Solo un juego más (Car Hockey 1) 15. Cannon
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15. Cannon

Cannon

El área de portería o zona de protección del portero es la zona azul situada frente a los postes. Si el árbitro considera que un jugador del equipo atacante ha entrado intencionadamente en esta área en el momento en que se marca un gol, el tanto puede ser anulado.

El estacionamiento del CAR luce solitario y tranquilo. Casi siempre es así por la noche. Bajo del autobús y percibo el zumbido distante de las farolas, el susurro del viento entre los pocos coches aparcados y algún sonido distante del pueblo.

Necesito una cama.

—¿Podemos hablar? —me pregunta Benji sorprendiéndome detrás de mí. Me llevo la mano al corazón. Por Dios. No lo he sentido acercarse. Lo de «gatito» le viene como anillo al dedo…

—¿Ahora? Son las once de la noche, acabamos de aterrizar después de un vuelo de cuatro horas y me espera por delante un viaje en coche de otra hora hasta la casa de mi hermano en Barcelona.

—Es importante, Can.

¿Can? Frunzo el ceño. Benji solo me llama Can cuando quiere meterse conmigo o cuando quiere algo.

Echa a andar hacia el estadio y yo voy detrás porque me pica la curiosidad.

Llevamos días ignorándonos, salvo por sus sonrisitas tras el escrutinio a mi cuello y mis advertencias sobre sus cagadas en el hielo, ¿y ahora me llama Can?

Este trama algo. Algo que no va a gustarme.

Y alguien debería decirle que tiene que dejar de arrastrar los pies. No todo es una pista de hielo.

No lo pierdo de vista mientras camino tras él más que para mirar con el rabillo del ojo al deportivo de Blake cuando pasamos junto a él. Yo debería estar dentro de ese coche de camino a mi cama.

Llegamos al estadio y Benji me lleva a la pista de entrenamiento.

Es la antigua pista del equipo, donde los Jaguars jugaban y entrenaban hasta que construyeron la nueva.

Ahora aquí solo entrenan. Es la misma que se ve desde el despacho de Julián, y no sé qué tiene, pero es mágica de una manera que no alcanzo a comprender.

Apenas tiene diez gradas. Es enana. Y se vería enana si no fuera porque la pared frontal es de vidrio, salvo por el escudo del equipo en el centro, e impulsa a que el hielo se extienda en la oscuridad de la noche, iluminada solo por la tenue luz de las farolas circundantes.

El silencio, frío, envuelve el lugar, y el resplandor plateado del hielo crea una estampa única, lista para ser conquistada por los Jaguars, que llegarán mañana tras el amanecer.

Benji se sienta en el banquillo y mete las manos en el bolsillo frontal de la sudadera.

No tendría frío si se molestara en ponerse un abrigo.

Me siento a su lado. Me mira. Lo miro. En el partido contra los Osos de Helsinki se ha hecho un pequeño corte en la comisura del labio y aún tiene sangre seca alrededor.

Y se le está resecando toda la boca. Estoy a punto de decirle que se aplique más pomada cuando se arrodilla y coloca las manos en mis piernas.

—He tenido que aceptar un reto en el que tú y yo tenemos que acostarnos durante toda la temporada sin que yo me enamore, y si te niegas, la maldición caerá sobre nosotros.

Comenzaremos a perder partidos, como el de esta tarde, y todo se irá a la mierda.

Nuestras vidas quedarán arruinadas para siempre.

»Sé que es mucho pedir, pero solo es sexo.

Puedes cerrar los ojos e imaginarte que soy otra persona.

No me voy a sentir ofendido, aunque ya sé que a ti te importa una mierda que yo me sienta ofendido, pero para que lo sepas.

Y pueden ser solo besos y caricias. No tenemos que ir más lejos. Prometo no correrme en tu cara.

»Dime que sí, por favor. Haré lo que quieras. Por ti y por todos tus hermanos. Incluso me ofrezco a ser conejillo de indias de Brandon siempre que no me extirpe órganos vitales.

Me quedo inmóvil mientras reproduzco sus palabras en mi cabeza, una y otra vez.

Él sigue con las manos en mis rodillas. Al principio pienso que es una broma, pero solo necesito mirarlo a los ojos para saber que lo dice en serio.

De la sorpresa paso a la incredulidad. De la incredulidad a la decepción, aunque ni siquiera sé por qué: estamos hablando de Benji.

De la decepción al dolor. Y del dolor a un mosqueo del tamaño del puñetero estadio de los Jaguars.

—Para ti todo esto es solo un juego más, ¿verdad? —pregunto al tiempo que me levanto—. ¿Te tomas algo en serio?

—Claro que sí.

—¡¿Claro que sí?! ¡¡¡¿Claro que sí?!!! ¡Me arruinasteis la vida! ¿Eres consciente, Benji?

—¡¿Yo?! —Se incorpora y quedamos frente a frente—. ¿En serio, Cannon?

—Tú no hiciste nada para evitarlo. ¡Perdí el hielo!

Una cadena de tensión nos rodea. La misma de siempre que discutimos. Se nos enlaza entre las piernas y nos envuelve sin que podamos hacer nada para evitarlo.

—No lo perdiste —me dice tras unos segundos, y me señala con el dedo—. Le diste la espalda. ¿Qué querías que hiciera yo? No te debía nada.

Río sin ganas y me acerco a la barandilla en un intento de ocultar el profundo dolor en que sé que se sumen mis ojos. No quiero que lo vea.

Apoyo los brazos y pierdo la mirada en la pista.

—Me alegro de que lo saques a colación —digo sin mirarlo—, porque yo tampoco te debo nada. Así que estamos en paz.

—Vale, Cannon. Vale.

Me doy la vuelta.

—No te atrevas a enfadarte conmigo —le advierto con rabia.

—¡Pero tú sí puedes enfadarte! Tú siempre puedes hacer lo que te da la gana y el resto tenemos que postrarnos ante ti y acatarlo. Desentierra tus recuerdos. Porque fuiste tú quien me dio la espalda. Yo no hice nada.

—Gracias por el consejo, pero tengo mis recuerdos más que desenterrados.

—No te atrevas a mirarme de esa manera —le advertí a Benji cuando lo vi un par de noches después. Me había preparado para las miradas reprobatorias de la gente, pero la que más me dolió, la de él, no la vi venir. Jamás pensé que la suya sería la que me partiría en dos.

Benji no respondió.

—¿Me estás juzgando por apoyar a mi padre? —insistí—. ¿En serio me estás juzgando por escucharlo y entenderlo?

Siguió sin responder.

—Entonces supongo que no somos más que dos versiones diferentes de la misma historia.

—Exacto. Pero tú sabías lo importante que era el hielo para mí. Más aún: sabías lo importante que era Elliot para mí.

Una de las cosas que más odio de Benji es su lealtad, porque fue eso lo que impidió que me tendiera un puente hacia Elliot en el pasado. Es curioso que esa misma lealtad sea lo que más admiro de él.

—Tampoco fue fácil para él.

—¡Yo no tuve la culpa de lo que pasó! No apunté a Lili con un arma para que se enamorase de mi padre.

—¡Te fuiste con ellos!

¿Perdona?

—¡Con mi padre, Benji! Me fui con mi padre.

¡Me suplicó que lo escuchara y yo lo hice!

—grito, presa de la ira. Nuestras voces, cargadas de emociones reprimidas, chocan como las cuchillas en el hielo, con golpes certeros y afilados, y la tensión palpable crece entre nosotros—.

¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué habrías hecho tú?

—No lo sé. No tengo padres.

—No… —ahora soy yo quien lo apunta con el dedo—.

No te atrevas a sacar la mierda psicológica conmigo.

Los dos somos demasiados listos para todo eso.

No me subestimes y yo no te subestimaré.

Sabes a qué me refiero. Tú también tienes familia.

¿Qué harías ahora si se tratara de Elliot? ¿O de Viktor? ¿Lo escucharías?

—Sí —reconoce sin atisbo de duda.

En sus ojos se refleja una especie de… empatía, como si compartiéramos las mismas cicatrices emocionales. Como si a los dos nos doliera el pasado de la misma manera.

No voy a negar que me sorprende. Benji es capaz de negar lo más evidente con tal de llevarme la contraria, así que esto es una novedad entre nosotros.

Carraspeo.

—Bien. Díselo a tu amigo.

—Díselo tú —me reta.

—No puedo. No me dirige la palabra.

Benji se acerca a mí; tanto que su aliento se hace visible en el aire frío; tanto que distingo las motas azules en sus ojos verdes, y me apunta de nuevo con el dedo.

—No te atrevas a sacar la mierda psicológica conmigo, Cannon —me parafrasea en un susurro—. Eres tú quien no habla con Elliot. Fuiste tú quien construyó el muro entre vosotros sin pensar en las consecuencias. Y estas son las consecuencias.

—¿Qué otra opción tenía?

—No lo sé. Pero, si quieres hablar con él, solo tienes que… hablar con él.

Río sin ganas…

—Que te jodan, Benji.

… y me dirijo a la salida sin mirar atrás.

Bufo de camino, incrédula. ¿Cómo…, cómo se atreve? En serio, ¿cómo coño se atreve? Hay que tener cara dura. Y encima me pide favorcitos. ¿Qué mierda se cree? Y fue Elliot el que me dio la espalda, yo solo… yo solo… Suspiro. Yo solo me protegí.

«Si quieres hablar con él, solo tienes que… hablar con él».

Claro, como si fuera tan fácil.

Estoy a punto de salir a la calle cuando una idea me golpea. Me detengo. Me froto los ojos. ¿Por qué estás aquí, Cannon? ¿Por qué estás entrenando a los Jaguars? ¿Y si…?

Mierda. Me doy media vuelta y retrocedo sobre mis pasos. Encuentro a Benji en el mismo sitio donde lo he dejado, apoyado en la barandilla mirando al hielo.

—Estoy pensando en algo.

—¿Tan rápido? Enhorabuena —responde sin girarse—. Y, para que lo sepas: nunca he subestimado tu inteligencia.

Lo ignoro y me recreo en el motivo por el que estoy aquí, entrenando a los Jaguars.

El mismo que no he querido reconocer en voz alta.

Sigo sin saber si quiero hacerlo. Pero los Donnelly y los Schmidheiny llevamos más de diez años enzarzados en esta absurda guerra.

Y Lili y Elliot llevan más de diez años sin ser madre e hijo. Alguien tiene que hacer algo.

—Quiero a Elliot —le digo.

Benji se da media vuelta y me mira, frunce el ceño y coloca los brazos en la cintura.

—¿A qué te refieres?

—Si acepto acostarme contigo durante el resto de la temporada, quiero a Elliot. Es mi moneda de cambio.

—No —responde tajante.

—¿No? Has dicho que me darías cualquier cosa.

—Elliot no es una cosa.