atrás, se inclina para meter la bolsa de deporte y…

—¿Qué quieres, Benji?

—Joder, ¿tienes ojos en la espalda?

—¿Qué puedo decirte? Te huelo a distancia.

Se da la vuelta y aprovecho para abrazarla por la cintura y empujarla hacia dentro. Nos desplomamos en los asientos de detrás, que son estrechos de cojones. ¿Cómo es posible que Gremlin Dos folle tanto en este coche? No lo entiendo.

Caigo encima, de rodillas entre sus piernas. Cierro la puerta y agradezco al imbécil de Blake que haya tintado los cristales de atrás.

—¿Qué haces? Estás todo sudado y asqueroso.

—¿Tú qué crees que hago?

—Estamos a plena luz del día en medio del aparcamiento de un Centro de Alto Rendimiento que recibe decenas de visitas cada hora.

—¿Sabes? Me pone cachondo que seas tan pedante.

—Pues qué suerte la tuya.

Le levanto una de las piernas. Tengo una misión.

Le quito la deportiva sin apenas esfuerzo a pesar de no desatarla y la tiro por ahí. Hago lo mismo con la otra y con los calcetines.

—Bonitos pies, Cani.

Me inclino y agarro el borde de sus pantalones de chándal y su ropa interior. Tiro de ellos hacia abajo y siguen el mismo camino que las zapatillas.

—Me estás desnudando.

Esbozo una sonrisa desafiante y…

—Qué poder de observación.

… avanzo con calma hacia abajo. Me lamo el labio inferior en un gesto de seducción que siempre cuela y, antes de rozarle alguna de sus zonas más íntimas con la lengua, levanto la mirada y se la clavo en sus penetrantes y enormes ojos claros.

—Cuidado con los dientes —me advierte.

Suelto una carcajada y sacudo la cabeza. Me alegra ver que nuestra dinámica no ha cambiado después de lo de ayer.

Abro la boca, saco la lengua y la presiono contra la zona interior de uno de sus muslos. Cannon gime. Yo río de nuevo.

—¿Lo quieres?

No responde, solo se muerde el labio inferior y se deja caer del todo en el asiento.

Yo sigo tanteando su entrepierna durante minutos interminables, ahora por el otro muslo, hasta que su desesperación hace que me rodee el cuello con las piernas, me coja con fuerza un mechón de pelo de la nuca y me estampe la boca justo donde la quiere. Y allá vamos.

Mantengo la boca abierta mientras le acaricio su zona más sensible con la lengua, desde abajo hacia arriba, una y otra vez.

Cannon levanta las caderas y la agarro del culo para que lo eleve y tener mejor acceso.

Quiero que grite. Quiero que se retuerza.

Quiero que tropiece con los putos patines y caiga de rodillas al hielo, joder.

Me muevo con la lengua por su cuerpo, reconociendo el terreno por primera vez y familiarizándome con el sabor limpio de su piel.

Cannon comienza a follarme la boca con movimientos certeros.

Tan certeros que segundos después me empuja la cabeza hacia atrás por miedo a correrse mucho antes de tiempo. Nos miramos a los ojos.