Solo un juego más (Car Hockey 1) 13. Cannon #2
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13. Cannon #2

—¡No tengo una ETS ! Lo juro, joder.

—También juraste una vez que podías hacer un mortal hacia atrás y acabaste en urgencias.

—Y ahora los domino. Los puntos valieron la pena.

Elliot resopla y se agacha de nuevo.

—Esperad —nos pide de nuevo.

—¿Qué?

Esta vez, sí saca un pendiente de debajo del colchón, pequeño y plateado. ¡Por fin!

—No es el de Cannon —asegura Elliot—. El suyo tiene forma de tiburón. Y es de oro.

—Y este lleva tiempo aquí, por la pinta que tiene.

—Está todo roñoso. Joder, Ben.

Me desplomo sobre el suelo, derrotado.

—Tío, tu habitación no pierde cosas, las digiere —dice Jonny—. Es peor que el triángulo de las Bermudas. En cualquier momento, encontramos a Rory.

Ja-ja. Estoy a punto de mandarlo a la mierda cuando distingo algo dorado debajo de la mesita al lado de la cama, tras una de las patas. Estiro la mano y logro alcanzarlo con la punta de los dedos. Es un tiburón. Un pendiente dorado con forma de tiburón.

—Lo encontré —exclamo.

—¿El qué?

—El pendiente.

—No me jodas.

Alzo l a mano y se lo muestro. Álvaro y Jonny casi se me echan encima para verlo mejor, y Elliot resopla antes de tumbarse también. Los cuatro tirados en el suelo, hombro contra hombro, observamos el pendiente suspendido entre mis dedos.

—Gracias por ayudarme, tíos —les digo—. Era de su madre.

—Lo sé —responde Elliot.

—El trabajo en equipo siempre se nos ha dado de puta madre.

—Joder, yo estoy agotado.

—Exagerado.

—El pendiente es un superviviente. Como nosotros.

Le doy un golpe a Jonny en las costillas.

—¡Ay! —se queja desternillándose de risa.

—¿Eso de ahí es otro preservativo usado? —pregunta entonces Álvaro, con los ojos entrecerrados.

Jonny gira la cabeza. Elliot gira la cabeza. Yo giro la cabeza.

—Joder… —murmuro.

A la m añana siguiente, en el entrenamiento, me visto a todo correr y voy en busca de Cannon, con la mano cerrada. La encuentro sentada en el banquillo, ajustando los cordones de sus patines.

—Eh —la llamo.

Ella alza la vista, me ve y vuelve a lo suyo. No se molesta ni en saludarme con un leve gesto de barbilla, como de costumbre. Sonrío y me apoyo contra la valla, dispuesto a tocarle las narices. Cruzo los tobillos y dejo la mano cerrada a la espalda.

—¿No vas a darme un beso de buenos días, entrenadora?

Cannon mira hacia arriba de nuevo.

—¿Perdona?

Me señalo una mejilla con el dedo índice.

—Lo quiero aquí.

—Escúchame bien, Schmidheiny. —Cannon se pone en pie, y yo ignoro el escalofrío. Que me llamen por el apellido de Viktor sigue teniendo ese efecto, a pesar del transcurso de los años—. No sé qué crees que fue lo de anoche, pero te voy a explicar lo que no fue.

Le cedo la palabra con un gesto.

—Ni bandera blanca ni tregua ni rendición.

—Creo que los tres conceptos son lo mismo…

—Eres un listillo sabelotodo, ¿verdad? Veinte vueltas a la pista. Ahora. Y no me tutees.

—Es que… tengo algo tuyo.

—Benji, no estoy de humor.

Abro el puño y se lo muestro.

—Es pequeño, dorado y tiene forma de tiburón —digo.

Cannon abre mucho los ojos y, acto seguido, la ten sión que gravitaba a su alrededor se transforma en una sonrisa de pura euforia. Me entran ganas de guardarla en una caja fuerte, sin saber muy bien por qué. Supongo que porque es una novedad. La gente debería sonreír más. Y Cannon especialmente.

Coge el pendiente con muchísimo cuidado, como si pudiera romperse.

—Hola… —susurra.

Lo gira entre los dedos y suelta el aire, despacio. Luego levanta la vista hacia mí.

—Me dijiste que no lo habías encontrado.

—Ya, bueno…, era de tu madre, así que volví a intentarlo. Las madres son importantes, ¿no?

—Sí. Gracias.

Me encojo de hombros.

—No me des el mérito. La verdad es que tuve ayud…

Cannon me agarra de la camiseta, eleva los talones y me da un beso en la mejilla, callándome en el acto a pesar de que apenas noto el roce rápido de sus labios. Es un beso diminuto.

—El pendiente se lo regaló mi padre a mi madre —comienza a contarme, con un brillo en la mirada que pocas veces le he visto—.

Llevaban un par de semanas saliendo juntos y la invitó a un parque acuático de agua salada.

Se tiró de cabeza gritando «cuidado, un tiburón», cuando creyó ver uno cerca de ella, en una de las piscinas.

No te imaginas la que se lio. La gente que se encontraba alrededor entró en pánico.

Los bañistas entraron en pánico. Los socorristas entraron en pánico. Mi madre entró en pánico.

—Joder, ¿y qué pasó?

—Nada. Resultaron ser dos niños jugando con una aleta de juguete.

—Venga ya.

—Te lo juro. A mi padre estuvieron a punto de echarlo del parque.

Río.

—Eso me habría gustado verlo.

—Ya. Y a mí. Años después, mientras se casaban, en medio de la ceremonia, mi padre sacó unos pendientes de oro del bolsillo, con forma de tiburón, se los puso y le prometió amor eterno.

Es mi momento favorito de ellos. Solía rogarle a mi madre que me lo contara una y otra vez.

Y cuando ella falleció… —Cannon se detiene, aguantando a duras penas las ganas de llorar—, mi padre me los regaló una noche.

Me dijo que ambos querían que yo los tuviera.

Dios, no sé por qué te estoy contando todo esto precisamente a ti —me dice, y se seca con el dorso de la mano las lágrimas que al final sí se le han escapado—. Joder…

—Ya. Era coña lo de que me dieras un beso, por cierto.

Cannon rompe en una carcajada involuntaria, muy involuntaria, tal y como yo había previsto, y me revuelve el pelo.

—Lo sé, Benji Pooh. Lo sé —admite y se interna en el hielo—. Prepárate. Empezamos en dos minutos.

Sonrío y niego con la cabeza. Después, me paso la mano por el pelo, en un intento de eliminar el calor que ha aparecido de repente, de la nada.

Cannon

Nueve días después

—¡Más rápido, más rápido, más rápido! ¡¡¡Más rápido!

!! —grito y hago sonar el silbato. Estoy parada en medio de la pista, en la línea central, cronómetro en mano, mientras los chicos patinan de un lado hacia otro sin detenerse ni a respirar—.

¡Emilio, descalificado! Vamos, vamos, vamos, ¡fuera del hielo!

El resto, ¡quiero ver el juego de piernas del que hemos hablado!

No lo veo. ¡¡¡No lo veo!!! ¡Hay que llegar hasta la línea roja; la próxima vez que des la vuelta dos centímetros antes, te descalifico, Jonathan!

—¡Es imposible que hayas visto eso! —responde cuando pasa por mi lado.

—¡Acabas de perder una milésima de segundo por replicarme! Y no es que andes sobrado. ¡Vamos, Benjamín! Más rápido. ¡Carlos, descalificado! ¡Urko, descalificado!

El hermano del hermanastro pasa volando junto a mí, a menos de diez centímetros. El chupetón ha tardado ocho días en desaparecer. La sonrisita en su cara cada vez que clava sus estúpidos ojos verdes en mi cuello va a llevar más tiempo, pero yo a lo mío.

Llevo varios días practicado este ejercicio con ellos.

No quiero que den por hecho que saben patinar o que no pueden ir más rápido.

No quiero que se confíen y pierdan de vista que esto es un deporte que se juega en patines.

Quiero que sean más rápidos que cualquiera en la liga.

Quiero que se ganen su lugar. Quiero forzarlos hasta que desfallezcan para que se den cuenta de que tienen mucho más aguante del que se imaginan.

—¡Diego y Jonathan, descalificados! No habéis sido lo suficientemente rápidos. Ya te he dicho que no andabas sobrado —le digo a Jonathan cuando pasa de camino al banquillo, con la cara roja del esfuerzo y los ojos más azules que nunca.

Solo quedan Elliot y Benji en la pista y mi cabeza vuela sin remedio a las noches que pasamos juntos en Avenida de América. No tengo claro cuál de los dos ganará.

Dos vueltas más y…

—¡Benji, descalificado! Felicidades, Elliot. Hoy has sido el más rápido.

Sueno el silbato y doy por finalizado el entrenamiento.

Tanto él como Benji caen derrotados. Contengo una sonrisa, me giro y descubro al resto del equipo tirado en la pista, luchando por recuperar el aliento.

Flojos. Escucho algún «Felicidades, Elli» débil por aquí y por allá y veo algunos pulgares que se levantan.

Patino satisfecha hacia el banquillo. Ha sido una buena mañana. Apago el cronómetro y…

—Enhorabuena, me ha encantado el ejercicio —me felicita una voz que no reconozco.

Levanto la mirada: es Eduardo, el padre de Julián.

Este hombre impone y es el jefe de mi jefe, así que se me borra la sonrisa.

No me había dado cuenta de que estaba aquí.

¿Cuándo ha llegado? Hacía muchísimos años que no coincidíamos.

Luce igual que siempre. Alto. Regio. Trajeado.

Es como si fuera Julián con veinte años más.

Y no tiene ni una sola cana, a sus cincuenta y tantos… ¿Genética o tinte?

—Gracias —respondo.

—¿Y ahora cómo les decimos que aún quedan los tiros a portería? —me pregunta Julián sin dejar de observar a sus queridos y, lo reconozco, quizá no tan sobrevalorados jugadores.

Su padre ríe y le da un par de palmadas en la espalda. Ignoro cómo es su relación en la intimidad, pero los ojos del padre brillan de orgullo y la sonrisa del hijo hoy tiene un toque especial.

—Con delicadeza —le dice su padre—. ¡Felicidades, Schmidheiny! —le grita a Elliot.

Elliot levanta el pulgar en señal de que lo ha escuchado, pero no mueve un músculo más.

Observo a Benji, a su lado, y la v is ta se me queda clavada en él más tiempo de lo que se considera políticamente correcto.

Está todo sudado, con el pelo empapado pegado a la frente, el pecho que le sube y le baja a toda velocidad y una expresión absurda de felicidad.

Me doy cuenta, demasiado tarde, de que estoy sonriendo mientras lo observo.

Sacudo la cabeza. Pero ¿qué me pasa? Mierda.

Cannon - 0

Benji Pooh - 1

—¡Eh! —grita Patrick y entra en el hielo—. ¡Se acabó la siesta! Arriba todos.