Solo un juego más (Car Hockey 1) 14. Benji
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14. Benji

Benji

Faltas con el stick:

Golpear con él. Cargar con él. Pinchar con él. Stick alto.

Retos. Los expertos los tildan de provocaciones. O citaciones al duelo o desafío. Se equivocan. Son una forma de vida. Nuestra forma de vida, desde los catorce.

Si me pongo filosófico, diría que llenan los vacíos que otros han dejado, pero si me dejo llevar por mi lado más alocado, diría que nos hacen pasar ratos inolvidables, sin más.

Por eso estamos aquí diez de los veinticuatro tíos que constituimos los CAR Jaguars, una noche más en la habitación de un hotel en Helsinki, sentados en el suelo, la cama y el sofá, retándonos los unos a los otros y creando recuerdos para la posteridad.

El televisor está encendido y Belinda Carlisle canta eso de Heaven Is A Place On Earth.

Fuera hace un frío que pela. Dentro, la calefacción está tan a tope que incluso descalzo y en manga corta tengo calor.

—Cannon es un pibón, ¿eh? —comenta Emilio, uno de nuestros mejores defensas, tras engullir un puñado de palomitas.

—Buah, ya te digo… —responde Diego, su mejor amigo y nuestro portero titular—. A mí me pone mogollón cuando nos grita.

—A mí cuando patina.

—¿Verdad?

—Tiene una belleza como muy… limpia —añade Jorge, otro defensa.

—¿Limpia, tío? —Jonny le lanza unas palomitas a la cara.

—Me refiero a que nunca se maquilla, y se despeina enseguida. Siempre lleva el pelo recogido en esa coleta tan informal. Es como si no le importara su aspecto, pero al mismo tiempo ese mismo aspecto se negara a deslucirla. No sé. Tiene una belleza supernatural. Me flipa.

Joder, qué profundo. Elevo los ojos hacia el cielo. Cannon puede resultar guapa si tienes ojos en la cara y tal.

—¡Jorge se ha enamoradooo! —gritan unos cuantos y le lanzan más palomitas.

Jorge ríe y se come las palomitas.

—Sois idiotas.

—¿Podemos dejar de hablar de Cannon? —pide Elliot de malas maneras.

Por favor y gracias. No me gusta que hablen así de Cannon, y no sé por qué. Sacudo el cuerpo, como si quisiera deshacerme de la típica mosca cojonera.

—Hostia, es verdad, tío, a veces se me olvida que es tu hermanastra.

—Hablemos de Julián —sugiere Emilio.

Elliot bufa. A mí me parece de puta madre cambiar de tema y hablar de Julián.

—Paso palabra.

—Yo creo que también tiene una belleza supernatural —dice otro de los chicos, y se gana un nuevo lanzamiento de palomitas. Ríe—. Está cañón.

—Eh, fuera bromas —dice Diego—, a mí me pone un poco cuando nos grita. ¿A vosotros no?

—No, tío.

—A ti te ponen todos cuando gritan. Háztelo mirar.

—Pues a mí Julián me da miedo.

—Joder, y a mí —dice Jonny—. A veces me estremezco y todo. Brrr. —Finge un escalofrío y le guiña un ojo a Elliot.

—¿Os lo imagináis en la cama?

—Dios, no —protesto.

—¿Sabéis lo que creo? —dice Emilio reclinándose en la mesa—. Que Julián y Elliot llevan diez años de preliminares.

—Cállate —le responde Elliot.

—¡Cállate, Elliot! —gritamos todos al unísono y nos echamos a reír.

—¿Lo besarías? —insiste Emilio.

—No —contesta Elliot todo serio, pero luego sonríe—.

Me lo follaría de todas las maneras posibles.

Le restregaría la lengua por cada puto palmo de su cuerpo hasta que me suplicara sin aliento que me metiera su polla en la boca.

Y lo haría. Pero primero lo pondría de rodillas para que me comiera la mía.

Yo me quedo sin aire y Jonny ahoga un gemido, pero Elliot le lanza un cojín del sofá a la cara a Diego para que quede claro que ha sido una broma.

—Puto Elliot —dicen por ahí.

—Eres un jugador, Elli.

—Eres El Jugador.

—¿Y si te retara a…

—Ni se te ocurra —le advierte Elliot a Diego.

—… besarlo en la boca?

Pero ya está hecho. El reto se ha lanzado. Y jamás hemos dicho que no a un reto.

Jonny y yo compartimos una mirada. Elliot no dice nada.

—Vamos, Elli —lo espolea otro compañero—. Di que sí.

—No pienso decir una mierda.

—Oh, vamos, solo es un beso.

—Pero no uno cualquiera. Es un beso a Julián, tío. Yo me acojono cada vez que lo tengo a menos de un metro. El tío impone. Aparenta dos metros más de los que mide. No me acercaría a su boca ni muerto. Le guardo aprecio a mi lengua.

—Pero Elliot está acostumbrado a tenerlo a menos de un metro… Sería pan comido para él.

—Y tanto que comido…

—Eso es verdad.

—El amor está en el aire.

—¡Cállate, Elliot! —repiten de nuevo unos cuantos. Y otra vez nos reímos.

—Y tiene que ser un beso de amor —aclara Emilio.

Yo bufo. Ya estamos con el amor.

—¿Qué pasa, Benji?

—No cree en el amor —les explica Jonny, divertido.

—¿Ningún amor? —me pregunta Diego.

Casi ninguno. Creo en la amistad y en el hielo.

Mi único compromiso es y será siempre con mis amigos y las cuchillas.

Con ellos no me equivoco, no trastabillo y no sufro.

La gente habla del amor como si fuera una especie de fuerza de la naturaleza.

Como la gravedad. O las mareas. Algo que llega, te golpea y te arrastra sin que puedas hacer nada.

Yo no me lo creo. Lo que existe son personas que se eligen.

Personas que se necesitan. Personas que tienen miedo a estar solas y deciden llamar amor a lo primero que se les pone por delante.

Algunos se acostumbran tanto a alguien que confunden rutina con destino.

Pero la realidad es que no hay hilos rojos.

Ni almas gemelas. No hay nadie esperando al otro lado del mundo para completarte.

Solo personas. Personas intentando encontrarse unas a otras en medio del caos.

Y yo no necesito que nadie me encuentre.

—Ningún amor de pareja —aclaro.

—¿Y cómo explicas los millones de personas que viven en pareja?

—Se atraen, se gustan, se llevan bien y aceptan barco.

—¿Aceptan barco? Joder, Benji. Eres más frío que un puto iceberg .

—La mayoría de la gente tiene miedo a estar sola y por eso busca pareja —añado—. Es así de simple. No es amor. Es conveniencia. Y un poco de egoísmo.

—Eso lo dices porque nunca has estado con la misma chica más de tres veces —me dice Emilio.

—¿Tres? —preguntan por ahí—. Yo diría dos…

—No creo que sea eso —digo yo al mismo tiempo.

—No, ¿eh? Te reto a mantener relaciones sexuales durante toda la temporada con la última persona con la que te has acostado y a no enamorarte.

Sonrío con socarronería.

—Hecho —acepto encantado.

Emilio ríe.

—Oh, Benji. Me va a encantar verte caer con todo el equipo.

—Sigue soñando.

Aunque no me agrada demasiado la idea de acostarme con la misma persona durante meses, pero, bueno, podría ser peor. He hecho cosas mucho p…

Se me hiela la sonrisa en cuando me doy cuenta de algo.

—¡No! ¡No! —grito—. Mano atrás. ¡Mano atrás!

—¿Qué pasa?

—Tío —me dice Jonny—, ¿quién fue la última persona con la que…? Oh. Uooo. Uooo. Uooo.

Exacto.

Cannon.

Mierda. Cruzo una mirada con Elliot. Houston, tenemos un problema.

¡Houston, tenemos un problema! Porque yo jamás he dicho que no a un reto.

Ni Elliot. Ni Jonny. Ni Álvaro. Es más, no podemos decir que no a un reto.

Sería ir en contra de nuestra naturaleza.

Ya he dicho que los retos son nuestra forma de vida.

Y nuestra mayor superstición. Yo prefiero cortarme las pelotas antes que rechazar un reto. Pero esto…

—Ey, ¿qué pasa? —me pregunta Diego.

—Sea lo que sea, un reto es un reto. No nos puedes gafar, Ben. Ahora apechugas.

—¿Con quién te has ido a la cama, Ben? Joder, qué puto peligro tenéis.

—Eh, a mí no me metas —se defiende Elliot.

—Tú eres peor que él. No me hagas hablar… Hostia, esperad, acabo de darme cuenta de que…

—Guárdatelo —lo interrumpe Jonny.

—A mí no me mires —me dice Elliot con los brazos en alto en cuanto los chicos vuelven a sus habitaciones—. Esto te lo has buscado tú solito, por follar borracho y con los ojos cerrados. Ahora sales del lío de la misma manera.

—¿Follando borracho y con los ojos cerrados? No pienso ni planteármelo sin tu autorización.

—¿Qué? —exclama Jonny, consternado—. Claro que vas a planteártelo. Solo es sexo. El sexo es supersaludable.

—Lo sabrás tú…

—Y, además, ya lo habéis hecho una vez. Benji, joder, ¿quieres que la desgracia caiga sobre nosotros?

¿Crees que a mí no me jode que sea Cannon?

¡Pero no se puede decir que no a un reto!

Finjamos que no es ella. Finjamos que es otra persona —insiste, más para él que para nosotros—.

Voy a llamar a Álvaro. Necesitamos su apoyo.

Jonny coge su teléfono y marca el número de Álvaro de memoria. La superstición le puede.

—¿Necesitas mi autorización para follar, Benji? —me pregunta Elliot.

Resoplo.

Ni siquiera yo estoy seguro de toda esta mierda. Es una locura. No porque vaya a enamorarme, sino porque es… Cannon. Si fuera cualquier otra chica, me lanzaba de cabeza. Si fuera cualquier otra persona, ni siquiera habría vacilado.

La balanza imaginaria que cuelga sobre mi cabeza se inclina hacia la izquierda: «No lo hagas, Ben».

Por otra parte, es solo sexo, como dice Jonny. La balanza se inclina hacia la derecha: «Hazlo».

Pero Cannon y yo no nos acostamos, a no ser que nos hayamos pasado con las copas y pensemos que somos otro. En cualquier otra circunstancia sería imposible. ¿Cómo vamos a tocarnos si apenas soportamos la presencia el uno del otro?

La balanza se inclina de nuevo hacia la izquierda. Izquierda, izquierda, izquierda.

Pero nuestro futuro profesional está en juego. Derecha, derecha, derecha.

Elliot suspira y se deja caer en el sofá.

Ya he dicho que Elliot y Cannon tuvieron la bronca de su vida cuando la historia de amor de sus padres salió a la palestra.

Que Cannon lo aceptara y se pusiera de su lado fue el golpe de gracia para Elliot.

Pero lo que no he dicho es que fue el golpe de gracia de ese fatídico día.

Y quizá de los siguientes, pero no de los últimos casi once años.

Ahora Cannon odia a Elliot, pero Elliot…

Hay tanto de Cannon que no dice en voz alta. Como que la echa de menos, por ejemplo.

—Elliot, por favor —le suplica Jonny con el teléfono en la oreja.

—No sé qué coño queréis que os diga.

—Que sí. Queremos que nos digas que sí. Joder, Elliot, tú siempre dices que sí. A todo.

Derecha, derecha, derecha.

—Si los Gremlins se enteran de esto, le cortan las pelotas a Benji. Y a ti también, Jonny.

—Si tengo que batirme en duelo con Gremlin Dos, lo haré. Os lo juro. Y que gane el mejor. Joder —Jonny mira su teléfono—, Álvaro no me coge.

Lo intenta de nuevo.

—¿Sabéis qué? —nos pregunta Elliot—. Por un momento he pensado que qué pasaría si Cannon se enamorara de Benji y sufriera de alguna manera. Pero no le debo nada, así que a la mierda.

Jonny ríe con un bufido.

—Cannon no se va a enamorar de Benji. Es una tía muy inteligente, más que la media, y el sexo le va a venir genial. Cero conflicto de intereses.

Sonríe, deja el teléfono en la mesa con el altavoz activado y estira el brazo con la palma hacia abajo.

Vale. Mierda. Joder, no tengo nada que perder, ¿no?

Pongo la mía encima y ambos miramos a Elliot.

Nos mantenemos en silencio hasta que sonríe de manera socarrona y posa su palma encima de mi mano.

—Os habéis dado cuenta de que Cani tiene que decir que sí, ¿verdad? Ben no es santo de su devoción.

—Hostias.

—Mierda.

—¿Tíos? —responde Álvaro al otro lado de la línea—. ¿Todo bien? ¿Qué tal por Helsinki?

Oh, de puta madre. No podría ir mejor.